DUELO DE TITANES

—Le digo, señor Holmes, que el asesino es el mayordomo. Siempre es el mayordomo.

—No diga sandeces, monsieur Poirot. El asesino fumaba tabaco de Kenia, demasiado caro para su sueldo.

—Entonces es la muchacha afligida. Piénselo bien, Sherlock: despechada, cándida, él se presenta con la otra… Sus heridas bien podían ser autoinfligidas.

—Imposible, Hércules. Yo mismo la vi paseando por cubierta a la hora del crimen.

—La heredera excéntrica. Esa sí, no me lo va a negar, amigo.

—Madre mía, qué ganas tengo de que Watson vuelva de las vacaciones.

APARTE, LOS PUNTOS

Llevo una semana sin escribir una palabra y todo por un accidente doméstico tonto, como suelen ser todos los accidentes domésticos. ¿Que se veía venir? Pues sí. Mi madre me lo ha dicho hasta el hartazgo durante los últimos meses: «Hija mía, que estás en Babia Todo el día pensando en letras. Al final vamos a tener un disgusto.» Y, al final, lo hemos tenido.

El viernes pasado estaba cortando melón, mientras daba forma mental a un texto, cuando se me resbaló el cuchillo y me pegué un tajazo en la mano. En cuestión de segundos empezó a chorrear y dejé el trapo perdido de palabras.

Fuimos a Urgencias.

—Hay que poner puntos— me dijo el médico que me atendió.

— ¿Me dolerá?— pregunté.

—Un poco. Pero te va a quedar una cicatriz la mar de poética— añadió con sorna.

No le niego su destreza en la medicina, ni en la costura, pero de literatura no tiene ni idea.

Con lo bien que habría venido un punto y coma en medio, pues nada, veinticinco puntos seguidos me ha dado y dos semanas vendada.

El miércoles que viene voy a que me los quiten y ahora tengo miedo de que, sin ellos, no se entienda el relato.

DE LO QUE QUISE SER

Veterinaria, Coleta la Poeta, maestra, y El Principito; y domadora de caballos, y una mezcla de Attenborough y Cousteau.

Bella Durmiente jamás, a pesar de mi nombre.

Periodista, cantante, historiadora del arte; reina mora, princesa de Irlanda, mariposa. Criadora de avestruces, cuidadora de ñus; descubridora de estrellas. Costurera, arquitecta, profesora de Literatura y aventurera en mi salón. Sheriff en el Oeste, nativo americano, yak.

Nada de damisela en apuros.

Vendedora de regalos, tejedora, física teórica. Madrastra de Blancanieves, y uno de los tres ositos. Cultivadora de lechugas, y maragata, y acantilado. Sueño hecho realidad, pesadilla antes de Navidad, olmo viejo. Biólogo marino, tiburón martillo u oso polar. Calcetín huérfano, gorro en invierno, beso bajo el muérdago, hoz de oro. Bibliotecaria, Guttenberg, Tolkien.

Hermione Granger, y no miento, ya fui.

Agente secreto, pastora y carnero. Taquígrafa, traductora y responsable de planta en un hotel. Funcionaria, patinete, salmón en un mundo sin redes. Eremita, pensadora, dueña de galería de arte. Guía turístico, maquinista de tren y cochera de diligencia.

Negra, pelirroja, esbelta. (No todo a la vez).

Amiga de mis amigos, paje real y patinadora sobre hielo. Pluma de abanico, cosquilla en la nariz. Cielo de tormenta y sol de septiembre. Roca malherida, yedra trepadora, poetisa. Personaje sin cuento. Y, al final, simple escritora.

SEGUNDA OPINIÓN

— ¡Coño! Paco, qué cara mustio me traes. ¿Tás malo?

—Eso parece. — Toma asiento y, pide su café.

— ¡No me jodas! ¿Y es grave?

—Hombre, morirme, no me muero.

—Pues entonces, ¿a qué viene esa cara tan larga? No me digas ¿Te han quitao el anisete?

—No. — Deja la boina sobre la mesa, se atusa los dos pelos que flotan donde un día hubo un abundante flequillo.

— ¿El chorizo? Esos matasanos quieren que vivamos cien años, pero te quitan la alegría de vivir.

—Tampoco. Mi Emilia, que se empeñó en que fuera al loquero. — Lo dice sin vergüenza, todo el bar lo oye. Poco le importa.

— ¿A nuestra edad? Eso no pué traer ná bueno.

—Que me veía raro, enovejado.

—Mujeres. Si hago caso a la mía, ya tenía un pie en el hoyo. Pero si tú eres el alma de la fiesta. Jaté que ayer no viniste y se notaba esto más triste, que lo comentamos y todo. ¿Verdad, Faustino?

El camarero atiende a medias, se limita a un movimiento vago de cabeza.

—Eso le he dicho yo, pero se puso pesada y fui con tal de que se callara.

— ¿Y qué te han dicho?

Saca un papel del bolsillo y lee.

—Cardu… menopatía.

— ¿Qué coño es eso?

—Rebañiforme, además.

—Pues suena jodido. Mi cuñao tuvo una cardiopatía de esas y, en una cena de Nochebuena, la palmó.

—Cardio, no. Cardu… carde… Bueno, lo que sea. Dice que soy de mucho conformar.

—Anda el otro. Pues como todos.

—Como todos, por lo visto, no. Que tengo que hacer más cosas que me gusten, dice.

— ¿No te gusta jugar a la brisca? Porque me busco otra pareja, ya ves tú. Con la salú no se juega.

—Sí que me gusta. Para una cosa interesante que hago al día.

—Y ¿qué te notas? Porque algo te notarás, yo qué se: dolor de tripas, insonio…

— ¿Yo? Nada.

—Pues por nada no se va al loquero.

—A mí me mandó la Emilia a traición, pregúntale a ella. Si todavía no sé de qué va la rebañitis esa.

— ¡Niño! Busca en el móvil ¿Cómo dices que se llama?

Le tiende el informe médico para que copie.

—Aquí está. Cardumenopatía: Dícese del estado de abulia provocada por la falta de objetivos. Se manifiesta durante periodos de prolongada inactividad, a través de la imitación involuntaria de hábitos y rutinas de otros individuos con los que se comparte espacio. Su nombre deriva de cardumen (banco de peces). Es un trastorno de reciente descubrimiento y todavía bajo estudio. Se estima que afecta…

—Bueno, no te enrolles. Vete a lo importante. ¿Es contagioso?

—Aquí no dice nada. — El camarero vuelve a la barra. No suele hacer caso a los abuelos, pero Paco le da pena, aunque no entienda bien si lo suyo es grave o no.

—Joder, Manolo. Yo te cuento mis penas y tú solo piensas en si te pego los mocos.

—De acuerdo. ¿Cómo se cura?

—El médico dice que salga a andar, a dar paseos. Y que lea.

—Pero si te lees el MARCA todas las mañanas.

—Eso no vale, tienen que ser libros. Y que vea documentales.

— ¡Coño! Pues casi era mejor lo del chorizo.