POR SI LAS MOSCAS

Extendió la toalla en el suelo, colocó con cuidado las chanclas junto a ella y buscó la mejor posición para evitar que el sol la cegara. Estiró las piernas, ajustó la cadera, se apoyó sobre los codos y abrió el libro abandonando el marcapáginas sobre la tela.

Primero fue un cosquilleo, pero estaba tan embebida en la lectura que apenas le dio importancia; después fue como un picor que se movía ahora en una pantorrilla, luego en la planta del pie, ora en la zona lumbar y, finalmente, en el hombro. Se agitó nerviosa y el cosquilleo desapareció.

Volvió a concentrarse en la historia. Apartó con cariño una arañita que flotaba frente a su cara.

“Por aquí me llegaba” se dijo mientras posaba los ojos de nuevo en el texto.

El cosquilleo regresó con la tercera línea, otra vez en el hombro, otra vez en la pierna y después en el muslo. Soltó un manotazo en varios de los sitios, pero el picor se movía más rápido que su mano y entonces la vio, posada en el corazón del libro: una mosca, una mosca cojonera. La espantó de nuevo, pero el insecto se hizo más persistente. ¿Cómo no hablaban de moscas, avispas o arañitas cuando describían escenas de lectura placentera en los libros y las películas?

Se revolvió una última vez, desesperada con la insistencia de la mosca y decidida a terminar el capítulo del que quedaban apenas dos páginas.

El revoloteo empezó a jugar con su nariz, con los dedos, con un mechón de pelo que resbalaba tras su oreja.

Cerró el libro de un golpe, como si la dichosa mosca estuviera dentro de él, recogió toda la parafernalia y se metió en casa.

INSTRUCCIONES PARA ENTRAR EN UN BOSQUE ENCANTADO

Para entrar en un bosque encantado, hay que hacerlo en noche sin luna; ni llena, ni nueva, creciente o menguada, y esperar en el borde de un camino donde el musgo de las piedras señale hacia el sur. Tras la bandada de estorninos que anuncian el ocaso, dar tres vueltas a una amapola en el sentido de las agujas del reloj, y otras tres en torno al cardo en el sentido contrario.

Iniciar el camino que indique el rabo de la lagartija y no volver la vista hacia la acuciante llamada de las chicharras.

Nueve pasos, ni uno más, antes de tocar el primer árbol, que ha de ser un sauce llorón a cuyas raíces crezca la madreselva.

Es este momento del camino muy delicado, porque entre las hojas suele haber libélulas que intentarán confundir tu dirección.

Dejando de espaldas el murmullo del agua, dar tres saltos sin hacer ruido en la caída y repetir las palabras que susurró una salamandra. Como es fácil perderse, no se debe quitar la vista del lugar donde se posó el último rayo de sol.

Antes de pasar junto al álamo, aparecerá la línea morada de un horizonte que no termina. Es el momento de dejar la ofrenda sobre una piedra verde de años y líquen y continuar por su derecha. Puede que, por entonces, ya oigas el canto de la lechuza.

Tropieza con la rama perdida de un helecho y busca entre las copas de los árboles la cola de la Osa Mayor. No pongas tu huella sobre ninguna otra hecha por humano, animal, viento o agua y evita los troncos adornados de muérdago.

Recoge una piña abierta, lánzala lejos; luego corre hasta allí y, en cuanto veas asomar el brillo dorado que precede al oricuerno, habrás llegado.

NO BAJES DEL CORCEL, AMADO MÍO

Le prestaron un caballo de espuma y liquen, de olor a margaritas y aliento de búho en agosto; las crines de alga trenzada con suspiros de enamorados y los cascos del hierro de las espadas de héroes valientes muertos en batalla. Así salió Oisín del Tír na nÓg, amparado por la noche de los hombres, con la advertencia de Niamh en un beso:

«No bajes del corcel, amado mío.»

Y sus palabras le acompañaban en el susurro del viento del este, que le azotaba la cara mientras galopaba sobre el agua.

La primera rama que vio olía a primavera y tejo, a vida reciente; frenó el caballo y se paró a escuchar. Los lobos aullaban a un cielo falto de luna y plagado de estrellas, la lechuza cruzó el bosque con su fantasmal blancura, y un ratón se movió bajo sus pies.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La voz de Niamh se alejó entre los árboles, acompañada del olor a enredaderas y tierra mojada por una tormenta de verano.

Oisín azuzó a su animal, buscando el primer rath, y no tardó en encontrarlo en lo alto de una pequeña loma que susurraba con las voces de los Dédanann y un aleteo de mariposas amarillas.

Cruzó el río, que sonaba a canción vieja, a choque de escudos, con el brillo de las armas sacrificadas a Lugh en el fondo y la sabiduría de los mil salmones que lo remontaban contando historias que la gente ya había olvidado.

Llegó al borde de la empalizada y la voz de Niamh volvió, escondida ahora entre los bramidos de los toros y el balar de las ovejas:

«No bajes del corcel, amado mío.»

Pero pronto se perdió con los gritos de los niños jugando y los golpes del herrero.

Oisín encontró a una muchacha que llevaba un canasto colmado que despedía un olor a lana sin varear y hierba seca.

— ¿Qué sitio es éste?— preguntó.

