TUS MIEDOS, MIS FORTALEZAS

Quizá fue esa manía tuya por rescatarme de los dragones que me acechaban la que me apartó de tu abrazo la última vez; ese no permitirme pelear mis batallas, hacerme sentir princesa cautiva, aunque bien sabías que yo tenía en el armero mi arco y mis flechas, mi espada, mi daga, mi honda…

A todas ellas las temías tanto, y sin embargo dudabas de que fuera capaz de usarlas contra otros, contra mis fantasmas.

Recuerdo tus ojos transparentes suplicando que me quedara, tu lengua gritando en silencio para que no diera media vuelta, tus manos temblando de impotencia, prometiendo, como las demás veces, que todo iba a cambiar, que reconocías a la guerrera antes que a la dulce niña; que tú también te sentías desvalido y que a tus ogros, bien podía ser yo quien les diera pasaporte.

Hubo un tiempo, aunque no lo creas, en que tus desvelos me hacían sentir grande, un tesoro escondido, algo que merecía la pena proteger y guardar, pero de aquello hace tanto…

Por el camino, te olvidaste de que yo crecía, me crecía, aprendía de ti cómo manejar un hacha, cómo levantar mi escudo, cómo ajustarme la cota de malla. Creo que fue al mismo tiempo que descubrí, cuando te desataba la coraza en el círculo sagrado de nuestra cama, que también eras vulnerable, todo hecho rincones donde podía hundir mi cuchillo y hacerte sangrar, mientras el halo del héroe se desvanecía entre las sábanas.

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