Alternativas


El trabajo de Raúl me asaltó (así, en plan bandolero) durante la Feria del Libro de Sevilla de 2016, y no pude resistirme.
¿Cómo iba a hacerlo cuando la portada azul de “Érase” me miraba con ojitos y me contaba una historia sobre las palabras?
Si a eso le añadimos que Raúl estaba allí, firmando ejemplares, el botín estaba asegurado.
He de decir que lo que más me fascina del trabajo de Guridi es su uso incansable del azul, a priori un color triste, para convertirlo en algo tierno y divertido. Por no hablar de sus personajes híbridos y entrañables que arrancan una sonrisa nada más verlos.
En su haber: varios libros para niños (y no tan niños) propios o acompañando la historia con sus ilustraciones; carteles y diseño.
Podéis seguirle en su web, el blog y en Facebook.

Tienen mis sueños esta noche un velo de lluvia que se refleja en la cara oculta de la luna; se me desperdigan las ovejas que cuento y hasta los lobos ignoran que mi insomnio es culpa de un salmón.
Ellas y nosotras, las de entonces y las de ahora, somos maquilladoras de letras, tejedoras de palabras y contadoras de historias, pero la Historia, tristemente, no nos ha tratado igual que a nuestros compañeros masculinos. Esto no va a convertirse en un alegato feminista (o sí), no suelo estar a favor de utilizar un solo día para hacer visible a un colectivo o un problema, pero se trata de eso: VISIBILIDAD.
En un mundo gobernado por hombres, con una Historia divulgada por hombres, el ninguneo del papel femenino ha llegado incluso a las artes, esas hijas supuestamente libres y sin prejuicios del intelecto. ¿Sabíais que muchas escritoras tuvieron que adoptar pseudónimos masculinos para ver publicados sus trabajos? O, lo que es peor, ¿dejar que sus maridos o hermanos fueran la cara visible y, por supuesto, se atribuyeran la autoría de sus relatos?
En realidad no hemos avanzado gran cosa. A día de hoy, muchas escritoras son empujadas a utilizar iniciales para esconder su género (no lo digo yo, es una recomendación muy extendida entre los consejos para autores noveles), pensad en J.K. Rowling. La excepción, y no es gran consuelo, son las novelas románticas, ahí sí es preferible firmar como mujer, como si ese fuera el único estilo en el que podemos desenvolvernos con facilidad; o, por supuesto, si la autora ya tiene un nombre y prestigio como profesional en otro campo (mantendré al margen los productos de marketing y chabacanerías varias, estoy hablando de Literatura).
Por eso, el día de hoy, no es una reivindicación por nuestro derecho a escribir (lo hacemos continuamente, desde que el mundo es mundo, o la escritura es escritura) sino por la visibilidad, para dejar de ser ignoradas en los libros de texto (extensible a científicas, matemáticas, pintoras, inventoras…)
Y, para contribuir a la visibilidad de mis predecesoras, comparto varios enlaces en los que podréis descubrir más sobre ellas, sobre su obra, sobre su mera existencia porque están ahí. Obviamente no están todas, pero por algo hay que empezar.
Librópatas: Las españolas nominadas al Nobel de Literatura
Ortografía y Literatura: 80 libros de mujeres escritoras
Y, ya puestos, os insto a que leáis a todas esas compañeras de letras que comparten su trabajo en las redes, a través de blogs, en Twitter, en Facebook o en Instagram donde, por fortuna, parece que lo del género ya va perdiendo importancia, quizá porque lo último que vemos es el autor.
Y, por supuesto, se admiten recomendaciones.

Levantarme
de las hostias contra el asfalto
de los altos y los bajos.
Alzar la vista
soltar las manos;
romper el silencio
con canciones del verano
y gritar,
gritar muy alto
porque duele,
porque sí,
porque me lo he ganado;
por mis rodillas raspadas
y los chinarros clavados en mis manos.
Porque decirte “adiós”
no fue tan duro
si no fuera por ese fantasma
que dejó tu abrazo.

Relato incluido en la Antología de prosa poética de Ojos Verdes Ediciones.
Con cuatro lunas a sus espaldas decidió seguir vagando por abruptos senderos que no llevaban a ningún lugar hasta que un viento del norte, triste y desabrido, rompió la niebla para traer una estrella luminosa, incierta, que titilaba en las sombras de una noche sin final.
Al vuelo de las cornejas se adelantaron los estorninos; los contempló, curiosa, mientras arremolinaban los deseos de los ausentes en nubes negras como tormentas.
Hundieron aquellas vistas sus pies en el fango infecto, donde las lombrices apenas llegaban a rozar el suelo. Notaba el frío en las puntas de los dedos, como brotes tiernos sucumbiendo a fiera helada y, por primera vez en su existencia, sintió el miedo escondido tras los musgos y el vaho de sus pulmones escapando de ella, alejando la vida y los sueños de un cuerpo de niña que, sin embargo, empezaba a estremecerse al amor del planear de búhos y el bramar de ciervos.
Atravesó una ciénaga, una playa y un robledal, acompañada por el lúgubre rocío que descansaba sobre los tréboles amarillos. Jamás creyó que un ocaso fuera tan hermoso, mientras las cuatro lunas, agazapadas bajo su pelo, aguardaban.
Fue el sigilo de un zorro el que las despertó, con sus uñas lacerantes sobre la tierra mojada; esas lunas envidiosas: llena, creciente y las dos menguadas, desbarataron su cabello y la hirieron en el alma.
«Somos dueñas» le decían «de tu futuro».
Y ella lloraba, viendo escapar la estrella y el viento entre el fulgor plateado de cuatro esferas blancas.
