JUANA, REINA DE CASTILLA

Juana nació niña, que no loca. La casaron, le dolió; murió su marido, murió su madre.

Su padre y sus hijos la guardaron en un cajón. Veía desde su cárcel el Duero, y reyna a sí misma se llamaba.

Su hijo Carlos llegó de viaje desde Alemania. Se levantaron en armas los caballeros de Castilla más fieles a su dama y muchos pusieron pies en polvorosa mientras ardían Segovia y Medina.

Llegaron los Comuneros para nombrarla reina y señora, legítima heredera de Castilla, de España entera y de lo que no se veía desde la costa.

De poco sirvió.

Tras cruenta batalla, rodaron las cabezas de los líderes de la revuelta y Juana se perdió para la historia como reina, pero quedó como loca.

DIARIO

Con el amanecer, cuando el ruido de los coches todavía no había eclipsado el canto de cortejo de los pájaros, todo permanecía cubierto de un dorado amoroso y el aire era más aire, limpio y vigorizante, sin el picor hiriente que emanaba de los tubos de escape y las chimeneas; en ese instante en que el mundo daba la sensación de ser todavía un niño en pañales, primitivo y virgen, respiró profundo despidiéndose del brillo de la luna para dar la bienvenida a un nuevo día y su corazón se inundó de versos de poeta sin pluma con la que escribir, anclada a una rutina que nada tenía de romanticismo, que no entendía de almas suspirantes ante el espectáculo de la primavera abriéndose paso.

A media mañana, el descanso en su trabajo, repetitivo como el tic-tac del reloj, la arrastró hasta una cafetería llena de vida escurriéndose por los bordes de las tazas, y deseó convertirse en cineasta que contara, en 8 milímetros, las historias de cada vecino de mesa: la de los abuelos que sacaron a los niños del colegio, la embarazada que recibió buenas noticias del médico, los compañeros que debatían sobre los pormenores del fin de semana y la muchacha que leía, apartada de todo lo demás, dando breves sorbos a un vaso de zumo sin despegar la vista de las letras. La del camarero que, envuelto en el halo de vapor de la cafetera y bayeta en mano, con su labor inherente de psicólogo, escuchaba al anciano que daba señas del finado de turno por el que las campanas sonaban y que veía inevitable el canto del metal por su persona, a lo que el barman siempre respondía con una sonrisa y el halagador «Estás hecho un chaval, Manolo.»

Al salir, se vio sorprendida por la lluvia, persistente y fresca, que inundaba los recovecos. Se vio impulsada a retratar con acuarelas el reflejo de las luces, de las hojas, de los zapatos. La paz infinita que despedía el romper de las gotas en los charcos, los círculos concéntricos que intentaban hipnotizar con su dibujo a los que se pararon a contemplarlos, recordaban el verano, las olas en las calas y los barquitos de pesca volviendo a puerto.

El paseo de la tarde con el perro, perdida por los caminos entre lomas pardas de invierno, futuros trigales y campos de amapolas, con el olor a tierra mojada, la serenidad siniestra del barro, el brotar de los tréboles en las cunetas y la firmeza crujiente del suelo bajo sus botas, la inspiraron para hacerse fotógrafa capaz de inmortalizar los surcos hirientes del arado; o bailarina que homenajeara a la vida sobre las puntas de los dedos de los pies.

Pero fue al calor de la hoguera, con el brillo de las llamas y su ritmo embriagador, con la danza anaranjada y el chisporroteo sorpresivo, el que la llevó a tocar la guitarra y componer una balada dedicada al estar en casa después de la rutina, a la historia de los amantes del libro de la chica del bar, refugiados de la lluvia que golpeaba los cristales, enamorados del fuego, desnudos a su calor. Con las espaldas sobre un suelo que reclamaba el tributo a la fertilidad.

PAREJAS DE ASES Y OCHOS

Su falta de supersticiones llamaba la atención en los círculos de jugadores, él nunca había cedido a la presión del hado; si tenía una mala noche no se le ocurría culpar a sus calcetines o a la ausencia del colgante que le dio aquella muchacha tan adorable antes de subirse al tren para nunca regresar.

Si tenía una buena noche no lo achacaba al pie con el que entró en el salón o a la chaqueta que vestía. Aunque, a decir verdad, solía ser el más elegante de sus compañeros de mesa: la barba bien recortada, el traje impoluto y los puños de la camisa blancos y tiesos.

No era para atraer a la suerte, si no las miradas. Alrededor de la mesa solían rondar mujeres hermosas que, si bien no buscaban al amor de sus vidas, podían proporcionarle una noche divertida y, algunas veces, conversación interesante aderezada con un buen whisky.

La invitación había llegado tarde y tuvo que parar un taxi para llegar a tiempo. Acostumbrado a los antros cochambrosos, a los santo y seña, al humo de puro y a los rivales malolientes, le sorprendió encontrarse en un club de caballeros distinguidos, la flor y nata de la sociedad; y eso le puso nervioso.

