DE LA TUMBA A LA TRINCHERA

Se fue al descampado con la única compañía de un pico, una pala y un botijo. Comenzó a cavar un hoyo. Los curiosos que pasaban por allí le preguntaban qué hacía y él respondía a todos lo mismo: «Cavo mi propia tumba.» Después de lo cual, los preguntones se alejaban, dejándole tranquilo con su quehacer.

Pasaron los días y él seguía cavando. El hueco era cada vez más profundo, cada vez más alargado.

La novena noche se metió dentro y se tumbó panza arriba a contemplar las estrellas por última vez.

A la mañana siguiente volvió a casa, dejó el pico y la pala, rellenó el botijo, cogió pan, queso, cuerda y un hacha, y, con todo a cuestas, regresó al descampado.

Se puso a cortar troncos de un pinar cercano y los ató unos a otros.

Los curiosos que pasaban, los mismos de todos los días, comentaban entre ellos que aquella era la tumba más extraña que habían visto jamás.

¿No cavabas tu tumba, muchacho?— le preguntó uno.

No, ya no. Ahora preparo una trinchera donde hacerme fuerte.

EL NOMBRE DE LAS ESTRELLAS

—Ahí Orión y en este otro lado, Andrómeda y Perseo.

Y un pellizquito le coge el corazón. porque ella sabe que, hace mucho, mucho tiempo, otros las miraron y contaron otras historias, quizás las unieron de otras maneras, quizá eran otros amores los que escondían y ya nadie se acuerda de los más viejos nombres de las estrellas.

POR LOS PELOS

Cuando Fausto IV el Ensimismado aún era Fausto a secas, soñaba con crecer lo suficiente para tener barba. Esta obsesión, de la que sus hermanos se burlaban y que a sus padres les parecía adorable, nació con los cuentos de aguerridos piratas, intrépidos faquires y feroces vikingos que su ama le contaba, y cuyos protagonistas lucían el vello facial, no solo como seña de identidad, sino también como fuente, o eso le parecía a él, de su valor y apostura.

Los retratos de antepasados que adornaban el pasillo principal del palacio también influyeron; desde Eliseo I el Magnánimo, hasta su padre Fausto III el Pródigo, pasando por Enrique X el Loado, todos los reyes lucían luengas barbas y bigotes que impresionaban más a su mente infantil que los galones y las espadas. Hasta su abuela Catalina III la Victoriosa, había tenido algún que otro pelo en la barbilla según recordaba Fausto, que era el único de sus hermanos que nunca se quejó de cómo pinchaba la señora cuando iba a darles un beso de buenas noches. Así que, cuando la pubertad hizo de las suyas y, aparte de cambiarle la voz, apareció la pelusilla propia de esa edad, Fausto comenzó a imaginar cómo sería su barba y se metía con sus hermanos mayores por afeitarse a diario.

Antes de los dieciocho años, lucía una perilla cuidadosamente recortada que era objeto de halagos en las recepciones. Sostendría toda su vida que aquel adorno le ayudó a conseguir esposa y, desde luego, a suceder a su padre en el trono.

Ni sus obligaciones como rey, ni como marido, lograron alejarle de su peluda obsesión, e invirtió gran parte del tesoro público en ungüentos para mantenerla fuerte y en contratar a los mejores barberos que la recortaran, trenzaran y arreglaran. Prescindió de comer carnes que pudieran mancharla y se alimentaba solo de sopas transparentes a base de reducción de verduras decoloradas.

La reina, cansada de que gastara más en tan insignificante atributo que en la educación de sus hijos, de disculparle ante embajadores y presidentes por los retrasos, y de ser, en definitiva, ignorada por su marido, pidió el divorcio y se fue al Tibet, donde los monjes estaban debidamente afeitados y no gastaban ni pelos en la cabeza.

De este modo quedó Fausto IV en su palacio mientras su barba crecía y consumía, no solo el erario, sino también la paciencia de todos los que le rodeaban.

Con el tiempo, sus súbditos abandonaron la ciudad, emigrando a lugares lejanos donde los impuestos revirtieran en beneficio de todos y no en la vanidad de un rey loco. Después se fueron los músicos y los consejeros; por último, huyeron sus hijos, unos casados, otros en busca de aventuras, sin mirar atrás ni acordarse de un padre que, por otro lado, tampoco les había hecho demasiado caso.

