DENTRO DE MI BOLSO

Me ha dicho mi fisioterapeuta que tengo que cambiar de bolsos, que los que llevo habitualmente me están fastidiando la espalda. Como si fuera tan fácil.

Hace tiempo que me había dado cuenta de que no podía ser bueno llevar colgando de un hombro un complemento en el que me cabe un cordero. Sí, esa era la medida estándar de mis bolsos hasta ahora; cuando iba a comprarme uno y me preguntaban por el tamaño yo siempre respondía: «Que me quepa un cordero.»

No sé si os ha pasado alguna vez, ir caminando, encontraros un cordero y no tener dónde meterlo hasta que se lo devolvéis al pastor; bueno, pues a mí no me ha pasado nunca, pero soy mujer muy precavida y siempre he comprado los bolsos tamaño zurrón cabrero, por si las moscas.

Y lo malo es que, a falta del cordero, me he liado a meter cosas en ellos: una libreta, un par de bolígrafos, el libro que me esté leyendo, la cartera, el móvil, las llaves (las de casa y las del coche), un paquete de pañuelos, el neceser, caramelos, un cuaderno y algunos textos para corregir. Lo que viene siendo el kit de supervivencia básico contra el hastío, que soy de aburrimiento fácil. Casi me pesaba menos el cordero.

Me pasé a las mochilas, que serán menos chic, pero reparten mejor la tara de equipaje. No terminaron de convencerme, al menos para todos los días.

Por recomendación de un amigo me compré una tableta y así concentraría los bolis, el cuaderno, la libreta, los textos y el libro en un solo bulto; mano de santo, la medida de mis bolsos pasó del cordero a lo que abulte la tableta, pero nada, a la que me descuidaba llevaba lo de siempre y, además, la tableta.

Dudo que uno de mis bolsos cumpla con los límites de equipaje de mano para volar.

Volví a la estética más glamurosa de alumna de instituto: bolso pequeño y carpeta abrazada (o portadocumentos, que es más adulto). Ni por esas, necesitaría el maletín de un portátil para meter todos los trastos.

Como, tras años de costumbre, no sé de qué prescindir, he decidido comprarme una burra y ponerle dos serones, que ahí sí me cabe todo y, de paso, me queda hueco por si al final sucede lo impensable y me encuentro el cordero.

Doña Ana, la de la sombra amable.

Doña Ana la llamaban por aquel entonces, aunque muy pocos lo recuerdan ya. Regalaba a los niños piñones en septiembre, cuidaba de los pajaritos que encontraba con un ala rota, se preocupaba por que los ciervos y los jabalíes siempre encontraran donde beber, y hay quien jura, ninguno lo supo nunca a ciencia cierta, ninguno puede prometer que lo vio, que tuvo un lince de mascota, otros dicen que no era un lince sino un águila real.

Se paseaba por la marisma sin sus aires de señora, humilde, enterrando sus pies entre las aguas y todos los caballos la seguían.

Cuentan que las cigüeñas anidaban en su pelo y que los patos graznaban su nombre cuando cruzaban desde África a París. Que una paloma, blanca como la espuma del mar, decidió quedarse a su vera.

Hasta las culebras le tenían cariño, pues nunca las reprendió por comerse los ratones, de los que era muy amiga. Nadie como ella para entender lo que llaman el ciclo de la vida.

Y qué bonita se sentía Doña Ana cuando llegaba la primavera, con las amapolas, los azulejos y las malvas; cómo disfrutaba de los nuevos nidos, y con el resurgir de las telarañas. Las abejas le hacían coronas de zumbidos. Ni siquiera los mosquitos, que salían a millares, la molestaban.

Ella devolvía los regalos con lo poco que podía, con lo único que era suyo porque, a pesar de ser Doña, no era dueña de nada. Los cobijaba con sus pinos y sus retamas, con una barrera de dunas que no dejaba que les salpicaran las tormentas que venían de más allá del mar.

Y por eso, entre todos, Ana, antes que Doña, era sombra amable.

