EL AMANECER DE LOS OSOS

Ayer por la mañana amanecí; oso que, al dar un paseo con el perro, dejó pelados de bayas todos los arbustos que encontró en el camino; oso.

Me lavé la cara (no voy a entrar en detalles sobre la complejidad de este ejercicio con unas zarpas recién estrenadas), me dejé marcas por toda la nariz y, como cabía esperar, los pantalones no me cerraban. Un día se amanece oso y, además del hambre atroz, de los zarpazos en la nariz y de que no te quepan los pantalones, tienes que lidiar con sentarte sobre una cola redonda que no ves, pero se sabe que está ahí porque molesta sobre los cojines del sofá, y se nota mover cuando se tensa cierto músculo al final de la espalda.

El caso es que mi amanecer oso pasó desapercibido al resto, nadie me veía oso excepto yo; mi perro no me veía oso, aunque sospecho que me olía oso porque se sobresaltaba cuando pasaba por su lado; mi pareja no me veía oso, aunque notaba algo diferente en mí y no sabía decir con precisión qué era; mis vecinos no me veían oso, porque me dieron los buenos días como siempre, aunque su hijo de tres años me ha miró raro, como si él sí fuera capaz de notar algo de osedad en mi apariencia humana. Pero yo, yo me miraba al espejo y veía un oso; un oso pardo, un oso de nariz profunda y ojos naranjas, de orejas redondas, de pelo duro, durísimo, así como… como de oso.

Y, fruto de esa nariz profunda, era capaz de distinguir el olor de todos los contenedores de basura; por culpa de esos ojos naranjas podía ver el horizonte con la silueta de sus árboles, y por las orejas redondas me llegaron ecos de un regajo que, normalmente, queda demasiado lejos para que me dé cuenta de que está ahí.

De repente empecé a pensar en salmones, en cerebros de salmones, en huevas de salmones, en pieles de salmones, vamos, lo que viene siendo cualquier desperdicio de salmón excepto la carne y las espinas. Así que asalté la nevera y me tragué, con mis fauces de oso: las pechugas de pollo, los filetes de ternera, las albóndigas en salsa, la merluza, la lubina, la palometa, los guisantes, la coliflor, la masa de hojaldre y una colección de cincuenta cubitos de caldo de cocido, todo ello sin descongelar.

A eso de media mañana, me entraron unas ganas incontenibles de invierno; un ansia, un desespero que no sé cómo explicar. En mi amanecer oso hubo muchas cosas difíciles de entender, pero ese deseo irrefrenable de invierno es, de largo, lo más complicado de todo. Era algo así como una lentitud en el paso del tiempo, como un embargo con la visión de cielos nublados y vientos gélidos; un sacudir de las costillas con el atisbo de la soledad, un escalofrío placentero en la columna (y hablamos de una columna de oso) con la expectativa de quedarse en la única compañía de uno mismo, un mirar hacia dentro con los ojos naranjas, un oler hacia adentro con la nariz profunda, un escuchar hacia adentro con las orejas redondas; incluso un arañar hacia adentro con las zarpas recién estrenadas que, sin embargo, me eran cada vez más familiares y fáciles de manejar. Así que retiré al rincón más remoto de la casa y me hice un ovillo (un ovillo tamaño oso, pero ovillo al fin y al cabo) para dar rienda suelta a eso que los eruditos llaman hibernación y yo he bautizado como “interior de oso” porque, en contra de todo lo dicho sobre el tema y todo los mitos que lo rodean, la hibernación no consiste en dormir, sino en ese hacia adentro; ese no ser más que lo que se es sin ser lo que nos hacen los demás, un reflexionar sobre la osedad de uno sin prejuicios ni influencias.

Y es curioso que mi primer pensamiento, precisamente, se dirigiera hacia fuera, una curiosidad por saber si, como yo había amanecido oso, otros también amanecerían quién sabe si oso, muflón o anguila, y cómo sobrellevarían ese nuevo estado; si eran capaces de reconocer a los otros, a los que amanecían como ellos o, lo que es peor, a los que amanecían lo contrario. Pongamos por caso que alguien que amanece ciervo se cruza con otro que amaneció lobo. Se masca la tragedia. ¿Habría alguien, en algún lugar, que amanezca avispa? ¿Habrá osos que amanecen humanos?

Esta mañana, después de una noche en vela, he amanecido yo, sin la nariz profunda, sin las orejas redondas, sin los ojos naranjas, sin los pelos duros, sin las zarpas y, resulte creíble o no, con unas ganas incontenibles de invierno.

DE ÁRBOL EN ÁRBOL

Cuando era pequeña quería ser ardilla, con mi cola anaranjada, mis orejas rematadas con escobillas de pelo y los carrillos llenos de piñones. No quería ser una ardilla cualquiera. Quería ser esa ardilla de la que me hablaban en el colegio y que saltaba de árbol en árbol de norte a sur, desde Cádiz a Gijón. Me daba igual si por el camino me tenía que esconder de las águilas reales o de los zorros; estaba convencida de que ser esa ardilla tenía que ser lo mejor del mundo porque podría ver correr a los ciervos entre los pinos, a los jabalíes buscar con sus hocicos bajo la tierra, el espectáculo de las bandadas de ánsares cruzando el cielo en sus migraciones anuales, ver crecer los musgos y las amapolas.

