A LOS GATOS LES GUSTA EL JAZZ

Mi nombre es Arístides y soy gato pardo por las noches y adorable siamés durante el día. Nací junto a una chimenea, acompañado de los ronroneos de mi madre y otros cinco hermanos que fueron saliendo de la casa, uno por uno, hasta que solo quedamos mi descuidada progenitora y yo.

Contaba con un mes de existencia cuando, persiguiendo el sonido de un abejorro, caí por la ventana. Ahí perdí mi primera vida.

Lo bueno de ser gato es que eso de morirse, al menos las primeras seis veces, no es gran cosa. Me levanté, me sacudí el polvo y volví a casa para descubrir que el abejorro no era tal, sino una perversa obra de Rimski-Kórsakov que mi dueño, el melómano, había puesto en el tocadiscos. Desde ese día odio la música clásica.

Un par de semanas después, harto de la tortura de unas gaitas que retumbaban por todo el salón, me escondí en la despensa. Cuando la cocinera me encontró, me arreó con una lata de conserva en la sesera y así se fue mi segunda vida, tan rápido como vino. Desde entonces no soporto la música folk y las sardinas en escabeche me producen migrañas.

Un día de primavera me vi poseído por un ritmo caribeño, perdí pie en un giro y rodé librería abajo, con tan mala pata, que un ejemplar de los más gordos hizo el descenso tras de mí, sospecho que por solidaridad, y cayó, cuan largo y pesado era, sobre mi lomo. Ahora me cuido mucho de bailar bachata y aborrezco la literatura.

Los acordes de una guitarra dieron al traste con mi cuarta vida. No diré cómo por lo embarazoso de la situación; pero por mí, el rock y su rey, pueden estar muertos y bien muertos.

El fin de mi quinta vida se lo debo a John Lennon. Me dio por emularle sin salir de la cama y me relajé hasta tal punto que el corazón dejó de latir. Tanto mejor, porque estaba a un paso de convertirme en gato de angora con la excusa de dejarme crecer el pelo.

Viví sin preocupaciones los siguientes dos años gracias a que me mantuve alejado de música, sardinas en lata y libros por igual. Coincidieron con el ascenso de mi dueño en el trabajo, lo que le dejaba poco tiempo para poner el dichoso tocadiscos. Sin embargo, se mudó un vecino al piso de al lado que se deleitaba pregonando sus gustos musicales y así fue que, estaba yo tan cómodo al sol en el alfeizar de la ventana, cuando una cosa llamada reaggetón me despertó de un brinco. Intenté clavar mis uñas en el hormigón de la fachada pero resbalé hasta la calle, donde el autobús que hacía la línea trece me pasó por encima, dejándome el rabo hecho un cuatro y finiquitando mi penúltima vida.

Pasé una semana entera deambulando por los tejados y comiendo de la basura hasta que, una noche, un sonido mezcla del piano de la música clásica, la base rítmica del folk, la guitarra del rock antiguo, el bajo del pop y ese toque étnico de la música latina llamó mi atención; aquellos estilos que, por separado, casi habían terminado con mi existencia, me guiaron hasta una plaza donde cuatro músicos hacían de las suyas sobre el escenario. Al final del concierto, el trompetista decidió adoptarme como mascota. Me pusieron de apellido Coltraine, porque mi rabo les recodaba a la forma de un saxofón, y me contaron que lo que tocaban se llamaba jazz.

Desde entonces vago con ellos de garito en garito. Y, a cambio de la comida, yo les he dado una imagen para su grupo e inspiración para más de un tema.

Cuando eres el protagonista, esto de la música no está tan mal.

ARCHIVOS SECRETOS

Le había costado un triunfo y parte de su plan de pensiones conseguir aquel pendrive. Tras meses de averiguaciones en un submundo en el que nunca pensó sumergirse, dio con un hacker que podía hacer el trabajo, y ahora obraba en su poder la copia del disco duro de su exsocio y archienemigo.

Por fin conseguiría justicia. Su nombre quedaría limpio y solo era cuestión de tiempo que le ofrecieran de nuevo la presidencia de la compañía.

La carga de los archivos le llevó más de media hora.

97%…

98%…

99%…

CARGA COMPLETADA

Colocó el puntero sobre la carpeta “TOP SECRET” y pulsó el botón izquierdo del ratón. Echó de menos un gato blanco de angora, que su silla fuera giratoria y poder exclamar un “muahahaha” malicioso y triunfal. Sin embargo, de sus labios escapó un «¡¿Qué diantres?!» cuando descubrió que los archivos que tanto sudor y sinsabores le había costado conseguir solo contenían las fotos de unas vacaciones en Saint-Tropéz y el vídeo de la boda de una hermana.

NUBERU

La noche se vio envuelta en un repentino estallido, un crujido seco que logró sacar del más profundo sueño a cualquiera en kilómetros a la redonda.

