DE RINCONES

Texto extraído de mi libro de relatos: Lo que las piedras callan.


Hay rincones pequeños, rincones grandes, de cemento, de árboles, de piel. Hay rincones en la memoria, en el fondo del corazón y rincones de pensar. Hay rincones que no son ni rincones, solo esquinas cóncavas, porque hay que cumplir muchos requisitos para ser rincón.

Una vez me encontré un rincón en un prado; estaba allí, en medio de un trigal. Ha sido, con diferencia, el rincón más extraño que he visto en mi vida. Entre dos espigas bien granadas, habían crecido una amapola y un cardo. Era un rincón precioso, pero me dio pena, mucha pena. Los rincones se sienten muy solos cuando no los guardan paredes, se quedan ahí, desamparados, expuestos a los elementos y ocultos a los ojos. Hay que tener mucha experiencia con los rincones para darse cuenta de que, en realidad, nos rodean.

Un vecino mío, rinconólogo de profesión, me introdujo en el estudio de los rincones. Me explicó cómo eran y todas sus peculiaridades. Me enseñó a distinguirlos y a valorarlos.

No saben lo mucho que se pierden de la vida si no saben de rincones.

Se dice muy a la ligera eso de “hermoso rincón”, parece que se llama rincón a todo y, sin embargo, la mayoría de las veces son simples espacios toscamente delimitados por dos planos. En la comunidad de la rinconología hay verdaderas guerras a este respecto.

Recuerdo un debate muy acalorado a colación de una revista que publicitaba como “El rincón más hermoso del mundo” un pequeño pueblo perdido en una montaña. Los conservadores decían que, estando en el hueco entre dos riscos, era, a todas luces, un rincón. Los más progresistas negaban su rinconidad por la falta de carisma y la masificación.

Sepan que lo de la masificación es un problema grave en esto de los rincones; si hay mucha gente, pasan de ser rincón a plaza.

A mí me interesan más los rincones imperceptibles, los que escapan de los estereotipos, porque son únicos y solo míos. No suelo hablar sobre ellos, los disfruto en soledad y los cuido, los mimo, y los lloro cuando desaparecen.

Si nunca han asistido a la muerte de un rincón les parecerá cosa baladí, pero no lo es. Yo adoraba un rincón que había en mi pueblo, era un gran rincón (por su carácter, no por su tamaño). Allí esperaban los abuelos a los niños al salir del colegio, le daba el sol entre dos edificios y, a un lado, tenía una pastelería que siempre olía a bollos recién hechos. Un buen día, echaron abajo la casa y la pastelería y pusieron una Caja de Ahorros. ¿Entienden ahora lo dramático de perder un rincón así?

Desde entonces me dedico a fotografiar rincones por si se mueren. Es una labor frustrante e ingrata, pero no cejo en mi empeño.

A pesar de mi experiencia, todavía ando en busca de mi rincón favorito, porque, a fin de cuentas, los humanos estamos hechos de rincones.

DE TI I

Aquel lugar extraño, que solo conozco en sueños, que solo visito contigo, qué angustioso se tornó anoche, con los cuervos portando los cadáveres de sus compañeros, un niño pintando con los dedos y los últimos rayos de sol. Tu abrazo que no era tu abrazo, y esa nostalgia que se colaba por la ventana con una niebla asfixiante. Una cabra blanca y negra, el olor a castañas, un perro ladrando a una nube de forma incierta. En medio del caos, tu voz como una brújula; tus labios, estrellas polares; tus ojos, bálsamo capaz de resucitar a los muertos.

Y, aunque no lo creas, a pesar de todo ello, cuando desperté me sentí un poquito feliz y un poquito desamparada, como siempre que huyes entre las campanadas de los sueños y el sonido impertinente del despertador.

BILLETES DE IDA Y VUELTA

Cuando facturó su maleta en el aeropuerto de Madrid, pensó si también debería facturar los sueños rotos; si, en caso de perderle el equipaje, al devolvérselo, recuperaría también las ilusiones. Sentía el peso de la decepción sobre los hombros como si cargara con un Airbus repleto de oportunidades perdidas.

Durmió la mitad del vuelo y despertó surcando las nubes sobre el Atlántico mientras amanecía.

Aquel océano parecía tener una obsesión de ida y vuelta con su familia. Primero con la tatarabuela, a la que embarcaron en un puerto africano para que sirviera como esclava en el nuevo continente; y su tatarabuelo, que hizo un recorrido similar buscando la tierra prometida desde un pueblecito de Galicia.

Le habían contado muchas veces cómo se habían enamorado y cómo volvieron a la madre patria convertidos en indianos que nadaban en dinero. También cómo, tras una década de lluvias, miradas de soslayo de los vecinos y dos hijos mulatos, la tatarabuela se hartó y le dio un ultimátum a su marido: «O nos volvemos a Cuba, o me tiro por un acantilado.»

Así que volvieron, con los dos nenes de la mano. El menor de ellos regresaría a Galicia tiempo después, para combatir en una guerra que creyó suya y de la que nunca volvió. Desde entonces, en la familia, se instaló un incómodo silencio cuando se mencionaba España.

No es de extrañar que pusieran el grito en el cielo cuando él dijo que quería irse de la isla, que le habían contado que en el pueblo de los abuelos había trabajo y que los papeles no eran tan difíciles de arreglar porque, a pesar de lo que dijera el color de su piel, él era medio gallego.

Miró por la ventanilla ovalada. Qué distintos los sentimientos de ahora con los de la ida; qué de incertidumbres hermosas le rondaban la cabeza; cómo ansiaba ver aquella tierra verde en la que nunca, decían, dejaba de llover.

Jamás creyó que fuera tan triste dejar un pedazo de tierra que no era la suya, pero eso de la morriña es un virus contagioso, aunque puedan más las penalidades que las dichas vividas.

¿Y ahora qué? Sintió que su familia no había sido nunca ni de uno ni de otro lado; que su hogar, sus raíces, debían estar allí abajo, en algún punto perdido en el vasto océano y que estaban condenados a cruzarlo, al menos, una vez en cada generación para descubrir que lo único que les unía a la tierra era la inmensidad del mar.