TRAS LAS HUELLAS

Años después de que Don Miguel de Cervantes ostentara el cargo, y de que casi todos los vecinos por aquellos lares se hubieran olvidado de él, arribó otro recaudador de impuestos que, sin embargo, removería los recuerdos sobre el primero.

Junípero Enríquez era hombre entrado en grasas y de carácter amable; nada que ver con aquel caballero enjuto, de mal genio y peor beber. Sin embargo, lo que rescató los legajos más escondidos de las memorias no fueron ni su oficio como funcionario de la Corona, ni el ayudante del recaudador: Manuel García, a la sazón el mismo que acompañara al manco de Lepanto. Estaba el nuevo tan fascinado con la lectura de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, obra de su predecesor, que aprovechaba cualquier ocasión para hablar del libro o de su autor. Y, a sabiendas de estar pisando sobre sus huellas, se le ocurrió que nada malo había en preguntar por cómo era aquel hombre del que, en Madrid, unos hablaba maravillas y otros echaban pestes.

Ya había recorrido buena parte de Andalucía y, allí donde había parado, los pocos que sabían algo del autor, era por sus fechorías y no por sus palabras, así que no faltaba el día en que alguno le recordara que cumplió presidio en Sevilla por apropiarse de lo que no era suyo, o el momento en que fue amenazado de excomunión; por mucho que loara lo decisivo de estos episodios para el nacimiento de la obra maestra.

«Los hombres brillantes despiertan envidias» pensaba Junípero, aunque ninguno de los entrevistados se mostraba celoso del autor de El Quijote cuando muchos no sabían, aún siendo hombres cultivados, ni de la existencia del libro.

Debatió con maestros, alcaldes, molineros… Y hasta con una acémila a la que encontró parecido con Rocinante, deseando que fuera, de algún modo, pariente del insigne corcel.

Aunque su afán por hablar de Cervantes o El Quijote crispaba los nervios de la mayoría, encontraba, muy de cuando en cuando, a otro apasionado de esta historia, lo que mermaba la paciencia de su ayudante hasta un límite rayano en la desesperación.

Si eternas se hacían las horas cuando encontraba amigos, cuando encontraba enemigos era casi peor; sentía la necesidad de convertirlos a su causa recitando de memoria sus pasajes favoritos.

Y, si duras eran las pocas palabras de los paisanos, peores eran las más escasas de su acompañante, personaje flaco y desmayado que escrutaba todo con sus ojos grises y su cara de gusano.

Al principio de su andadura, el recaudador apenas había insistido, pero, como su compañero de fatigas resultó hombre parco en palabras, pronto se vio obligado a recurrir al interrogatorio para llenar los largos ratos de camino, polvo y olivares con algo más que el ruido del carro.

En el primer mes solo consiguió que le informara de que el tal Miguel residía en Valladolid y que contaba con amigos ilustres que, sin duda, favorecieron su causa y silenciaron muchos de los escándalos en que se veía envuelto.

El segundo mes logró que le hablara de lo poco que se le notaba la mano inútil y de que nunca mencionaba sus experiencias en Lepanto o la cárcel de Argel.

Al tercer mes se hizo el silencio; bueno, exactamente al tercer mes no, aunque coincidió más o menos. Fue después de una riña que despertó a todos los huéspedes en Almería.

Serían las dos de la madrugada y el ayudante trataba de descansar mientras el recaudador divagaba sobre las personas que habían conocido. Por más que Manuel insistía en que no podía recordar qué negocios o impuestos se cobraron; Junípero se obcecaba en que, como amanuense, al menos debía guardar en la memoria el aspecto de aquellos con los que trataron. Cuando el tono del recaudador se volvió reproche, el ayudante no pudo más y le atizó con el libro de cuentas. Hicieron falta el ventero y tres mozos recios para separarlos.

Continuaron viaje callados durante dos días. Acaeció aquí el episodio de la acémila, y Manuel, avergonzado en exceso, decidió satisfacer sus demandas; no se pusiera a hablar al día siguiente con una zarza o un alcornoque. Puso tal empeño en entretener a su compañero que, más que memoria, hacía imaginación y comenzó a inventar conversaciones y vecinos. Incluso se atrevió a adornar las escenas con alguna disputa por los pagos, que Cervantes y él lograron calmar sin que mediara la autoridad. Se cuidó mucho de hablar solo sobre lugares por los que ya habían pasado para evitar que descubriera el engaño, y el recaudador se dio por satisfecho.

Pudo por fin descansar de sus relatos cuando llegaron a un pueblo a medio camino entre una marisma y Sevilla. Coincidió que el alcalde sí recordaba a Cervantes, era un apasionado lector y había quedado maravillado con el ingenio de la obra, pues el escritor no le había parecido tan inclinado a chanzas cuando lo conoció.

Las veladas se eternizaban, el ayudante se aburría y Junípero perdía la noción del tiempo. Descuidaba su deber y los vecinos empezaban a recelar; una visita tan larga de un funcionario de la Corona no podía traer buena cosa.

Abusando de la hospitalidad ofrecida, permanecieron en el pueblo lo suficiente para que Junípero, a pesar de su aspecto porcino, se enamorara de la sobrina del cura y ella le correspondiera, más o menos. Era esta una muchacha flaca, aunque bien alimentada, y sabía leer y escribir. A pesar de que sus lecturas se veían limitadas por la supervisión de su tío, el recaudador encontró encantadora su curiosidad por los nuevos literatos, sobre todo por los sonetos que el enamorado le recitaba. Era también caprichosa y demandaba por igual regalos que palabras bonitas. Así, su pretendiente empezó a sacar dinero de la bolsa de recaudación para poder complacerla con pañuelos, alhajas y algún que otro libro.

