LINDES

Relato incluido en la Antología de prosa poética de Ojos Verdes Ediciones.


 

Con cuatro lunas a sus espaldas decidió seguir vagando por abruptos senderos que no llevaban a ningún lugar hasta que un viento del norte, triste y desabrido, rompió la niebla para traer una estrella luminosa, incierta, que titilaba en las sombras de una noche sin final.
Al vuelo de las cornejas se adelantaron los estorninos; los contempló, curiosa, mientras arremolinaban los deseos de los ausentes en nubes negras como tormentas.
Hundieron aquellas vistas sus pies en el fango infecto, donde las lombrices apenas llegaban a rozar el suelo. Notaba el frío en las puntas de los dedos, como brotes tiernos sucumbiendo a fiera helada y, por primera vez en su existencia, sintió el miedo escondido tras los musgos y el vaho de sus pulmones escapando de ella, alejando la vida y los sueños de un cuerpo de niña que, sin embargo, empezaba a estremecerse al amor del planear de búhos y el bramar de ciervos.
Atravesó una ciénaga, una playa y un robledal, acompañada por el lúgubre rocío que descansaba sobre los tréboles amarillos. Jamás creyó que un ocaso fuera tan hermoso, mientras las cuatro lunas, agazapadas bajo su pelo, aguardaban.
Fue el sigilo de un zorro el que las despertó, con sus uñas lacerantes sobre la tierra mojada; esas lunas envidiosas: llena, creciente y las dos menguadas, desbarataron su cabello y la hirieron en el alma.
«Somos dueñas» le decían «de tu futuro».
Y ella lloraba, viendo escapar la estrella y el viento entre el fulgor plateado de cuatro esferas blancas.

RECREO

Viento reía arremolinado entre las hojas, Lluvia brincaba sobre la superficie de los charcos y Neblina jugaba al escondite junto a la ribera.

En aquella mañana de recreo, Sol esperaba su hora, mirando triste tras la ventana.

Nunca le dejaban salir con ellos.

Arriero

Estoy harto del traqueteo de las ruedas de este carro desvencijado y el tintineo incesante de todos los archiperres que se acumulan en su interior. Cansado de verle el culo a esta mula vieja que, ahora que lo pienso, tiene que estar más aburrida que yo, ignorando lo que existe más allá del estrecho trozo de mundo perceptible entre las dos anteojeras.

Ya hemos pasado por esto antes; kilómetros de polvo y escasa sombra buscando un pueblo o aldea donde nuestros productos puedan interesar. Pero últimamente he perdido la ilusión, igual que la mula ha perdido su lustre y, para ser sincero, también unos cuantos kilos.

Ahora que me fijo, los varales del carro le vienen grandes, se le ha escurrido la grupa, y adivino sin trabajo los huesos que le permiten poner una pata delante de la otra.

Pobre vieja.

Hasta la niebla de la mañana parece habernos abandonado; ya no esconde los cruces tras su velo blanco y vengo echándola de menos, con todo lo que me he quejado de ella. Lo mismo se enfadó y ya no quiere saber nada de nosotros. O ha emigrado a climas más fríos, donde será mejor recibida que aquí.

Opté por no decidir el destino porque, cuando no hay camino, es imposible perderse y, seamos francos, ahora que me hago mayor, me estoy volviendo un romántico y necesito que la vida me sorprenda con algún pueblucho de vez en cuando, de esos que los mapas han olvidado y sus moradores casi que también.

Me aparto para dejar pasar un coche, esos cacharros escupehumos se están haciendo con mi territorio, envolviendo todo con su sonido de petardos y sus prohombres al volante. Nos miran mal, como si fuera culpa nuestra que los caminos sean tan estrechos; los hay que me tiran una moneda, como si me hiciera falta su caridad.

Hace meses que he dejado de indignarme, ahora recojo el dinero y lo meto en un tarro que tintinea con todo lo demás.

A veces, en un recodo, encuentro niños que corren emocionados junto a mí, anunciándome a sus vecinos a gritos mientras intentan adivinar qué maravillas escondo bajo la lona enmohecida. De joven me molestaban con sus continuas preguntas, a estas alturas me divierten sus riñas y agradezco que me ahorren tener que pregonar mis mercancías antes de tiempo.

No quiero imaginar la que formarán cuando, en vez de este viejo arriero, llegan los saltimbanquis.

He tomado la costumbre de coger mi gaita cuando aparecen y voy tocando hasta que llegamos al pueblo; esto no sólo atrae a los niños revoltosos, sino también a sus madres y abuelos, que parecen no recordar el sonido de la música.

He pasado por aldeas en las que no me han comprado nada, pero me han pagado, y muy bien, por tocar tres días para ellos. Me han dado de comer y han dejado descansar a la Juanita, que rejuvenece hasta parecer una potra.

Y otra vez al camino buscando no sé qué, igual a mí mismo, igual un tesoro que me permita de una vez jubilar a la pobre mula y de paso jubilarme yo, quién sabe si disfrutando de un colchón mullido y un plato de lentejas, que uno es de fácil conformar

SER O NO SER

Se miraban como dos rocas a punto de ser arrastradas por la marea, como el viento de poniente mira al sol cuando amanece.

Se miraban sabiendo que no podía ser y, por primera vez juntos, decidieron no seguir siendo.

Tierra y aire

Todo se concentraba en su andar cansado; de ese cansado de noches sin sueño y días sin esperanza; tal era el cansancio de su caminar, que los dedos de sus pies parecían enterrarse en el suelo.

Así fue como tomaron forma de raíces buscando tierra de la que extraer humedad.

Hasta que un día, quién sabe si por acción de un rayo de luna, de su espalda brotaron alas, y pudo por fin volar.

Chivato

Qué molesto el sol por las rendijas de tu ventana, que se empeña en iluminarme para que me veas cuando acuda a robarte un beso, y así, puedas decir que soy yo en la rueda de reconocimiento.