PIES DE HOBBIT

De cuando en cuando nace una persona como yo: con pies de hobbit. Un problema la mar de serio pues, mientras esas extremidades de envergadura resultan muy útiles si eres pato u oso polar, para un ser humano proporcionan por igual ventajas e inconvenientes.

Sirva de ejemplo que unos pies anchos se traducen en una base más amplia con la que, por fuerte que sople el viento, resulta difícil tumbarme; en estas situaciones, sin embargo, es de lo más molesto el llamado “efecto tentetieso” por el que el cuerpo se balanceaba sin despegarse del suelo.

En cambio, esta, llamémosla ventaja evolutiva, complica y mucho cumplir con algo tan nimio y tan humano como calzarse, pues si el zapato no aprieta de un lado, aprieta del otro y por eso, digo yo, Tolkien hizo que todos los hobbits fueran descalzos. Claro que ellos no iban a pisar cristales rotos ni se les iban a pegar chicles, cosa que, añadiremos, a todos nos sucede alguna que otra vez.

Mis pies de hobbit son al tiempo una bendición y una broma del destino; si voy, por ejemplo, a un concierto o a cualquier evento que congregue a una multitud, tengan por seguro que saldré de allí con las uñas moradas de los pisotones, si no con un huesecillo roto. Y aquí llega otra cuestión importante: los huesecillos; entiéndase que con unos pies de hobbit solo caben dos opciones: o los huesecillos no son tan “illos” o en esos pies hay más de los habituales.

Pero entre las bendiciones de esta anomalía pedestre, si tal término es aceptable para el tema que nos ocupa, está la de poder dormir de pie.

Claro que todo esto carece de importancia y lo que venía a decir es que mis pies de hobbit, con todo lo ya descrito, son la mayor cortapisa para cumplir mi sueño de ser funambulista.

INSTRUCCIONES PARA SALIR DE UN BOSQUE ENCANTADO

Seguir la linde de los Alisos, saltar el Brezo,

rodear tres veces el Castaño en el sentido de las agujas del reloj,

pasar junto al Diente de león sin que se muevan sus semillas,

recoger una vara del centro del Espino,

cantar al Fresno una canción de amor;

de ninguna forma subirse al Guindo,

presentar los respetos al Haya, cuidarse de encender fuego cerca del Incienso,

hacer un ramillete de Jacintos atado con hierba de San Juan,

guardar cinco hojas de Laurel en un zurrón imaginario,

ofrecer a las hadas el fruto del Manzano antes de que caiga,

raspar con tu nombre la corteza del Nogal,

escarbar entre las raíces del Olmo en busca de setas,

untarse las manos con la resina del Pino,

soñar toda una noche junto al Quejigo,

escalar el Roble sin quebrar una rama,

escuchar las penas del Sauce hasta que deje de llorar;

atravesar el tronco del Tejo sin tocarlo,

comer cuatro uvas de la Vid mirando hacia los puntos cardinales

y, por último, reptar bajo la Zarza.

ISO 100

A veces sale la luna y se queda quieta, muy quieta en medio del cielo, y entonces uno piensa que posa, engreída, para todos los fotógrafos del planeta.

Después se burla, con Venus y las constelaciones cercanas, de la inocencia de los humanos, pues cualquier aficionado a la fotografía sabe que la luna siempre sale movida.