El invierno me daba un poco de miedo, para qué negarlo; si me pillaba cruzando la Sierra de Gredos, iba a pelar mucho frío; siempre me dio la sensación de que las ardillas eran bichos de verano. Los osos y los lobos de la Cordillera Cantábrica no me asustaban para nada, jamás vi un documental en que comieran ardillas. Sí me daban un poco de grima las mantis religiosas y las víboras; también me daban repelús los sapos, pero adoraba a las ranas y a los tritones, aunque no estoy muy segura de que, siendo ardilla, pudiera tener mucho contacto con ellos.

Soñaba con llegar a Doñana y ver de cerca un lince, entiéndase cerca como unos metros, los suficientes para no convertirme en su cena. Y ver flamencos en la marisma, muchos, con las cigüeñas y los caballos.

Las montañas más altas, gobernadas por cabras montesas y buitres, me daban respeto. No sabía cómo podía apañárselas una ardilla entre los riscos pero, si mis profes decían que se podía ir de punta a punta, alguna forma habría. Tampoco me convencía lo de cruzar los ríos. No los regajos o los arroyos como el del pueblo o al que íbamos a bañarnos algunas veces en verano. Me refiero a los ríos gordos: al Duero, al Tajo, al Guadalquivir; se veía desde lejos que, para cruzarlos, se necesitaba más que un salto.

¿Habría tiburones? Me informé y parecía ser que no, aunque algunos pasaban por las costas, pero eran inofensivos, como las ballenas y los delfines. Claro que esos lares, a una ardilla, no le preocupan demasiado. No hay árboles en el mar. Bueno, sí, pero no son árboles-árboles, son plantas de otro tipo, y las ardillas no sabemos nadar. Como mucho, podía conformarme con asomar la cabeza por un acantilado en Galicia, que también tenía que ser bonito.

Sentía especial simpatía por los conejos y las liebres, pobrecitos. Sus enemigos eran los mismos que los míos, pero ellos no podían trepar a los pinos para esconderse. Creo que ahí empecé a entender lo que era la empatía. Lo mismo me pasaba con las lagartijas y las abubillas, aunque esas seguro que serían mis vecinas y nos íbamos a llevar bien.

Cuando conté en casa que quería ser ardilla, mis padres me dijeron que primero tendría que cambiar los dientes, porque una ardilla con dientes de leche no puede comer muchas nueces, y decidí tener un poco de paciencia. Mientras tanto, me conformaba con ir a por piñotes para la caldera con mi abuelo, a recoger nícalos o de paseo por el valle cuando íbamos al pueblo.

Lo que más me gustaba era coger la bici y pedalear por los pinares; ahí me di cuenta definitivamente de que mi propósito de ser ardilla que cruzara España de cabo a rabo iba a ser difícil, no por las montañas y los ríos, sino por la falta de árboles. Te metías en un pinar y se acababa enseguida. Quizá por eso, cuando en el colegio nos llevaron de excursión a reforestar, me puse muy contenta y, a pesar de lo cansado que es, intenté plantar todos los árboles que pude; los necesitaba todos para mi propósito de ser ardilla, para poder viajar sin bajarme de las copas y disfrutar de los atardeceres, de las nieblas y de la berrea de los ciervos, que salía en la tele y me parecía algo digno de ver.

Con los años, mi sueño de ser ardilla quedó cada vez más lejos; los dientes sí me cambiaron, pero no me crecieron ni la cola ni las orejas y, conforme me hacía mayor, también me hacía más alta y lo de trepar a los árboles se complicaba: no es lo mismo pesar medio kilo que cincuenta. Estorban a la hora de saltar.

En lo de ver ciervos, jabalíes, lobos, buitres, águilas y osos no me di por vencida. Hasta me atreví con las ballenas y los delfines porque, ahora que no soy ardilla, sí puedo nadar y montar en barco. Lo de los flamencos ya lo he tachado de la lista. Fue el otoño pasado y fue aún más bonito de lo que imaginaba; me falta el lince y me lo están poniendo difícil, pero yo soy muy cabezona. Un día de estos lo consigo.

RIESGOS LABORALES

Asomaba primero las orejas y luego el resto de su cabecita. Todos contenían el aliento en ese instante. Sacaba el hocico, lo movía olisqueando el aire y saltaba fuera del sombrero con la agilidad de un atleta olímpico. Así un día tras otro durante tres largos años.

—Bro— le dijo aquella tarde al mago—, ya estoy harto de hacer siempre lo mismo.

— ¿Harto de crear ilusión?

—Harto te digo, bro. Cansado, hastiado, aburrido. Y me consta que la paloma de los pañuelos opina lo mismo que yo.