Dejó su gabardina en el ropero y disfrutó de las obras de arte que colgaban de las paredes. Hasta el murmullo de las conversaciones resultaba gratificante, lejos de los gritos y la chabacanería de sus habituales salones de juego.

Una joven vestida con recato le invitó a acompañarle y recogió su copa vacía. Sin duda todo el glamur quedaba al otro lado de la puerta, un trampantojo que vestía de dignidad la falta de honor de aquellos que salían de la partida más pobres, cuando no arruinados.

El mismo ganado de siempre, con otros nombres, pero iguales en lo esencial: hombres de negocios, ricos herederos y, ¿cómo no?, el nuevo millonario que se hacía notar con un atuendo llamativo y al que los demás sonreían por educación y despellejaban en la intimidad. Desconocía quién de aquellos prohombres había enviado su invitación, pero estaba claro que no se hallaba en la sala.

Después de tres manos catastróficas, algunos de los jugadores comenzaban a relajar sus faroles. Pidió el segundo whisky y estudió a sus compañeros, ahora en serio.

El error de principiante más común era juzgar nada más sentarse a la mesa, un esfuerzo inútil, su abuelo se lo había enseñado de pequeño: “Todo empieza como un baile de máscaras, hay que esperar un par de copas para que la gente deje de acordarse de que lleva un disfraz.”

Y el método no le había fallado hasta ahora.

El que parecía llevar la voz cantante, a buen seguro socio fundador del club, llevaba un rato haciendo girar de forma compulsiva una de las fichas. Luego estaba el iniciado, un púber que acudió a la partida presionado por el peso de las generaciones anteriores de su familia y que no mostraba el más mínimo interés por lo que sucedía sobre el tapete, los ojos se le iban detrás del culo de la camarera. Cerraba el elenco un escritor de novela negra con fama de palmar cada moneda que se jugaba; con él había que tener cuidado. Suele pasar que el más desgraciado te hunde la vida en una noche de suerte única en su existencia.

Decidió hacerse el pardillo sin pasarse, seguía ignorando de dónde había venido su invitación y hasta qué punto se le conocía en la mesa.

«Aguarda» se dijo «esto, como pescar. Tú tira el cebo, que ya picarán.»

En la quinta mano empezó a echar en falta su ambiente habitual. Las bromas, los insultos bienintencionados y las risas de las chicas no tenían cabida en ese salón, y llevaba un rato con la sensación de estar viviendo una obra de teatro muy bien orquestada en la que él era el único actor que no se había leído el guion. Por poco acostumbrado, mejor dicho nada, que estuviera a las partidas entre “señores”, le resultaba sospechosa la entereza con que perdían; ni una mueca de disgusto, ni un suspiro, ni un temblor de manos, ni dudas a la hora de apostar cinco de los grandes.

La camarera se paseaba cerca de él con demasiada frecuencia, pero estaba claro que no chivaba sus cartas o él no iría ganando. En cualquier otro lugar, su presencia le habría resultado hasta agradable, puede que incluso hubiera bromeado con ella, pero había algo cuando abría la puerta que le erizaba el vello de la nuca, aunque también podía ser que la corriente le diera de lleno.

Intentó aplacar sus nervios y concentrarse en lo que sucedía sobre la mesa.

Repartieron la última mano y, antes de levantar las cartas, un escalofrío le recorrió la columna. Dobló ligeramente los naipes para ver las esquinas como si no fueran con él, pero esta vez iban, vaya que si iban.

Miró con miedo al resto de jugadores y entonces el estallido le atravesó el corazón, su cuerpo cayó de la silla todavía con las cartas entre los dedos, parejas de ases y ochos: la mano del hombre muerto.

LA LUNA DE ODÍN

Tengo una amiga arqueóloga y hace tres días quedamos después de meses sin vernos aprovechando que ella ha venido a la ciudad a dar una charla y yo estoy preparando la presentación de mi último libro. Últimamente nos resulta difícil encontrar hueco para tomar un café entre mis escritos y sus expediciones, pero esta vez se obró el milagro y nuestras agendas han coincidido.

Me hacía mucha ilusión el reencuentro porque normalmente, aunque estemos lejos, seguimos en contacto por las redes sociales o por mail, pero mi amiga, en su última excavación, ha estado en la luna y allí no hay buena cobertura.

Nos conocimos el segundo año de universidad en una charla sobre la degradación del hábitat del escarabajo pelotero y fue un flechazo. Al final, ella hizo su doctorado en cultura escandinava y yo me puse a trabajar de columnista en un periódico local.

Siempre me pongo sentimental cuando me acuerdo de aquellos días, rodeadas de copas de vino y tapas a medianoche. Nos convertimos en unas snobs que soñaban con carreras prometedoras: ella como Indiana Jones y yo como la nueva Virginia Woolf (a ser posible, sin suicidio al final).

Hace un par de años me dijo que se iba a la luna, que tenía una corazonada y que no podía contarme más. Mentiría si dijera que no me preocupé; los viajes a la luna están a la orden del día, yo misma estuve el año pasado de vacaciones, pero temía por su reputación. ¿Qué pretendía encontrar allí? ¿La huella de Neil Armstrong?

