COSAS QUE SOLO PASAN CUANDO ESCRIBES

Esta mañana, como todas las mañanas, se levantó a las cinco de la madrugada, salió a correr, se duchó, tomó el desayuno y, a las ocho en punto, entró en su despacho para acometer la jornada de escritura, indefectiblemente programada hasta que la campana de la iglesia dé las doce.

Encendió el portátil, subió las persianas, colocó en perfecta alineación con el borde del escritorio los dos lapiceros para tomar notas rápidas y, con el tercero, se sujetó el pelo en un moño. Completado el ritual, se sentó y en el preciso momento en que se disponía a teclear la primera palabra del día descubrió que algo extraño pasaba, la invadió una sensación de ausencia, un cosquilleo que viajaba desde las yemas de los dedos por el antebrazo y se instalaba, ya casi como un pinchazo profundo, en la zona de la nuca. Miró hacia el teclado y ahogó un grito.

¿Cómo era posible?

El caos reinaba impunemente en un maremágnum de teclas: la A en el lugar del “intro”, la N sobre el teclado numérico, mientras CTRL, ALT y Suprimir habían creado un fuerte en torno a la barra espaciadora, pegadas una a otra por primera y cómoda vez en la historia de la informática.

CONFIESA QUE NO HA LEÍDO

A sus treinta y muchos, a caballo entre mozuela y señora, encuentra que, a pesar de todo lo leído, se siente analfabeta. Ahora que la literatura es su vida, más allá de lo que había sido hasta ayer, descubre nombres que conoce, pero que no forman parte de su historia, la de sus lecturas, y se percata de que esto siempre fue, y teme que será, motivo de complejo.

A estas alturas, en que sus rodillas ya no le molestan por su aspecto, pero sí por lo que duelen, que aceptó mis redondeces, se encuentra cara a cara con la falta de conocimiento, de memoria, de pasear la vista por las hojas de los GRANDES de la Literatura. Fíjense si es grave el asunto, que su propósito de año nuevo, el único que ha hecho en toda su vida, es leerse El Quijote. Y tal vez sea este el detonante de su vergüenza. ¿Cómo podría alguien llamarse escritor sin haber leído la obra más grande jamás escrita?

Fácil, porque estaba leyendo otras cosas.

Decía Delibes que «para ser escritor no hace falta haber ido a París o leer El Quijote. Cervantes, cuando lo escribió, no lo había leído.» Y se ha consolado y escudado para justificar su ignorancia, y, lo que es peor, sin haber leído a ninguno de los dos Migueles, hasta ahí llega su desfachatez.

En su casa no había muchos libros, al menos no los había para una edad intermedia, pasaron de los cuentos y Gloria Fuertes a mirar en la estantería un libro de Marguerite Yourcenar cuyo título no recuerda. Sus lecturas, a partir de cierta edad, vinieron de casa de sus abuelos maternos, que compartían biblioteca con su tía, y del colegio, en el que la dejaban leer lo que quisiera y la exoneraban de ciertas “lecturas obligatorias” porque, sin haber leído a los clásicos, lo que es leer, leía.

Es curioso esto de la autoestima y en qué la basamos, pues su complejo, bien mirado, tampoco tiene mucho sentido. Con once años ya había leído El Hobbit y El señor de los anillos, con doce le pusieron en las manos Cien años de soledad, previo peaje por los Doce cuentos peregrinos; ni se acuerda de las noches que dio la vuelta a Colmillo Blanco porque el lobo de la portada le daba miedo y no podía dormir con aquellas fauces brillando en la mesita.

Recuerda que un día, su madre y su hermana se estaban riendo en el salón porque acababan de leer juntas Las orejas del niño Raúl y le dio vergüenza, mucha, que su hermana, a la que no le gustaba mucho leer, acabara de terminar un relato de Camilo José Cela, y que ella no fuera capaz de hacerlo. Ella, que había engullido La Celestina y El lazarillo de Tormes en castellano antiguo; que se sabía el Romancero Gitano de Lorca al dedillo; que seguía fascinada por la mano muerta desposada en las leyendas de Bécquer, que de La Ilíada solo se le resistieron las Naúticas y que acababa de terminar Os Lusíadas de Camoens en portugués. Pero a ella Cela, como Cervantes, como Delibes, como tantos otros, le imponían, y le imponen.

