DE DO DO DO, DE DA DA DA

Me siento a escribir viendo un documental sobre Alaska y sus osos. Alguien comparte conmigo en Facebook, cosas de la vida, que esta mañana pescaron al Campanu y mi mente divaga.

¡Desdichado salmón!

El cursor parpadea en la página de texto del portátil, en blanco, como mi mente; como el ámbar de un semáforo que nunca va a pasar a rojo.

Apago el televisor. Imposible concentrarse con esos pobres peces siendo devorados. Pongo música.

Mi gusto por las letras es casi tan viejo como el que siento por los documentales.

Me enamoré de la naturaleza recogiendo piñotes con mis abuelos, montando a caballo con mi padre, por el ecologismo de mi tía, las manualidades con reciclaje de mi madre, el visionado de Capitán Planeta con mi hermana.

La primera canción hace más por la nostalgia.

No sé si es Sting, el Campanu, o los osos, pero recuerdo los viajes a Asturias con Police como banda sonora.

“De do do do”

Las cinco de la madrugada entrando dormida en el coche.

Los “¿falta mucho?”.

Celorio, su playa.

Llanes y el espigón sin cubos de Ibarrola.

Buscar caracoles.

No hablar francés.

Ser niña langosta.

Y el olor a lluvia que mi hermana y yo bautizamos para siempre como “huele a Asturias”.

“De da da da”

Mis dedos corren por el teclado.

Corren veloces, sin dar tiempo a parpadear a esa maldita raya vertical.

“Is all I want to say to you”

Y cuentan Asturias.

Los pinares.

Los zorros huidizos.

Los libros en verano.

El olor a castañas asadas en la caldera.

El hámster que se me murió.

“De do do do”

El respirar del caballo bajo mis piernas.

Librerías repletas en casa de los abuelos.

Y una vez que vi una raya en manos de un buzo con escafandra.

O lo mismo no.

“De da da da”

Montar en bici con mi hermana.

Mi primera vez con “El señor de los Anillos” o “Cien años de soledad”.

Los patines de hierro heredados.

Cómo escocía la piel quemada por el sol.

Hacerme grande y no olvidarme de bailar.

“They’re meaningless and all that’s true”

DE LO QUE QUISE SER

Veterinaria, Coleta la Poeta, maestra, y El Principito; y domadora de caballos, y una mezcla de Attenborough y Cousteau.

Bella Durmiente jamás, a pesar de mi nombre.

Periodista, cantante, historiadora del arte; reina mora, princesa de Irlanda, mariposa. Criadora de avestruces, cuidadora de ñus; descubridora de estrellas. Costurera, arquitecta, profesora de Literatura y aventurera en mi salón. Sheriff en el Oeste, nativo americano, yak.

Nada de damisela en apuros.

Vendedora de regalos, tejedora, física teórica. Madrastra de Blancanieves, y uno de los tres ositos. Cultivadora de lechugas, y maragata, y acantilado. Sueño hecho realidad, pesadilla antes de Navidad, olmo viejo. Biólogo marino, tiburón martillo u oso polar. Calcetín huérfano, gorro en invierno, beso bajo el muérdago, hoz de oro. Bibliotecaria, Guttenberg, Tolkien.

Hermione Granger, y no miento, ya fui.

Agente secreto, pastora y carnero. Taquígrafa, traductora y responsable de planta en un hotel. Funcionaria, patinete, salmón en un mundo sin redes. Eremita, pensadora, dueña de galería de arte. Guía turístico, maquinista de tren y cochera de diligencia.

Negra, pelirroja, esbelta. (No todo a la vez).

Amiga de mis amigos, paje real y patinadora sobre hielo. Pluma de abanico, cosquilla en la nariz. Cielo de tormenta y sol de septiembre. Roca malherida, yedra trepadora, poetisa. Personaje sin cuento. Y, al final, simple escritora.