Ilustradores: Emma Pumarola

Este es el último viernes de septiembre y, como prometí al recibir el nuevo curso del salmón, toca descubriros a uno de esos ARTISTAS de lo visual.

Emma Pumarola

Conocí a Emma a través de Martes de Cuento donde dejó, primero, algunas de sus ilustraciones y, después, puso color a cada uno de los cuentos que conforman “Pasaje a Isla Imaginada”. Pero en su portfolio encontraréis mucho más: cómics, murales o retratos. Os recomiendo sus trabajos en tinta o acuarela.

Además forma parte del proyecto Think Big, con el que ella y otros cuatro ilustradores pretenden acercar el dibujo a grandes y pequeños en espacios abiertos.

Si queréis echar un vistazo al trabajo de Emma podéis visitar su página web, o seguirla en Facebook, Twitter e Instagram.

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El dios y las palabras.

TIRANO

Habían pensado en las múltiples consecuencias del cambio climático.

Eruditos, ingenieros, biólogos y físicos se habían devanado los sesos intentando adelantarse al desastre; pero, cuando los polos se derritieron del todo, la única posibilidad que no habían barajado era verse sometidos a la voluntad dictatorial de un salmón que agitaba el látigo de alga trenzada con aleta férrea, demandando cada día más manos para construir el mausoleo con que honrarían su memoria tras el desove.

 

 

Vecino nuevo

Los que seguís a este salmón en su periplo conoceréis de sobra Martes de cuento, un blog que nos regala cuentos, ilustraciones, poemas y cualquier cosa que podáis imaginar para los más pequeños de la casa (y no tan pequeños). También sabréis que, de vez en cuando, colaboro con algún texto (cosa que os animo a hacer a vosotros también) y esta semana, el bichito lector que lo dirige, ha tenido a bien publicar un cuento mío que se titula “Vecino nuevo” y que podéis disfrutar y comentar en el link al final de la entrada acompañado de una preciosa ilustración.

Espero que os guste y que, ya que os dais un paseo por Isla Imaginada, os quedéis por sus costas, que acogen con gusto a los visitantes, gozan de buen clima, y derrochan calma para combatir el estrés diario y el bloqueo creativo.

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Hay ciertos animales a los que el hombre no puede dañar de ningún modo. Viven tranquilos y felices, en completa libertad, en los parajes de Isla Imaginada.

Origen: Vecino nuevo

Un golpe de suerte

 

Si había un lugar en el mundo para sentirse ridículo con un neopreno, gafas de buzo y el esnórquel, aparte de tu propia boda, era ese; rodeado de hombres con pantalones a cuadros y polos impolutos, se sentía como un astronauta en una convención de extraterrestres.

—Vamos, tío— le urgió su amigo—. Y ten cuidado con los caimanes. — Rio..

En los últimos meses había pasado por una infinidad de trabajos y sus correspondientes novatadas, pero aquella era, quizá, la más ridícula de todas. Caimanes a él, que se había pasado la infancia corriendo por el green entre los hoyos 15 y 18, justo al lado del lago, contemplando la mutación de los renacuajos a ranas cada verano.

Levantó el pulgar, aceptando la broma, y se sumergió con la red colgada a la espalda.

En su natación hacia el centro de la laguna artificial se cruzó con un par de carpas y pensó en la crueldad de meter peces en un estanque cuyo único propósito era servir de perdedero para las pelotas de los golfistas menos expertos. ¿Cuántas de ellas no habrían muerto golpeadas por una de aquellas bolas picadas de viruela? Pobres bichos.

Llegó a la zona más profunda y, entre algas y limo, vislumbró una montaña blanca. Dejó salir el cabo del tubo a la superficie, cogió aire y se sumergió impulsado por las aletas. Había por lo menos cincuenta pelotas allí, una fortuna para su primer día de trabajo si las recuperaba todas, y casi sin esforzarse. Recogió tantas como pudo y subió a respirar de nuevo.

En la segunda inmersión, perdió el filón de vista, las aguas se habían enturbiado a buen seguro por culpa de sus aletas, que habían removido el lecho fangoso. Cuando la visibilidad mejoró, el montón de pelotas se había desperdigado y descubrió una amarillo brillante que se ocultaba entre algunas hojas y lo que parecían rocas pequeñas. Acercó la mano justo al tiempo que la pelota parpadeaba y, con el agua limpia a su alrededor, vio que a la esfera le seguía una fila de dientes cónicos dispuestos en una sonrisa malévola.

No tuvo tiempo de apartarse, o se demoró demasiado verificando que, tras la pelota amarilla y la cordillera blanca, se escondía un caimán de algo más de metro y medio. Para cuando creyó haberse alejado lo suficiente, el agua se enturbió de nuevo y un tirón seco le impidió llegar a la superficie.

No quería mirar hacia abajo, no podía asegurarse de si su pie izquierdo era presa de las potentes mandíbulas del saurio y su cerebro trabajaba deprisa, repasando todos y cada uno de los documentales, realities y noticias que, a lo largo de su vida, habían tenido como protagonista a aquel depredador eficaz. Por desgracia, su mente solo recordaba el giro de la muerte, las historias con final fatalista sobre ataques de cocodrilos de mar en Australia y a los pobres ñus atrapados mientras bebían en su migración anual por las llanuras del Serengeti.

No había nada que hacer. Si había un lugar en el mundo para sentirse ridículo con un neopreno, gafas de buzo y el esnórquel, además de un campo de golf, era tu propio funeral. Comenzó a rendirse, a darse por muerto. De pronto, algo irrumpió en el agua a toda velocidad, algo pequeño y redondo, algo blanco. ¿La luz al final del túnel? No, la pelota de un nefasto golfista que acertó de lleno en el único punto débil de su captor.

Notó la liberación de su tobillo y nadó hacia arriba en una carrera desesperada y, a su modo de ver, eterna.

—Venga, tío ¿solo veinte bolas?— le dijo su amigo mostrando su red llena.

Un chapoteo desvió su atención hacia la superficie del lago desde donde el caimán les miraba con sus ojos amarillos y brillantes.

—Sí, tío, solo veinte bolas. Y la que acaba de caer, la recoges tú.