ISO 100

A veces sale la luna y se queda quieta, muy quieta en medio del cielo, y entonces uno piensa que posa, engreída, para todos los fotógrafos del planeta.

Después se burla, con Venus y las constelaciones cercanas, de la inocencia de los humanos, pues cualquier aficionado a la fotografía sabe que la luna siempre sale movida.

MÍMESIS

Para escapar de sus perseguidores aprendió a colocar los pies de puntillas y así confundir sus huellas con las de los ciervos, a disimular su olor con el de las camas de los jabalíes, el color de su piel lo tornó del mismo que las liebres y aun así, cuando llegó la tercera noche, frente a ella se apareció una lechuza que, entre su ulular inconfundible, le contó el final de todos los sueños que no había querido soñar.

ANTES DE DORMIR

Era una niña obediente: no corría por la calle, decía “gracias” y “por favor”; y se iba a la cama sin rechistar, siempre, eso sí, con un plato de galletas para el monstruo de debajo de su cama, que las niñas buenas saben compartir.

EN ADOPCIÓN

El sonido del timbre apenas se hizo notar entre el estruendo de la tormenta. Mónica se calzó las zapatillas y acudió a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? ¿Quién en medio de la lluvia helada?

La mirilla no reveló a nadie al otro lado; abrió, algo le decía que tenía que abrir, y entonces lo vio, una sombra corría calle abajo sin mirar atrás y, sobre el felpudo, una caja de cartón que se oscurecía allí donde caía una gota.

El viento silbó fuerte y ella levantó con temor la manta que cubría lo alto de la entrega.

«Ay, pobres.» Exclamó, recogió la caja y la metió en casa. Su marido, desvelado, la esperaba en las escaleras.

—¿Qué es eso que traes?

—Los han abandonado en la puerta. ¿Qué querías que hiciera? Enciende la estufa, anda, que nos hará falta calor.

Colocó la caja sobre la mesa y quitó de nuevo la manta.

¿Quién podía hacer algo así? Se les veía tan indefensos. La humedad empezaba a hacerles mella.

Se trasladaron al salón donde ya se notaba el calor de la chimenea. Extendieron una alfombra delante del fuego y sacaron a los huérfanos uno por uno, con sumo cuidado.

El matrimonio se sentó en el suelo junto a ellos y empezó a acariciarlos.

—¿Qué vamos a hacer?

—De momento los cuidaremos y luego ya se verá. No podíamos dejarlos ahí fuera. Llueve a mares y está helando.

Su marido asintió. Recolocó al primero más cerca del fuego para que le diera el calor.

—Dime la verdad, estás pensando en quedártelos— le dijo ella entre asustada y conmovida.

—Bueno, son tan pequeños y se ve que han sufrido tanto.

Y así se pasó la noche, con el matrimonio sentado frente al fuego y una caja llena de libros abandonados.