Confiesa que se ha leído antes el Ulyses de Joyce que Los Episodios Nacionales de Pérez Galdós; El retrato de Dorian Grey que El olvidado Rey Gudú y que, hasta hace un par de años, había leído mucho sobre Virginia Woolf, pero nada de ella.

Su adolescencia navegó por la poesía del 98 y el 27 y el teatro de Muñoz Seca, por los cuentos tradicionales irlandeses y, gracias a sus profesoras de literatura en el instituto, descubrió a Eduardo Mendoza y a María Gripe. Se sabe de memoria algunos poemas de Garcilaso y de Quevedo, y la Canción del pirata de Espronceda; por afinidad y orgullo patrio no se dejó un verso de El caballero de Olmedo, y Las leyendas de la Alhambra no tienen secretos para ella. Pero su hermana, sí , su hermana la que no lee, se bebió El Capitán Alatriste en dos días (aunque fuera por obligación) y ella ya había pasado los veinte cuando se enfrentó a El Maestro de Esgrima. Todavía tiene en su biblioteca por estrenar Orgullo y Prejuicio (cuánto daño hace encontrar una adaptación al cine bien hecha) y, sin embargo, se ha leído del tirón toda la obra de Tom Sharpe, la saga de Harry Potter y los libros de Gerard Durrell, a caballo entre la literatura y un buen documental de David Attenborough.

Sabe más de historia de la literatura que de la literatura en sí misma, lo cual, para ser escritor, es casi sacrilegio. Y se ha dado cuenta de que todo es cuestión de miedo. Hace un tiempo, durante un taller de escritura, tenían que leer a Chejov. ¡Chejov! Le imponía tanto que le sudaban las manos, o al menos eso jura. Y luego, después de leerlo, de emularlo, se dio cuenta de que solo era un libro, un buen libro, y de eso se trataba, ni más ni menos, de leer, algo que llevaba haciendo toda la vida y, lo que son las cosas, le daba más miedo que escribir. Ridículo hasta el extremo, impensable, vergonzante más que no haber leído, reconocer que hay autores a los que tiene miedo, por si, después de todo, no sabe leerlos.

EL AMANECER DE LOS OSOS

Ayer por la mañana amanecí; oso que, al dar un paseo con el perro, dejó pelados de bayas todos los arbustos que encontró en el camino; oso.

Me lavé la cara (no voy a entrar en detalles sobre la complejidad de este ejercicio con unas zarpas recién estrenadas), me dejé marcas por toda la nariz y, como cabía esperar, los pantalones no me cerraban. Un día se amanece oso y, además del hambre atroz, de los zarpazos en la nariz y de que no te quepan los pantalones, tienes que lidiar con sentarte sobre una cola redonda que no ves, pero se sabe que está ahí porque molesta sobre los cojines del sofá, y se nota mover cuando se tensa cierto músculo al final de la espalda.

El caso es que mi amanecer oso pasó desapercibido al resto, nadie me veía oso excepto yo; mi perro no me veía oso, aunque sospecho que me olía oso porque se sobresaltaba cuando pasaba por su lado; mi pareja no me veía oso, aunque notaba algo diferente en mí y no sabía decir con precisión qué era; mis vecinos no me veían oso, porque me dieron los buenos días como siempre, aunque su hijo de tres años me ha miró raro, como si él sí fuera capaz de notar algo de osedad en mi apariencia humana. Pero yo, yo me miraba al espejo y veía un oso; un oso pardo, un oso de nariz profunda y ojos naranjas, de orejas redondas, de pelo duro, durísimo, así como… como de oso.

Y, fruto de esa nariz profunda, era capaz de distinguir el olor de todos los contenedores de basura; por culpa de esos ojos naranjas podía ver el horizonte con la silueta de sus árboles, y por las orejas redondas me llegaron ecos de un regajo que, normalmente, queda demasiado lejos para que me dé cuenta de que está ahí.

De repente empecé a pensar en salmones, en cerebros de salmones, en huevas de salmones, en pieles de salmones, vamos, lo que viene siendo cualquier desperdicio de salmón excepto la carne y las espinas. Así que asalté la nevera y me tragué, con mis fauces de oso: las pechugas de pollo, los filetes de ternera, las albóndigas en salsa, la merluza, la lubina, la palometa, los guisantes, la coliflor, la masa de hojaldre y una colección de cincuenta cubitos de caldo de cocido, todo ello sin descongelar.