Pues, contra todo pronóstico, encontró algo, algo muy gordo. Y, a pesar de que puede ser el descubrimiento de sus sueños, también se ha convertido en su peor pesadilla.

Para empezar, la conferencia que iba a dar se ha suspendido y ayer me llamó muy asustada. Dos tipos con cara de pocos amigos se personaron en su casa blandiendo unas identificaciones de la NASA y le dieron la invitación para una reunión con la mismísima presidenta de los Estados Unidos. De entrada le han prohibido divulgar su descubrimiento y le han secuestrado las muestras arqueológicas que había recogido. Estaba desesperada, y me ha pedido que vaya con ella. Dudo que me dejen entrar pero, si llegamos juntas hasta la puerta, ya habré cumplido como amiga.

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Mira qué majos son en la Casa Blanca. Mientras esperas, te dan té con pastas y, si la cosa se alarga, te hacen una ruta turística por el edificio. Yo estaba encantada, hasta que mi amiga salió de la reunión. Menuda cara traía. Se ve que lo que ha encontrado pone en peligro la estabilidad mundial y se ha clasificado como TOP SECRET. Vamos, que ha pasado a coger polvo con algunas reliquias masonas y los alienígenas del Área 51.

Ni las gracias le han dado.

Cuando hemos vuelto a España yo ya no podía más. Hemos parado en un café y le he preguntado a bocajarro qué coño había encontrado.

«Vikingos.» Me ha dicho. «Los vikingos estuvieron en la luna.»

A mí se me ha puesto en mente el gallego aquel que ha venido de El Ferrol a conquistar las marcianas, sí, a conquistar las marcianas… Que no creo que fuera vikingo, pero vaya usted a saber.

Le he comentado a mi amiga, dentro de mi ignorancia en la materia, que una cosa es que los fornidos nórdicos tuvieran barcos que lo mismo te navegaban por mar que por río, y otra muy distinta, por no decir una barbaridad, que hubieran conseguido subir hasta la luna a golpe de remo.

Ella me ha explicado como, en una de las sagas, se relata el viaje de Nosequién Noséquesson a una tierra de suelos grises y sin viento más allá de las nubes y las estrellas. Mi amiga, que había invertido todos sus esfuerzos en encontrar el destino de aquel viaje, se vio una noche mirando a la luna y lo entendió.

Los primeros meses de excavación fueron un infierno, físico y psicológico, hasta que una tarde, bajo las cerdas de su pincel, asomó algo brillante: un hacha en perfecto estado, y no un hacha cualquiera, un hacha vikinga de no recuerdo qué periodo.

Después todo fue coser y cepillar: brazalete, escudo, broche y, por último, un esqueleto inhumado con toda su parafernalia sin incinerar (huelga decir que en la luna no se puede hacer fuego).

Yo la he escuchado embelesada, aunque para mis adentros pensara que, mejor que a la Casa Blanca, la tendrían que haber enviado a la consulta de un psiquiatra.

Cuando ha terminado de contarme su hallazgo, se ha dado cuenta de que me costaba tragarme su aventura y, con cara de suficiencia, me ha mostrado unas fotografías en su móvil. Allí estaban todas las piezas descritas y, por si todavía albergaba alguna duda, en una de las imágenes aparecía ella de cuclillas frente a los tesoros con la Tierra de fondo.

Hasta yo, que estoy poco puesta en este tipo de avatares, comprendo que se trata de un descubrimiento a la altura de la tumba de Tut-ankh-amon. ¿Cómo pueden silenciarlo?

Por lo visto, después de la que habían montado Rusia y Estados Unidos con la carrera espacial en los sesenta del siglo XX, y lo mucho que les había costado encontrar la paz, no es plan que el viaje de un señor hace dos mil años desentierre el hacha de guerra. Mi amiga replicó que el hacha ya se había desenterrado y que, se pusieran como se pusieran, además era vikinga, pero la han despedido con una amenaza nada velada y un “buenas tardes” muy educado.

Así que aquí estamos las dos, conscientes de un secreto que podría cambiar la historia de la Humanidad, pero que nunca saldrá a la luz; por eso les ruego que no digan nada ni a familiares ni a amigos, que estos de la NASA tienen muy mala baba y nunca sabe una dónde tienen un espía.

TRAS LAS HUELLAS

Años después de que Don Miguel de Cervantes ostentara el cargo, y de que casi todos los vecinos por aquellos lares se hubieran olvidado de él, arribó otro recaudador de impuestos que, sin embargo, removería los recuerdos sobre el primero.