POR FEBRERO SALIÓ EL OSO DEL OSERO

Cantimplora, calcetines, botiquín… — Repaso el contenido de la mochila. — Antihistamínicos y ballesta. Está todo.

Cierro la puerta y emprendo el camino calle arriba, hacia las afueras. Tengo que darme prisa, mi enemiga es cada vez más madrugadora y siempre me pilla de improviso. Hasta este año, este año estoy preparada y no le voy a dar la más mínima oportunidad.

«Mejor prevenir que curar.»

Es lo que decía siempre mi abuela y, después de años de parches curativos, ha llegado la hora de la prevención.

Guardar el secreto me ha costado lo suyo; pasada la noche de Reyes, todo quisque en Aldeílla pregunta por los planes que hay hasta el verano. Por suerte, mi trabajo de bibliotecaria me da buenas excusas y mejor coartada. En una comarca cada vez más despoblada, el préstamo de libros se hace a domicilio y los plazos son largos; nunca hay prisa para nada, mucho menos para leer. Todo el mundo sale a recibirme en Llanos de Borbojo, Cerro del Humedal, Nava de Trigueros y Villaverde de la Ribera. Llego con mi motoneta, heredada de la antigua fábrica de gaseosas, y los ojos de los aldeanos se iluminan. Las dos últimas semanas han sido frenéticas, entregando libros por doquier, a ser posible de los más gordos, para que nadie se dé cuenta de mi ausencia durante esta aventura.

En estas tierras echan de menos a la bibliotecaria antes que al médico, así se sanan los males de los vecinos, a base de Eduardo Mendoza, Rosa Chacel y García Lorca.

La nieve bordea el sendero y se me embarran los bajos de los pantalones; es la mejor señal que puedo tener; eso significa que no es demasiado tarde, a juzgar por la ausencia de yemas en los almendros del huerto de Pascasio.

Mi misión, viviendo en un pueblo, es de necesidad imperiosa. Después, y soy muy consciente de ello, tendré que mudarme. Nadie me querrá por aquí si descubren lo que he hecho, o lo que me dispongo a hacer.

Voy pendiente del verdeo de las cunetas, del trino de los pájaros, de mi propia sombra. Tras años viendo pasar las estaciones sé de sobra cómo contar el tiempo por esos matices. El final del invierno lo marcan el cambio del color del humo en las chimeneas y el nacimiento de los primeros potros, aunque en el telediario se empeñen en darle fecha y hora. Me cabrea. Es como ponerle puertas al campo. No se puede y punto. Si lo sabré yo, que noto el picor en los ojos antes de que broten las primeras flores, que echo mano del inhalador a mediados de enero; que, para cuando llega marzo, ya tengo la piel hecha jirones de rascarme los eccemas.

Este año voy a cogerla por sorpresa, mientras hiberna, como los osos.

Me siento emocionada y vil al mismo tiempo. No soy amiga de hacer las cosas por la espalda, pero no tengo más remedio, la traición con traición se paga, y la otra lleva años traicionando calendarios y refranes, por no hablar de mis pituitarias.

Ya falta menos, dos colinas más y, al pie de la montaña del Loco, encontraré el lugar donde el viejo me ha dicho que todo empieza.

No suelo hacer caso a las cosas del Nicolás, aunque esta vez lo he hecho. En cuestión de cabras y covachas no hay mayor eminencia en kilómetros a la redonda.

Bajo la última cresta y la veo: la entrada a la cueva.

Me aposto tras el matojo pelado de una zarza y cargo la ballesta.

Puede ser cosa de horas, o de días, pero a mí me da igual, me he armado de flechas y paciencia.

Este año, por fin, mataré a la primavera.

En cualquier lugar excepto Nantucket

Sale el sol y las olas brillan con temor; no hay vestigio de la luna que las plateaba anoche.