Después del golpe, un silencio tenso, roto por un chasquido si cabía más fuerte que el anterior.

Un viento salido de la nada agitaba las persianas, colándose bajo ellas y empujando hacia fuera como si quisiera arrancarlas; después llegó el agua, acariciando los cristales de galerías y terrazas, pero no era lluvia, no, era la espuma del mar; pequeñas partículas de hidrógeno y oxígeno mezcladas con sal que se veían arrastradas por la violencia de la galerna.

Quien se despertó, incapaz de seguir en la cama mientras el mundo rugía fuera, y se aventuró a salir a la calle, pudo verlo con claridad: el mar levantaba su furia blanca sobre playas y paseos, engullendo todo a su paso, al menos al principio, para dejar emerger de entre la espuma peñascos y faros que permanecían en su lugar como si no hubiera pasado nada.

Y hubo quien juraba, a pesar de que pareciera una locura, que vio entre las olas, los remolinos y la espuma, a un viejo tocado con un raído sombrero y que, con sus manos, ordenaba mecer al agua y soplar al viento.

No mentían, detrás de aquella tormenta, habían conocido al Nuberu.

EL CONEJO QUE VIVÍA EN UNA BIBLIOTECA

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Para Piccola Pi, que dio la bienvenida al otoño y se despidió de nosotros.

 

Después de toda una vida saltando y escarbando, la coneja blanca y peludita, se hizo mayor. Ya no corría, ya no saltaba y, de lo de escarbar, se cansaba enseguida. Apenas quería salir de su jaula, y sus dueños, pensando en darle algo que hacer, colocaron su casita en la biblioteca.

Su nombre matemático de decimales infinitos podría no haber encajado entre tantas palabras, o sí, teniendo en cuenta que, antes que una sucesión de cifras detrás de una coma, aquel nombre había sido una simple letra que los antiguos griegos llamaban Pi.

La edad se encargó de despejar los pelitos que le tapaban los ojos y ella, muy contenta, empezó a leer cada libro; cuidaba de que la novela histórica no se mezclara con la de misterio, ni la romántica con el humor.

Su estantería favorita era la que guardaba los libros raros y especiales, porque, con ellos, aprendió idiomas y cuentos de todo el mundo; incluso conoció a otro conejo blanco con chaleco y reloj de bolsillo que siempre tenía prisa.

Así hizo una nueva rutina, más descansada; roía y leía, roía y leía… Roía las delicias que sus dueños le ponían y leía embelesada los libros. Ojo, no al revés.

Había gente que sentía lástima de la coneja, porque no salía de la biblioteca, pero ella ya había corrido fuera y ahora tenía toda una galaxia por la que viajar sin moverse de su jaula.

El día que me hice escritora

El día que me hice escritora llevaba una camiseta de rayas y las uñas pintadas, un bolígrafo en la mano, una libreta con mil preguntas y ganas de gritar.

Tuve dos reuniones de trabajo, nunca había tenido reuniones de trabajo, y menos por teléfono. Conocí a gente con ilusión, y sentí miedo.

El día que me hice escritora, me entraron dudas sobre si sabía escribir, aunque llevaba haciéndolo toda la vida.

El día que me hice escritora era febrero y creo que llovía, o no, porque el perro salió a pasear un buen rato, pero hacía frío, porque era febrero, y anocheció enseguida por la misma razón.

Era martes, de eso me acuerdo, y primeros de mes.

Tenía la cabeza llena de síes y noes; y muchas ganas de comerme un pastel de crema (y eso que no soy golosa).

Me bebí una taza de té y estaba cansada.

Me acordé de mi abuelo, de mi tía, de un bolígrafo que me regaló mi padre, de mis amigas, de Mendoza y García Márquez.

El día que me hice escritora, me puse a escribir y no me salieron las palabras.

DE DO DO DO, DE DA DA DA

Me siento a escribir viendo un documental sobre Alaska y sus osos. Alguien comparte conmigo en Facebook, cosas de la vida, que esta mañana pescaron al Campanu y mi mente divaga.

¡Desdichado salmón!

El cursor parpadea en la página de texto del portátil, en blanco, como mi mente; como el ámbar de un semáforo que nunca va a pasar a rojo.

Apago el televisor. Imposible concentrarse con esos pobres peces siendo devorados. Pongo música.

Mi gusto por las letras es casi tan viejo como el que siento por los documentales.

Me enamoré de la naturaleza recogiendo piñotes con mis abuelos, montando a caballo con mi padre, por el ecologismo de mi tía, las manualidades con reciclaje de mi madre, el visionado de Capitán Planeta con mi hermana.

La primera canción hace más por la nostalgia.

No sé si es Sting, el Campanu, o los osos, pero recuerdo los viajes a Asturias con Police como banda sonora.

