DE CÓMO UN SALMÓN ME SALVÓ LA VIDA

Frente a las aguas tranquilas del río, día tras día, veía el salmón a aquella niña sentada sobre una roca y mirando el brillo del sol que se reflejaba en la corriente; ahora sí, ahora no. Nada tenía que ver con los chavales que agitaban el aire con sus gritos y chapoteos en las tardes de verano, ni tampoco con el alboroto que los perseguía cuando corrían por el prado. Ella miraba el agua y suspiraba, o, de cuando en cuando, tarareaba una canción hasta que uno de los chicos mayores la recogía; y así hasta el día siguiente en que volvía a dejarla en el mismo sitio mientras él se iba a jugar con los demás.

Los salmones son peces precavidos, pero también curiosos; después de varios días observando a la niña había descartado que su soledad tuviera que ver con los peligros de la pesca y empezó a compadecerse de ella. Tal era su sentimiento que se acercó al saliente.

—Niña bonita, ¿qué haces aquí tan sola?

—Esperar.

— ¿Por qué no juegas con los otros niños?

— Porque no puedo.

— ¿Acaso no te dejan?

—No, no puedo porque mis piernas no funcionan como las de los demás. — Levantó un poco su vestido enseñando sus rodillas. — Es por algo que me pasa aquí.

— ¡Qué triste!— exclamó el pez— Y ¿qué haces mientras esperas a que terminen de jugar?

—Observo, a veces canto, y aprendo cosas.

— ¿Como cuáles?

—Pues, el cambio de las hojas de los árboles según pasa el año; el comportamiento de los animales y, últimamente, a hablar con un salmón.

—Y ¿qué más?

—Nada más, desde aquí es todo lo que puedo ver. Y ya me he aburrido de buscar formas en las nubes.

— ¿Formas en las nubes?

—Sí. ¿Ves? Aquella parece un dragón, esa otra una oveja… pero no suelen parecer muchas más cosas.

—Son bonitas— dijo el salmón.

—Y tú ¿qué haces aquí? Tenía entendido que los salmones viajan mucho.

—Volvía al sitio donde nací, aunque creo que me he desviado del camino.

— ¿Vienes de muy lejos?

— De más allá del mar.

—Entonces habrás visto muchos lugares y gente.

—Pues sí, pero nunca conocí a una niña que no pudiera saltar o correr. Sí conocí a un anciano, era tan viejo que sus piernas casi no le sostenían y se sentaba en un tronco a la orilla del mar todas las mañanas.

— Y ¿qué hacía allí?

—Lo mismo que tú, supongo.

— ¡Qué pena!

—No creas, estar ahí sentado no parecía molestarle demasiado.

—Se habría acostumbrado. A mí me pasa.

—También había veces que un montón de niños se sentaba con él para escuchar lo que el anciano decía.

— Y ¿no corrían ni jugaban con la pelota?

—Cuando el anciano hablaba no, se quedaban callados y a él se le veía muy feliz.

—Y ¿qué les contaba?

Salmón relató a la niña todos los cuentos y leyendas que le había oído al viejo y, de paso, algunas más que sus viajes por el océano le habían dejado conocer. Y así un día tras otro hasta la última de ellas.

—Como ves— dijo una vez hubo terminado—, hay otras formas de aprovechar el tiempo que corriendo y saltando, y, a veces, tener que permanecer sentado no es tan malo si sabes qué hacer.

La niña asintió convencida de que todo podría ser distinto a partir de ese momento.

—Yo ya me tengo que ir— dijo el salmón—. Me he entretenido mucho y no quiero llegar tarde a mi lugar de nacimiento.

Y, con un golpe de cola, se despidió de la niña y siguió su camino río arriba.

Cuando, unas semanas después, volvió a bajar por la corriente, se alegró al descubrir que la niña que no podía jugar, correr, saltar ni bailar, ya no estaba sola; sus amigos la rodeaban ensimismados, atentos a lo que ella contaba, que no era otra cosa que las historias que le había oído al salmón; y se puso muy contento.

Decidió en ese momento seguir recopilando cuentos y leyendas, incluso se le ocurrió pedirle al resto de salmones que hicieran lo mismo y así, cuando volvieran a pasar por allí, podrían contárselas a la niña porque, aunque jugar, correr y saltar es muy divertido, siempre harán falta personas que cuenten cuentos.

Regalo anticipado

Antes del inicio de esta semana de aniversario, Pata de elefanta nos obsequió con una coplilla que nos puso las escamas de punta por lo bonita.

Queremos compartirla con todos los amigos del salmón.

Dice así:

Qué dicha ser ducho
especialista en pelus de chuchos
Qué dicha ser ducho
oficial de primera en serruchos
Qué dicha ser ducho
pirotécnico prendiendo cartuchos
Qué dicha ser ducho
salmón y no falso trucho.

Para los dos, de Pata (a lo “Fuertes”)

Defensa propia

El cadáver fue encontrado por unos excursionistas en las inmediaciones del río.

Preguntados los osos, principales sospechosos del asesinato debido a las evidencias de zarpazos en el cuerpo, arguyeron que el hombre predicaba desde la ribera que la unión hacía la fuerza y que, como consecuencia de sus arengas, los salmones se habían organizado en patrullas que hacían imposible pescar uno. Presentaron, además, partes de lesiones firmados por los más reputados biólogos y veterinarios de Yellowstone, y demandaron a los peces por agresión.

Preguntados los salmones, siguientes sospechosos debido a unas pequeñas mordeduras en la mitad inferior de las piernas del finado que reveló la autopsia, dijeron carecer de móvil para el crimen, pues estaban en deuda con el hombre por sus enseñanzas. Y aportaron declaraciones de testigos fiables sobre el acoso que recibían, año sí, año también, por parte de los osos.

Ante la falta de pruebas concluyentes y la dificultad para celebrar el juicio garantizando la supervivencia de los salmones, terminó por sobreseerse el caso.

Los grizzlies volvieron a su bosque, los salmones a sus lugares de nacimiento, los restos mortales del hombre fueron incinerados y nadie volvió a hablar del tema.

Años después, un documental emitido por National Geographic, mostraba, con inquietantes imágenes, la huída del cámara y el presentador perseguidos sin piedad por los osos y los salmones hasta ser expulsados del Parque Nacional.