SIBERIA

SIBERIA

Sabía que un ramo de flores no iba a arreglar nada, con ella un ramo de flores era casi un sacrilegio. Con otras era más fácil: una joya, unas rosas, una canción… pero con ella no, con ella todo era siempre más complicado, aunque también más excitante. Y, quizá por eso, había optado por lo más ordinario, porque era lo menos esperable entre ellos: algo corriente.

Le sudaban las manos, el papel de seda con el que habían envuelto el ramo se deshacía con la humedad de los tallos y por momentos temió que sus palmas se hubieran teñido de color morado. Volvió a mirar las flores. Llamó al timbre y agachó la cabeza.

¿Cuál era el protocolo a seguir para la entrega de semejante pipa de la paz?

En cualquier caso, a ella no podría engañarla, no en eso, al menos. Le conocía demasiado bien; tan bien como para saber que él ya estaba pensando en otra antes que él mismo se replanteara sus sentimientos. Y, sin embargo, por muy lejos que se sintieran desde hacía tiempo, no debió dejarla marchar sin una explicación, sin una disculpa, sin un “te quiero, pero ya sabes…”

Creyó escuchar su respiración al otro lado de la puerta y le empezaron a temblar las rodillas. Ella abriría con naturalidad y él se sentiría desarmado porque ella nunca mereció nada más que respeto y él, precisamente él, le había faltado a tal.

El picaporte tardó una eternidad en girar, la puerta se demoró un siglo en separarse del marco y la oscuridad le atrapó el aliento.

Ella frente a él con los ojos hinchados de llorar, el pelo enmarañado en una coleta que se había rehecho varias veces sin ser peinada, los surcos de las lágrimas descendiendo por sus mejillas.

A él se le cayeron al suelo las flores y el alma al mismo tiempo y estuvo tentado de ponerse de rodillas para pedir perdón mil veces, de ofrecer su vida en sacrificio por un dolor que había subestimado. Ella, la dueña de su destino, impertérrita en lo alto de su montaña, calma después de la tormenta, huracán justificado, río desbordado, era ahora poco más que los despojos de un gigante, el junco que se quiebra con el viento, la última hoja que se desprende al comenzar el invierno.

Ella recuperando su dignidad, barriendo sus pedazos bajo la alfombra, le invitó a entrar.

—Dime al menos que las flores son para mí— le dijo, y dibujó una sonrisa que no combinaba con la desolación de su rostro.

—Tenía miedo de que no las quisieras.

Y le parecían pequeño pago para una diosa derribada de su altar a golpes.

—Son preciosas.

Ella y su condescendencia, su no querer herirle. Él deseando sacrificar un toro blanco para honrarla, encender todos los altares del mundo en su memoria, ofrecerse a lo más profundo de un volcán; tentado de poner en sus manos un cuchillo y dejar que le arrancara el corazón y que lo pusiera en la repisa, aún palpitante, junto al ramo de flores, el papel de seda desteñido, la última foto juntos, la primera carta de amor.

—Lo siento— masculló él.

—¿El qué?

—Todo.

—¿Todo?

¿El primer beso, la última caricia, los “te amo”, las batallas bajo las sábanas, los versos dedicados, los regalos, los minutos, las ausencias, las excusas?

—Todo.

Ella rio con una risa falta de desespero, de locura, más serena que nunca; rio a carcajadas y desapareció por la puerta de la habitación seguida por el eco de su risa. Regresó en un momento con el pelo recogido en una trenza, con la cara lavada, los ojos brillantes, revestida de misericordia; ave fénix resurgida de unas brasas que él no era capaz de apagar; primer brote entre la nieve, rayo de luz entre las nubes, ángel redentor, jinete del Apocalipsis, lobo desatado, enorme serpiente capaz de engullir el sol.

—Todo es demasiado para lamentarse.

Y él se sintió minúsculo, grillo en medio de una noche eterna que canta a una estrella perdida en el infinito. Sintió la tentación de acariciarla, de iniciar un águila de sangre por la traición perpetrada, de pasar por doce pruebas, de coger el barco hacia Ítaca por ella; cualquier cosa menos la culpa, cualquier palabra menos su perdón.

Le tomó de la mano y le dijo: «Vámonos».