Al fondo, confundiéndose con el horizonte, las siluetas difusas de los barcos que van o que vienen, nadie lo sabe. Y el miedo atenaza los corazones de las mujeres que aguardan el regreso de los marineros, pero temen la llegada de los corsarios.

—¡Son ellos!— desfallece el grito entre el murmullo hambriento de las gaviotas.

Van seis meses desde que sus hombres salieron en busca de fortuna más allá de las rocas y, desde entonces, el romper de las olas ha sido su única compañía.

Las velas amanecen contra la línea azul que confunde cielo y mar, y algunos niños se atreven a contarlas. Toda una flota de velámenes que devoran el camino que los separa de la orilla a ritmo lento pero decidido.

Las mujeres, incluidas las ancianas, las que llevan a sus hijos anclados a los pechos rebosantes de leche, las que suspiran por sus amores y las que aún no conocen esa sensación se agolpan en la playa; sus vestidos como espejos de las telas que ondean al viento dentro del mar.

Los marineros no esperan a fondear para echar los pies a las arenas que ocultan las aguas. Traen las bodegas llenas y los corazones vacíos.

Hay abrazos, besos, bienvenidas, presentaciones y lágrimas por los que no vuelven, por los que no pudieron marchar.

—Fueron duros y valientes. No sirvió de nada— explica el capitán del primer barco.

—Nos taparon las olas y rezamos a los dioses antiguos, porque los nuevos no entienden del mar— relata el grumete del segundo.

—Desesperamos por ver tierra y solo encontramos peñascos— dice un pescador anciano que habría preferido morir en el viaje que regresar a tierra y a su mecedora donde la artrosis se hará fuerte.

—Nunca vi animales tan grandes— se emociona el más joven.

Las noches para ellas no han sido mejores.

—Vimos barcos oscuros acechar en la costa— dice una muchacha.

—Parí a nuestro hijo sola en lo alto de un acantilado mientras esperaba tu regreso— le cuenta una primeriza a su esposo.

—Olvidé mi nombre y el de los míos cuando tu padre murió— se abraza una anciana al vasto pecho de su hijo.

El hambre pasa a ser un cuento de viejas mientras descargan los pedazos salados de ballena.

La oscuridad se desvanece con cada tinaja de grasa que servirá para encender candiles, y los vientres flácidos tras el parto se alegran con la ilusión de vestidos nuevos que caen como un guante gracias a los filamentos que adornaban las bocas de las capturas.

Llego tarde, profesor Hawking

Puerta delantera del edificio. Un hombre en silla de ruedas me da los buenos días.

Necesito café. No llego al bus de las 8. Tendré que llamar a la oficina.

Parada de tren. Se abren las puertas del vagón. Entro.

Puerta delantera del edificio. Un hombre en silla de ruedas y voz robótica me da los buenos días.

Dejá vu. Necesito un café. No llego al bus de las 8.

Parada de tren. Todo me da vueltas.

Puerta delantera del edificio. El hombre de la silla de ruedas me da los buenos días, noto cierta ironía en su voz robótica. Necesito más café. Llamo a la oficina.

Parada de tren. Se abren las puertas del vagón. Está vacío.

Puerta delantera del edificio.

—Buenos días, profesor Hawking.

No entiendo nada. Necesito más café. Me llaman de la oficina. No he llegado al bus de las 8.

Parada de tren. Entro en el vagón vacío.

Puerta delantera del edificio.

—¿Le parece gracioso, profesor Hawking?

—Ja, ja, ja.

—Llego tarde.

Parada de tren.

Del tic-tac y las llaves

 

—¡Me voy!

—Pues muy bien.

—¿Qué te pasa?

—Nada. Estoy leyendo, Carlos. Vete.

—Está bien. Pórtate como es debido y no molestes a mamá, que está trabajando en el despacho. Yo vuelvo pronto.

—Que sí, pesado. — Bárbara sonríe.

—¡Mamá!— grita Carlos desde el recibidor— ¿Dónde están las llaves de mi moto?

—En el cuenco. ¿Dónde van a estar?

