MI PADRE, BREVE SEMBLANZA

Mi padre era, por encima de todo, un hombre llano. Cada mañana se levantaba, se lavaba la cara, desayunaba y se llevaba a pastar a las ovejas. Guardaba en el zurrón un trozo de queso, pan duro y un libro, de poemas de Miguel Hernández en verano o de Lorca en invierno. Volvía para comer. Se echaba la siesta. Leía a Dostoievski o a Wilde (cuando estaba nostálgico, a Pérez Galdós) y regresaba a recoger el rebaño antes de que anocheciera. Tenía dos mastines: Cervantes y Saavedra, y una mula: Ana Karenina. No le gustaba la bebida y ayudaba en casa cuanto podía. Decía que se enamoró de mi madre porque le recordaba a las muchachas de los libros de Jane Austen, tan refinada pero contestataria, aun siendo hija de lechero.

De este idilio (mi padre siempre se negó a llamarlo matrimonio, aunque lo fuera) nacimos mis hermanos y yo. Para no discutir por el “ponle el nombre del abuelo, ponle el del tío” nos bautizó con la lista de los reyes godos. Así, cuando en casa pasaban revista, había que colocarse por orden: Recaredo, Gundemaro, Sisebuto, Quintila, Chindasvinto, Recesvinto y, por último, mi hermana Urraca.

En realidad, el nacimiento de mi hermana fue una decepción, no por ser mujer, sino porque cortó en seco la ilusión de mi padre por llamar a uno de sus vástagos Rodrigo. Y lo intentó, créanme que lo intentó, pero mi madre, muy cauta ella, le amenazó con aderezar la sopa si se le ocurría marcar de por vida a la niña con la cruz de Rodriga.

Su otra pasión eran las plantas, cosa que, siendo hombre de campo, resulta de esperar. Guardaba con celo un cuaderno de muestras y podía enumerar el nombre de todas las flores que crecían por los alrededores en cristiano y en latín. Cantaba ópera cuando ordeñaba las ovejas y zarzuelas cuando esquilaba.

Tenía empeño en que estudiáramos mucho, y en que, cuando fuéramos mayores, marcháramos a la ciudad. No quería que nos quedáramos atrapados en el pueblo, ni que fuéramos hombres llanos y rurales, como él; porque el futuro, decía, era para los cultos. A mí me dio mucha pena dejarle allí, con sus ovejas y mi madre, mientras yo me divertía en el fútbol y los bailes.

Una vez les invité a venir, para que vieran todo lo que me habían dado sin saberlo. Se negó. Le daba vergüenza que mis amigos descubrieran que mis padres eran una pareja llana de un pueblo perdido en medio de Castilla.

AGITADO

Era una de esas historias que viajan de boca en boca; de esas historias que a unos espeluzna y a otros embelesa. Lo tenía todo: un dragón, una princesa, un caballo, una armadura, un doncel, un pozo y una moraleja.

De tanto ir y venir, se le desbarataron los personajes y así, al final de los tiempos: el pozo, que montaba en un carro tirado por el doncel y una princesa vestida con armadura, logró salvar al dragón de una moraleja custodiada por el caballo.

TIMES SQUARE

¡Qué rara es la gente por estos lares! Les gustan esas pantallas gigantes de luces hirientes, comprar salchichas de un color indigerible en un carrito de feria ambulante, cruzar mirando el móvil, silbar a los taxis; parece que están de vuelta de todo, ni siquiera miran al cowboy semidesnudo que apenas tapa su falta de vergüenza con unos calzoncillos blancos y una guitarra, pero todos se giran cuando se cruzan conmigo, como si nunca hubieran visto una lagarterana paseando por Manhattan.

RETRATO DE FRENTE Y DE PERFIL

Nací en una mala época para modernidades. Mi padre, en cuanto le dijeron que ya había nacido, se plantó en el Registro Civil con la intención de ponerme Álvaro, pero el señor que tenía que apuntarme, al borde de la jubilación y sin descendencia, ignoró la decisión de mis padres y me encasquetó el nombre de su abuelo que, decía, se iba a perder. Y así quedé pa los restos como Cutberto Recio Galán, fíjense en la ironía.

A pesar del lastre (y el recochineo) que mi nombre suponía, más de una compañera de clase me hacía ojitos al acabar la primaria; pero llegó la hora del estirón y me quedé a medio estirar, con un metro sesenta y algún kilo de más que no domo ni con todas las dietas del mundo. Eso sí, como heredé los ojos de mi abuelo paterno, que me dan un aire a Paul Newman, y gasto un pelazo que pronto se entreveró de canas soy, a mis treinta y pocos, lo que se dice resultón. Y no me como una rosca, quizá porque pronto empecé a alejarme de la imagen de Newman en La gata sobre el tejado de zinc para acercarme a Brando en Don Juan de Marco. Debe ser por eso, porque estilo no me falta: me encanta la moda, y sigo las tendencias. Mi armario se nutre de todo lo que haya llevado una celebrity.