A eso de media mañana, me entraron unas ganas incontenibles de invierno; un ansia, un desespero que no sé cómo explicar. En mi amanecer oso hubo muchas cosas difíciles de entender, pero ese deseo irrefrenable de invierno es, de largo, lo más complicado de todo. Era algo así como una lentitud en el paso del tiempo, como un embargo con la visión de cielos nublados y vientos gélidos; un sacudir de las costillas con el atisbo de la soledad, un escalofrío placentero en la columna (y hablamos de una columna de oso) con la expectativa de quedarse en la única compañía de uno mismo, un mirar hacia dentro con los ojos naranjas, un oler hacia adentro con la nariz profunda, un escuchar hacia adentro con las orejas redondas; incluso un arañar hacia adentro con las zarpas recién estrenadas que, sin embargo, me eran cada vez más familiares y fáciles de manejar. Así que retiré al rincón más remoto de la casa y me hice un ovillo (un ovillo tamaño oso, pero ovillo al fin y al cabo) para dar rienda suelta a eso que los eruditos llaman hibernación y yo he bautizado como “interior de oso” porque, en contra de todo lo dicho sobre el tema y todo los mitos que lo rodean, la hibernación no consiste en dormir, sino en ese hacia adentro; ese no ser más que lo que se es sin ser lo que nos hacen los demás, un reflexionar sobre la osedad de uno sin prejuicios ni influencias.

Y es curioso que mi primer pensamiento, precisamente, se dirigiera hacia fuera, una curiosidad por saber si, como yo había amanecido oso, otros también amanecerían quién sabe si oso, muflón o anguila, y cómo sobrellevarían ese nuevo estado; si eran capaces de reconocer a los otros, a los que amanecían como ellos o, lo que es peor, a los que amanecían lo contrario. Pongamos por caso que alguien que amanece ciervo se cruza con otro que amaneció lobo. Se masca la tragedia. ¿Habría alguien, en algún lugar, que amanezca avispa? ¿Habrá osos que amanecen humanos?

Esta mañana, después de una noche en vela, he amanecido yo, sin la nariz profunda, sin las orejas redondas, sin los ojos naranjas, sin los pelos duros, sin las zarpas y, resulte creíble o no, con unas ganas incontenibles de invierno.

EN ADOPCIÓN

El sonido del timbre apenas se hizo notar entre el estruendo de la tormenta. Mónica se calzó las zapatillas y acudió a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? ¿Quién en medio de la lluvia helada?

La mirilla no reveló a nadie al otro lado; abrió, algo le decía que tenía que abrir, y entonces lo vio, una sombra corría calle abajo sin mirar atrás y, sobre el felpudo, una caja de cartón que se oscurecía allí donde caía una gota.

El viento silbó fuerte y ella levantó con temor la manta que cubría lo alto de la entrega.

«Ay, pobres.» Exclamó, recogió la caja y la metió en casa. Su marido, desvelado, la esperaba en las escaleras.

—¿Qué es eso que traes?

—Los han abandonado en la puerta. ¿Qué querías que hiciera? Enciende la estufa, anda, que nos hará falta calor.

Colocó la caja sobre la mesa y quitó de nuevo la manta.

¿Quién podía hacer algo así? Se les veía tan indefensos. La humedad empezaba a hacerles mella.

Se trasladaron al salón donde ya se notaba el calor de la chimenea. Extendieron una alfombra delante del fuego y sacaron a los huérfanos uno por uno, con sumo cuidado.

El matrimonio se sentó en el suelo junto a ellos y empezó a acariciarlos.

—¿Qué vamos a hacer?

—De momento los cuidaremos y luego ya se verá. No podíamos dejarlos ahí fuera. Llueve a mares y está helando.

Su marido asintió. Recolocó al primero más cerca del fuego para que le diera el calor.

—Dime la verdad, estás pensando en quedártelos— le dijo ella entre asustada y conmovida.

—Bueno, son tan pequeños y se ve que han sufrido tanto.

Y así se pasó la noche, con el matrimonio sentado frente al fuego y una caja llena de libros abandonados.

