EN ADOPCIÓN

El sonido del timbre apenas se hizo notar entre el estruendo de la tormenta. Mónica se calzó las zapatillas y acudió a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? ¿Quién en medio de la lluvia helada?

La mirilla no reveló a nadie al otro lado; abrió, algo le decía que tenía que abrir, y entonces lo vio, una sombra corría calle abajo sin mirar atrás y, sobre el felpudo, una caja de cartón que se oscurecía allí donde caía una gota.

El viento silbó fuerte y ella levantó con temor la manta que cubría lo alto de la entrega.

«Ay, pobres.» Exclamó, recogió la caja y la metió en casa. Su marido, desvelado, la esperaba en las escaleras.

—¿Qué es eso que traes?

—Los han abandonado en la puerta. ¿Qué querías que hiciera? Enciende la estufa, anda, que nos hará falta calor.

Colocó la caja sobre la mesa y quitó de nuevo la manta.

¿Quién podía hacer algo así? Se les veía tan indefensos. La humedad empezaba a hacerles mella.

Se trasladaron al salón donde ya se notaba el calor de la chimenea. Extendieron una alfombra delante del fuego y sacaron a los huérfanos uno por uno, con sumo cuidado.

El matrimonio se sentó en el suelo junto a ellos y empezó a acariciarlos.

—¿Qué vamos a hacer?

—De momento los cuidaremos y luego ya se verá. No podíamos dejarlos ahí fuera. Llueve a mares y está helando.

Su marido asintió. Recolocó al primero más cerca del fuego para que le diera el calor.

—Dime la verdad, estás pensando en quedártelos— le dijo ella entre asustada y conmovida.

—Bueno, son tan pequeños y se ve que han sufrido tanto.

Y así se pasó la noche, con el matrimonio sentado frente al fuego y una caja llena de libros abandonados.

AMANECE, QUE NO ES POCO

Le gustaba mirar amanecer con los ojos puestos en las bateas negras y pardas que se cruzaban en el horizonte con la línea de las islas.

El sol siempre salía por el otro lado, pero era el nacimiento de su sombra, inexistente a esas horas, la que le llenaba de vida. Creación milagrosa, compañera inseparable salvo por las noches, en que ella se fugaba, suave como las primeras plumas de las gaviotas, a descansar a un mundo de lechuzas ansiosas y plenilunios frustrados que él desconocía.

DE GUÍAS

Hace tiempo que aprendí que las cosas se tuercen cuando menos lo esperas. Por mucho que endereces el árbol, siempre hay una rama díscola que busca lejos el calor del sol y rompe la armonía de tu erecta obra con una horizontal maliciosa que recuerda que la naturaleza, así como el destino, no se pueden gobernar.

THE END

Nunca le atrajo el papel de heroína, se conformaba con roles secundarios que pagaban las facturas y le permitían disfrutar del glamur del cine sin las complicaciones de las alfombras rojas y las entrevistas en televisión.

Pero cuando la contrataron para una superproducción de romanos y vio a su actor favorito haciendo de bárbaro maltrecho y encadenado, se alió con la protagonista, lo liberaron, le curaron las heridas y se fugaron juntos en el primer tren que salió de la ciudad.

RETRATO DE FRENTE Y DE PERFIL

Nací en una mala época para modernidades. Mi padre, en cuanto le dijeron que ya había nacido, se plantó en el Registro Civil con la intención de ponerme Álvaro, pero el señor que tenía que apuntarme, al borde de la jubilación y sin descendencia, ignoró la decisión de mis padres y me encasquetó el nombre de su abuelo que, decía, se iba a perder. Y así quedé pa los restos como Cutberto Recio Galán, fíjense en la ironía.

A pesar del lastre (y el recochineo) que mi nombre suponía, más de una compañera de clase me hacía ojitos al acabar la primaria; pero llegó la hora del estirón y me quedé a medio estirar, con un metro sesenta y algún kilo de más que no domo ni con todas las dietas del mundo. Eso sí, como heredé los ojos de mi abuelo paterno, que me dan un aire a Paul Newman, y gasto un pelazo que pronto se entreveró de canas soy, a mis treinta y pocos, lo que se dice resultón. Y no me como una rosca, quizá porque pronto empecé a alejarme de la imagen de Newman en La gata sobre el tejado de zinc para acercarme a Brando en Don Juan de Marco. Debe ser por eso, porque estilo no me falta: me encanta la moda, y sigo las tendencias. Mi armario se nutre de todo lo que haya llevado una celebrity.

Mi afán por acaparar prendas ha llegado a rozar la demencia. Nunca tiro nada, no se vaya a poner de moda dentro de un par de años, y mi madre, que es una madre madre, me ha sugerido en no pocas ocasiones que acuda a un experto en acaparamiento. Me temo que la idea la sacó de uno de esos docu-realities que ve en televisión. Y todo porque me pilló la factura de un trastero donde guardo los frascos de colonia (de firma, claro) y todo lo que ya no puedo meter en casa, a pesar de que hice obra para convertir la salita en vestidor.

Voy a desfiles, he hecho un curso de patronaje y, aunque allí he conocido muchas chicas, sigo sin pareja. Quedamos para tomar café, se ríen mucho, incluso me piden consejo pero, a la que me descuido, se marchan colgadas del brazo del primer cachitas que se encuentran.

Empiezo a pensar que no valgo ni para Recio ni para Galán y que soy un simple Cutberto de tres al cuarto por culpa de la condena que me impuso el funcionario del registro.

BLUE MONDAY

Todos tenemos días malos de esos en que levantarse requiere un esfuerzo hercúleo, un acto de voluntad extrema. La noche en vela pasa factura, el estrés de la semana, las carreras en el trabajo, al salir del trabajo; en sueños, incluso, siempre corriendo.

Todos tenemos días malos, hasta los superhéroes, y por eso, hoy, Superman se ha puesto los calcetines de lana y yace bocabajo en su cama, tan calentito, mientras las cabinas de teléfono no saben qué hacer.