A las primeras monedas siguieron otras y después más, hasta que lo sustraído superó con creces su sueldo. Se supo en un aprieto y pidió ayuda a Manuel. El muchacho conocía de primera mano cómo podía terminar la historia, se compadeció del hombre y le recomendó acudir a un prestamista para salvar el escollo. Confiado, Junípero siguió cogiendo dinero, regalando a su amada cuánto pedía y, al mes siguiente, seguía en las mismas, con el agravante de tener que devolver también los intereses al usurero.

El ayudante callaba como buen servidor, y eso que empezaba a temer por su vida. De las acusaciones sobre Cervantes salió bien parado, pero no había garantías de que su fortuna se repitiera. Sin embargo, a Junípero parecía que le daba todo igual, se deleitaba imaginando sus bodas con el carnal reflejo de Dulcinea, mientras, todo sea dicho, Manuel se la trajinaba y disfrutaba con ella de los regalos que el otro le dispensaba.

Llegado el día en que habían de entregar lo recaudado al banco sito en Sevilla, Enríquez estaba nervioso; había restituido la mayor parte del dinero, pero sabía que tenía difícil disimular el desajuste en los últimos cobros, y Manuel rezaba para no verse envuelto en una nueva investigación.

Se despidieron de la amada compartida y emprendieron el camino hacia una desgracia segura.

En el banco se hicieron tres recuentos de lo recaudado y las cuentas seguían sin cuadrar.

A pesar del pacto, Manuel se echó atrás en el último momento; confesó que el recaudador había dispuesto del dinero para cortejar a una muchacha y afirmó, casi en un sollozo, que tal muchacha era además su prometida, que había tenido que soportar los galanteos del recaudador, e incluso sus burlas, porque él era un pobre zagal y el otro un hombre respetable. Como prueba mostró las actas donde, a traición, había ido anotando cada falta y reingreso del dinero, en qué se había gastado, y hasta el trato con el prestamista, firmado por este en sobre lacrado.

Tras un breve juicio, Junípero Enríquez fue a dar con sus voluminosas posaderas en la misma cárcel, y la misma celda, donde su idolatrado Miguel de Cervantes pasara dos años y gestara El Quijote. Cabría suponer, dada la situación, que cualquier hombre en su sano juicio hubiera padecido profunda depresión y dolorosa pena, sin embargo, siempre hay quien logra poner al mal tiempo buena cara y, decidido a que su condena no hiciera mella en su carácter, ni perjudicara a sus aficiones, aprovechó desde el primer día para interrogar al carcelero sobre cómo era Cervantes, qué comía, si pedía con frecuencia recado de escribir y si quedaba, por casualidad, algún legajo donde tan insigne escritor hubiera plasmado unas palabras.

LAS BODAS DE VID Y OLIVO

Cuentan que Vid y Olivo se enamoraron por mediación de los girasoles y estos encomendaron al ratoncito de campo que organizara la boda. Ni corto ni perezoso, el pequeño ratón recorrió todos los sembrados y barbechos buscando el mejor lugar donde celebrar las nupcias, pero llegó al límite del mundo de los humanos sin haber encontrado un rincón lo suficientemente especial como para acoger el evento. Vio entonces a la salamanquesa que trepaba por la pared de la primera casa.

—Hermana salamanquesa— le dijo—. ¿No sabrás por casualidad, tú que recorres tantos lugares, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco—- respondió altanera—, pero no sé si servirá, pues estará dentro del territorio de los hombres.

—Si merece la pena, correremos el riesgo— sentenció el ratón.

—Entonces lo buscaré y mañana lo cuento— se comprometió la salamanquesa, y desapareció tras la farola.

Escurridiza como ninguna, pasó de muro a muro y descendió hasta la plaza del pueblo donde las palmeras se elevaban sin más límite que el cielo. Observó con calma todas las fachadas y entonces vio a la cigüeña descansando en su nido sobre el tejado blanco y azul de la iglesia.

—Hermana cigüeña— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo ves desde tan alto, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la cigüeña—, pero no sé si servirá, pues estará muy arriba.

—Si merece la pena, dice el ratón que correrán el riesgo— repitió la salamanquesa.

—Entonces lo buscaré y mañana te lo cuento— se comprometió la cigüeña.

La cigüeña sobrevoló el pueblo, con su sombra persiguiéndola por los adoquines, pero las calles eran estrechas y a veces no alcanzaba a ver lo que había en ellas. Fue entonces cuando vio a las golondrinas.

—Hermana golondrina— le dijo a una de ellas— ¿No sabrás por casualidad, tú que anidas bajo los aleros, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la golondrina—, pero no sé si servirá, pues estará en el medio del pueblo.

—Si merece la pena, dice la salamanquesa que ratón está dispuesto a correr el riesgo— informó la cigüeña.

—Entonces mis hermanas y yo lo buscaremos y mañana te lo cuento— se comprometió la golondrina.

El eco corrió de balcón en balcón, de alero en alero, y todas las golondrinas y vencejos se afanaron en buscar un lugar digno de tal honor.

