MERCURIO TRASNOCHADO

¿Cómo te atreves a aparecer en mis noches sin ser llamado? ¿A obligarme a que me rompa los huesos buscando tu abrazo en un aire vacío que solo devuelve el recuerdo de tus ojos, de un beso que nunca existió?

¿Cómo te atreves a tenerme una semana bramando tu nombre a todos los vientos conocidos, sin respuesta?

¿En qué momento te erigieron mis dioses en mensajero de buenas nuevas que deja tras de sí un rastro de lágrimas, de deseo, de ausencia. Un huracán que arrastra un castillo de naipes. Un jodido golpe de mar?

Y, a pesar del tiempo, de los años (de la distancia en todos los sentidos), me miras enfadado, como si no te reconociera, con esos ojos imposibles que me taladran y me llevan a lugares que nunca visité, salvo en sueños y a tu lado.

Tú, duende malvado que sabes cómo romper todos los círculos de piedra de mis muchos mundos, con todos los derechos adquiridos sobre mi alma, vienes a recordarme que, a pesar de todo lo que yo sea cuando despierto, nunca podré aspirar a más que a ser yegua desbocada que galopa hacia ti.

DE FAROS Y OLAS

Texto incluido en el libro de relatos Lo que las piedras callan

Fotografías a miles han retratado esos momentos de faros emergiendo entre una espuma que levanta metros sobre las rocas; sobrevivientes a la naturaleza, orgullosos e inquebrantables, impertérritos ante una violencia a la que se han acostumbrado con los años.

Esto es lo que los humanos piensan, y están equivocados.

De las conversaciones entre faros y olas solo nos llegan los ecos, tímidos susurros entre el viento húmedo de los temporales. Son enamorados al amparo de las estrellas que ocultan un sentimiento impuro durante el resto de sus existencias.

Nadie se acuerda de estos amores cuando hace buen tiempo, cuando la luz, en temerosos guiños, acaricia las ondas con alevosía y nocturnidad.

¿Qué pensará el mar durante el día?

Los faros se esfuman entre la niebla, disimulando hora tras hora sus ansias hasta que llegan las tormentas para calmar la impaciencia de un amante por reunirse con otro; las nubes, oscuras celestinas, se compinchan con los vientos; arrancan aullidos de las rocas, estremecen corazones y cabalgan gotas. Obligan a los humanos a esconderse, a cerrar los ojos. Todo para que las olas puedan robarle a los faros un beso.