Junípero Enríquez era hombre entrado en grasas y de carácter amable; nada que ver con aquel caballero enjuto, de mal genio y peor beber. Sin embargo, lo que rescató los legajos más escondidos de las memorias no fueron ni su oficio como funcionario de la Corona, ni el ayudante del recaudador: Manuel García, a la sazón el mismo que acompañara al manco de Lepanto. Estaba el nuevo tan fascinado con la lectura de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, obra de su predecesor, que aprovechaba cualquier ocasión para hablar del libro o de su autor. Y, a sabiendas de estar pisando sobre sus huellas, se le ocurrió que nada malo había en preguntar por cómo era aquel hombre del que, en Madrid, unos hablaba maravillas y otros echaban pestes.

Ya había recorrido buena parte de Andalucía y, allí donde había parado, los pocos que sabían algo del autor, era por sus fechorías y no por sus palabras, así que no faltaba el día en que alguno le recordara que cumplió presidio en Sevilla por apropiarse de lo que no era suyo, o el momento en que fue amenazado de excomunión; por mucho que loara lo decisivo de estos episodios para el nacimiento de la obra maestra.

«Los hombres brillantes despiertan envidias» pensaba Junípero, aunque ninguno de los entrevistados se mostraba celoso del autor de El Quijote cuando muchos no sabían, aún siendo hombres cultivados, ni de la existencia del libro.

Debatió con maestros, alcaldes, molineros… Y hasta con una acémila a la que encontró parecido con Rocinante, deseando que fuera, de algún modo, pariente del insigne corcel.

Aunque su afán por hablar de Cervantes o El Quijote crispaba los nervios de la mayoría, encontraba, muy de cuando en cuando, a otro apasionado de esta historia, lo que mermaba la paciencia de su ayudante hasta un límite rayano en la desesperación.

Si eternas se hacían las horas cuando encontraba amigos, cuando encontraba enemigos era casi peor; sentía la necesidad de convertirlos a su causa recitando de memoria sus pasajes favoritos.

Y, si duras eran las pocas palabras de los paisanos, peores eran las más escasas de su acompañante, personaje flaco y desmayado que escrutaba todo con sus ojos grises y su cara de gusano.

Al principio de su andadura, el recaudador apenas había insistido, pero, como su compañero de fatigas resultó hombre parco en palabras, pronto se vio obligado a recurrir al interrogatorio para llenar los largos ratos de camino, polvo y olivares con algo más que el ruido del carro.

En el primer mes solo consiguió que le informara de que el tal Miguel residía en Valladolid y que contaba con amigos ilustres que, sin duda, favorecieron su causa y silenciaron muchos de los escándalos en que se veía envuelto.

El segundo mes logró que le hablara de lo poco que se le notaba la mano inútil y de que nunca mencionaba sus experiencias en Lepanto o la cárcel de Argel.

Al tercer mes se hizo el silencio; bueno, exactamente al tercer mes no, aunque coincidió más o menos. Fue después de una riña que despertó a todos los huéspedes en Almería.

Serían las dos de la madrugada y el ayudante trataba de descansar mientras el recaudador divagaba sobre las personas que habían conocido. Por más que Manuel insistía en que no podía recordar qué negocios o impuestos se cobraron; Junípero se obcecaba en que, como amanuense, al menos debía guardar en la memoria el aspecto de aquellos con los que trataron. Cuando el tono del recaudador se volvió reproche, el ayudante no pudo más y le atizó con el libro de cuentas. Hicieron falta el ventero y tres mozos recios para separarlos.

Continuaron viaje callados durante dos días. Acaeció aquí el episodio de la acémila, y Manuel, avergonzado en exceso, decidió satisfacer sus demandas; no se pusiera a hablar al día siguiente con una zarza o un alcornoque. Puso tal empeño en entretener a su compañero que, más que memoria, hacía imaginación y comenzó a inventar conversaciones y vecinos. Incluso se atrevió a adornar las escenas con alguna disputa por los pagos, que Cervantes y él lograron calmar sin que mediara la autoridad. Se cuidó mucho de hablar solo sobre lugares por los que ya habían pasado para evitar que descubriera el engaño, y el recaudador se dio por satisfecho.

Pudo por fin descansar de sus relatos cuando llegaron a un pueblo a medio camino entre una marisma y Sevilla. Coincidió que el alcalde sí recordaba a Cervantes, era un apasionado lector y había quedado maravillado con el ingenio de la obra, pues el escritor no le había parecido tan inclinado a chanzas cuando lo conoció.

Las veladas se eternizaban, el ayudante se aburría y Junípero perdía la noción del tiempo. Descuidaba su deber y los vecinos empezaban a recelar; una visita tan larga de un funcionario de la Corona no podía traer buena cosa.

Abusando de la hospitalidad ofrecida, permanecieron en el pueblo lo suficiente para que Junípero, a pesar de su aspecto porcino, se enamorara de la sobrina del cura y ella le correspondiera, más o menos. Era esta una muchacha flaca, aunque bien alimentada, y sabía leer y escribir. A pesar de que sus lecturas se veían limitadas por la supervisión de su tío, el recaudador encontró encantadora su curiosidad por los nuevos literatos, sobre todo por los sonetos que el enamorado le recitaba. Era también caprichosa y demandaba por igual regalos que palabras bonitas. Así, su pretendiente empezó a sacar dinero de la bolsa de recaudación para poder complacerla con pañuelos, alhajas y algún que otro libro.