Encontraron un rincón lleno de flores custodiadas por leones, pero pronto lo descartaron por pequeño; a la sombra del teatro encontraron espacio suficiente, pero les pareció demasiado grande; los limoneros frente a la ermita daban buena sombra, pero les pareció demasiado peligroso; bajo el palio de cerámica de una vírgen vestida de pastora les pareció sacrílego; el parque viejo lo descartaron por el graznido de los patos y el nuevo, a pesar de sus colores, por el ruido del tren.

—¿Será posible?— se entristeció la golondrina— ¿Es que no hay donde casar a esos dos?

Entonces vio a la luna en el cielo.

—Hermana luna— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo iluminas en la oscuridad de la noche, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la luna—, pero no sé si servirá, pues está más allá de las vías y la carretera.

—Si merece la pena, me ha dicho la cigüeña que salamanquesa y ratón están dispuestos a correr el riesgo— informó la golondrina.

—Entonces diles que, hacia el norte, hay un río del color del atardecer, y que yo les iluminaré el camino, si me dejan ser la madrina— se comprometió la luna.

La golodrina le dio las gracias y voló al campanario donde vivía la cigüeña para darle la buena nueva; ésta le agradeció el trabajo con el crotar de su pico y buscó a la salamanquesa que, tan pronto fue informada, reptó hasta la última casa del pueblo para contárselo todo al ratoncito.

¡Qué contento se puso el ratón! Estaba tan feliz mientras corría a contárselo a los girasoles que ni el halcón se dignó en molestarle.

Decidieron celebrar la boda a la noche siguiente y lo prepararon todo para partir con el último rayo de sol. Pero hete aquí que las gentes del pueblo, con tanto trasiego, se enteraron de las incipientes bodas de Vid y Olivo y también quisieron participar, así que alfombraron las calles con flores y sacaron sus macetas a las puertas, gritaron vivas desde sus ventanas y balcones e hicieron tocar las campanas de las ermitas y la iglesia mientras la comitiva de los novios atravesaba el pueblo amparada por los rayos de luna llena. Les cantaron coplas viejas que hicieron sonrojar a la novia, hermosa con su corona de hojas y uvas, mientras el novio lucía orgulloso sus aceitunas al tenue brillo de las estrellas y, en agradecimiento, Vid y Olivo se comprometieron a regalar cada año su vino y su aceite.

Como, sin la ayuda de los animales, nada de esto habría sucedido, el ayuntamiento decretó por bando municipal que la cigüeña tendría siempre un hogar en lo alto del campanario, que la salamanquesa quedaría retratada en la fachada del teatro, que golondrinas y vencejos anidarían bajo los balcones a placer y que el pequeño ratoncito… Bueno, al pequeño ratoncito decidieron dejarlo correr por los campos tranquilo y él se puso la mar de contento.

LA PIEL ANTES DEL TORO

Tenía la piel sembrada de pinares, robledos y humedales, allí donde posaba su sombra, crecían los nícalos, las jaras, los romeros y, de cuando en cuando, praderas verdes de rocío con salpicaduras de amapolas color sangre.

No era el suyo un cuerpo perfecto, como tampoco su nombre, que era distinto así fuera su cara de encina o cerezo, de sabina o junco ribereño. Tenía veredas hechas por el tiempo y la impaciencia de los ríos, como arrugas hartas de sonreír. En sus crestas peladas de roca dura, trepaban las cabras, anidaban los buitres y crecía algún que otro líquen, capaz de aferrarse a casi cualquier lugar.

En los valles, los ciervos bramaban el acoso de los lobos, y los conejos servían de entretenimiento y lección a los cachorros de zorros y linces.

La primavera despertaba igual a margaritas y osos pardos. En su pelo, anidaban las cigüeñas, y los patos graznaban sus mil nombres de sur a norte cuando viajaban desde África a París.

En las riberas, nutrias y visones pescaban sin descanso truchas, salmones y percas. Algún cangrejo asomaba las pinzas entre las ondas y las libélulas enamoraban al verano con sus vuelos.

En sus costas acariciadas por mares embravecidos, soportaban las embestidas percebes y mejillones, mientras las gaviotas reclamaban como propio todo lo que las playas devolvían del mar.

Después, para su desgracia, comenzó el gobierno de los hombres, que se unieron al acoso de los lobos, a las faenas de las nutrias, al acecho de las águilas y los milanos. Pero todavía eran gentiles, llevaban a pastar vacas y mulas para que le limpiaran la piel de las brozas amarilleadas por los soles de agosto.

Se fueron los lobos y los osos; los buitres empezaron a tener miedo de bajar a los valles y algunos de sus vecinos desaparecieron para siempre. Y ella, tan triste, no tenía lágrimas para llorar; es lo malo de ser tierra cada vez más baldía, que ni las nubes se acercan a dar consuelo.

Más tarde el asma la llenó de quejidos broncos con el humo de las fábricas y los tubos de escape, y los pocos que la seguían mirando con ojos enamorados sucumbían con ella al desaliento.

Luego llegaron los veranos sombríos de humo y fuego, que la convirtieron en una piel de toro a medio curtir de negra que se volvía.

De ser musa, ninfa y diosa, se fue quedando en simple suelo.

