INSTRUCCIONES PARA ENTRAR EN UN BOSQUE ENCANTADO

Para entrar en un bosque encantado, hay que hacerlo en noche sin luna; ni llena, ni nueva, creciente o menguada, y esperar en el borde de un camino donde el musgo de las piedras señale hacia el sur. Tras la bandada de estorninos que anuncian el ocaso, dar tres vueltas a una amapola en el sentido de las agujas del reloj, y otras tres en torno al cardo en el sentido contrario.

Iniciar el camino que indique el rabo de la lagartija y no volver la vista hacia la acuciante llamada de las chicharras.

Nueve pasos, ni uno más, antes de tocar el primer árbol, que ha de ser un sauce llorón a cuyas raíces crezca la madreselva.

Es este momento del camino muy delicado, porque entre las hojas suele haber libélulas que intentarán confundir tu dirección.

Dejando de espaldas el murmullo del agua, dar tres saltos sin hacer ruido en la caída y repetir las palabras que susurró una salamandra. Como es fácil perderse, no se debe quitar la vista del lugar donde se posó el último rayo de sol.

Antes de pasar junto al álamo, aparecerá la línea morada de un horizonte que no termina. Es el momento de dejar la ofrenda sobre una piedra verde de años y líquen y continuar por su derecha. Puede que, por entonces, ya oigas el canto de la lechuza.

Tropieza con la rama perdida de un helecho y busca entre las copas de los árboles la cola de la Osa Mayor. No pongas tu huella sobre ninguna otra hecha por humano, animal, viento o agua y evita los troncos adornados de muérdago.

Recoge una piña abierta, lánzala lejos; luego corre hasta allí y, en cuanto veas asomar el brillo dorado que precede al oricuerno, habrás llegado.

EL AMANECER DE LOS OSOS

Ayer por la mañana amanecí; oso que, al dar un paseo con el perro, dejó pelados de bayas todos los arbustos que encontró en el camino; oso.

Me lavé la cara (no voy a entrar en detalles sobre la complejidad de este ejercicio con unas zarpas recién estrenadas), me dejé marcas por toda la nariz y, como cabía esperar, los pantalones no me cerraban. Un día se amanece oso y, además del hambre atroz, de los zarpazos en la nariz y de que no te quepan los pantalones, tienes que lidiar con sentarte sobre una cola redonda que no ves, pero se sabe que está ahí porque molesta sobre los cojines del sofá, y se nota mover cuando se tensa cierto músculo al final de la espalda.

El caso es que mi amanecer oso pasó desapercibido al resto, nadie me veía oso excepto yo; mi perro no me veía oso, aunque sospecho que me olía oso porque se sobresaltaba cuando pasaba por su lado; mi pareja no me veía oso, aunque notaba algo diferente en mí y no sabía decir con precisión qué era; mis vecinos no me veían oso, porque me dieron los buenos días como siempre, aunque su hijo de tres años me ha miró raro, como si él sí fuera capaz de notar algo de osedad en mi apariencia humana. Pero yo, yo me miraba al espejo y veía un oso; un oso pardo, un oso de nariz profunda y ojos naranjas, de orejas redondas, de pelo duro, durísimo, así como… como de oso.

Y, fruto de esa nariz profunda, era capaz de distinguir el olor de todos los contenedores de basura; por culpa de esos ojos naranjas podía ver el horizonte con la silueta de sus árboles, y por las orejas redondas me llegaron ecos de un regajo que, normalmente, queda demasiado lejos para que me dé cuenta de que está ahí.

De repente empecé a pensar en salmones, en cerebros de salmones, en huevas de salmones, en pieles de salmones, vamos, lo que viene siendo cualquier desperdicio de salmón excepto la carne y las espinas. Así que asalté la nevera y me tragué, con mis fauces de oso: las pechugas de pollo, los filetes de ternera, las albóndigas en salsa, la merluza, la lubina, la palometa, los guisantes, la coliflor, la masa de hojaldre y una colección de cincuenta cubitos de caldo de cocido, todo ello sin descongelar.

A eso de media mañana, me entraron unas ganas incontenibles de invierno; un ansia, un desespero que no sé cómo explicar. En mi amanecer oso hubo muchas cosas difíciles de entender, pero ese deseo irrefrenable de invierno es, de largo, lo más complicado de todo. Era algo así como una lentitud en el paso del tiempo, como un embargo con la visión de cielos nublados y vientos gélidos; un sacudir de las costillas con el atisbo de la soledad, un escalofrío placentero en la columna (y hablamos de una columna de oso) con la expectativa de quedarse en la única compañía de uno mismo, un mirar hacia dentro con los ojos naranjas, un oler hacia adentro con la nariz profunda, un escuchar hacia adentro con las orejas redondas; incluso un arañar hacia adentro con las zarpas recién estrenadas que, sin embargo, me eran cada vez más familiares y fáciles de manejar. Así que retiré al rincón más remoto de la casa y me hice un ovillo (un ovillo tamaño oso, pero ovillo al fin y al cabo) para dar rienda suelta a eso que los eruditos llaman hibernación y yo he bautizado como “interior de oso” porque, en contra de todo lo dicho sobre el tema y todo los mitos que lo rodean, la hibernación no consiste en dormir, sino en ese hacia adentro; ese no ser más que lo que se es sin ser lo que nos hacen los demás, un reflexionar sobre la osedad de uno sin prejuicios ni influencias.

Y es curioso que mi primer pensamiento, precisamente, se dirigiera hacia fuera, una curiosidad por saber si, como yo había amanecido oso, otros también amanecerían quién sabe si oso, muflón o anguila, y cómo sobrellevarían ese nuevo estado; si eran capaces de reconocer a los otros, a los que amanecían como ellos o, lo que es peor, a los que amanecían lo contrario. Pongamos por caso que alguien que amanece ciervo se cruza con otro que amaneció lobo. Se masca la tragedia. ¿Habría alguien, en algún lugar, que amanezca avispa? ¿Habrá osos que amanecen humanos?

Esta mañana, después de una noche en vela, he amanecido yo, sin la nariz profunda, sin las orejas redondas, sin los ojos naranjas, sin los pelos duros, sin las zarpas y, resulte creíble o no, con unas ganas incontenibles de invierno.