El Árbol

El pasado martes, los amigos de Martes de Cuento celebraron el número 200 con esta historia sobre el origen del mundo (y del poder de la imaginación)
No dejéis de leerlo

Martes de cuento

mancha verdeCuando en la Tierra no se habían inventado todas las palabras —y de eso hace tanto tiempo que la Memoria apenas guarda recuerdo—, sobre nuestro planeta solo vivían árboles. Habitaban muy lejos, en un remoto jardín.

Debéis saber que, por aquel entonces, el mundo era muy pequeño. En realidad, solo era un proyecto de mundo, porque lo único que había en él era ese lugar, que no se sabe cómo, cuándo ni por qué apareció. Nada de lo que conocemos ahora existía. Para que lo entendáis; pensad en una gran hoja de papel en blanco y en un rinconcito, una diminuta manchita verde.

En ese espacio, había árboles, árboles y más árboles por doquier, que entrechocaban sus ramas y por el nombre de cuyos frutos eran conocidos.

Estaba el Árbol de la Vida, que daba vida; el Árbol de las Tormentas, de cuyas ramas pendían rayos y truenos; el…

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ILUSTRADORES: ELENA GROMAZ BALLESTEROS

ilu de elena gromaz

A veces pasa que un amigo tiene otro amigo que cree que se llevaría genial contigo; más o menos esa es la historia de cómo Elena Gromaz y yo nos conocimos.

Yo tenía un cuento: Lobo y el Pedro, y Elena tenía una manera mágica de ilustrar (y adora a los lobos ¿Qué más podía pedir?) Martes de Cuento nos reunió y fue un flechazo (en lo artístico y en lo personal).

Desde entonces hemos decidido hacer pareja artística recurrente, como podéis comprobar en la publicación de ayer: Conn, el selkie.

Podría deciros muchas cosas sobre Elena como persona (que es más maja que las pesetas, que es una buscadora incansable de proyectos y que se ilusiona con el vuelo de una mariposa), pero hoy quiero hablaros de su trabajo como ilustradora, para que podáis disfrutar de sus dibujos (con artes tradicionales o digitales) a través de su web o su Behance, en el que descubriréis que no solo ilustra para niños, aunque le encanta.

Al margen de Elena, o de la persona que hay detrás de las manos de Elena, a mí me enamoraron sus líneas y sus colores. Ese desenfado que pone de buen humor con solo ver sus dibujos; no sé cómo consigue decir tanto con tan poco (aparentemente).

Hoy, dejaré que sean sus obras las que hablen por mí (y por ella), porque lo hacen de maravilla.

Daos un garbeo por su Facebook o su Pinterest. Os aseguro que saldréis con ganas de más.

DE CÓMO UN SALMÓN ME SALVÓ LA VIDA

Frente a las aguas tranquilas del río, día tras día, veía el salmón a aquella niña sentada sobre una roca y mirando el brillo del sol que se reflejaba en la corriente; ahora sí, ahora no. Nada tenía que ver con los chavales que agitaban el aire con sus gritos y chapoteos en las tardes de verano, ni tampoco con el alboroto que los perseguía cuando corrían por el prado. Ella miraba el agua y suspiraba, o, de cuando en cuando, tarareaba una canción hasta que uno de los chicos mayores la recogía; y así hasta el día siguiente en que volvía a dejarla en el mismo sitio mientras él se iba a jugar con los demás.

Los salmones son peces precavidos, pero también curiosos; después de varios días observando a la niña había descartado que su soledad tuviera que ver con los peligros de la pesca y empezó a compadecerse de ella. Tal era su sentimiento que se acercó al saliente.

—Niña bonita, ¿qué haces aquí tan sola?

—Esperar.

— ¿Por qué no juegas con los otros niños?

— Porque no puedo.

— ¿Acaso no te dejan?

—No, no puedo porque mis piernas no funcionan como las de los demás. — Levantó un poco su vestido enseñando sus rodillas. — Es por algo que me pasa aquí.