Perdió la esperanza de los brotes, el eco de los trinos, el amor por sí misma, y un día, entre tanto oscuro y huida desesperada, amaneció una gente que la volvió a amar, que no cedían al duelo, y le limpiaban las veredas; le sembraron esperanza en forma de corazones verdes, latentes, aún en medio del asfalto. Y el aullido regresó, y las aves sin sombra siguieron con su quehacer limpiando el mundo de enfermedad y muerte, y ella les devolvió los árboles, y el rumor de las riberas, los humedales y su sombra amable.

EN LA OSCURIDAD

Texto a partir del inicio del relato homónimo de Chéjov.

“Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gauguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar.”

No podía haber escogido momento más inoportuno para su intrusión; en ese instante, el consejero suplente estaba reunido con el intendente mayor, un hombre corpulento y soberbio que miraba a todo con cara de asco y vestía un pulcro traje de lana azul. Los años como inspector jefe le habían otorgado el pensamiento de que su sola presencia debía ser suficiente para comportarse con dignidad y respeto y que nada podía interrumpir su discurso. Si añadimos que la reunión tenía carácter urgente y que el consejero suplente ejercía dicha suplencia por primera vez, la situación se estaba tornando dramática.

―Comprenderá que necesitamos la colaboración de todos los efectivos posibles― siguió el intendente ignorando las muecas de su interlocutor.

Gauguin asentía y se concentraba en mantener a la intrusa lo más lejos posible del fondo de su nariz. Temía que, de sus fosas nasales, pasara a su garganta y, por allí, hasta el estómago. Barajó la posibilidad de usar el pañuelo que sobresalía del bolsillo de su chaqueta, pero recordó con pesar que estaba viejo y amarillento y no era apropiado para su ilustre acompañante.

―Cuento con que firmará rápidamente los permisos y podré resolver la situación.

Gauguin asintió de nuevo, agobiado por la inactividad de la mosca y la sensación de tapón en la fosa nasal derecha. Esto le preocupó aún más, pues bien podía ser que la calma se debiera a la puesta de unos huevos para los que sus mucosidades serían la cuna perfecta.

―Es usted mucho más razonable que el titular de esta consejería, señor Gauguin― seguía diciendo el intendente con tono meloso mientras le acercaba una serie de hojas y una estilográfica del mismo color que su traje.

Y en ese momento, la mosca se movió, descendió por la garganta de Gauguin y se puso a revolotear alrededor de su campanilla.

NOTICIAS FRESCAS

Las rutinas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas; entre las buenas: que uno sabe exactamente a qué hora va a pasar el camión de la basura, qué cadena de radio pondrá el vecino a todo meter y que las facturas se pagan del uno al cinco de cada mes. Entre las malas: que uno sabe a qué hora pasa el camión de la basura, qué emisora pondrá el vecino a todo trapo y que las facturas las cobran del uno al cinco de cada mes.

Debatiéndose entre si mirar medio lleno o medio vacío el vaso de las rutinas estaba doña Práxedes cuando empezaron a pitar todos los aparatos eléctricos de la casa, la radio del vecino cambió de dial y alguien llamó a la puerta sin ser la hora en que venía el cartero.

Abrumada por los acontecimientos decidió empezar por lo más básico, es decir, averiguar quién esperaba en el rellano.

Normalmente no habría abierto la puerta a un desconocido pero de vez en cuando, como jarabe contra el tedio, la señora Práxedes dejaba entrar a los vendedores de aspiradores y cosméticos a domicilio, a los del Círculo de Lectores y, si llevaba mucho sin compañía, a los testigos de Jehová; pero ese día, miren ustedes por dónde, sobre el felpudo había un ente a todas luces llegado de otro planeta.

—Buenos días, doña Práxedes— saludó el mutante con naturalidad—. Mi nombre es Gurb y vengo en misión especial desde Ganímedes para salvar la raza humana. ¿Me permite unos minutos de su tiempo?

Y la señora Práxedes, que había sido cupletista de joven y que, después de dos guerras y de recorrer medio mundo ya estaba de vuelta de todo, lo invitó a pasar y se alegró de haber preparado, precisamente esa mañana, chocolate a la taza y un par de docenas de churros.

EL BATIR DE LAS ALAS

Para cuando Olivia Argento sacó las manos de sus bolsillos, ya era demasiado tarde. Tarde para recuperar las noches de verano, cazar mariposas, encontrar marido y, desde luego, para evitar el mayor desastre jamás conocido en los contornos.

Amaneció aquel día con la pesadumbre hecha nubes grises que se aproximaban desde el mar; una caballería furiosa instigada por los vientos del norte, declarados en rebeldía contra el dominio tirano de la cordillera que alzaba sus barreras sin posibilidad de peaje.

La niña del lechero lo advirtió en cuanto salió a ordeñar las vacas. Los pastos temblaban bajo el peso del rocío y las moras se habían vuelto negras antes de tiempo.

—Males barrunto— dijo nada más llegar a la casa con los cántaros de leche fresca.

—Eres demasiado joven para ser tan agorera, Mencía— replicó Olivia, aunque ella ya lo había notado en los huesos, que le dolían en los tuétanos, como cuando murió su padre, como cuando la dejaron plantada ante el altar.

Pero Mencía se limitó a sonreír y seguir con su ruta de puerta en puerta.

Entonces Olivia se quedó sola con sus nostalgias y frustraciones que, ahora sí, le invadían la garganta, le zapateaban en el pecho, convertidas en malsanos aprendices de claqué.

