CIZALLA

La vi a ella, gritando tu nombre con el vaivén incesante del columpio que colgaba de la luna. La vi a ella, gritando te quieros sin pudor, sin recato, descomedida; tan abundante, tan repleta, que hasta los perros callaron ante su declaración de amor.

Y yo, triste y umbrada bajo la luz de las farolas, recordé esos besos que nunca me diste y los abrazos que apenas te robé.

La vi a ella, desvergonzada y descalza, con el aire de poniente agitando su melena, con el vaporoso volar de sus enaguas. Y mi sombra se hizo menos sombra, menos amiga, menos consuelo, menos más; menos yo.

Una estrella fugaz interrumpió el reflejo de los charcos. Aquí nunca llueve, aquí nunca hace sol, y los paraguas son barcos a la deriva en un mar de hojas esqueletadas, vacías, sin ser ni fruto; sin alba ni ocaso.

Y anoche corté las cadenas del columpio de la luna creciente para que ya ella no pueda gritarte, insolente, desde el fondo de las corolas de los tulipanes, desde el azahar en ciernes, desde el salir del sol.

Anoche corté las cadenas de la luna creciente para que menguara tranquila, sin estorbos, sin alborotos, sin amantes descarados, y que así nos dejara a solas.

A solas mi sombra y yo.

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