En cualquier lugar excepto Nantucket

Sale el sol y las olas brillan con temor; no hay vestigio de la luna que las plateaba anoche.

Al fondo, confundiéndose con el horizonte, las siluetas difusas de los barcos que van o que vienen, nadie lo sabe. Y el miedo atenaza los corazones de las mujeres que aguardan el regreso de los marineros, pero temen la llegada de los corsarios.

—¡Son ellos!— desfallece el grito entre el murmullo hambriento de las gaviotas.

Van seis meses desde que sus hombres salieron en busca de fortuna más allá de las rocas y, desde entonces, el romper de las olas ha sido su única compañía.

Las velas amanecen contra la línea azul que confunde cielo y mar, y algunos niños se atreven a contarlas. Toda una flota de velámenes que devoran el camino que los separa de la orilla a ritmo lento pero decidido.

Las mujeres, incluidas las ancianas, las que llevan a sus hijos anclados a los pechos rebosantes de leche, las que suspiran por sus amores y las que aún no conocen esa sensación se agolpan en la playa; sus vestidos como espejos de las telas que ondean al viento dentro del mar.

Los marineros no esperan a fondear para echar los pies a las arenas que ocultan las aguas. Traen las bodegas llenas y los corazones vacíos.

Hay abrazos, besos, bienvenidas, presentaciones y lágrimas por los que no vuelven, por los que no pudieron marchar.

—Fueron duros y valientes. No sirvió de nada— explica el capitán del primer barco.

—Nos taparon las olas y rezamos a los dioses antiguos, porque los nuevos no entienden del mar— relata el grumete del segundo.

—Desesperamos por ver tierra y solo encontramos peñascos— dice un pescador anciano que habría preferido morir en el viaje que regresar a tierra y a su mecedora donde la artrosis se hará fuerte.

—Nunca vi animales tan grandes— se emociona el más joven.

Las noches para ellas no han sido mejores.

—Vimos barcos oscuros acechar en la costa— dice una muchacha.

—Parí a nuestro hijo sola en lo alto de un acantilado mientras esperaba tu regreso— le cuenta una primeriza a su esposo.

—Olvidé mi nombre y el de los míos cuando tu padre murió— se abraza una anciana al vasto pecho de su hijo.

El hambre pasa a ser un cuento de viejas mientras descargan los pedazos salados de ballena.

La oscuridad se desvanece con cada tinaja de grasa que servirá para encender candiles, y los vientres flácidos tras el parto se alegran con la ilusión de vestidos nuevos que caen como un guante gracias a los filamentos que adornaban las bocas de las capturas.

CIZALLA

La vi a ella, gritando tu nombre con el vaivén incesante del columpio que colgaba de la luna. La vi a ella, gritando te quieros sin pudor, sin recato, descomedida; tan abundante, tan repleta, que hasta los perros callaron ante su declaración de amor.

Y yo, triste y umbrada bajo la luz de las farolas, recordé esos besos que nunca me diste y los abrazos que apenas te robé.

La vi a ella, desvergonzada y descalza, con el aire de poniente agitando su melena, con el vaporoso volar de sus enaguas. Y mi sombra se hizo menos sombra, menos amiga, menos consuelo, menos más; menos yo.

Una estrella fugaz interrumpió el reflejo de los charcos. Aquí nunca llueve, aquí nunca hace sol, y los paraguas son barcos a la deriva en un mar de hojas esqueletadas, vacías, sin ser ni fruto; sin alba ni ocaso.

Y anoche corté las cadenas del columpio de la luna creciente para que ya ella no pueda gritarte, insolente, desde el fondo de las corolas de los tulipanes, desde el azahar en ciernes, desde el salir del sol.

Anoche corté las cadenas de la luna creciente para que menguara tranquila, sin estorbos, sin alborotos, sin amantes descarados, y que así nos dejara a solas.

A solas mi sombra y yo.