Colocó los bollos en una bandeja y se puso a colar la nata antes de hervir la leche. Si su madre la hubiera visto afanada en tales menesteres la habría reprendido por no tener servicio, pero hacía mucho tiempo que la abandonó al cargo de aquel caserón lleno de almas y falto de corazón. Casi tanto tiempo como llevaba sin sentir a las hormigas abriéndose camino por las sienes para alojar en su cabeza los huevos de la desesperación.

En medio del dolor por los ausentes y de la ruina de sus tierras, aceptó de buena gana recibir la reunión mensual de las viudas del pueblo. Y aunque ella nunca fue viuda, pues para eso hace falta primero un marido, ninguna puso reparos ni comentó jamás su condición de solterona. De modo que los jueves de su vida pasaban de casa de doña Paquita, viuda del jefe de estación, a la de Irene, joven viuda de borracho, y doña Manuela, abuela de Mencía y viuda de lechero por culpa de unos cuernos en mal sitio.

Sin embargo, ese jueves, se le iba la mente en recuerdos dolorosos que hacía años no le rondaban; y al final se le quemó la leche.

Salió en busca de Mencía por si aún no había vendido todo lo ordeñado y la encontró junto al lavadero, charlando con el párroco, que la ayudaba a llenar una de las tinajas. Nunca le gustó aquel hombre gris y presto a la acusación barata, y mucho menos desde que, el día de su boda, o su no boda, insinuara que las mujeres como ella no merecían otra cosa que ser despreciadas por los buenos hombres como su Jacinto, pregonando desde el púlpito que agradecía a los cielos no tener que casar a una hechicera.

Olivia Argento nunca más pisó la iglesia del pueblo, pero don Miguel no parecía del todo contento. Hubiera deseado, si su fe y su profesión se lo hubieran permitido, que el pueblo entero volviese la espalda a las Argento de por vida, cosa que no sucedió, pues los vecinos eran buenos cristianos, sí, pero aún mejores personas, y no iban a dejar que una muchacha tragara sola la desgracia de ser rechazada ante el mismísimo Dios.

De un modo u otro, don Miguel se las tenía juradas y no había domingo que no hiciera algún comentario sobre la mujer, ni un solo domingo de respiro en veinte años, fracasando semana sí, semana también. Volcó entonces sus esfuerzos en separar de su influencia a las más jóvenes del pueblo y Olivia pensó, no sin motivos, que en esto andaba con Mencía cuando ella apareció.

—Buenos días, otra vez. —Sonrió la niña.

—Buenos días ¿No te quedará algo de leche por vender? Se me quemó la que trajiste esta mañana.

—Veré si puedo ordeñar a la cabra, aunque tiene mala disposición para esas cosas. Pero sería muy triste que no tuvierais hoy con qué rebajar el café.

En la mente del párroco se dibujó la imagen de un aquelarre con las cuatro mujeres bailando alrededor de la cabra sin ordeñar, la joven lechera desnuda junto a ella, con la piel tersa reluciendo bajo el brillo del fuego. Musitó una disculpa desganada y se dirigió a la iglesia.

Olivia rebuscó en sus bolsillos dinero con qué pagar a Mencía, que tarareaba divertida una canción de viejas. Justo en ese instante un cuervo chocó contra la campana mayor desprendiendo el badajo, que descendió a toda velocidad paralelo al muro norte del campanario. En los pocos segundos que duró su trayecto, la niña siguió cantando y mirando fijamente la silueta negra de don Miguel, esa silueta que tanto odiaba ella también porque no le gustaba que le observara los pechos nacientes, ni el olor a orujo de su aliento demasiado cerca de su cara, ni como hablaba de Olivia, de Irene, de doña Paquita y de su abuela.

Para cuando Olivia Argento reconoció que la canción no era una canción, sino un encantamiento, el badajo había terminado su camino, acertando de lleno en la calva cabeza del párroco, que yacía en el suelo convertido en trapo sangrante.

— ¿Qué has hecho, niña?

—Lo que todas vosotras queríais y ninguna se atrevía.

TRIBULACIONES DE UN FANTASMA DE RANCIO ABOLENGO.

Mi nombre no viene al caso, ni mi origen, ni cualquier otra eventualidad que afecte a mi vida antes de mi existencia o, mejor dicho, mi no existencia, ya que las aventuras que vengo a contarles comenzaron en el preciso instante de mi fallecimiento, y es que no hay nada como hacerse pasar por el fantasma del primer Marqués de Talloviejo para sentirse vivo.

El hijo y segundo Marqués, se tomó mi presencia con filosofía; decía que el espectro de su padre era, con mucho, mejor persona que en efigie y se conformó, aunque diré en su favor que pasaba poco tiempo en casa y los únicos que padecían mis travesuras eran los miembros del servicio. Cuatro doncellas y dos mayordomos eché de la casona sin apenas esfuerzo por mi parte.

El tercer Marqués de Talloviejo (y Conde de Cuelloprieto por parte madre), recibió bautismo con el nombre de Francisco de Borja en la capilla familiar y, pasada la adolescencia (que entre estas gentes se dilata más allá que entre el común de los mortales), estaba tan colgado con el opio que, según sospecho, los fantasmas de la droga le resultaban bastante más aterradores que yo, así que a la que le hice la vida imposible fue a su mujer, una aristócrata venida a menos que se casó con Borjita por mantener el dinero de la familia. Ella siempre creyó que yo era de verdad el fantasma del abuelo y que, además, sabía a ciencia cierta que el niño que tenían no era de mi “nieto”, sino de un poeta, al que nunca vi escribir un verso, que compartió techo con ellos un verano. Siete meses después nació el que estaba destinado a ser el cuarto Marqués de Talloviejo.

