NOBEL DE LITERATURA

Dicen que se puede conocer a una persona por los libros que atesora en su biblioteca, quizá por eso, Ernestina Ciencaballos, más conocida por el pseudónimo M. Bocanegra, guardaba su extensa colección con celo en una habitación alejada de ojos curiosos.

Ni cuando se vio obligada a recibir en su casa a los periodistas tras ser galardonada con el Nobel de Literatura, reveló su escondite; de hecho necesitó un préstamo bancario avalado por el premio y la ayuda de un decorador profesional para convertir la salita en un estudio de escritor creíble, aunque sin libros.

Los titulares la tacharon de fraude.

¿Dónde se había visto un escritor que no lee?

EN BALDE

Encontró un precioso balde donde ir guardando sus desengaños. Era un balde grande y tímido, lleno de bondad; un sitio perfecto donde almacenar las cosas que la hacían sentirse hueca.

Con suerte, lo especial del balde lograría mitigar la influencia de lo que contenía y, si no, al menos estaría a buen recaudo hasta el día en que pudiera quemarlo todo en una hoguera.

BOCETO

Vivo entre dos “yo”, una que escribe y otra que lee; una castellana y una irlandesa; una se aburre en la oficina y la otra remonta con un salmón.

Las dos tienen los ojos verdes y las rodillas un poco pochas; las dos, a veces, se entreveran y no sé quién soy yo y quién ella, pero solo una sabe hablar con las piedras.

Emboscada

Huía entre los árboles, en una carrera desesperada, perseguida por sus sueños, sus anhelos, sus deseos.

Cuando llegó al claro, su destino la estaba esperando.

De perdidos…

Escuchó el murmullo del agua y siguió el sonido como si fuera un niño tras el carro de los helados. Finalmente llegó a una playa.

No era rumor de río, sino de olas, y él seguía sin encontrar su camino.

Si…

Si encontrar palabras de amor fuera sencillo,

si mis labios perdieran la fe en los tuyos

y todo lo que gira a mi alrededor no ardiera,

o los pájaros dejaran su canto a la mañana.

Si la niebla fuera luz en vez de sombra

y se marchitaran las algas en el mar.

Si las almas se parasen en un punto,

si detuvieran su camino los segundos

y la tierra acabase hoy con su danza.

Si al mirarte no sintiera una punzada

que viniera a doler más que el corazón,

y al llorar fuera una lagrima equivocada

y la risa fuera cara del dolor.

Si tus ojos no mirasen a mis manos

y el cobijo de mi pecho fuera incierto;

si el incienso nunca oliera sino lejos

y las palabras se rompieran al hablar,

mis sueños no seguirían a tus ojos

y yo no vendería mi boca en cada beso.

HÉROES Y VILLANOS

Salió un tiempo con el Joker; resultó ser un narcisista. Con Lex Luthor tuvo más de lo mismo.

Como los chicos malos no le daban resultado, probó con los buenos.

Superman fue una decepción.

Acabó hasta el moño del compromiso con el trabajo de Batman. Había perdido la cuenta de las veces que esperó envuelta en una toalla a que él entrara por la puerta del baño para abandonarse en sus brazos, pero siempre aparecía la dichosa batseñal.

Al final se casó con el fontanero que le arreglaba los grifos al Increíble Hulk; quizá no era tan importante, ni estaba tan bueno, pero al menos pisaba por casa.

PERDONE QUE LE MOLESTE…

Dos sujetos, D y H, conversan en la cafetería de una estación de tren. Es un día de lluvia, de esos en que el refugio supone algo más que matar el tiempo. La puerta se abre y el viento gélido que entra tras el nuevo cliente obliga a los contertulios a mirar.

El individuo se sacude unas gotas de la gabardina y se sienta en una mesa, observando el menú.

¿Ese no es Z?— pregunta D sin quitarle la vista de encima al recién llegado.

Su amigo se vuelve sin disimulo y se queda mirando unos segundos.

No. El que tú dices es más bajito y más fuerte. Pero me suena su cara.

Tienes razón. Me ha despistado la gabardina, como salía con una igual en la película aquella…

Si te fijas en la cara, este acaba de salir del colegio. Creo que le he visto en la misma película, ahora que lo dices.

El sujeto pide un desayuno continental ajeno al interés que suscita.

Sí, sí. Es ese. Le ha puesto la misma cara a la camarera que en la otra película, la de los tiros.

No, esa no era de tiros, era de gánsteres irlandeses. Se pasó toda la cinta peleando a cuerpo descubierto. Claro, que es difícil de reconocer sin la nariz rota y la sangre chorreando.

Y el ojo morado. No te olvides del ojo morado.

Parece menos, así, de cerca.

Pues sí. Estoy empezando a pensar que lo mismo no es.

¿No?

No. Bueno, no sé. De perfil no se parecen en nada.

Pues yo creo que sí. Y solo hay una forma de averiguarlo.

No se te ocurrirá.

¿Prefieres quedarte con la duda?

No, claro que no. ¿Quién va?

Tú. Eres más educado y la gente se fía de ti.

A ver, ni que fuera a pedirle dinero.

Hombre, de la que vas, si eso…

Los dos ríen la broma y dejan pasar unos minutos hasta que el motivo de su disputa termina la tostada.

D se acerca y se para frente al hombre.

Disculpe ¿No es usted Z?

No— responde con una sonrisa.

¿Está seguro? Mi amigo y yo juraríamos…

No. Seguro que no soy yo.

Pues se parece una barbaridad.

Me lo dicen mucho, pero sigo sin ser él.

Una pena. Me habría encantado estrecharle la mano a un actor tan bueno.

Sí, una pena. Aunque nunca se sabe. A lo mejor un día se lo encuentra.

Sí, a lo mejor. Disculpe la molestia. Que tenga un buen día.

D regresa junto a H mientras el sujeto paga y se va.

No era él.

Vaya. Qué chasco. Habría sido maravilloso poder contarle a todo el mundo que habíamos desayunado con Z.

La camarera se acerca con la cuenta.

¿Le conocía usted?— pregunta tímida.

No, lo confundí con otra persona.

No puede ser. Es imposible confundir a Z.

Es que no era Z.

Sí, lo era. Un tipo encantador, nada que ver con los personajes de sus películas.

Retira el platillo con el dinero y se vuelve a la barra.

Te dije que era él.

Pero me dijo que no.

Esos famosos son unos estirados. Hacen cualquier cosa con tal de no firmar un autógrafo.