“De do do do”

Las cinco de la madrugada entrando dormida en el coche.

Los “¿falta mucho?”.

Celorio, su playa.

Llanes y el espigón sin cubos de Ibarrola.

Buscar caracoles.

No hablar francés.

Ser niña langosta.

Y el olor a lluvia que mi hermana y yo bautizamos para siempre como “huele a Asturias”.

“De da da da”

Mis dedos corren por el teclado.

Corren veloces, sin dar tiempo a parpadear a esa maldita raya vertical.

“Is all I want to say to you”

Y cuentan Asturias.

Los pinares.

Los zorros huidizos.

Los libros en verano.

El olor a castañas asadas en la caldera.

El hámster que se me murió.

“De do do do”

El respirar del caballo bajo mis piernas.

Librerías repletas en casa de los abuelos.

Y una vez que vi una raya en manos de un buzo con escafandra.

O lo mismo no.

“De da da da”

Montar en bici con mi hermana.

Mi primera vez con “El señor de los Anillos” o “Cien años de soledad”.

Los patines de hierro heredados.

Cómo escocía la piel quemada por el sol.

Hacerme grande y no olvidarme de bailar.

“They’re meaningless and all that’s true”

APARTE, LOS PUNTOS

Llevo una semana sin escribir una palabra y todo por un accidente doméstico tonto, como suelen ser todos los accidentes domésticos. ¿Que se veía venir? Pues sí. Mi madre me lo ha dicho hasta el hartazgo durante los últimos meses: «Hija mía, que estás en Babia Todo el día pensando en letras. Al final vamos a tener un disgusto.» Y, al final, lo hemos tenido.

El viernes pasado estaba cortando melón, mientras daba forma mental a un texto, cuando se me resbaló el cuchillo y me pegué un tajazo en la mano. En cuestión de segundos empezó a chorrear y dejé el trapo perdido de palabras.

Fuimos a Urgencias.

—Hay que poner puntos— me dijo el médico que me atendió.

— ¿Me dolerá?— pregunté.

—Un poco. Pero te va a quedar una cicatriz la mar de poética— añadió con sorna.

No le niego su destreza en la medicina, ni en la costura, pero de literatura no tiene ni idea.

Con lo bien que habría venido un punto y coma en medio, pues nada, veinticinco puntos seguidos me ha dado y dos semanas vendada.

El miércoles que viene voy a que me los quiten y ahora tengo miedo de que, sin ellos, no se entienda el relato.

DE LO QUE QUISE SER

Veterinaria, Coleta la Poeta, maestra, y El Principito; y domadora de caballos, y una mezcla de Attenborough y Cousteau.

Bella Durmiente jamás, a pesar de mi nombre.

Periodista, cantante, historiadora del arte; reina mora, princesa de Irlanda, mariposa. Criadora de avestruces, cuidadora de ñus; descubridora de estrellas. Costurera, arquitecta, profesora de Literatura y aventurera en mi salón. Sheriff en el Oeste, nativo americano, yak.

Nada de damisela en apuros.

Vendedora de regalos, tejedora, física teórica. Madrastra de Blancanieves, y uno de los tres ositos. Cultivadora de lechugas, y maragata, y acantilado. Sueño hecho realidad, pesadilla antes de Navidad, olmo viejo. Biólogo marino, tiburón martillo u oso polar. Calcetín huérfano, gorro en invierno, beso bajo el muérdago, hoz de oro. Bibliotecaria, Guttenberg, Tolkien.

Hermione Granger, y no miento, ya fui.

Agente secreto, pastora y carnero. Taquígrafa, traductora y responsable de planta en un hotel. Funcionaria, patinete, salmón en un mundo sin redes. Eremita, pensadora, dueña de galería de arte. Guía turístico, maquinista de tren y cochera de diligencia.

Negra, pelirroja, esbelta. (No todo a la vez).

Amiga de mis amigos, paje real y patinadora sobre hielo. Pluma de abanico, cosquilla en la nariz. Cielo de tormenta y sol de septiembre. Roca malherida, yedra trepadora, poetisa. Personaje sin cuento. Y, al final, simple escritora.

SEGUNDA OPINIÓN

— ¡Coño! Paco, qué cara mustio me traes. ¿Tás malo?

—Eso parece. — Toma asiento y, pide su café.

— ¡No me jodas! ¿Y es grave?

—Hombre, morirme, no me muero.

—Pues entonces, ¿a qué viene esa cara tan larga? No me digas ¿Te han quitao el anisete?

—No. — Deja la boina sobre la mesa, se atusa los dos pelos que flotan donde un día hubo un abundante flequillo.

— ¿El chorizo? Esos matasanos quieren que vivamos cien años, pero te quitan la alegría de vivir.

—Tampoco. Mi Emilia, que se empeñó en que fuera al loquero. — Lo dice sin vergüenza, todo el bar lo oye. Poco le importa.