Mi afán por acaparar prendas ha llegado a rozar la demencia. Nunca tiro nada, no se vaya a poner de moda dentro de un par de años, y mi madre, que es una madre madre, me ha sugerido en no pocas ocasiones que acuda a un experto en acaparamiento. Me temo que la idea la sacó de uno de esos docu-realities que ve en televisión. Y todo porque me pilló la factura de un trastero donde guardo los frascos de colonia (de firma, claro) y todo lo que ya no puedo meter en casa, a pesar de que hice obra para convertir la salita en vestidor.

Voy a desfiles, he hecho un curso de patronaje y, aunque allí he conocido muchas chicas, sigo sin pareja. Quedamos para tomar café, se ríen mucho, incluso me piden consejo pero, a la que me descuido, se marchan colgadas del brazo del primer cachitas que se encuentran.

Empiezo a pensar que no valgo ni para Recio ni para Galán y que soy un simple Cutberto de tres al cuarto por culpa de la condena que me impuso el funcionario del registro.

RIESGOS LABORALES

Asomaba primero las orejas y luego el resto de su cabecita. Todos contenían el aliento en ese instante. Sacaba el hocico, lo movía olisqueando el aire y saltaba fuera del sombrero con la agilidad de un atleta olímpico. Así un día tras otro durante tres largos años.

—Bro— le dijo aquella tarde al mago—, ya estoy harto de hacer siempre lo mismo.

— ¿Harto de crear ilusión?

—Harto te digo, bro. Cansado, hastiado, aburrido. Y me consta que la paloma de los pañuelos opina lo mismo que yo.

— ¿La paloma?

— La paloma, bro. Necesitamos realizarnos como animales y como artistas. Para ti es fácil porque haces varios trucos, pero nosotros nos aburrimos, y creo que nos empieza a afectar. He hablado con los del sindicato.

— ¿Tenéis un sindicato?

— Por supuesto, bro. Gracias a ellos ya no puedes sacarme de la chistera tirándome de las orejas, como hacían antaño.

—Vaya, no tenía ni idea. Y ¿qué te han dicho en el sindicato, a ver?

— No mucho. Pero están pensando en considerar el hastío como enfermedad profesional.

—Vaya, no pensé que fuera tan grave.

—Pues lo es, bro. A mí no me gustaría dejar el negocio, pero un cambio sí, mira.

—Bueno, sería una pena después de tantos años trabajando juntos. Os he cogido cariño.

El mago pasó varios días pensando en qué podía hacer para no tener que buscar nuevos animales y para que el sindicato no le armara una manifestación en la entrada de cada espectáculo. A la tercera noche en vela por fin se le ocurrió una idea y al día siguiente se reunió con la paloma y el conejo para discutirla.

—He pensado que, como los dos estáis hartos de hacer lo mismo y la gente también se aburre de unos trucos tan predecibles, podríamos probar cambiando vuestros puestos.

— ¿Qué dices, bro? ¡Eso sería fantástico! Yo, un simple conejo de chistera, saliendo de debajo de un pañuelo. ¿Cuándo empezamos?

El cambio fue un éxito. La gente aplaudía admirada cuando la paloma salía volando del sombrero y los niños gritaban extasiados cuando el último pañuelo revelaba un conejito blanco. Hasta les hicieron un reportaje para la revista de magia más prestigiosa por lo innovador del evento.

Tras meses de éxitos, el conejo se sentó una tarde frente al mago.

—Oye, bro, estoy un poco aburrido de salir de debajo de los pañuelos.

— ¿Aburrido?

—Aburrido, bro. Echo de menos sacar las orejas del sombrero y mover el hocico. Y la paloma ya está harta de empezar el vuelo en un espacio tan pequeño. Hemos hablado con el sindicato.

— ¿Otra vez?

— ¡Y las que hagan falta, bro! Ya han declarado el hastío enfermedad profesional para los animales de ilusionismo y además nos han concedido un seguro médico obligatorio que cubre fisioterapeutas y apoyo psicológico.

—Pues parece cosa seria.

—Lo es, bro. Es muy serio. He estado pensando y quiero volver a la chistera.

—Pero… el nuevo número es un éxito.

—Al principio sí, bro, pero ya lo hace todo el mundo. La gente sabe a lo que viene y no se divierte.

—Bueno. Si los dos estáis de acuerdo…

Lo último que supe de esta historia fue gracias a la portada de la revista Ilusionismo y prestidigitación. Aparecía una foto del mago con el conejo y la paloma junto a un titular que decía:

«Vuelven los clásicos. Una revolución.»

DENTRO DE MI BOLSO

Me ha dicho mi fisioterapeuta que tengo que cambiar de bolsos, que los que llevo habitualmente me están fastidiando la espalda. Como si fuera tan fácil.

