VID Y LAS ESTRELLAS

Esta leyenda es mi colaboración para la revista de la Fiesta de la Vendimia de La Palma del Condado 2019


Cuenta la leyenda que, una vez los dioses terminaron de crear el Universo, se reunieron para celebrarlo, todos excepto una diosa que estaba obsesionada con el lugar de las estrellas en el mundo. Tal era su amor por las constelaciones que le parecía injusto que solo existieran en el cielo y, tras muchos días de pensar, decidió buscarles también su reflejo en la tierra.

Probó en la superficie de los ríos, pero la corriente ondeaba y escondía el pálido fulgor de los astros. Lo intentó luego con los copos de nieve, pero eran tan vanidosos que no quisieron hacerle sitio. Pensó en los ojos de los enamorados, pero apenas había lugar en sus pupilas para algo más que la persona amada. Entonces, cuando comenzaba a darse por vencida, encontró ante ella el brote de un pequeño árbol que retorcía sus ramas como en mil abrazos.

Conmovida por la imagen, bajó la primera constelación y la enredó entre las ramas; satisfecha con el resultado, repitió el proceso hasta que el arbolito quedó sembrado de estrellas.

Después, los hombres poblaron la tierra y quedaron fascinados con los frutos de aquel pequeño árbol. En honor a la diosa, le dieron el nombre de Vid, y decidieron que, a partir de entonces, no habría celebración completa sin el jugo fermentado de aquellas estrellas bajadas al suelo.

HACIA ADELANTE

Aseguró los tacones de sus botas en el polvo y se llevó la mano a la frente, haciendo visera para eludir el brillo del sol. Ni siquiera sabía qué estaba buscando, pero pensó que en algún momento lo descubriría.

El horizonte se dibujó en un borroso color dorado. Arena y más arena hasta donde llegaba la vista; algún matojo desperdigado y un par de cerros que se antojaban amenazantes por lo que pudieran esconder en lo alto.

El viejo le había hablado de un río pero, ni su rumor, ni su frescura hacían acto de presencia en aquel páramo; quizá si seguía cabalgando hacia el oeste…

En un mundo sin caminos es difícil perderse, pues no hay ruta que ignorar, no hay cruces que lleven allí a donde no queremos llegar; aunque también es fácil sucumbir al desaliento.

¿Sería así como se sentían los hombres que navegaban cruzando océanos?

¿Huérfanos de punto cardinal?

Volvió a subir al caballo y arrancó al paso, siempre mirando al frente, nunca hacia atrás; nunca hacia lo que representaba el pueblucho dominado por el temor en que se había criado y del que huía tras asesinar al sheriff.

Cosecha anual

En primavera secaba pétalos de flores entre las hojas de cuadernos usados.

Se afanaba en recoger conchas en verano, guardándolas con cuidado en su saquito de arpillera.

Cuando llegó el otoño, y se encontró aquellas dos bellotas unidas por sus sombreritos, quiso guardarlas también, en una cajita de cedro.

Para cuando el invierno apareció, con su genio cambiante y frío, se vio en la tesitura de buscar un sitio donde almacenar los copos de nieve y el viento del norte.

LINDES

Relato incluido en la Antología de prosa poética de Ojos Verdes Ediciones.


 

Con cuatro lunas a sus espaldas decidió seguir vagando por abruptos senderos que no llevaban a ningún lugar hasta que un viento del norte, triste y desabrido, rompió la niebla para traer una estrella luminosa, incierta, que titilaba en las sombras de una noche sin final.
Al vuelo de las cornejas se adelantaron los estorninos; los contempló, curiosa, mientras arremolinaban los deseos de los ausentes en nubes negras como tormentas.
Hundieron aquellas vistas sus pies en el fango infecto, donde las lombrices apenas llegaban a rozar el suelo. Notaba el frío en las puntas de los dedos, como brotes tiernos sucumbiendo a fiera helada y, por primera vez en su existencia, sintió el miedo escondido tras los musgos y el vaho de sus pulmones escapando de ella, alejando la vida y los sueños de un cuerpo de niña que, sin embargo, empezaba a estremecerse al amor del planear de búhos y el bramar de ciervos.
Atravesó una ciénaga, una playa y un robledal, acompañada por el lúgubre rocío que descansaba sobre los tréboles amarillos. Jamás creyó que un ocaso fuera tan hermoso, mientras las cuatro lunas, agazapadas bajo su pelo, aguardaban.
Fue el sigilo de un zorro el que las despertó, con sus uñas lacerantes sobre la tierra mojada; esas lunas envidiosas: llena, creciente y las dos menguadas, desbarataron su cabello y la hirieron en el alma.
«Somos dueñas» le decían «de tu futuro».
Y ella lloraba, viendo escapar la estrella y el viento entre el fulgor plateado de cuatro esferas blancas.

PAUSA

Sentí el sol sobre mis mejillas
y su caricia etérea en llamas
encendió la luz de mis ojos.
Respiré tan hondo que estallé
de aire lleno de aromas
a saúco y madreselva,
a musgo.
No soporté la presión de las hojas
que se acunaban en el viento
a mi alrededor,
riendo alegres mi desgracia.
Y lloré desconsolada, como siempre,
sin más pañuelo que un tronco
lleno de liquen y estrellas muertas.
Un rayo de luna rozó mis dedos
como un puñal buscando herida
y se hundió en mi pecho,
tan profundo que no dolió;
y al salir liberó un corazón negro
brotando sangre de plata.

De lecciones

Del sol aprendió el rolar de los vientos, el cambio de las estaciones en los árboles; de la luna, decía, no aprendió nada salvo el brillo perenne de unos ojos enamorados.