5 años navegando

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Cada veintiocho de abril miro hacia atrás y me parece que fue hace nada que rellené la casilla de wordpress con “ladesdichadesersalmon”, sin embargo, hoy, mi salmón y yo cumplimos un lustro de vadeo y remonte que nunca sería posible sin vosotros.

Así que, un año más, gracias.

Y, si ya es algo grande para nosotros (siempre mi salmón y yo) ir avanzando en años como en un suspiro, de lo que sí hemos sido más conscientes ha sido de todas las cosas que nos han ido pasando desde que nos atrevimos a recibir el bautismo en el ciberespacio.

Ampliamos ríos con Twitter, Facebook y el desaparecido Google+, encontramos un afluente divertido y dinámico en Instagram y un millón de ideas en Pinterest, nos unimos al capital humano y literario de Valencia Escribe, Martes de Cuento y su Isla Imaginada; pero, además, salimos del agua para presentar Lo que las piedras callan (cualquier salmón que se precie debe saber mucho sobre rocas, pedruscos y granitos), Haremos que llueva (un álbum de microrrelatos ilustrados por Elena Gromaz) y, para los alevines que empiezan a navegar por las letras, la misma Elena dio color a los cuentos Lobo y el Pedro, y Vecino Nuevo.

No contentos con eso, este año, esperamos que salga a la luz el principio de nuestro proyecto más ambicioso. ¿Qué sería de un blog que recibe el nombre de un mito irlandés sin contar una historia sobre el mundo que le dio forma? En breve podremos hablaros de El viento sobre las colinas de Éire, el primer libro de una trilogía de ficción histórica ambientada en la Irlanda precristiana.

Así que repetimos hasta la saciedad: gracias, gracias y gracias, porque sin vuestra compañía en el blog no nos habríamos atrevido con tanto.

POEMA DE ASALMONADO NASÓN

En la nasa de las musas

boquea el asalmonado nasón;

le mudaron los dientes

corriente arriba,

le salió una joroba,

le enverdeció el corazón.

Nada nudos y desanda

el camino que aprendió

en su más tierna infancia.

Los plantígrados esperan

para hincarle los caninos

y el asalmonado nasón,

un poco cansado,

pero aún vivo,

aprovecha los recodos

a los lados de los ríos.

¡Qué cansado es el remonte!

Se queja.

Ya va perdiendo el color,

se nota más flaco,

más tímido.

Y, al llegar a la cascada,

coge impulso,

pega un brinco.

Unos metros más arriba

reconoce bien el sitio.

¡Ea, aquí me quedo!

Dice ya sin aliento

¡Sí que ha cambiado esto!

Han puesto tres piscinas,

barbacoas y un merendero.

Pero al salmón ya le da igual,

se agita sobre las piedras,

desova y cae muerto.

DENTRO DE MI BOLSO

Me ha dicho mi fisioterapeuta que tengo que cambiar de bolsos, que los que llevo habitualmente me están fastidiando la espalda. Como si fuera tan fácil.

Hace tiempo que me había dado cuenta de que no podía ser bueno llevar colgando de un hombro un complemento en el que me cabe un cordero. Sí, esa era la medida estándar de mis bolsos hasta ahora; cuando iba a comprarme uno y me preguntaban por el tamaño yo siempre respondía: «Que me quepa un cordero.»

No sé si os ha pasado alguna vez, ir caminando, encontraros un cordero y no tener dónde meterlo hasta que se lo devolvéis al pastor; bueno, pues a mí no me ha pasado nunca, pero soy mujer muy precavida y siempre he comprado los bolsos tamaño zurrón cabrero, por si las moscas.

Y lo malo es que, a falta del cordero, me he liado a meter cosas en ellos: una libreta, un par de bolígrafos, el libro que me esté leyendo, la cartera, el móvil, las llaves (las de casa y las del coche), un paquete de pañuelos, el neceser, caramelos, un cuaderno y algunos textos para corregir. Lo que viene siendo el kit de supervivencia básico contra el hastío, que soy de aburrimiento fácil. Casi me pesaba menos el cordero.

Me pasé a las mochilas, que serán menos chic, pero reparten mejor la tara de equipaje. No terminaron de convencerme, al menos para todos los días.

