DE COSAS QUE SE PIERDEN

Abrazó la oxidada caja de galletas, última morada de todos los botones huérfanos que un día sirvieron en la casa. Quizá dentro se escondiera un corazón, pues el suyo se perdió entre los bordados de su traje de novia.

No tuvo valor para dejar plantado ante el altar al prometido que sus padres escogieron y marcharse con el mozo de caballos, más cariñoso y apuesto.

Cosecha anual

En primavera secaba pétalos de flores entre las hojas de cuadernos usados.

Se afanaba en recoger conchas en verano, guardándolas con cuidado en su saquito de arpillera.

Cuando llegó el otoño, y se encontró aquellas dos bellotas unidas por sus sombreritos, quiso guardarlas también, en una cajita de cedro.

Para cuando el invierno apareció, con su genio cambiante y frío, se vio en la tesitura de buscar un sitio donde almacenar los copos de nieve y el viento del norte.

Dedicatoria a una luna no tan llena

Me pregunto cuántos mirarán hoy a la luna. Yo, por si acaso, le he mandado un ramo de flores y una caja de bombones, para que sepa que no la olvido, para que se sienta querida. No vaya a despecharse y busque un rincón lejano en el que ocultarse para nunca volver. Que los satélites poco entienden de los amores efímeros.
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TIRANO

Habían pensado en las múltiples consecuencias del cambio climático.

Eruditos, ingenieros, biólogos y físicos se habían devanado los sesos intentando adelantarse al desastre; pero, cuando los polos se derritieron del todo, la única posibilidad que no habían barajado era verse sometidos a la voluntad dictatorial de un salmón que agitaba el látigo de alga trenzada con aleta férrea, demandando cada día más manos para construir el mausoleo con que honrarían su memoria tras el desove.