Anda que no disfruté con la cara de la gachí cuando, el día siguiente al parto, me planté sobre la cuna y empecé a negar con mi espectral cabeza.

Al niño, todo hay que decirlo, me daba apuro atormentarlo al principio; era tan pequeño, parecía un querubín, pero se me acabaron las reticencias cuando mudó los paletos de leche por otros enormes, que le daban aspecto de castor al jodío, y empezó a disparar con el tirachinas a todo el que se aventuraba por los pasillos. Todavía oigo sus gritos cuando abrí de par en par las puertas del armario y le dejé ver los entresijos del purgatorio como regalo por su Primera Comunión.

Al día siguiente, su madre cogió los trastos que no había heredado de la familia del Marqués y se llevó al niño y al marido. Me pregunto si Borjita se daría cuenta en algún momento de la mudanza o si, tras años de obnubilación voluntaria, todas las paredes le parecían iguales.

La casa permaneció en venta más o menos diez años y, al final, la compró un matrimonio alemán que la usaba de invierneo porque, en su ciudad natal, se llenaban de reumas. Me alegró mucho volver a tener compañía, aunque solo fuera por unos meses al año. Lo malo era que, como no hablaban ni papa de castellano, me las vi y me las deseé para seguir con mi labor (esos germanos son duros de pelar y no basta con un crujir de suelos o un abrir de puertas y ventanas). Lo más que conseguí fue sobresaltar al marido una tarde de febrero en la que me dio por cambiar de sitio los libros de la biblioteca. (Consejo: si quieres que un alemán se dé cuenta de que estás ahí, nada como tocarle el orden).

Al tercer invierno de inquilinos tan desaboridos, empecé a notarme más etéreo, menos sustancial, si es que es algo posible en un fantasma. Aproveché la primavera para leer a Freud y, manteniendo al margen las connotaciones sexuales subyacentes en todos sus diagnósticos (hay que ver qué perra tenía el hombre con el tema), me di cuenta de que mi problema era la falta de motivación. Como tenía tiempo, leí también a Schopenhauer, Nietzsche, Mann… Y, como empezaba a deprimirme cosa mala, en verano me puse con la novela negra, devoré las obras completas de Agatha Christie y Conan Doyle; de este último saqué lo mejor de todo porque el hombre se interesó en un momento determinado de su vida por el espiritismo y, lo crean o no, esas obras que los eruditos tachan de desvaríos, a mí, como espectro rondador, me vinieron de perlas.

Empezó octubre y yo estaba ansioso por el regreso de los alemanes para poner en práctica todo lo aprendido, pero no aparecieron; pasó noviembre y tampoco.

El día antes de Navidad llegaron unos transportistas, metieron la mayoría de las cosas en cajas y se fueron.

El día después de Año Nuevo entró un agente inmobiliario, colocó un cartelón de “SE VENDE” y me dejó allí más solo que la una, y sin libros con los que entretenerme.

Poco más tarde me enteré de que, ante las dificultades para vender la casa, habían decidido alquilarla como escenario cinematográfico. Ya me veía apareciendo en algún fotograma subrepticiamente al más puro estilo Hitchcock, pero se me quitaron las ganas de acercarme al set de rodaje enseguida.

Por solo que me sienta, uno tiene su dignidad, y no quiero mi imagen vinculada al porno. Sí, sí, así como lo leen; un total de veintisiete títulos de cine X se han rodado ante los mismísimos bigotes del retrato del primer Marqués que Talloviejo que, a todo esto, sigue presidiendo el salón sin que ningún descendiente haya venido a reclamarlo.

DECLARACIÓN DE DERECHOS

Texto extraído del libro de relatos Lo que las piedras callan

Después de miles de años sirviendo a la imaginación y las moralejas, las torres de los cuentos de hadas decidieron hacer valer sus derechos. Se sentían ninguneadas y, algunas, víctimas de abusos. Como una convención era imposible (nada peor que ser un inmueble para acudir a una reunión), pidieron ayuda a ciervos y pajarillos para que llevaran de un lugar a otro las demandas y los acuerdos. Cuando se corrió la voz de lo que las torres pretendían, los demás edificios del mundo quisieron unirse a la proclama y no quedó animal en el planeta, vertebrado o sin vertebrar, que no colaborara como mensajero.

Fue la Cumbre más larga de la historia, duró treinta años.

El primer punto trató sobre los derechos de imagen. ¿Hasta cuándo iban a hacer caja las grandes factorías de entretenimiento? ¿Cuándo le habían preguntado a una torre o castillo si querían ser fotografiados?

Las construcciones que sirvieron de presidio a princesas y personajes ilustres se quejaban por la mala fama. Otras protestaban por un trasiego de visitantes que no terminaba nunca y las había que lamentaban haber sido abandonadas a su suerte, víctimas de un deterioro implacable que no importaba a nadie.

Llegó el turno de las expoliadas, las que perdieron su grandeza en cuanto alguien retiró la última lama de oro que adornaba su cúpula o el último azulejo de las paredes. Y, a estas, siguieron las que fueron desenterradas tras siglos de letargo pacífico y ahora se veían invadidas por batallones de arqueólogos que escudriñaban cada palmo de su ser.

