Si…

Si encontrar palabras de amor fuera sencillo,

si mis labios perdieran la fe en los tuyos

y todo lo que gira a mi alrededor no ardiera,

o los pájaros dejaran su canto a la mañana.

Si la niebla fuera luz en vez de sombra

y se marchitaran las algas en el mar.

Si las almas se parasen en un punto,

si detuvieran su camino los segundos

y la tierra acabase hoy con su danza.

Si al mirarte no sintiera una punzada

que viniera a doler más que el corazón,

y al llorar fuera una lagrima equivocada

y la risa fuera cara del dolor.

Si tus ojos no mirasen a mis manos

y el cobijo de mi pecho fuera incierto;

si el incienso nunca oliera sino lejos

y las palabras se rompieran al hablar,

mis sueños no seguirían a tus ojos

y yo no vendería mi boca en cada beso.

DE NO MERECER

No merezco tu boca de miel

sobre mi boca,

ni tus suaves dedos corriendo

como hormigas por mis labios,

ni tu aliento triste

sobre mi cuello de ganso;

ni tu mirada de lava.

DE PROMESAS Y AMENAZAS

¿Y si te dijera que ya no quiero verte?

¿Qué harías?

A veces siento que mi corazón y mi alma

son de mundos diferentes

y tengo ganas de romperlos

a ambos, los dos.

¿Y si hoy dijeras que ya no quieres verme?

¿Qué haría?

Seguramente, romperlos

a ambos, los dos,

e intentaría ser feliz con otros comprados,

vendiendo los míos

al mejor postor.

DE COSAS QUE SE PIERDEN

Abrazó la oxidada caja de galletas, última morada de todos los botones huérfanos que un día sirvieron en la casa. Quizá dentro se escondiera un corazón, pues el suyo se perdió entre los bordados de su traje de novia.

No tuvo valor para dejar plantado ante el altar al prometido que sus padres escogieron y marcharse con el mozo de caballos, más cariñoso y apuesto.

Y EL SÉPTIMO DÍA, DESPERTÓ

Despertó un domingo y parecía que había viajado a un millón de años luz con la resaca de bourbon barato ladrando en su cerebro. No bebía desde 2007, cuando su mejor amigo todavía era su mejor amigo, mucho antes de que dejaran de serlo; mucho antes de los reproches con un lacónico “sueles dejarme solo los sábados por la noche”, mucho antes de Natalia y su sonrisa; bueno, quizá no mucho antes de esto, pero antes.

Encendió la radio, todo lo que necesitaba era café cargado y música ligera para acallar a los perros de su corazón. Natalia llegaría enseguida del turno de noche, quería recibirla, prepararle el desayuno, contarle que había salido, que había…

¿Qué había hecho anoche?

Se metió en la bañera para descubrir las marcas de arañazos peligrosamente cerca de su entrepierna y las huellas de pintalabios derramándose por su cuello como vestigios de un festín vampírico.

El tintineo de las llaves en el cuenco de la entrada le despertó; se había quedado dormido en cuanto el cuarto de baño dejó de dar vueltas.

—Cariño, ya estoy en casa ¿qué tal anoch…?

En el salón, Natalia había descubierto a un joven semidesnudo marcado por doquier con rasgones de pintalabios rojo, los restos de una pelea entre caníbales. En la cocina, una joven preparaba té para tres sin inmutarse.

— ¡Voy!— gritó desde el baño, ajeno a la presencia de los cuerpos, a las tribulaciones de Natalia, al sonido de las tazas.

—No hay prisa— dijo ella con una peligrosa complacencia temblando en su voz.

Él se limpió las marcas del cuello con frenesí enfermizo, aterrado por la idea de haberla traicionado, de no poder explicarlo, de no recordar nunca lo que había sucedido.

No tendría tiempo de hacer nada de eso. Con el pitido de la tetera taladrando cada rincón de sus sesos, Natalia se largó ocultando el sol tras el atardecer de su melena cobriza, desapareciendo para siempre por la puerta.