AMANECE, QUE NO ES POCO

Le gustaba mirar amanecer con los ojos puestos en las bateas negras y pardas que se cruzaban en el horizonte con la línea de las islas.

El sol siempre salía por el otro lado, pero era el nacimiento de su sombra, inexistente a esas horas, la que le llenaba de vida. Creación milagrosa, compañera inseparable salvo por las noches, en que ella se fugaba, suave como las primeras plumas de las gaviotas, a descansar a un mundo de lechuzas ansiosas y plenilunios frustrados que él desconocía.

DE GUÍAS

Hace tiempo que aprendí que las cosas se tuercen cuando menos lo esperas. Por mucho que endereces el árbol, siempre hay una rama díscola que busca lejos el calor del sol y rompe la armonía de tu erecta obra con una horizontal maliciosa que recuerda que la naturaleza, así como el destino, no se pueden gobernar.

THE END

Nunca le atrajo el papel de heroína, se conformaba con roles secundarios que pagaban las facturas y le permitían disfrutar del glamur del cine sin las complicaciones de las alfombras rojas y las entrevistas en televisión.

Pero cuando la contrataron para una superproducción de romanos y vio a su actor favorito haciendo de bárbaro maltrecho y encadenado, se alió con la protagonista, lo liberaron, le curaron las heridas y se fugaron juntos en el primer tren que salió de la ciudad.

RETRATO DE FRENTE Y DE PERFIL

Nací en una mala época para modernidades. Mi padre, en cuanto le dijeron que ya había nacido, se plantó en el Registro Civil con la intención de ponerme Álvaro, pero el señor que tenía que apuntarme, al borde de la jubilación y sin descendencia, ignoró la decisión de mis padres y me encasquetó el nombre de su abuelo que, decía, se iba a perder. Y así quedé pa los restos como Cutberto Recio Galán, fíjense en la ironía.

A pesar del lastre (y el recochineo) que mi nombre suponía, más de una compañera de clase me hacía ojitos al acabar la primaria; pero llegó la hora del estirón y me quedé a medio estirar, con un metro sesenta y algún kilo de más que no domo ni con todas las dietas del mundo. Eso sí, como heredé los ojos de mi abuelo paterno, que me dan un aire a Paul Newman, y gasto un pelazo que pronto se entreveró de canas soy, a mis treinta y pocos, lo que se dice resultón. Y no me como una rosca, quizá porque pronto empecé a alejarme de la imagen de Newman en La gata sobre el tejado de zinc para acercarme a Brando en Don Juan de Marco. Debe ser por eso, porque estilo no me falta: me encanta la moda, y sigo las tendencias. Mi armario se nutre de todo lo que haya llevado una celebrity.

Mi afán por acaparar prendas ha llegado a rozar la demencia. Nunca tiro nada, no se vaya a poner de moda dentro de un par de años, y mi madre, que es una madre madre, me ha sugerido en no pocas ocasiones que acuda a un experto en acaparamiento. Me temo que la idea la sacó de uno de esos docu-realities que ve en televisión. Y todo porque me pilló la factura de un trastero donde guardo los frascos de colonia (de firma, claro) y todo lo que ya no puedo meter en casa, a pesar de que hice obra para convertir la salita en vestidor.

Voy a desfiles, he hecho un curso de patronaje y, aunque allí he conocido muchas chicas, sigo sin pareja. Quedamos para tomar café, se ríen mucho, incluso me piden consejo pero, a la que me descuido, se marchan colgadas del brazo del primer cachitas que se encuentran.

Empiezo a pensar que no valgo ni para Recio ni para Galán y que soy un simple Cutberto de tres al cuarto por culpa de la condena que me impuso el funcionario del registro.

BLUE MONDAY

Todos tenemos días malos de esos en que levantarse requiere un esfuerzo hercúleo, un acto de voluntad extrema. La noche en vela pasa factura, el estrés de la semana, las carreras en el trabajo, al salir del trabajo; en sueños, incluso, siempre corriendo.

Todos tenemos días malos, hasta los superhéroes, y por eso, hoy, Superman se ha puesto los calcetines de lana y yace bocabajo en su cama, tan calentito, mientras las cabinas de teléfono no saben qué hacer.