Por recomendación de un amigo me compré una tableta y así concentraría los bolis, el cuaderno, la libreta, los textos y el libro en un solo bulto; mano de santo, la medida de mis bolsos pasó del cordero a lo que abulte la tableta, pero nada, a la que me descuidaba llevaba lo de siempre y, además, la tableta.

Dudo que uno de mis bolsos cumpla con los límites de equipaje de mano para volar.

Volví a la estética más glamurosa de alumna de instituto: bolso pequeño y carpeta abrazada (o portadocumentos, que es más adulto). Ni por esas, necesitaría el maletín de un portátil para meter todos los trastos.

Como, tras años de costumbre, no sé de qué prescindir, he decidido comprarme una burra y ponerle dos serones, que ahí sí me cabe todo y, de paso, me queda hueco por si al final sucede lo impensable y me encuentro el cordero.

A DIETA

Me he puesto a dieta, pero no la de la pera, ni la de la proteína o la del aguacate, no; me puesto a dieta en serio, sin zarandajas. Y me está costando lo mío, no crean; los escaparates se confabulan en mi contra. Hasta hoy no me había dado cuenta de los suculentos manjares que se exponían por doquier; solo de casa al trabajo hay catorce locales llenitos hasta arriba de tentaciones, y una no es de piedra.

El colmo para mi puesta a prueba ha llegado esta mañana; en la plaza han abierto un mercadillo de esos temporales con todo tipo de géneros, y los vendedores estaban pregonando la mercancía a grito pelado.

—¡Diez por ciento de descuento en todo el mostrador!

—¡Tres por dos solo hoy!

—¡Las tengo de todos los colores, oigan: negras, rosas, amarillas!

Y yo estoica, sorbiendo el café en la terraza de El Vitolo, agradecida por haber cogido el dinero justo para pagar el desayuno.

Soy débil. ¿Qué le voy a hacer?

Tampoco ha ayudado que mi vecino de mesa se haya puesto, sin vergüenza ninguna, a devorar uno de esos caprichos, que olía. ¡Ay, cómo olía! Y brillaba. Se notaba su delicioso contenido cuando lo rozaba con los dedos.

Estaba dispuesta a dejarlo correr, mantenerme en mis trece.

Al levantar la vista, me he encontrado con un cartel que decía: «Aceptamos tarjetas» y, acto seguido, uno de los tenderos gritaba: «¡Tengo lo último de Rosa Montero, las obras completas de García Márquez, J.K. Rowling, Eduardo Mendoza… Gloria Fuertes para niños y no tan niños!»

Y ahí se me han acabado la dieta, la fuerza de voluntad y el poco espacio que me quedaba en la librería del salón. Cinco ejemplares me he comprado de una tacada, y mañana vuelvo.

La dieta, si eso, la empiezo el lunes, que esta semana es la Feria del Libro y todos tenemos derecho a un capricho de vez en cuando.

NOBEL DE FÍSICA

No es fácil optar al Nobel, se necesita muchos años de estudio y… un golpe de suerte. Uno como el que se dio Anacleto Ruipérez en el dedo meñique con la pata de la mesilla de noche y que le dejó ver: primero las estrellas más cercanas, luego la Vía Láctea desde fuera y, por último, el primer destello del nacimiento de un agujero negro; fenómeno que fue confirmado por el observatorio astronómico del desierto de Atacama y que le puso en la órbita de la Academia sueca.

Aunque hoy todas sus preocupaciones se centran en encontrar unos zapatos que le permitan: A) Cumplir con el rígido código de vestimenta.

  1. B) Albergar con holgura el mamporro deforme que arrastra a un lado del pie derecho desde que realizó el feliz descubrimiento.

JAULA DE GRILLOS

Para ser un lugar dedicado a la calma mental, resultaba agobiante: el color tostado de las paredes, el wengué de la librería y las cortinas color crema, daban muestras del buen gusto de su decorador, pero también una sensación de rectitud y oscuridad con los cuadros de marcos dorados y las fichas del test de Rochas a la vista. El diván clásico, frente a un enorme escritorio, hacía sentirse insignificante a todo el que se tumbara en él. La extensa colección de libros empequeñecía la mente del más docto de los pacientes.

Para colmo, y como parte de los más novedosos métodos, las sesiones eran grabadas por una videocámara que apuntaba al visitante con su ojo rojo parpadeando.