Los rascacielos lloriqueaban por los vientos que los batían, las catedrales por la suciedad de las palomas; las casas bajas por la falta de sol y los polideportivos por el impacto incesante de las pelotas.

Firmaron un Tratado, dos Convenios y, por unanimidad, una Declaración de Derechos de los Edificios compuesta por cuarenta y cuatro artículos que exigían un mayor respeto por aquellos que habían dado cobijo a la Humanidad. El resultado, tras las pertinentes enmiendas, lo presentaron en la ONU, pájaro mediante.

El Secretario General se mostró sorprendido y, conmovido por el drama que vivían aquellas construcciones, elevó los documentos a la UNESCO. Allí se sintieron avergonzados; después de años declarando Bienes Patrimonio de la Humanidad, se dieron cuenta de que nunca habían preguntado a los bienes en sí.

Convocaron una reunión de urgencia con todos los países para pedir que la Declaración de Derechos de los Edificios fuera respetada. Firmaron los papeles y enviaron a dos comisionados para dar la buena nueva a cada uno de los edificios del mundo.

Pasados unos años los rascacielos no habían dejado de lloriquear, las catedrales seguían hartas de las palomas, las torres de cuento eran objeto de más películas y más fotografías, las ruinas eran excavadas con total impunidad y otras tantas construcciones veían mermada su belleza producto del expolio.

Convocaron una nueva cumbre y decidieron tener en cuenta la opinión de los riscos, montañas, acantilados, bosques, volcanes y cuevas; pues ellos también se sentían sobreexplotados y sin voz. Se unió hasta la Antártida, que ya estaba harta de bases científicas y expertos del National Geographic.

Alcanzaron nuevos acuerdos que elevaron a la ONU; el nuevo secretario (el otro ya se había jubilado) transmitió las quejas a la UNESCO y, una vez más, se reunieron los países, esta vez en Berlín. Se alcanzaron compromisos sobre la concesión de minas, la conservación de bosques y humedales; la construcción de nuevos edificios y el trato que debían recibir los antiguos. Se estableció un plan para la repoblación de las aldeas abandonadas y la restauración de ruinas. Acordaron una fecha límite para cumplir los objetivos marcados y mandaron a nuevos comisionados, en esta ocasión veinte, para hacer llegar las noticias a todos los rincones del planeta.

Exultantes con las promesas, las montañas se sacudieron y la nieve se precipitó en aludes sobre las ciudades de sus faldas; las cuevas y los valles empezaron a hacer eco volviendo loco, cuando no sordo, a todo el que estaba cerca, y no quedó una sola grapadora o folio sobre los escritorios de las oficinas.

Las únicas más comedidas fueron las ruinas que, debido a su edad y deterioro, pensaron que era mejor, y menos peligroso, quedarse quietecitas.

Antes de verse obligados a declarar zona catastrófica medio mundo, los mismos comisionados se dieron la vuelta para pedir un poco de cuidado a la hora de festejar los triunfos. Tras una semana de agitación todo volvió a la normalidad: las montañas pararon, el eco volvió a ser lo que era, las torres de cuento fueron felices y cobijaron perdices y los humanos, fieles a su egoísmo, olvidaron pronto lo prometido, y así siguen.

DE RIGORES Y PIRAS

Odiaba las ferias medievales casi tanto como a los ingenuos que se lanzaban a ellas creyendo que la amalgama que les rodeaba tenía un mínimo de rigor histórico. En cuanto enfilaba la primera calle llena de banderolas de poliéster se preguntaba por qué se había dejado engañar otra vez y se consolaba pensando en que tal vez era el morbo de encontrar todas las incongruencias, como en un pasatiempo de periódico dominical; allí una armadura de aluminio, caballeros que manejaban espadas con una sola mano y doncellas con escotes que, cuando menos, habrían sonrojado a cualquier devoto vecino de la época.

Siguió a la muchedumbre por las intrincadas callejuelas plagadas de puestos donde se vendían piezas de cuero artesanal junto a juguetes made in China. Desembocó, casi arrastrado, en una plazuela donde el sonido de la gaita, la dulzaina y unas vieiras entrechocando le transportó al medievo de verdad.

Cerró los ojos y dejó que el olor de la carne sobre las brasas y el vino ácido derramado le impregnara las fosas nasales y la imaginación. Cuando los abrió, allí estaba ella, meciéndose al ritmo de la canción, agitando la pandereta y con el único vestido tejido a mano en kilómetros a la redonda. Tenía unos ojos dignos del mismísimo demonio que le miraban fijamente y le hablaban.

«Tú.» Le decían. «Sí, tú, el que cree que todo esto es una pantomima.»

Se fue acercando y, para cuando terminó la música, estaban uno junto al otro. Ella le tomó de la mano y buscó refugio en una tienda cercana.

«Quédate conmigo.» Le pedía con la mirada.

Atraído por sus ojos y la suavidad de sus palabras, accedió a participar en la mentira. Se vistió con calzones pardos y blusa blanca. Bailaron toda la tarde. Ella cada vez más cerca, cada vez más pícara, cada vez más convincente.

Asomó la luna por los tejados entre seguidillas, corridos, jotas y cantos. Irrumpió en la plaza la cabecera de una procesión y, antes de que pudiera fijarse en lo que pasaba, se vio formando parte de la comitiva con un jubón negro. Ella le subió la caperuza con una sonrisa cargada de promesas.

