DE LA TUMBA A LA TRINCHERA

Se fue al descampado con la única compañía de un pico, una pala y un botijo. Comenzó a cavar un hoyo. Los curiosos que pasaban por allí le preguntaban qué hacía y él respondía a todos lo mismo: «Cavo mi propia tumba.» Después de lo cual, los preguntones se alejaban, dejándole tranquilo con su quehacer.

Pasaron los días y él seguía cavando. El hueco era cada vez más profundo, cada vez más alargado.

La novena noche se metió dentro y se tumbó panza arriba a contemplar las estrellas por última vez.

A la mañana siguiente volvió a casa, dejó el pico y la pala, rellenó el botijo, cogió pan, queso, cuerda y un hacha, y, con todo a cuestas, regresó al descampado.

Se puso a cortar troncos de un pinar cercano y los ató unos a otros.

Los curiosos que pasaban, los mismos de todos los días, comentaban entre ellos que aquella era la tumba más extraña que habían visto jamás.

¿No cavabas tu tumba, muchacho?— le preguntó uno.

No, ya no. Ahora preparo una trinchera donde hacerme fuerte.

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