A las primeras monedas siguieron otras y después más, hasta que lo sustraído superó con creces su sueldo. Se supo en un aprieto y pidió ayuda a Manuel. El muchacho conocía de primera mano cómo podía terminar la historia, se compadeció del hombre y le recomendó acudir a un prestamista para salvar el escollo. Confiado, Junípero siguió cogiendo dinero, regalando a su amada cuánto pedía y, al mes siguiente, seguía en las mismas, con el agravante de tener que devolver también los intereses al usurero.

El ayudante callaba como buen servidor, y eso que empezaba a temer por su vida. De las acusaciones sobre Cervantes salió bien parado, pero no había garantías de que su fortuna se repitiera. Sin embargo, a Junípero parecía que le daba todo igual, se deleitaba imaginando sus bodas con el carnal reflejo de Dulcinea, mientras, todo sea dicho, Manuel se la trajinaba y disfrutaba con ella de los regalos que el otro le dispensaba.

Llegado el día en que habían de entregar lo recaudado al banco sito en Sevilla, Enríquez estaba nervioso; había restituido la mayor parte del dinero, pero sabía que tenía difícil disimular el desajuste en los últimos cobros, y Manuel rezaba para no verse envuelto en una nueva investigación.

Se despidieron de la amada compartida y emprendieron el camino hacia una desgracia segura.

En el banco se hicieron tres recuentos de lo recaudado y las cuentas seguían sin cuadrar.

A pesar del pacto, Manuel se echó atrás en el último momento; confesó que el recaudador había dispuesto del dinero para cortejar a una muchacha y afirmó, casi en un sollozo, que tal muchacha era además su prometida, que había tenido que soportar los galanteos del recaudador, e incluso sus burlas, porque él era un pobre zagal y el otro un hombre respetable. Como prueba mostró las actas donde, a traición, había ido anotando cada falta y reingreso del dinero, en qué se había gastado, y hasta el trato con el prestamista, firmado por este en sobre lacrado.

Tras un breve juicio, Junípero Enríquez fue a dar con sus voluminosas posaderas en la misma cárcel, y la misma celda, donde su idolatrado Miguel de Cervantes pasara dos años y gestara El Quijote. Cabría suponer, dada la situación, que cualquier hombre en su sano juicio hubiera padecido profunda depresión y dolorosa pena, sin embargo, siempre hay quien logra poner al mal tiempo buena cara y, decidido a que su condena no hiciera mella en su carácter, ni perjudicara a sus aficiones, aprovechó desde el primer día para interrogar al carcelero sobre cómo era Cervantes, qué comía, si pedía con frecuencia recado de escribir y si quedaba, por casualidad, algún legajo donde tan insigne escritor hubiera plasmado unas palabras.

LAS BODAS DE VID Y OLIVO

Cuentan que Vid y Olivo se enamoraron por mediación de los girasoles y estos encomendaron al ratoncito de campo que organizara la boda. Ni corto ni perezoso, el pequeño ratón recorrió todos los sembrados y barbechos buscando el mejor lugar donde celebrar las nupcias, pero llegó al límite del mundo de los humanos sin haber encontrado un rincón lo suficientemente especial como para acoger el evento. Vio entonces a la salamanquesa que trepaba por la pared de la primera casa.

—Hermana salamanquesa— le dijo—. ¿No sabrás por casualidad, tú que recorres tantos lugares, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco—- respondió altanera—, pero no sé si servirá, pues estará dentro del territorio de los hombres.

—Si merece la pena, correremos el riesgo— sentenció el ratón.

—Entonces lo buscaré y mañana lo cuento— se comprometió la salamanquesa, y desapareció tras la farola.

Escurridiza como ninguna, pasó de muro a muro y descendió hasta la plaza del pueblo donde las palmeras se elevaban sin más límite que el cielo. Observó con calma todas las fachadas y entonces vio a la cigüeña descansando en su nido sobre el tejado blanco y azul de la iglesia.

—Hermana cigüeña— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo ves desde tan alto, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la cigüeña—, pero no sé si servirá, pues estará muy arriba.

—Si merece la pena, dice el ratón que correrán el riesgo— repitió la salamanquesa.

—Entonces lo buscaré y mañana te lo cuento— se comprometió la cigüeña.

La cigüeña sobrevoló el pueblo, con su sombra persiguiéndola por los adoquines, pero las calles eran estrechas y a veces no alcanzaba a ver lo que había en ellas. Fue entonces cuando vio a las golondrinas.

—Hermana golondrina— le dijo a una de ellas— ¿No sabrás por casualidad, tú que anidas bajo los aleros, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la golondrina—, pero no sé si servirá, pues estará en el medio del pueblo.

—Si merece la pena, dice la salamanquesa que ratón está dispuesto a correr el riesgo— informó la cigüeña.