«Camina.» Decían sus ojos verdes.

Y él obedecía hechizado.

Recorrieron cuatro calles hasta llegar a una plaza inmensa; ella siempre a su lado, sonriendo, prometiendo las estrellas.

«Esto se lo han currado.» Pensaba. «Una procesión de condenados en toda regla.»

Un hombre vestido de sacerdote arengó contra los no creyentes, contra los impuros de corazón que todo lo cuestionan.

La pira levantaba tres metros de llamas en el centro de la plaza y todo el mundo la contemplaba fascinado, él el primero. Tal era el encantamiento de la danza del fuego que no se dio cuenta de su verdadero lugar hasta que una risa estridente y maligna inundó la plaza.

Era ella, ella bailando alrededor de la hoguera en la que él ardía mientras gritaba: « ¿Te parece real ahora? ¿Te parece exacto y congruente? Arde maldito aguafiestas. Arde.»

EL AMANECER DE LOS OSOS

Ayer por la mañana amanecí; oso que, al dar un paseo con el perro, dejó pelados de bayas todos los arbustos que encontró en el camino; oso.

Me lavé la cara (no voy a entrar en detalles sobre la complejidad de este ejercicio con unas zarpas recién estrenadas), me dejé marcas por toda la nariz y, como cabía esperar, los pantalones no me cerraban. Un día se amanece oso y, además del hambre atroz, de los zarpazos en la nariz y de que no te quepan los pantalones, tienes que lidiar con sentarte sobre una cola redonda que no ves, pero se sabe que está ahí porque molesta sobre los cojines del sofá, y se nota mover cuando se tensa cierto músculo al final de la espalda.

El caso es que mi amanecer oso pasó desapercibido al resto, nadie me veía oso excepto yo; mi perro no me veía oso, aunque sospecho que me olía oso porque se sobresaltaba cuando pasaba por su lado; mi pareja no me veía oso, aunque notaba algo diferente en mí y no sabía decir con precisión qué era; mis vecinos no me veían oso, porque me dieron los buenos días como siempre, aunque su hijo de tres años me ha miró raro, como si él sí fuera capaz de notar algo de osedad en mi apariencia humana. Pero yo, yo me miraba al espejo y veía un oso; un oso pardo, un oso de nariz profunda y ojos naranjas, de orejas redondas, de pelo duro, durísimo, así como… como de oso.

Y, fruto de esa nariz profunda, era capaz de distinguir el olor de todos los contenedores de basura; por culpa de esos ojos naranjas podía ver el horizonte con la silueta de sus árboles, y por las orejas redondas me llegaron ecos de un regajo que, normalmente, queda demasiado lejos para que me dé cuenta de que está ahí.

De repente empecé a pensar en salmones, en cerebros de salmones, en huevas de salmones, en pieles de salmones, vamos, lo que viene siendo cualquier desperdicio de salmón excepto la carne y las espinas. Así que asalté la nevera y me tragué, con mis fauces de oso: las pechugas de pollo, los filetes de ternera, las albóndigas en salsa, la merluza, la lubina, la palometa, los guisantes, la coliflor, la masa de hojaldre y una colección de cincuenta cubitos de caldo de cocido, todo ello sin descongelar.

A eso de media mañana, me entraron unas ganas incontenibles de invierno; un ansia, un desespero que no sé cómo explicar. En mi amanecer oso hubo muchas cosas difíciles de entender, pero ese deseo irrefrenable de invierno es, de largo, lo más complicado de todo. Era algo así como una lentitud en el paso del tiempo, como un embargo con la visión de cielos nublados y vientos gélidos; un sacudir de las costillas con el atisbo de la soledad, un escalofrío placentero en la columna (y hablamos de una columna de oso) con la expectativa de quedarse en la única compañía de uno mismo, un mirar hacia dentro con los ojos naranjas, un oler hacia adentro con la nariz profunda, un escuchar hacia adentro con las orejas redondas; incluso un arañar hacia adentro con las zarpas recién estrenadas que, sin embargo, me eran cada vez más familiares y fáciles de manejar. Así que retiré al rincón más remoto de la casa y me hice un ovillo (un ovillo tamaño oso, pero ovillo al fin y al cabo) para dar rienda suelta a eso que los eruditos llaman hibernación y yo he bautizado como “interior de oso” porque, en contra de todo lo dicho sobre el tema y todo los mitos que lo rodean, la hibernación no consiste en dormir, sino en ese hacia adentro; ese no ser más que lo que se es sin ser lo que nos hacen los demás, un reflexionar sobre la osedad de uno sin prejuicios ni influencias.

Y es curioso que mi primer pensamiento, precisamente, se dirigiera hacia fuera, una curiosidad por saber si, como yo había amanecido oso, otros también amanecerían quién sabe si oso, muflón o anguila, y cómo sobrellevarían ese nuevo estado; si eran capaces de reconocer a los otros, a los que amanecían como ellos o, lo que es peor, a los que amanecían lo contrario. Pongamos por caso que alguien que amanece ciervo se cruza con otro que amaneció lobo. Se masca la tragedia. ¿Habría alguien, en algún lugar, que amanezca avispa? ¿Habrá osos que amanecen humanos?

Esta mañana, después de una noche en vela, he amanecido yo, sin la nariz profunda, sin las orejas redondas, sin los ojos naranjas, sin los pelos duros, sin las zarpas y, resulte creíble o no, con unas ganas incontenibles de invierno.