— ¿La paloma?

— La paloma, bro. Necesitamos realizarnos como animales y como artistas. Para ti es fácil porque haces varios trucos, pero nosotros nos aburrimos, y creo que nos empieza a afectar. He hablado con los del sindicato.

— ¿Tenéis un sindicato?

— Por supuesto, bro. Gracias a ellos ya no puedes sacarme de la chistera tirándome de las orejas, como hacían antaño.

—Vaya, no tenía ni idea. Y ¿qué te han dicho en el sindicato, a ver?

— No mucho. Pero están pensando en considerar el hastío como enfermedad profesional.

—Vaya, no pensé que fuera tan grave.

—Pues lo es, bro. A mí no me gustaría dejar el negocio, pero un cambio sí, mira.

—Bueno, sería una pena después de tantos años trabajando juntos. Os he cogido cariño.

El mago pasó varios días pensando en qué podía hacer para no tener que buscar nuevos animales y para que el sindicato no le armara una manifestación en la entrada de cada espectáculo. A la tercera noche en vela por fin se le ocurrió una idea y al día siguiente se reunió con la paloma y el conejo para discutirla.

—He pensado que, como los dos estáis hartos de hacer lo mismo y la gente también se aburre de unos trucos tan predecibles, podríamos probar cambiando vuestros puestos.

— ¿Qué dices, bro? ¡Eso sería fantástico! Yo, un simple conejo de chistera, saliendo de debajo de un pañuelo. ¿Cuándo empezamos?

El cambio fue un éxito. La gente aplaudía admirada cuando la paloma salía volando del sombrero y los niños gritaban extasiados cuando el último pañuelo revelaba un conejito blanco. Hasta les hicieron un reportaje para la revista de magia más prestigiosa por lo innovador del evento.

Tras meses de éxitos, el conejo se sentó una tarde frente al mago.

—Oye, bro, estoy un poco aburrido de salir de debajo de los pañuelos.

— ¿Aburrido?

—Aburrido, bro. Echo de menos sacar las orejas del sombrero y mover el hocico. Y la paloma ya está harta de empezar el vuelo en un espacio tan pequeño. Hemos hablado con el sindicato.

— ¿Otra vez?

— ¡Y las que hagan falta, bro! Ya han declarado el hastío enfermedad profesional para los animales de ilusionismo y además nos han concedido un seguro médico obligatorio que cubre fisioterapeutas y apoyo psicológico.

—Pues parece cosa seria.

—Lo es, bro. Es muy serio. He estado pensando y quiero volver a la chistera.

—Pero… el nuevo número es un éxito.

—Al principio sí, bro, pero ya lo hace todo el mundo. La gente sabe a lo que viene y no se divierte.

—Bueno. Si los dos estáis de acuerdo…

Lo último que supe de esta historia fue gracias a la portada de la revista Ilusionismo y prestidigitación. Aparecía una foto del mago con el conejo y la paloma junto a un titular que decía:

«Vuelven los clásicos. Una revolución.»

Doña Ana, la de la sombra amable.

Doña Ana la llamaban por aquel entonces, aunque muy pocos lo recuerdan ya. Regalaba a los niños piñones en septiembre, cuidaba de los pajaritos que encontraba con un ala rota, se preocupaba por que los ciervos y los jabalíes siempre encontraran donde beber, y hay quien jura, ninguno lo supo nunca a ciencia cierta, ninguno puede prometer que lo vio, que tuvo un lince de mascota, otros dicen que no era un lince sino un águila real.

Se paseaba por la marisma sin sus aires de señora, humilde, enterrando sus pies entre las aguas y todos los caballos la seguían.

Cuentan que las cigüeñas anidaban en su pelo y que los patos graznaban su nombre cuando cruzaban desde África a París. Que una paloma, blanca como la espuma del mar, decidió quedarse a su vera.

Hasta las culebras le tenían cariño, pues nunca las reprendió por comerse los ratones, de los que era muy amiga. Nadie como ella para entender lo que llaman el ciclo de la vida.

Y qué bonita se sentía Doña Ana cuando llegaba la primavera, con las amapolas, los azulejos y las malvas; cómo disfrutaba de los nuevos nidos, y con el resurgir de las telarañas. Las abejas le hacían coronas de zumbidos. Ni siquiera los mosquitos, que salían a millares, la molestaban.

Ella devolvía los regalos con lo poco que podía, con lo único que era suyo porque, a pesar de ser Doña, no era dueña de nada. Los cobijaba con sus pinos y sus retamas, con una barrera de dunas que no dejaba que les salpicaran las tormentas que venían de más allá del mar.

Y por eso, entre todos, Ana, antes que Doña, era sombra amable.

LA BONDAD DE LAS CEBRAS

Hay que ver cuánta bondad hay en el corazón de una cebra, con sus rayas blancas y negras, por dentro y por fuera; mira si es alta su estima por el resto de habitantes del planeta que, lejos de enfadarse, no dudan en compartir con los humanos los pasos reservados para ellas.