Se oye ruido abajo, pero Bárbara no se distrae, sigue leyendo, subrayando con el dedo cada palabra.

—Babe, ¿has cogido tú las llaves? — Su hermano asoma la cabeza.

—¿Yo? No.

—¿Seguro?

—A lo mejor. Mira, aquí el cocodrilo se come el brazo del Capitán Garfio, por eso la barriga le hace tic-tac y sabes cuándo viene.

—Las llaves, Bárbara. ¿Dónde las has metido?

—Podrías ponerles un tic-tac. Así no las perderías.

—Tengo prisa. Dámelas. No puedes hacer esto siempre que salgo con Mónica.

—Para Reyes voy a pedir un cocodrilo.

—Babe…

—¡No me llames así! Te he oído llamar baby a tu novia. No me gusta. Tú ya no puedes llamarme así. Mamá, papá y los abuelos, sí. Pero tú, no.

—¡Bárbara, que me des las llaves!

—Vete andando. Mira. Aquí Wendy lleva un lazo azul. ¿Me vas a comprar un lazo azul?

—Te compraré lo que quieras si te portas bien y me das las llaves.

—¿Para qué las necesitas?

—Cosas de mayores.

—Yo nunca voy a ser mayor.

—¿Ah, no?

—No. Y tú tampoco. Como Peter Pan. Todo lo pone aquí. ¿Me lo lees?

—Barbie, me estás cansando. Vas a ir a mamá.

—Me da igual.

—Pues te va a castigar.

—No me va a castigar. Pero, si me pegas para que te de las llaves, me chivo y te castigará a ti sin salir.

—No voy a pegarte. Dame las llaves, porfi.

—Te las doy si me lees el resto del cuento.

—Tengo prisa, no puedo. ¡Dame las llaves de una vez!

—Campanilla es muy bonita. Voy a pedir un hada para los Reyes. Un hada y un cocodrilo.

—¡¡Mamá!!

A LOS GATOS LES GUSTA EL JAZZ

Mi nombre es Arístides y soy gato pardo por las noches y adorable siamés durante el día. Nací junto a una chimenea, acompañado de los ronroneos de mi madre y otros cinco hermanos que fueron saliendo de la casa, uno por uno, hasta que solo quedamos mi descuidada progenitora y yo.

Contaba con un mes de existencia cuando, persiguiendo el sonido de un abejorro, caí por la ventana. Ahí perdí mi primera vida.

Lo bueno de ser gato es que eso de morirse, al menos las primeras seis veces, no es gran cosa. Me levanté, me sacudí el polvo y volví a casa para descubrir que el abejorro no era tal, sino una perversa obra de Rimski-Kórsakov que mi dueño, el melómano, había puesto en el tocadiscos. Desde ese día odio la música clásica.

Un par de semanas después, harto de la tortura de unas gaitas que retumbaban por todo el salón, me escondí en la despensa. Cuando la cocinera me encontró, me arreó con una lata de conserva en la sesera y así se fue mi segunda vida, tan rápido como vino. Desde entonces no soporto la música folk y las sardinas en escabeche me producen migrañas.

Un día de primavera me vi poseído por un ritmo caribeño, perdí pie en un giro y rodé librería abajo, con tan mala pata, que un ejemplar de los más gordos hizo el descenso tras de mí, sospecho que por solidaridad, y cayó, cuan largo y pesado era, sobre mi lomo. Ahora me cuido mucho de bailar bachata y aborrezco la literatura.

Los acordes de una guitarra dieron al traste con mi cuarta vida. No diré cómo por lo embarazoso de la situación; pero por mí, el rock y su rey, pueden estar muertos y bien muertos.

El fin de mi quinta vida se lo debo a John Lennon. Me dio por emularle sin salir de la cama y me relajé hasta tal punto que el corazón dejó de latir. Tanto mejor, porque estaba a un paso de convertirme en gato de angora con la excusa de dejarme crecer el pelo.