Hace tiempo que me había dado cuenta de que no podía ser bueno llevar colgando de un hombro un complemento en el que me cabe un cordero. Sí, esa era la medida estándar de mis bolsos hasta ahora; cuando iba a comprarme uno y me preguntaban por el tamaño yo siempre respondía: «Que me quepa un cordero.»

No sé si os ha pasado alguna vez, ir caminando, encontraros un cordero y no tener dónde meterlo hasta que se lo devolvéis al pastor; bueno, pues a mí no me ha pasado nunca, pero soy mujer muy precavida y siempre he comprado los bolsos tamaño zurrón cabrero, por si las moscas.

Y lo malo es que, a falta del cordero, me he liado a meter cosas en ellos: una libreta, un par de bolígrafos, el libro que me esté leyendo, la cartera, el móvil, las llaves (las de casa y las del coche), un paquete de pañuelos, el neceser, caramelos, un cuaderno y algunos textos para corregir. Lo que viene siendo el kit de supervivencia básico contra el hastío, que soy de aburrimiento fácil. Casi me pesaba menos el cordero.

Me pasé a las mochilas, que serán menos chic, pero reparten mejor la tara de equipaje. No terminaron de convencerme, al menos para todos los días.

Por recomendación de un amigo me compré una tableta y así concentraría los bolis, el cuaderno, la libreta, los textos y el libro en un solo bulto; mano de santo, la medida de mis bolsos pasó del cordero a lo que abulte la tableta, pero nada, a la que me descuidaba llevaba lo de siempre y, además, la tableta.

Dudo que uno de mis bolsos cumpla con los límites de equipaje de mano para volar.

Volví a la estética más glamurosa de alumna de instituto: bolso pequeño y carpeta abrazada (o portadocumentos, que es más adulto). Ni por esas, necesitaría el maletín de un portátil para meter todos los trastos.

Como, tras años de costumbre, no sé de qué prescindir, he decidido comprarme una burra y ponerle dos serones, que ahí sí me cabe todo y, de paso, me queda hueco por si al final sucede lo impensable y me encuentro el cordero.

A DIETA

Me he puesto a dieta, pero no la de la pera, ni la de la proteína o la del aguacate, no; me puesto a dieta en serio, sin zarandajas. Y me está costando lo mío, no crean; los escaparates se confabulan en mi contra. Hasta hoy no me había dado cuenta de los suculentos manjares que se exponían por doquier; solo de casa al trabajo hay catorce locales llenitos hasta arriba de tentaciones, y una no es de piedra.

El colmo para mi puesta a prueba ha llegado esta mañana; en la plaza han abierto un mercadillo de esos temporales con todo tipo de géneros, y los vendedores estaban pregonando la mercancía a grito pelado.

—¡Diez por ciento de descuento en todo el mostrador!

—¡Tres por dos solo hoy!

—¡Las tengo de todos los colores, oigan: negras, rosas, amarillas!

Y yo estoica, sorbiendo el café en la terraza de El Vitolo, agradecida por haber cogido el dinero justo para pagar el desayuno.

Soy débil. ¿Qué le voy a hacer?

Tampoco ha ayudado que mi vecino de mesa se haya puesto, sin vergüenza ninguna, a devorar uno de esos caprichos, que olía. ¡Ay, cómo olía! Y brillaba. Se notaba su delicioso contenido cuando lo rozaba con los dedos.

Estaba dispuesta a dejarlo correr, mantenerme en mis trece.

Al levantar la vista, me he encontrado con un cartel que decía: «Aceptamos tarjetas» y, acto seguido, uno de los tenderos gritaba: «¡Tengo lo último de Rosa Montero, las obras completas de García Márquez, J.K. Rowling, Eduardo Mendoza… Gloria Fuertes para niños y no tan niños!»

Y ahí se me han acabado la dieta, la fuerza de voluntad y el poco espacio que me quedaba en la librería del salón. Cinco ejemplares me he comprado de una tacada, y mañana vuelvo.

La dieta, si eso, la empiezo el lunes, que esta semana es la Feria del Libro y todos tenemos derecho a un capricho de vez en cuando.

NOBEL DE FÍSICA

No es fácil optar al Nobel, se necesita muchos años de estudio y… un golpe de suerte. Uno como el que se dio Anacleto Ruipérez en el dedo meñique con la pata de la mesilla de noche y que le dejó ver: primero las estrellas más cercanas, luego la Vía Láctea desde fuera y, por último, el primer destello del nacimiento de un agujero negro; fenómeno que fue confirmado por el observatorio astronómico del desierto de Atacama y que le puso en la órbita de la Academia sueca.

Aunque hoy todas sus preocupaciones se centran en encontrar unos zapatos que le permitan: A) Cumplir con el rígido código de vestimenta.

  1. B) Albergar con holgura el mamporro deforme que arrastra a un lado del pie derecho desde que realizó el feliz descubrimiento.