—Entonces mis hermanas y yo lo buscaremos y mañana te lo cuento— se comprometió la golondrina.

El eco corrió de balcón en balcón, de alero en alero, y todas las golondrinas y vencejos se afanaron en buscar un lugar digno de tal honor.

Encontraron un rincón lleno de flores custodiadas por leones, pero pronto lo descartaron por pequeño; a la sombra del teatro encontraron espacio suficiente, pero les pareció demasiado grande; los limoneros frente a la ermita daban buena sombra, pero les pareció demasiado peligroso; bajo el palio de cerámica de una vírgen vestida de pastora les pareció sacrílego; el parque viejo lo descartaron por el graznido de los patos y el nuevo, a pesar de sus colores, por el ruido del tren.

—¿Será posible?— se entristeció la golondrina— ¿Es que no hay donde casar a esos dos?

Entonces vio a la luna en el cielo.

—Hermana luna— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo iluminas en la oscuridad de la noche, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la luna—, pero no sé si servirá, pues está más allá de las vías y la carretera.

—Si merece la pena, me ha dicho la cigüeña que salamanquesa y ratón están dispuestos a correr el riesgo— informó la golondrina.

—Entonces diles que, hacia el norte, hay un río del color del atardecer, y que yo les iluminaré el camino, si me dejan ser la madrina— se comprometió la luna.

La golodrina le dio las gracias y voló al campanario donde vivía la cigüeña para darle la buena nueva; ésta le agradeció el trabajo con el crotar de su pico y buscó a la salamanquesa que, tan pronto fue informada, reptó hasta la última casa del pueblo para contárselo todo al ratoncito.

¡Qué contento se puso el ratón! Estaba tan feliz mientras corría a contárselo a los girasoles que ni el halcón se dignó en molestarle.

Decidieron celebrar la boda a la noche siguiente y lo prepararon todo para partir con el último rayo de sol. Pero hete aquí que las gentes del pueblo, con tanto trasiego, se enteraron de las incipientes bodas de Vid y Olivo y también quisieron participar, así que alfombraron las calles con flores y sacaron sus macetas a las puertas, gritaron vivas desde sus ventanas y balcones e hicieron tocar las campanas de las ermitas y la iglesia mientras la comitiva de los novios atravesaba el pueblo amparada por los rayos de luna llena. Les cantaron coplas viejas que hicieron sonrojar a la novia, hermosa con su corona de hojas y uvas, mientras el novio lucía orgulloso sus aceitunas al tenue brillo de las estrellas y, en agradecimiento, Vid y Olivo se comprometieron a regalar cada año su vino y su aceite.

Como, sin la ayuda de los animales, nada de esto habría sucedido, el ayuntamiento decretó por bando municipal que la cigüeña tendría siempre un hogar en lo alto del campanario, que la salamanquesa quedaría retratada en la fachada del teatro, que golondrinas y vencejos anidarían bajo los balcones a placer y que el pequeño ratoncito… Bueno, al pequeño ratoncito decidieron dejarlo correr por los campos tranquilo y él se puso la mar de contento.

LA PIEL ANTES DEL TORO

Tenía la piel sembrada de pinares, robledos y humedales, allí donde posaba su sombra, crecían los nícalos, las jaras, los romeros y, de cuando en cuando, praderas verdes de rocío con salpicaduras de amapolas color sangre.

No era el suyo un cuerpo perfecto, como tampoco su nombre, que era distinto así fuera su cara de encina o cerezo, de sabina o junco ribereño. Tenía veredas hechas por el tiempo y la impaciencia de los ríos, como arrugas hartas de sonreír. En sus crestas peladas de roca dura, trepaban las cabras, anidaban los buitres y crecía algún que otro líquen, capaz de aferrarse a casi cualquier lugar.

En los valles, los ciervos bramaban el acoso de los lobos, y los conejos servían de entretenimiento y lección a los cachorros de zorros y linces.

La primavera despertaba igual a margaritas y osos pardos. En su pelo, anidaban las cigüeñas, y los patos graznaban sus mil nombres de sur a norte cuando viajaban desde África a París.

En las riberas, nutrias y visones pescaban sin descanso truchas, salmones y percas. Algún cangrejo asomaba las pinzas entre las ondas y las libélulas enamoraban al verano con sus vuelos.

En sus costas acariciadas por mares embravecidos, soportaban las embestidas percebes y mejillones, mientras las gaviotas reclamaban como propio todo lo que las playas devolvían del mar.

Después, para su desgracia, comenzó el gobierno de los hombres, que se unieron al acoso de los lobos, a las faenas de las nutrias, al acecho de las águilas y los milanos. Pero todavía eran gentiles, llevaban a pastar vacas y mulas para que le limpiaran la piel de las brozas amarilleadas por los soles de agosto.

Se fueron los lobos y los osos; los buitres empezaron a tener miedo de bajar a los valles y algunos de sus vecinos desaparecieron para siempre. Y ella, tan triste, no tenía lágrimas para llorar; es lo malo de ser tierra cada vez más baldía, que ni las nubes se acercan a dar consuelo.

