POR FEBRERO SALIÓ EL OSO DEL OSERO

Cantimplora, calcetines, botiquín… — Repaso el contenido de la mochila. — Antihistamínicos y ballesta. Está todo.

Cierro la puerta y emprendo el camino calle arriba, hacia las afueras. Tengo que darme prisa, mi enemiga es cada vez más madrugadora y siempre me pilla de improviso. Hasta este año, este año estoy preparada y no le voy a dar la más mínima oportunidad.

«Mejor prevenir que curar.»

Es lo que decía siempre mi abuela y, después de años de parches curativos, ha llegado la hora de la prevención.

Guardar el secreto me ha costado lo suyo; pasada la noche de Reyes, todo quisque en Aldeílla pregunta por los planes que hay hasta el verano. Por suerte, mi trabajo de bibliotecaria me da buenas excusas y mejor coartada. En una comarca cada vez más despoblada, el préstamo de libros se hace a domicilio y los plazos son largos; nunca hay prisa para nada, mucho menos para leer. Todo el mundo sale a recibirme en Llanos de Borbojo, Cerro del Humedal, Nava de Trigueros y Villaverde de la Ribera. Llego con mi motoneta, heredada de la antigua fábrica de gaseosas, y los ojos de los aldeanos se iluminan. Las dos últimas semanas han sido frenéticas, entregando libros por doquier, a ser posible de los más gordos, para que nadie se dé cuenta de mi ausencia durante esta aventura.

En estas tierras echan de menos a la bibliotecaria antes que al médico, así se sanan los males de los vecinos, a base de Eduardo Mendoza, Rosa Chacel y García Lorca.

La nieve bordea el sendero y se me embarran los bajos de los pantalones; es la mejor señal que puedo tener; eso significa que no es demasiado tarde, a juzgar por la ausencia de yemas en los almendros del huerto de Pascasio.

Mi misión, viviendo en un pueblo, es de necesidad imperiosa. Después, y soy muy consciente de ello, tendré que mudarme. Nadie me querrá por aquí si descubren lo que he hecho, o lo que me dispongo a hacer.

Voy pendiente del verdeo de las cunetas, del trino de los pájaros, de mi propia sombra. Tras años viendo pasar las estaciones sé de sobra cómo contar el tiempo por esos matices. El final del invierno lo marcan el cambio del color del humo en las chimeneas y el nacimiento de los primeros potros, aunque en el telediario se empeñen en darle fecha y hora. Me cabrea. Es como ponerle puertas al campo. No se puede y punto. Si lo sabré yo, que noto el picor en los ojos antes de que broten las primeras flores, que echo mano del inhalador a mediados de enero; que, para cuando llega marzo, ya tengo la piel hecha jirones de rascarme los eccemas.

Este año voy a cogerla por sorpresa, mientras hiberna, como los osos.

Me siento emocionada y vil al mismo tiempo. No soy amiga de hacer las cosas por la espalda, pero no tengo más remedio, la traición con traición se paga, y la otra lleva años traicionando calendarios y refranes, por no hablar de mis pituitarias.

Ya falta menos, dos colinas más y, al pie de la montaña del Loco, encontraré el lugar donde el viejo me ha dicho que todo empieza.

No suelo hacer caso a las cosas del Nicolás, aunque esta vez lo he hecho. En cuestión de cabras y covachas no hay mayor eminencia en kilómetros a la redonda.

Bajo la última cresta y la veo: la entrada a la cueva.

Me aposto tras el matojo pelado de una zarza y cargo la ballesta.

Puede ser cosa de horas, o de días, pero a mí me da igual, me he armado de flechas y paciencia.

Este año, por fin, mataré a la primavera.