St. Patrick’s Day

Trenzó flores de trébol en su pelo y vistió sus mejores galas; el día había amanecido verde y con niebla, como debía ser.

Dejó la ofrenda a los duendes en el alféizar de la ventana y se fue a trabajar con la esperanza de que, cuando regresara a casa, aquellos traviesos seres le hubieran devuelto su arpa dorada.

De parecer

Sin vergüenza, avergonzado,
con lo que tenía, compuesto,
más que planta, más que árbol
se sentía como tiesto.
Por probar todo, probó alas
y no despegó del suelo;
las tornó branquias y escamas
y se ahogaba en charcos secos.
Decidió, más bien dictaron,
un destino más austero.
Y, al final, con piel de lobo,
se disfrazó de cordero.

Torre la Higuera

Cuentan que la torre se deslizó una noche por la duna, que ya era incapaz de sostener su mole; cayó al mar enterrando su cabeza en la arena y dejando su base al descubierto.
Nadie sabe si lo hizo acompañada de un gran estruendo o si, por el contrario, el silencio se hizo eco en ella hasta su destino, pues entonces aquella playa distaba mucho de su aspecto actual.
La torre había sido su único habitante de origen humano en mucho tiempo, y los jabalíes, ciervos y linces, habían encontrado cobijo bajo su sombra; tal como ahora hacían los niños en busca de cangrejos.
Mucho tiempo atrás se había levantado para vigilar a los piratas que amenazaban la costa y ahora, verano tras verano, era asaltada por piratas más temibles y menos aguerridos que saltaban desde su punto más alto al agua y dejaban la playa llena de bolsas, latas y botellas sin miramientos.
Si Torre la Higuera hubiera tenido ojos, habría llorado, pero no podía o sus primeras lágrimas habrían asomado cuando los ladrillos empezaron a invadir su paraíso espantando a los ciervos y los jabalíes.
Tras siglos siendo la única evidencia humana más allá de los pescadores, se vio rodeada de apartamentos que proyectaban su sombra sobre la arena donde antes el sol acariciaba la espuma de las olas por detrás de ella al atardecer, y sólo le quedó el consuelo de que, en algún momento, llegaría el invierno y aquellas invasiones desalmadas cesarían, dejándola a solas con las gaviotas y los cangrejos, tal como fue al principio.

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Ardea Purpúrea

El graznido de los patos llenaba un amanecer que no parecía tal; la niebla densa ocultaba cualquier rastro de sol, pero lo inundaba todo de un halo purificador aunque carente de misterio.
Una bandada de garzas irrumpió en la blancura sin dirección aparente, y el zumbido de un mosquito buscando víctimas la hizo notar que, aunque intentara pasar desapercibida, todos sabían que estaba allí.
Ella no se inmutaba, atenta solo a cada sonido y aroma, con su bolígrafo y su libreta, tratando de recoger cada detalle concentrado en un puñado de palabras.
Hacía mucho que no se sentía así, tan en contacto consigo misma; la noche anterior se había visto decepcionada por una luna llena que conseguía ocultar el titilar de los mil millones de estrellas que sabía pobladoras del firmamento. Le hubiera gustado volver a verlas todas, como cuando era niña y acampaba a la orilla del lago, donde la noche no era oscura aunque hubiera luna nueva.
El ruido de un remolque cruzando el camino cercano la devolvió a la civilización por un instante, pero pronto regresó a la naturaleza bajo el techo de paja de su cabaña encalada.
El papel empezaba a estar húmedo y se combaba, así como su pelo se encogía en cada cabello imbuído de voluntad propia.
El alboroto de los patos se fue acallando y ella soltó el bolígrafo, atascada en una parte de esta historia que no se veía capaz de continuar. Así decidió dedicarse a contemplar, sin más aspiración que el reencuentro con sus musas; con suerte, alguna aparecería pronto entre el revuelo de hojas y plumas que el viento empezaba a levantar frente a ella.

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Puntos de vista

Se sostenía como suspendido por un hilo invisible colgando de una nube en lo alto del cielo de azul incierto.
Allí parado, con la mirada fija en la cuneta, llamaba la atención de los adultos y niños que pasaban en los coches, de dos caballistas que atravesaban el camino paralelo y hasta de un rebaño de ovejas que pastaban tranquilas y esquiladas en el campo segado al otro lado de la calzada.
Todos advirtieron su presencia excepto quien no debía saberlo: el pequeño ratoncito colorado que asomaba su hocico al aire tratando de encontrar un peligro a ras de suelo, inconsciente de que su mayor riesgo nunca vendría de allí. Ni siquiera distinguió la leve sombra que se cernía sobre él.
Cayendo en picado con precisión militar, el aguilucho sacó las garras para atrapar a su presa; y los adultos, los niños y los jinetes se sonrieron, magnetizados por un espectáculo que habían presenciado mil veces pero que nunca perdía un ápice de su encanto.
Los únicos inmutables ante el hecho eran los caballos y las ovejas; a fin de cuentas era sólo la naturaleza siguiendo su curso, y eso no tenía nada de extraordinario.

Como viento

Aguardándote quedó mi alma
dormitando las malvas marchitas,
contemplando cómo, a lo lejos,
se marchaba tu cuerpo inerte
mientras en el mío ardían
la pena y más la vida,
anhelando tus ojos de mar.
Negando lloraba tu ausencia
y reía con firmeza tus recuerdos
tan profundos grabados en mi,
a fuego.
Esperándote sigo sin aliento,
intentando latir mi corazón,
a que en sueños vengas a mi encuentro,
como viento, amor, como viento.

 

 

Amar

 

Imagen

 

Cuentan que Mar se enamoró de Tierra y que la espuma de las olas eran torpes besos furtivos.
Tal era la pasión de aquel amor, tan fuerte e intensa, que Mar terminó por desmoronar los acantilados para poder ver a Tierra desnuda por fin.