LAS RUINAS DE NUESTROS SUEÑOS

Las ruinas de nuestros sueños esparcidos por el suelo, constantes vestigios de las batallas campales que adornaron nuestros cuerpos; las cuerdas rotas de las guitarras, las esquirlas de madera y las clavijas que hirieron nuestras retinas tan hondo que apenas nos reconocimos al mirarnos.

Las botellas amontonadas, el despertador hecho añicos a los pies de la cama.

Los vasos, las tazas, los platos, clavados en las plantas de nuestros pies.

Todo hecho desgarro y pasión, tan cegados por el deseo de tenernos que no pasamos las hojas del calendario.

Una vorágine de partituras y relatos esparcidos por los muebles.

Todo lo que me inspirabas.

Todo lo que te hacía sentir.

Perdimos la noción del mundo más allá de la puerta de entrada; más allá de las ventanas.

Los amaneceres transformados en gemidos, los ocasos en marcas de uñas sobre la piel.

Cualquier pradera nos servía para hacer la guerra.

Olvidaste tu nombre, olvidé mis obligaciones.

Y, al final, nos olvidamos de los dos.

TUS MIEDOS, MIS FORTALEZAS

Quizá fue esa manía tuya por rescatarme de los dragones que me acechaban la que me apartó de tu abrazo la última vez; ese no permitirme pelear mis batallas, hacerme sentir princesa cautiva, aunque bien sabías que yo tenía en el armero mi arco y mis flechas, mi espada, mi daga, mi honda…

A todas ellas las temías tanto, y sin embargo dudabas de que fuera capaz de usarlas contra otros, contra mis fantasmas.

Recuerdo tus ojos transparentes suplicando que me quedara, tu lengua gritando en silencio para que no diera media vuelta, tus manos temblando de impotencia, prometiendo, como las demás veces, que todo iba a cambiar, que reconocías a la guerrera antes que a la dulce niña; que tú también te sentías desvalido y que a tus ogros, bien podía ser yo quien les diera pasaporte.

Hubo un tiempo, aunque no lo creas, en que tus desvelos me hacían sentir grande, un tesoro escondido, algo que merecía la pena proteger y guardar, pero de aquello hace tanto…

Por el camino, te olvidaste de que yo crecía, me crecía, aprendía de ti cómo manejar un hacha, cómo levantar mi escudo, cómo ajustarme la cota de malla. Creo que fue al mismo tiempo que descubrí, cuando te desataba la coraza en el círculo sagrado de nuestra cama, que también eras vulnerable, todo hecho rincones donde podía hundir mi cuchillo y hacerte sangrar, mientras el halo del héroe se desvanecía entre las sábanas.

AGITADO

Era una de esas historias que viajan de boca en boca; de esas historias que a unos espeluzna y a otros embelesa. Lo tenía todo: un dragón, una princesa, un caballo, una armadura, un doncel, un pozo y una moraleja.

De tanto ir y venir, se le desbarataron los personajes y así, al final de los tiempos: el pozo, que montaba en un carro tirado por el doncel y una princesa vestida con armadura, logró salvar al dragón de una moraleja custodiada por el caballo.

EL CIERVO TRAS EL ESPEJO

Retiró la sábana que tapaba el espejo despacio, como si detrás fuera a descubrirse a sí misma, a su “yo” más profundo; se sorprendió al encontrar un bosque perpetuo de luces y sombras que se confundían con las salpicaduras de óxido que adornaban la superficie.

Rozó el único haz de luz con dulzura, con miedo a que su huella rompiera el hechizo. Fue entonces cuando escuchó el galope de los caballos y el ladrido de los perros y cuando, fugazmente, vio cruzar la silueta de un ciervo hecho de claridad que olfateaba el viento buscando una salida.

Sus miradas se encontraron; nada de miedo en sus pupilas, sino una suerte de sabiduría, un secreto por revelar del que era la única destinataria.

El sonido de los cuernos de caza vibró en el aire; habría jurado que provenía de detrás, de la puerta de la habitación que quedaba a su espalda. Se volvió a mirar. Nada.

De nuevo frente al espejo el ciervo seguía allí, con su piel cambiando sutilmente de tonos castaños a cobrizos pasando por un tenue dorado que, sin embargo, carecía de brillo. Acercó otra vez la mano al cristal y el sol acudió a ella por entre las ramas y las hojas nunca caducas.

Movió con cuidado su palma hacia un lado y otro, y el rayo furtivo la siguió.

El ciervo se acercaba, pero también lo hacían los cazadores, y ella quería liberarlo; notaba su angustia, la urgencia, el miedo, un terrible final.

Golpeó con fuerza contra el espejo y una grieta lo recorrió de arriba a abajo, abriendo una minúscula rendija por la que el sol comenzó la invasión del cuarto.

El animal se acercó y embistió desde el otro lado.

Con los últimos pedazos de cristal, se desmoronaron también las paredes de la habitación y la puerta, dejando a niña y ciervo en medio del bosque, con la única compañía del marco del espejo y el bramar de los cuernos y los perros.

THE END

Nunca le atrajo el papel de heroína, se conformaba con roles secundarios que pagaban las facturas y le permitían disfrutar del glamur del cine sin las complicaciones de las alfombras rojas y las entrevistas en televisión.

Pero cuando la contrataron para una superproducción de romanos y vio a su actor favorito haciendo de bárbaro maltrecho y encadenado, se alió con la protagonista, lo liberaron, le curaron las heridas y se fugaron juntos en el primer tren que salió de la ciudad.