Y se dejó arrastrar como tantas otras veces, dispuesto a seguirla hasta el último confín del mundo conocido, más allá de las constelaciones, al Hades mismo si con ello regresaban su mirada tierna y su pecho abierto; si podía hacer de su sonrisa algo perpetuo.

Comenzó a verse héroe redimido que vuelve con todos los tesoros para alcanzar la honra de su mano, de sus labios, de su amor inquebrantable, pero ella, Medusa desairada, Maeve traicionada, Freya imperturbable, lo condujo al lugar donde se conocieron y allí lo abandonó a su suerte rodeado de todas las ánimas condenadas, de licántropos, vampiros y habitantes de la laguna Estigia para que dispusieran de su alma.

DAR (K) NIGHT

Entre tanta luz, la oscuridad de aquel joven era magnética, a pesar de la muchedumbre que les rodeaba parecía que el mundo había encontrado su eje en la escultura que formaban él y su víctima, si es que se podía calificar como tal, y cualquier cosa que giraba alrededor se veía influida por su campo gravitacional, acelerando conforme uno se alejaba de ellos.

«Es un último paso» murmuraba el joven indolente a la vez que acercaba su hermoso rostro al del otro.

Una paz inundaba a los testigos más directos mientras el resto continuaba en una fiesta que daba a la escena un aspecto aún más grotesco.

Los ecos de una orgía invadían el espacio sacralizado por el ritual, como sacados de un infierno de Dante en el que no había penitencia sino regocijo.

Ella los contemplaba entre asombrada y consciente, sin poder explicar a ciencia cierta si comprendía o no lo que estaba presenciando. Su mente vagaba entre los conocimientos adquiridos durante años de estudio, buscando la identidad de aquel demonio. Sus poderes eran tan universales, había tantos candidatos que encajaban con su esencia.. Sin embargo, la quietud, la paz que desprendía, que justificaba sus actos, la tenían desconcertada. No era maldad lo que le empujaba a aquello, era su oficio, su fin último, su destino inexorable, y todos los que allí había eran conscientes de ello, no por irremediable sino por necesario.

Una luz oscura se apoderó del rostro del joven, una luz que iba avanzando desde sus labios hacia sus mejillas y sus sienes hasta invadir sus ojos que se tornaron negros y brillantes como dos perfectas esferas de carbón, fue entonces cuando la víctima abrió los suyos, convertidos en dos bolas blancas ausentes de iris o pupilas pero llenas de vida, ansiosas por el momento final, por el clímax de aquel rito al que se sabía predestinado.

Los ecos orgiásticos cesaron, el mundo entero se paró en el suspiro último, vibrando en torno a la gótica pareja como una energía contenida incapaz de escapar y, de repente, la nada más absoluta, sin aire, sonido o luz. Una nada respirable, embaucadora, con un aroma sin perfume; una nada que llenaba cada rincón, no de la estancia, sino de cada uno de los testigos, para que nunca pudieran olvidar.

SIN ALIENTO III

A veces miras a contraluz y te diviertes, porque todo son sombras azarosas y extrañas gobernadas por un rayo de sol, y entonces llegan las nubes y las apagan, como si fuera el momento de la caída del telón.

TRES CORONAS (Mór-Ríoghan)

En un remolino de plumas,

de oscuridad y esperanza,

tres coronas asomaban.

Las reinas de la aciaga noche,

de lo que fue, de lo que será

de lo que nadie recordaba,

esparcían a la vez

vida y muerte, ocaso y alba.

Entre el humo de las hogueras,

entre el choque de las espadas,

el viento de poniente

y el rumor del mar contra la playa;

entre el silbido de los trigos,

las notas de viejas arpas

levantan almas antiguas

que con cuerpos nuevos bailan.

Desafiando a la tormenta,

abre la corneja sus alas

y sus hermanas aparecen

poderosas, valientes, despreciadas,

devolviendo vida a la nada;

tan hermosas, tan calmadas,

en un remolino de plumas negras

tres coronas asomaban.

HALLAZGO

La linterna dibujaba momentos de claridad en la pared y revelaba un mar de manos alzándose al infinito; el aire que les rodeaba parecía haberse congelado en el remoto instante en que el último obrero colocó la piedra que selló la entrada de la tumba hacía cuatro mil años.

Sintió la tentación de rozar la maravillosa imagen de Anubis; apenas sus dedos se acercaron a la pared, la pluma de la balanza subió en el platillo y los arqueólogos quedaron allí encerrados para siempre.