Al principio no echó de menos ni los cantos, ni los halagos, ni las visitas, ni los besos de su vástagos. Le bastaba con ver cómo crecía su orgullosa barba. Hasta que, una noche de verano, los relámpagos de una tormenta sacaron a Fausto de su ensimismamiento y comenzó a lamentarse de cuán solo estaba.

Contempló los tapices que colgaban de las paredes y que, como en cualquier salón del trono que se precie, relataban las hazañas del rey de turno, o sea: él, y lo que vio le resultó insoportable. No había nada de poses regias a caballo liderando un ejército en victoriosa batalla, ni escena de su coronación, ni orgulloso retrato familiar, ni reflejo de un día de fiesta con juglares y reyes de otras tierras. Le invadió la pena y, esta vez, ni su barba pudo consolarlo. Se dio cuenta de que había sido, con diferencia, el peor rey jamás conocido, el peor padre y el peor esposo; pronto no tuvo fuerzas para levantarse del trono y, allí sentado, le sorprendió la riada.

Las aguas desordenadas invadieron el salón y rozaron la punta misma de su barba que, por entonces, ya alcanzaba el centro de la sala. Con la corriente, llegó también un pececillo que quedó atrapado entre los cabos de pelo.

¿Quién osa mesar mi gloriosa barba?— preguntó Fausto colérico.

El pececillo se asustó un poco, luego lo pensó mejor y decidió que, para bien o para mal, necesitaba la ayuda de aquel hombre.

Un simple pez, majestad. Porque sois rey, como supongo por vuestra corona.

Y tanto que lo soy.

Pero tenéis las ropas raídas y no hay trovadores ni consejeros a vuestro alrededor.

Pura envidia me tenían, porque ninguno de ellos tuvo jamás cuatro pelos en la cara.

Sin embargo, vos lucís la barba más hermosa que he visto nunca, y he visto muchas barbas.

De poco me ha servido. Nadie viene a contemplarla, y ya no me parece tan bonita como al principio. Empiezo a sospechar que es la causa de mi desgracia.

Entonces, si tanta tristeza os causa, ¿por qué no os deshacéis de ella?

Porque no me quedaría nada.

Os quedaría un amigo si, en vuestra infinita clemencia, me liberáis para que pueda volver al río.

Conmovido por primera vez en mucho tiempo, se levantó Fausto de su silla e intentó desenmarañar sin fortuna la red que barba y río habían tejido.

Pasada una hora, el pececillo empezaba a boquear buscando oxígeno y los movimientos del rey se volvieron más desesperados. Hacía tanto que no pensaba en algo o en alguien que no fuera su barba, que había olvidado esa sensación cálida cuando se ayuda sin esperar nada a cambio.

Un rayo de sol irrumpió en el salón y, entre las aguas, hizo brillar unas tijeras que alguno de sus barberos olvidó al marcharse. Para el rey fue muy duro decidirse, pero se dio cuenta de cuánto mal había provocado por los pelos y que aquella era la única solución.

Tomó las tijeras con mano temblorosa, cortó su barba y, con ello, liberó al pequeño pez y su propio corazón.

LOS PERROS QUE GUARDABAN LA ESCALERA A NINGUNA PARTE

 

A los pies de una escalera

había tumbados dos perros;

uno, un mastín,

el otro, un podenco.

Naranjas los ojos,

naranjas los pelos.

A los pies de una escalera,

el mastín y el podenco

guardaban los escalones

que miraban al cielo.

Tumbados como esfinges,

naranjas los ojos,

naranjas los pelos,

el mastín y el podenco

con una escalera en medio.

DAMNIFICADOS

 

Tras la tormenta del siglo, el Ayuntamiento estimó en doscientos mil euros los daños materiales y destacó que no había que lamentar víctimas personales; pero ignoró por completo los cadáveres de los paraguas que poblaban las aceras con sus esqueletos retorcidos y las pieles tiroteadas por el granizo; tristes alas de murciélago sin plañideras ni digna sepultura.