— ¿A nuestra edad? Eso no pué traer ná bueno.

—Que me veía raro, enovejado.

—Mujeres. Si hago caso a la mía, ya tenía un pie en el hoyo. Pero si tú eres el alma de la fiesta. Jaté que ayer no viniste y se notaba esto más triste, que lo comentamos y todo. ¿Verdad, Faustino?

El camarero atiende a medias, se limita a un movimiento vago de cabeza.

—Eso le he dicho yo, pero se puso pesada y fui con tal de que se callara.

— ¿Y qué te han dicho?

Saca un papel del bolsillo y lee.

—Cardu… menopatía.

— ¿Qué coño es eso?

—Rebañiforme, además.

—Pues suena jodido. Mi cuñao tuvo una cardiopatía de esas y, en una cena de Nochebuena, la palmó.

—Cardio, no. Cardu… carde… Bueno, lo que sea. Dice que soy de mucho conformar.

—Anda el otro. Pues como todos.

—Como todos, por lo visto, no. Que tengo que hacer más cosas que me gusten, dice.

— ¿No te gusta jugar a la brisca? Porque me busco otra pareja, ya ves tú. Con la salú no se juega.

—Sí que me gusta. Para una cosa interesante que hago al día.

—Y ¿qué te notas? Porque algo te notarás, yo qué se: dolor de tripas, insonio…

— ¿Yo? Nada.

—Pues por nada no se va al loquero.

—A mí me mandó la Emilia a traición, pregúntale a ella. Si todavía no sé de qué va la rebañitis esa.

— ¡Niño! Busca en el móvil ¿Cómo dices que se llama?

Le tiende el informe médico para que copie.

—Aquí está. Cardumenopatía: Dícese del estado de abulia provocada por la falta de objetivos. Se manifiesta durante periodos de prolongada inactividad, a través de la imitación involuntaria de hábitos y rutinas de otros individuos con los que se comparte espacio. Su nombre deriva de cardumen (banco de peces). Es un trastorno de reciente descubrimiento y todavía bajo estudio. Se estima que afecta…

—Bueno, no te enrolles. Vete a lo importante. ¿Es contagioso?

—Aquí no dice nada. — El camarero vuelve a la barra. No suele hacer caso a los abuelos, pero Paco le da pena, aunque no entienda bien si lo suyo es grave o no.

—Joder, Manolo. Yo te cuento mis penas y tú solo piensas en si te pego los mocos.

—De acuerdo. ¿Cómo se cura?

—El médico dice que salga a andar, a dar paseos. Y que lea.

—Pero si te lees el MARCA todas las mañanas.

—Eso no vale, tienen que ser libros. Y que vea documentales.

— ¡Coño! Pues casi era mejor lo del chorizo.

FLUÍDO CEREBRAL I (ESCRITURA AUTOMÁTICA)

Caballos que no saben lo que hacen, que miran a la hora sin remilgo. Que no piensan , solo cabalgan hacia estrellas que no caen del cielo.

A mí las lunas no me gustan. Siempre esconden la caja de los trapos y las cosas que no dije.

Gaitas que no paran de sonar en las cabeza de los duendes quietos y, movidas por las olas de las runas, destruyen el silencio.

Nunca rompas los platos de sorber la sopa. Ni tires los lingotes de oro que se caen por los riscos del acantilado y cierran los poemas.

A todas hora me repito no lo hagas y lo hago, porque no quiero perderme entre los pliegues de las sábanas cuando duermo. Que entonces me añoran las margaritas.

Se puede ser más alta, pero no menos tonta.

Recias son las cadenas que atan a los leones dentro de la sabana.

Limosnas rotas en un mundo ciego y desesperado por no saber caminos, ni senderos, ni rutas o lindes. Cada día como otro con soles que amanecen distintos a los de las madrugadas posteriores; licántropos fugaces que no lloran cuando tienen hambre.

Lastres, pueblos pequeños tirados junto al mar que los lleva dentro.

Y hadas, hadas inquietas que no cantan, ríen o bailan; que se tiran a la bartola con pocas ganas y se sientan a esperar.

Paquidermos desviviendo por la falta de mareas y lobos heridos de orgullo.

Asociaciones ilícitas de gaviotas, tropiezos con piedras sin camino.

Avutardas que no vuelan, pingüinos que sí.

Láudano que no droga ni calma, solo colecciona pieles de oso polar.

Salmones y libros libres de ausencias.

Esculturas sin maestro, martillo ni cincel.

Alborotos pasajeros y triángulos isósceles en cuadrados. Física teórica de pajaritas de papel; Origami infructuoso. Sobres que vuelan sin carta escrita y poemas rotos por el amor que no reflejan. Gotas de lluvia que se marchitan. Agostos que rezan para que no llueva sobre novias radiantes que esperan.