— ¡Qué triste!— exclamó el pez— Y ¿qué haces mientras esperas a que terminen de jugar?

—Observo, a veces canto, y aprendo cosas.

— ¿Como cuáles?

—Pues, el cambio de las hojas de los árboles según pasa el año; el comportamiento de los animales y, últimamente, a hablar con un salmón.

—Y ¿qué más?

—Nada más, desde aquí es todo lo que puedo ver. Y ya me he aburrido de buscar formas en las nubes.

— ¿Formas en las nubes?

—Sí. ¿Ves? Aquella parece un dragón, esa otra una oveja… pero no suelen parecer muchas más cosas.

—Son bonitas— dijo el salmón.

—Y tú ¿qué haces aquí? Tenía entendido que los salmones viajan mucho.

—Volvía al sitio donde nací, aunque creo que me he desviado del camino.

— ¿Vienes de muy lejos?

— De más allá del mar.

—Entonces habrás visto muchos lugares y gente.

—Pues sí, pero nunca conocí a una niña que no pudiera saltar o correr. Sí conocí a un anciano, era tan viejo que sus piernas casi no le sostenían y se sentaba en un tronco a la orilla del mar todas las mañanas.

— Y ¿qué hacía allí?

—Lo mismo que tú, supongo.

— ¡Qué pena!

—No creas, estar ahí sentado no parecía molestarle demasiado.

—Se habría acostumbrado. A mí me pasa.

—También había veces que un montón de niños se sentaba con él para escuchar lo que el anciano decía.

— Y ¿no corrían ni jugaban con la pelota?

—Cuando el anciano hablaba no, se quedaban callados y a él se le veía muy feliz.

—Y ¿qué les contaba?

Salmón relató a la niña todos los cuentos y leyendas que le había oído al viejo y, de paso, algunas más que sus viajes por el océano le habían dejado conocer. Y así un día tras otro hasta la última de ellas.

—Como ves— dijo una vez hubo terminado—, hay otras formas de aprovechar el tiempo que corriendo y saltando, y, a veces, tener que permanecer sentado no es tan malo si sabes qué hacer.

La niña asintió convencida de que todo podría ser distinto a partir de ese momento.

—Yo ya me tengo que ir— dijo el salmón—. Me he entretenido mucho y no quiero llegar tarde a mi lugar de nacimiento.

Y, con un golpe de cola, se despidió de la niña y siguió su camino río arriba.

Cuando, unas semanas después, volvió a bajar por la corriente, se alegró al descubrir que la niña que no podía jugar, correr, saltar ni bailar, ya no estaba sola; sus amigos la rodeaban ensimismados, atentos a lo que ella contaba, que no era otra cosa que las historias que le había oído al salmón; y se puso muy contento.

Decidió en ese momento seguir recopilando cuentos y leyendas, incluso se le ocurrió pedirle al resto de salmones que hicieran lo mismo y así, cuando volvieran a pasar por allí, podrían contárselas a la niña porque, aunque jugar, correr y saltar es muy divertido, siempre harán falta personas que cuenten cuentos.

Ilustradores: Alfonso Casas

¿Quién dijo que los chicos no sufren por amor? ¿Que no se comen la cabeza?

No es que me guste que la gente lo pase mal, pero, puestos a romper estereotipos de género, creo que este es importante y Alfonso Casas lo refleja a la perfección.

Si dije de Sara Fratini que me gustaba su forma de reflejar a las mujeres, lo mágico de Alfonso es el viaje hacia la intimidad y las inseguridades que, sí, también afectan a los chicos, como el protagonista de su comic “El hombre sin alma”.

Encuentro arrebatadoras las ilustraciones que comparte en su Instagram y Facebook, la mayoría basadas en mensajes y frases que, sin embargo, no pierden su esencia pictórica.

Os recomiendo que os paséis por su blog y que echéis un vistazo a sus redes sociales; no os va a dejar indiferentes.