—Bré, señor— respondió la joven, con un canto de cien pájaros en su voz y el olor de las primeras madreselvas en su pecho—. ¿Vienes de muy lejos?

Oisín pensó en cuánto tiempo había pasado entre el zumbido de las abejas y las nueces que caían del árbol.

— ¿Quién reina estas tierras?

— El rey de Tara es Laoghaire, hijo de Niall, hijo de Eochaid.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Las palabras de Niamh de nuevo en el aleteo de un pájaro, en el viento salado de un mar lejano.

— Hijo de Muiredach, señor.

—Entonces vengo de tan lejos que apenas recuerdo de dónde vengo.

—Pareces cansado, el Rí Tuaithe querrá conocerte, deja aquí tu caballo y te acompañaré, aunque no puedo tardar mucho, mi madre me espera al otro lado de la colina.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Ahora la voz de Niamh era casi un sollozo.

—Mejor sube a la grupa, pequeña, y llegaremos a tu casa enseguida. Yo también tengo prisa y no puedo saludar al .

La niña obedeció, colocando el canasto entre ellos.

—Es por ahí— señaló camino arriba.

Trotaron entre los campos sembrados de trigos, las lagartijas corrían a su lado, los saltamontes brincaban a su paso y la voz de Niamh se perdía entre las espigas mecidas por las caricia del sol.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La niña le indicó cómo seguir su camino y se bajó del caballo, dejando sobre la montura su olor a madreselva y canto de gorriones.

Oisín siguió galopando, colinas arriba, colinas abajo; y los cascos del caballo levantaban terruños por los caminos, despertando a las lombrices y los ratones, inquietando a los estorninos.

Oisín continuó siguiendo un río que murmuraba leyendas, que sonaba a flautas y chocar de huesos. En una de sus orillas, encontró a una joven que tiraba desesperada de una cuerda.

—¿Qué sucede?

—Mi red se ha enganchado en el lecho y no puedo sacarla. — Su voz era trino de alondras y temblor de lirios. — Es la única que tengo, no la puedo perder.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Repitió Niamh entre las hojas de los abedules, confundiéndose entre las ondas, escondida bajo los guijarros.

—Déjame el cabo. Tiraré de ella y la liberaremos en un momento.

La joven accedió y se colocó junto al caballo. Olía a esperanzas rotas, a recién nacido.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Gemían la soga y la red, perdidas en el fango antes de salir enteras del río. Con ellas salió también un salmón rosado que boqueaba al viento.

—Estoy tan agradecida, señor. ¿Queréis compartir la cena conmigo?

—De ningún modo podría, muchacha. Pero te acompañaré a tu casa. El pez parece pesado. Recoge la red y sube a mi caballo.

—¿Vienes de muy lejos, viajero?

—Vengo de tan lejos que ya no recuerdo ni de dónde vengo.

Dejó a la joven en su cabaña y siguió su camino.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Niamh gritaba desesperada en las huellas sobre la tierra, entre las hierbas altas, en el correr de los zorros.

Al llegar a un cruce, encontró a una anciana encorvada que arreaba a una vaca vieja y huesuda. Ambas olían a zarza y a ciénaga; a sabiduría y olmo seco.

La voz de Niamh se coló entre los suspiros de la anciana.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Y se volvió estrella fugaz a mediodía, invisible a todos los ojos excepto los suyos.

—¿Qué sucede, buena mujer?

—Esta vaca vieja no quiere moverse y tengo prisa. He de llegar al mercado con ella antes de que acabe el día.

—Quizá podría ayudarte.

—¿Eso harías, joven? ¿Ayudarías a estas dos viejas a llegar a su destino?

—Haremos una cosa. Montarás en el caballo conmigo y tiraremos de la vaca. A buen seguro llegaremos a tiempo.

El camino se hizo largo al paso de las enclenques patas del animal.

—¿Vienes de muy lejos?

—De tan lejos que apenas recuerdo de dónde vengo— respondió Oisín.

—Sé bien lo que es eso de perder la noción del tiempo— dijo la anciana—. Ayer mismo yo era una moza con una canasta de lana, una joven con una red repleta de salmones, y hoy soy una vieja que intenta vender una vaca casi tan cansada como ella.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La advertencia silbaba en los oídos, enganchada en las briznas de hierba seca, en las piedras del camino.

Llegaron al fin a la aldea donde la anciana se apeó del caballo y se despidió Oisín, no sin antes darle las gracias y un pedazo de queso.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Decía el eco en los nidos vacíos de las golondrinas.

Llegó a un claro donde unos hombres descansaban.

—¿Queda muy lejos Tara?— preguntó Oisín.

—Está cerca, viajero. Apenas dos colinas más allá. ¿Vienes a ver al rey Laoghaire?

—Sí.

—Cuéntale historias, le gustan las historias.

—Así lo haré. — Se despidió de ellos animado, sabiendo que pronto llegaría a su destino.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Pero la voz de Niamh se perdió entre los graznidos de los cisnes y el rumor de los habitantes de los sidhe.

Divisó a lo lejos la colina de Tara y respiró aliviado.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Azuzó al caballo colina arriba y, cuando ya podía ver la Lia Fáil en lo alto, el caballo tropezó.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Gritó Niamh junto a la Piedra del Destino.

Pero era tarde. Caballo y jinete rodaron por el suelo, convirtiéndose en polvo nada más tocarlo.