Soltar amarras

—Nos han encontrado— dice la chica. Y un humo denso envuelve el muelle.

Cualquier sitio sería menos predecible que un espigón de madera marcado por los besos furtivos de todos los amantes adolescentes en veinte kilómetros a la redonda.

Él sujeta la cara de ella entre sus manos, nunca sintió tan tibia una piel, jamás volverá a tocar otros labios con los suyos.

—¡Entréganos al espécimen y nadie saldrá herido!

—Entrégame y podrás volver a casa.

—No quiero— se niega, y empuja a su amado de vuelta al mar, hogar de peces y caracolas.

El amor entre humanos y sirenos resulta, una vez más, un imposible cuento de hadas.

ALBA

No me esperes levantado

que ese correr melifluo

de tus palabras por mis costillas

me aturulla.

Que es tu silencio ciego

el que me ahoga las caderas

dando a luz ausencias de luna.

 

Sigue recostado

con tu cara de ángel desheredado,

con el brillo de tus ojos velados

y, así, puede que aprenda a verme,

no en el espejo de tu mirada,

sino en tu boca.

EN LAS AFUERAS

Hace tiempo que no traigo, y tú llevas tres candelas.

Atraviesas esos lares de ciénagas en penumbra

y no sé si todos los fangos y las ranas cantarinas

saben de tu presencia

Anoche estuve rondando por las puertas del Infierno

y no me abrían;

probé en las del Cielo y me quedé en el quicio,

sentada fuera de mí,

fuera de ella.

Y, a lo largo del camino, la sola luz de tus tres candelas.

DE PROMESAS Y AMENAZAS

¿Y si te dijera que ya no quiero verte?

¿Qué harías?

A veces siento que mi corazón y mi alma

son de mundos diferentes

y tengo ganas de romperlos

a ambos, los dos.

¿Y si hoy dijeras que ya no quieres verme?

¿Qué haría?

Seguramente, romperlos

a ambos, los dos,

e intentaría ser feliz con otros comprados,

vendiendo los míos

al mejor postor.