ME LO DIJO EL DIENTE DE LEÓN

Me lo dijo el diente de león,

entre los remolinos de un amanecer de mayo,

que todavía me dejabas aparecer en tus sueños

y que, cuando despertabas,

el corazón te latía al ritmo de una manada de caballos desbocados;

que buscabas mi nombre entre los ojos de otras,

que acariciabas las olas como si fueran mi piel

y que, después de tres noches,

volvías a olvidarme,

como si nunca hubiera sido parte de tu vida,

como si mis huellas se hubieran borrado

con la subida de la última marea.

DE TRES I

Sentía sus abrazos, todo cuerpos, todo manos,

todo labios que se chocaban cerca de mi boca,

alientos que me cosquilleaban en los oídos,

el vello de punta, el escalofrío último,

un ritmo frenético, enfermizo, imparable;

un te quiero, un te amo, un te deseo;

el caminar de unos dedos por mi espalda,

la duda, tus ojos, sus ojos;

una lengua que se esconde traviesa tras el marfil

que desgarra presuroso la comisura más próxima;

el calor lejos del fuego,

la humedad creciente,

un murmullo ininteligible,

el todo, la nada.

Nuestras carcajadas de después.