Psicología
Le dijeron que estaba a punto de perder la cabeza, que buscara ayuda profesional, y decidió hacerles caso.
Pidió cita en la peluquería y se cortó el pelo.
Microliteraturas en menos de 300 palabras
Le dijeron que estaba a punto de perder la cabeza, que buscara ayuda profesional, y decidió hacerles caso.
Pidió cita en la peluquería y se cortó el pelo.
Los añicos se repartían por el camino que tantas veces había recorrido de casa a la fuente y de la fuente a casa; aunque el cántaro lo rompieron el día que, por fin, llegó al pueblo el agua corriente.
Amantes en un mundo sin tiempo, se dejaban consumir por la pasión en una celebración infinita de desearse mutuamente.
Él dibujaba sobre su piel con los dedos, como si su espalda fuera el mapa de Irlanda y cada lunar una hoguera en honor a las viejas fiestas de Beltane.
Era un caso claro del síndrome de acaparamiento compulsivo, pues la ventana se empecinaba en almacenar cada cosa que se reflejaba en ella.
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Solía coleccionar ramas huecas y conchas de almeja como si fuera un niño que ve el mar por vez primera. Decía que eran la esencia de los años que él y su tripulación pasaron alejados del mundanal ruido, a la espera de ser rescatados de aquella isla desierta a la que una tormenta traicionera les había arrastrado, y de la que, ahora se daba cuenta, nunca quiso salir.
La niña corrió por toda la casa, buscando a su madre, desesperada.
— ¡Mamá! ¡Mamá! Me deshago, mamá. Tienes que coserme.
— ¿Cómo coserte?
— Sí, mamá, como hiciste con mi conejito de peluche. Mira.— Se levantó la camiseta para enseñarle una pelusilla que tenía en el ombligo.— A mí también se me está saliendo el rellenito.
Buscó el reflejo imaginario de su mirada castaña en el fondo de una taza de té. Era un lugar insólito para guardar cosas, pero tan bueno como cualquier otro.
Y, contra todo pronóstico, la encontró.
Era un caballo hermoso, de grupas anchas y musculadas, cuello arqueado y andar elegante; mas, cuando le abrió la boca, descubrió tres dientes de oro, y pensó en venderlos para comprar paja.
Se acercó con cuidado, como le habían dicho, a aquel bulto berreón, que mostraba su carita amoratada por el llanto entre la manta que la cubría.
A ella, a pesar de su nula experiencia y corta edad, le pareció el bebé más bonito del mundo; después de todo, se trataba de su hermana.
Para la hermana más bonita del mundo en el día de su cumpleaños.
Trenzó flores de trébol en su pelo y vistió sus mejores galas; el día había amanecido verde y con niebla, como debía ser.
Dejó la ofrenda a los duendes en el alféizar de la ventana y se fue a trabajar con la esperanza de que, cuando regresara a casa, aquellos traviesos seres le hubieran devuelto su arpa dorada.