Anselmo López no soportaba aquella cámara, ni el diván, ni las cortinas, ni los libros; ni, ya puestos, al Dr. Ernesto Márquez-Casanova, un hombre pequeño de aspecto cetrino que se frotaba las manos a cada momento y repetía «Vamos avanzando estupendamente» en un intervalo regular de cinco minutos.

Sin embargo, Anselmo había preferido no cambiar de psicólogo, angustiado por una rutina obsesiva.

— ¿Cómo estamos hoy? ¿Hizo lo que le pedí en la sesión anterior?

—Lo he intentado. Aquí traigo las notas.

Le acercó un fajo de papeles arrugados y llenos de letras que se desparramaban en todas direcciones (de derecha a izquierda y de arriba a abajo en sentido perpendicular, meticulosamente numeradas).

—Vaya, parece que son muchas. ¿Por qué no me cuenta lo que hay en ellas a grosso modo y luego las repasamos una a una?

— ¿Podría apagar la cámara, doctor?

—Sabe que no es posible, Anselmo. Haga como si no estuviera.

Pero no podía, el parpadeo bermellón era como la mirada de un francotirador que conocía todos sus secretos.

—Al principio era solo un hombre, pero ahora son dos. Han alquilado el piso del quinto, justo encima del mío, y me cruzo con el inquilino constantemente. Da igual la hora del día. Está en el rellano, en el portal, en el ascensor. Estoy seguro de que ese cabrón ha hecho un agujero para espiarme.

— ¿Qué le hace pensar eso?

—Hará un par de días se pasó la tarde con el taladro y he notado una corriente que antes no había en el salón. Sale de al lado de la lámpara del techo.

—Y, según usted ¿Qué puede estar buscando?

—Robarme mi éxito. Mi éxito como escritor.

—Su éxito como escritor.

—Sí, doctor. Acabo de terminar la novela. Va a ser un bombazo.

— ¿No le parece un poco retorcido pensar que su nuevo vecino se ha mudado solo con el fin de robarle una novela que, por otro lado, nadie sabía que estaba escribiendo?

— ¿Qué insinúa?

—Puede que el agotamiento, después de tanto esfuerzo para terminarla, le haga ver cosas que no son. Si usted no ha dicho en qué estaba trabajando, es difícil que alguien pudiera adivinarlo. ¿No cree?

—Eso es verdad. No lo he comentado con nadie, solo aquí, en la consul…

Y fijó su mirada en la luz roja de la cámara antes de incorporarse con brusquedad.

— ¿Qué sucede, Anselmo?

— ¡Usted! Todo este tiempo ha sido usted. Embaucador, manipulador… ¡Ladrón! Eso es lo que es. Ha alquilado el quinto. No había carteles, ni anuncios en los periódicos; pero usted lo sabía porque yo se lo dije.

—No diga tonterías. Acaba de decirme que ha visto a su vecino varias veces y sabe que no soy yo.

—No, claro. Eso habría acabado con su plan. Ha contratado a alguien. — Se lanzó contra el trípode de la cámara. — Claro, ahora encaja todo. Sus ánimos para que terminara de escribirla. Me ha preguntado por la novela en cada reunión. Quería detalles. Saber si valía la pena. Y vaya si lo vale. ¡Es una obra maestra!

—Cálmese, señor López, por favor. Está usted diciendo disparates. Yo ya tengo un oficio. Mi interés por sus escritos era meramente profesional.

— ¡Y un cuerno! Sabrá de mí por los tribunales. No voy a descansar hasta que esté hundido. ¿Me oye? ¡Ladrón de ingenios! ¡Truhán sacacuartos! ¡Loquero!

Arrastraba en su furia cuanto tenía delante.

—Por Dios bendito, Anselmo. A mí no me gusta la literatura, yo soy más de música. Toco el violín.

El paciente frenó su destrucción.

— ¿El violín?

—Sí, el violín. Es agradable su tacto bajo la barbilla, cómo vibra todo cuando el arco roza las cuerdas.

—Es un instrumento complicado. Mi padre tocaba el violín. — Se tumbó en el diván.

—Lo sé, Anselmo. Me lo dijo en la primera sesión.

Para ser un lugar dedicado a la calma mental parecía un campo de minas recién estallado, con las cortinas hechas jirones, los marcos dorados pendiendo de las esquinas y los libros esparcidos como cadáveres sobre la alfombra. El diván clásico, frente al enorme escritorio, con Anselmo López tumbado en él.

—Una obra maestra le digo, doctor. Le regalaré una copia firmada.