Más tarde el asma la llenó de quejidos broncos con el humo de las fábricas y los tubos de escape, y los pocos que la seguían mirando con ojos enamorados sucumbían con ella al desaliento.

Luego llegaron los veranos sombríos de humo y fuego, que la convirtieron en una piel de toro a medio curtir de negra que se volvía.

De ser musa, ninfa y diosa, se fue quedando en simple suelo.

Perdió la esperanza de los brotes, el eco de los trinos, el amor por sí misma, y un día, entre tanto oscuro y huida desesperada, amaneció una gente que la volvió a amar, que no cedían al duelo, y le limpiaban las veredas; le sembraron esperanza en forma de corazones verdes, latentes, aún en medio del asfalto. Y el aullido regresó, y las aves sin sombra siguieron con su quehacer limpiando el mundo de enfermedad y muerte, y ella les devolvió los árboles, y el rumor de las riberas, los humedales y su sombra amable.

EN LA OSCURIDAD

Texto a partir del inicio del relato homónimo de Chéjov.

“Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gauguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar.”

No podía haber escogido momento más inoportuno para su intrusión; en ese instante, el consejero suplente estaba reunido con el intendente mayor, un hombre corpulento y soberbio que miraba a todo con cara de asco y vestía un pulcro traje de lana azul. Los años como inspector jefe le habían otorgado el pensamiento de que su sola presencia debía ser suficiente para comportarse con dignidad y respeto y que nada podía interrumpir su discurso. Si añadimos que la reunión tenía carácter urgente y que el consejero suplente ejercía dicha suplencia por primera vez, la situación se estaba tornando dramática.

―Comprenderá que necesitamos la colaboración de todos los efectivos posibles― siguió el intendente ignorando las muecas de su interlocutor.

Gauguin asentía y se concentraba en mantener a la intrusa lo más lejos posible del fondo de su nariz. Temía que, de sus fosas nasales, pasara a su garganta y, por allí, hasta el estómago. Barajó la posibilidad de usar el pañuelo que sobresalía del bolsillo de su chaqueta, pero recordó con pesar que estaba viejo y amarillento y no era apropiado para su ilustre acompañante.

―Cuento con que firmará rápidamente los permisos y podré resolver la situación.

Gauguin asintió de nuevo, agobiado por la inactividad de la mosca y la sensación de tapón en la fosa nasal derecha. Esto le preocupó aún más, pues bien podía ser que la calma se debiera a la puesta de unos huevos para los que sus mucosidades serían la cuna perfecta.

―Es usted mucho más razonable que el titular de esta consejería, señor Gauguin― seguía diciendo el intendente con tono meloso mientras le acercaba una serie de hojas y una estilográfica del mismo color que su traje.

Y en ese momento, la mosca se movió, descendió por la garganta de Gauguin y se puso a revolotear alrededor de su campanilla.

NOTICIAS FRESCAS

Las rutinas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas; entre las buenas: que uno sabe exactamente a qué hora va a pasar el camión de la basura, qué cadena de radio pondrá el vecino a todo meter y que las facturas se pagan del uno al cinco de cada mes. Entre las malas: que uno sabe a qué hora pasa el camión de la basura, qué emisora pondrá el vecino a todo trapo y que las facturas las cobran del uno al cinco de cada mes.

Debatiéndose entre si mirar medio lleno o medio vacío el vaso de las rutinas estaba doña Práxedes cuando empezaron a pitar todos los aparatos eléctricos de la casa, la radio del vecino cambió de dial y alguien llamó a la puerta sin ser la hora en que venía el cartero.

Abrumada por los acontecimientos decidió empezar por lo más básico, es decir, averiguar quién esperaba en el rellano.

Normalmente no habría abierto la puerta a un desconocido pero de vez en cuando, como jarabe contra el tedio, la señora Práxedes dejaba entrar a los vendedores de aspiradores y cosméticos a domicilio, a los del Círculo de Lectores y, si llevaba mucho sin compañía, a los testigos de Jehová; pero ese día, miren ustedes por dónde, sobre el felpudo había un ente a todas luces llegado de otro planeta.

—Buenos días, doña Práxedes— saludó el mutante con naturalidad—. Mi nombre es Gurb y vengo en misión especial desde Ganímedes para salvar la raza humana. ¿Me permite unos minutos de su tiempo?

Y la señora Práxedes, que había sido cupletista de joven y que, después de dos guerras y de recorrer medio mundo ya estaba de vuelta de todo, lo invitó a pasar y se alegró de haber preparado, precisamente esa mañana, chocolate a la taza y un par de docenas de churros.

EL BATIR DE LAS ALAS

Para cuando Olivia Argento sacó las manos de sus bolsillos, ya era demasiado tarde. Tarde para recuperar las noches de verano, cazar mariposas, encontrar marido y, desde luego, para evitar el mayor desastre jamás conocido en los contornos.

