OPERA PRIMA



Llene la taza de agua bien caliente.
Sumerja la bolsa, e infusione al gusto.
Sírvase media cucharada de azúcar o miel.
Coloque los pies en alto.
Deje que el sonido de la lluvia penetre en sus oídos.

Caballos que no saben lo que hacen, que miran a la hora sin remilgo. Que no piensan , solo cabalgan hacia estrellas que no caen del cielo.
A mí las lunas no me gustan. Siempre esconden la caja de los trapos y las cosas que no dije.
Gaitas que no paran de sonar en las cabeza de los duendes quietos y, movidas por las olas de las runas, destruyen el silencio.
Nunca rompas los platos de sorber la sopa. Ni tires los lingotes de oro que se caen por los riscos del acantilado y cierran los poemas.
A todas hora me repito no lo hagas y lo hago, porque no quiero perderme entre los pliegues de las sábanas cuando duermo. Que entonces me añoran las margaritas.
Se puede ser más alta, pero no menos tonta.
Recias son las cadenas que atan a los leones dentro de la sabana.
Limosnas rotas en un mundo ciego y desesperado por no saber caminos, ni senderos, ni rutas o lindes. Cada día como otro con soles que amanecen distintos a los de las madrugadas posteriores; licántropos fugaces que no lloran cuando tienen hambre.
Lastres, pueblos pequeños tirados junto al mar que los lleva dentro.
Y hadas, hadas inquietas que no cantan, ríen o bailan; que se tiran a la bartola con pocas ganas y se sientan a esperar.
Paquidermos desviviendo por la falta de mareas y lobos heridos de orgullo.
Asociaciones ilícitas de gaviotas, tropiezos con piedras sin camino.
Avutardas que no vuelan, pingüinos que sí.
Láudano que no droga ni calma, solo colecciona pieles de oso polar.
Salmones y libros libres de ausencias.
Esculturas sin maestro, martillo ni cincel.
Alborotos pasajeros y triángulos isósceles en cuadrados. Física teórica de pajaritas de papel; Origami infructuoso. Sobres que vuelan sin carta escrita y poemas rotos por el amor que no reflejan. Gotas de lluvia que se marchitan. Agostos que rezan para que no llueva sobre novias radiantes que esperan.

Siempre había admirado a los exploradores de los que leía en el periódico; hombres y mujeres que pisaban allí donde nadie había pisado antes; por eso permanecía pegado a la ventana mientras nevaba, esperando a que la capa blanca lo hubiera cubierto todo para salir de casa corriendo y hollarla el primero.
Así, los demás vecinos, solo podrían seguir sus pasos.

En primavera secaba pétalos de flores entre las hojas de cuadernos usados.
Se afanaba en recoger conchas en verano, guardándolas con cuidado en su saquito de arpillera.
Cuando llegó el otoño, y se encontró aquellas dos bellotas unidas por sus sombreritos, quiso guardarlas también, en una cajita de cedro.
Para cuando el invierno apareció, con su genio cambiante y frío, se vio en la tesitura de buscar un sitio donde almacenar los copos de nieve y el viento del norte.