Viví sin preocupaciones los siguientes dos años gracias a que me mantuve alejado de música, sardinas en lata y libros por igual. Coincidieron con el ascenso de mi dueño en el trabajo, lo que le dejaba poco tiempo para poner el dichoso tocadiscos. Sin embargo, se mudó un vecino al piso de al lado que se deleitaba pregonando sus gustos musicales y así fue que, estaba yo tan cómodo al sol en el alfeizar de la ventana, cuando una cosa llamada reaggetón me despertó de un brinco. Intenté clavar mis uñas en el hormigón de la fachada pero resbalé hasta la calle, donde el autobús que hacía la línea trece me pasó por encima, dejándome el rabo hecho un cuatro y finiquitando mi penúltima vida.

Pasé una semana entera deambulando por los tejados y comiendo de la basura hasta que, una noche, un sonido mezcla del piano de la música clásica, la base rítmica del folk, la guitarra del rock antiguo, el bajo del pop y ese toque étnico de la música latina llamó mi atención; aquellos estilos que, por separado, casi habían terminado con mi existencia, me guiaron hasta una plaza donde cuatro músicos hacían de las suyas sobre el escenario. Al final del concierto, el trompetista decidió adoptarme como mascota. Me pusieron de apellido Coltraine, porque mi rabo les recodaba a la forma de un saxofón, y me contaron que lo que tocaban se llamaba jazz.

Desde entonces vago con ellos de garito en garito. Y, a cambio de la comida, yo les he dado una imagen para su grupo e inspiración para más de un tema.

Cuando eres el protagonista, esto de la música no está tan mal.

ARCHIVOS SECRETOS

Le había costado un triunfo y parte de su plan de pensiones conseguir aquel pendrive. Tras meses de averiguaciones en un submundo en el que nunca pensó sumergirse, dio con un hacker que podía hacer el trabajo, y ahora obraba en su poder la copia del disco duro de su exsocio y archienemigo.

Por fin conseguiría justicia. Su nombre quedaría limpio y solo era cuestión de tiempo que le ofrecieran de nuevo la presidencia de la compañía.

La carga de los archivos le llevó más de media hora.

97%…

98%…

99%…

CARGA COMPLETADA

Colocó el puntero sobre la carpeta “TOP SECRET” y pulsó el botón izquierdo del ratón. Echó de menos un gato blanco de angora, que su silla fuera giratoria y poder exclamar un “muahahaha” malicioso y triunfal. Sin embargo, de sus labios escapó un «¡¿Qué diantres?!» cuando descubrió que los archivos que tanto sudor y sinsabores le había costado conseguir solo contenían las fotos de unas vacaciones en Saint-Tropéz y el vídeo de la boda de una hermana.

NUBERU

La noche se vio envuelta en un repentino estallido, un crujido seco que logró sacar del más profundo sueño a cualquiera en kilómetros a la redonda.

Después del golpe, un silencio tenso, roto por un chasquido si cabía más fuerte que el anterior.

Un viento salido de la nada agitaba las persianas, colándose bajo ellas y empujando hacia fuera como si quisiera arrancarlas; después llegó el agua, acariciando los cristales de galerías y terrazas, pero no era lluvia, no, era la espuma del mar; pequeñas partículas de hidrógeno y oxígeno mezcladas con sal que se veían arrastradas por la violencia de la galerna.

Quien se despertó, incapaz de seguir en la cama mientras el mundo rugía fuera, y se aventuró a salir a la calle, pudo verlo con claridad: el mar levantaba su furia blanca sobre playas y paseos, engullendo todo a su paso, al menos al principio, para dejar emerger de entre la espuma peñascos y faros que permanecían en su lugar como si no hubiera pasado nada.

Y hubo quien juraba, a pesar de que pareciera una locura, que vio entre las olas, los remolinos y la espuma, a un viejo tocado con un raído sombrero y que, con sus manos, ordenaba mecer al agua y soplar al viento.

No mentían, detrás de aquella tormenta, habían conocido al Nuberu.