Amaneció aquel día con la pesadumbre hecha nubes grises que se aproximaban desde el mar; una caballería furiosa instigada por los vientos del norte, declarados en rebeldía contra el dominio tirano de la cordillera que alzaba sus barreras sin posibilidad de peaje.

La niña del lechero lo advirtió en cuanto salió a ordeñar las vacas. Los pastos temblaban bajo el peso del rocío y las moras se habían vuelto negras antes de tiempo.

—Males barrunto— dijo nada más llegar a la casa con los cántaros de leche fresca.

—Eres demasiado joven para ser tan agorera, Mencía— replicó Olivia, aunque ella ya lo había notado en los huesos, que le dolían en los tuétanos, como cuando murió su padre, como cuando la dejaron plantada ante el altar.

Pero Mencía se limitó a sonreír y seguir con su ruta de puerta en puerta.

Entonces Olivia se quedó sola con sus nostalgias y frustraciones que, ahora sí, le invadían la garganta, le zapateaban en el pecho, convertidas en malsanos aprendices de claqué.

Colocó los bollos en una bandeja y se puso a colar la nata antes de hervir la leche. Si su madre la hubiera visto afanada en tales menesteres la habría reprendido por no tener servicio, pero hacía mucho tiempo que la abandonó al cargo de aquel caserón lleno de almas y falto de corazón. Casi tanto tiempo como llevaba sin sentir a las hormigas abriéndose camino por las sienes para alojar en su cabeza los huevos de la desesperación.

En medio del dolor por los ausentes y de la ruina de sus tierras, aceptó de buena gana recibir la reunión mensual de las viudas del pueblo. Y aunque ella nunca fue viuda, pues para eso hace falta primero un marido, ninguna puso reparos ni comentó jamás su condición de solterona. De modo que los jueves de su vida pasaban de casa de doña Paquita, viuda del jefe de estación, a la de Irene, joven viuda de borracho, y doña Manuela, abuela de Mencía y viuda de lechero por culpa de unos cuernos en mal sitio.

Sin embargo, ese jueves, se le iba la mente en recuerdos dolorosos que hacía años no le rondaban; y al final se le quemó la leche.

Salió en busca de Mencía por si aún no había vendido todo lo ordeñado y la encontró junto al lavadero, charlando con el párroco, que la ayudaba a llenar una de las tinajas. Nunca le gustó aquel hombre gris y presto a la acusación barata, y mucho menos desde que, el día de su boda, o su no boda, insinuara que las mujeres como ella no merecían otra cosa que ser despreciadas por los buenos hombres como su Jacinto, pregonando desde el púlpito que agradecía a los cielos no tener que casar a una hechicera.

Olivia Argento nunca más pisó la iglesia del pueblo, pero don Miguel no parecía del todo contento. Hubiera deseado, si su fe y su profesión se lo hubieran permitido, que el pueblo entero volviese la espalda a las Argento de por vida, cosa que no sucedió, pues los vecinos eran buenos cristianos, sí, pero aún mejores personas, y no iban a dejar que una muchacha tragara sola la desgracia de ser rechazada ante el mismísimo Dios.

De un modo u otro, don Miguel se las tenía juradas y no había domingo que no hiciera algún comentario sobre la mujer, ni un solo domingo de respiro en veinte años, fracasando semana sí, semana también. Volcó entonces sus esfuerzos en separar de su influencia a las más jóvenes del pueblo y Olivia pensó, no sin motivos, que en esto andaba con Mencía cuando ella apareció.

—Buenos días, otra vez. —Sonrió la niña.

—Buenos días ¿No te quedará algo de leche por vender? Se me quemó la que trajiste esta mañana.

—Veré si puedo ordeñar a la cabra, aunque tiene mala disposición para esas cosas. Pero sería muy triste que no tuvierais hoy con qué rebajar el café.

En la mente del párroco se dibujó la imagen de un aquelarre con las cuatro mujeres bailando alrededor de la cabra sin ordeñar, la joven lechera desnuda junto a ella, con la piel tersa reluciendo bajo el brillo del fuego. Musitó una disculpa desganada y se dirigió a la iglesia.

Olivia rebuscó en sus bolsillos dinero con qué pagar a Mencía, que tarareaba divertida una canción de viejas. Justo en ese instante un cuervo chocó contra la campana mayor desprendiendo el badajo, que descendió a toda velocidad paralelo al muro norte del campanario. En los pocos segundos que duró su trayecto, la niña siguió cantando y mirando fijamente la silueta negra de don Miguel, esa silueta que tanto odiaba ella también porque no le gustaba que le observara los pechos nacientes, ni el olor a orujo de su aliento demasiado cerca de su cara, ni como hablaba de Olivia, de Irene, de doña Paquita y de su abuela.

Para cuando Olivia Argento reconoció que la canción no era una canción, sino un encantamiento, el badajo había terminado su camino, acertando de lleno en la calva cabeza del párroco, que yacía en el suelo convertido en trapo sangrante.

— ¿Qué has hecho, niña?

—Lo que todas vosotras queríais y ninguna se atrevía.