DE RIGORES Y PIRAS

Odiaba las ferias medievales casi tanto como a los ingenuos que se lanzaban a ellas creyendo que la amalgama que les rodeaba tenía un mínimo de rigor histórico. En cuanto enfilaba la primera calle llena de banderolas de poliéster se preguntaba por qué se había dejado engañar otra vez y se consolaba pensando en que tal vez era el morbo de encontrar todas las incongruencias, como en un pasatiempo de periódico dominical; allí una armadura de aluminio, caballeros que manejaban espadas con una sola mano y doncellas con escotes que, cuando menos, habrían sonrojado a cualquier devoto vecino de la época.

Siguió a la muchedumbre por las intrincadas callejuelas plagadas de puestos donde se vendían piezas de cuero artesanal junto a juguetes made in China. Desembocó, casi arrastrado, en una plazuela donde el sonido de la gaita, la dulzaina y unas vieiras entrechocando le transportó al medievo de verdad.

Cerró los ojos y dejó que el olor de la carne sobre las brasas y el vino ácido derramado le impregnara las fosas nasales y la imaginación. Cuando los abrió, allí estaba ella, meciéndose al ritmo de la canción, agitando la pandereta y con el único vestido tejido a mano en kilómetros a la redonda. Tenía unos ojos dignos del mismísimo demonio que le miraban fijamente y le hablaban.

«Tú.» Le decían. «Sí, tú, el que cree que todo esto es una pantomima.»

Se fue acercando y, para cuando terminó la música, estaban uno junto al otro. Ella le tomó de la mano y buscó refugio en una tienda cercana.

«Quédate conmigo.» Le pedía con la mirada.

Atraído por sus ojos y la suavidad de sus palabras, accedió a participar en la mentira. Se vistió con calzones pardos y blusa blanca. Bailaron toda la tarde. Ella cada vez más cerca, cada vez más pícara, cada vez más convincente.

Asomó la luna por los tejados entre seguidillas, corridos, jotas y cantos. Irrumpió en la plaza la cabecera de una procesión y, antes de que pudiera fijarse en lo que pasaba, se vio formando parte de la comitiva con un jubón negro. Ella le subió la caperuza con una sonrisa cargada de promesas.

«Camina.» Decían sus ojos verdes.

Y él obedecía hechizado.

Recorrieron cuatro calles hasta llegar a una plaza inmensa; ella siempre a su lado, sonriendo, prometiendo las estrellas.

«Esto se lo han currado.» Pensaba. «Una procesión de condenados en toda regla.»

Un hombre vestido de sacerdote arengó contra los no creyentes, contra los impuros de corazón que todo lo cuestionan.

La pira levantaba tres metros de llamas en el centro de la plaza y todo el mundo la contemplaba fascinado, él el primero. Tal era el encantamiento de la danza del fuego que no se dio cuenta de su verdadero lugar hasta que una risa estridente y maligna inundó la plaza.

Era ella, ella bailando alrededor de la hoguera en la que él ardía mientras gritaba: « ¿Te parece real ahora? ¿Te parece exacto y congruente? Arde maldito aguafiestas. Arde.»

DE TRES I

Sentía sus abrazos, todo cuerpos, todo manos,

todo labios que se chocaban cerca de mi boca,

alientos que me cosquilleaban en los oídos,

el vello de punta, el escalofrío último,

un ritmo frenético, enfermizo, imparable;

un te quiero, un te amo, un te deseo;

el caminar de unos dedos por mi espalda,

la duda, tus ojos, sus ojos;

una lengua que se esconde traviesa tras el marfil

que desgarra presuroso la comisura más próxima;

el calor lejos del fuego,

la humedad creciente,

un murmullo ininteligible,

el todo, la nada.

Nuestras carcajadas de después.

EL AMANECER DE LOS OSOS

Ayer por la mañana amanecí; oso que, al dar un paseo con el perro, dejó pelados de bayas todos los arbustos que encontró en el camino; oso.

Me lavé la cara (no voy a entrar en detalles sobre la complejidad de este ejercicio con unas zarpas recién estrenadas), me dejé marcas por toda la nariz y, como cabía esperar, los pantalones no me cerraban. Un día se amanece oso y, además del hambre atroz, de los zarpazos en la nariz y de que no te quepan los pantalones, tienes que lidiar con sentarte sobre una cola redonda que no ves, pero se sabe que está ahí porque molesta sobre los cojines del sofá, y se nota mover cuando se tensa cierto músculo al final de la espalda.

El caso es que mi amanecer oso pasó desapercibido al resto, nadie me veía oso excepto yo; mi perro no me veía oso, aunque sospecho que me olía oso porque se sobresaltaba cuando pasaba por su lado; mi pareja no me veía oso, aunque notaba algo diferente en mí y no sabía decir con precisión qué era; mis vecinos no me veían oso, porque me dieron los buenos días como siempre, aunque su hijo de tres años me ha miró raro, como si él sí fuera capaz de notar algo de osedad en mi apariencia humana. Pero yo, yo me miraba al espejo y veía un oso; un oso pardo, un oso de nariz profunda y ojos naranjas, de orejas redondas, de pelo duro, durísimo, así como… como de oso.

Y, fruto de esa nariz profunda, era capaz de distinguir el olor de todos los contenedores de basura; por culpa de esos ojos naranjas podía ver el horizonte con la silueta de sus árboles, y por las orejas redondas me llegaron ecos de un regajo que, normalmente, queda demasiado lejos para que me dé cuenta de que está ahí.

De repente empecé a pensar en salmones, en cerebros de salmones, en huevas de salmones, en pieles de salmones, vamos, lo que viene siendo cualquier desperdicio de salmón excepto la carne y las espinas. Así que asalté la nevera y me tragué, con mis fauces de oso: las pechugas de pollo, los filetes de ternera, las albóndigas en salsa, la merluza, la lubina, la palometa, los guisantes, la coliflor, la masa de hojaldre y una colección de cincuenta cubitos de caldo de cocido, todo ello sin descongelar.

A eso de media mañana, me entraron unas ganas incontenibles de invierno; un ansia, un desespero que no sé cómo explicar. En mi amanecer oso hubo muchas cosas difíciles de entender, pero ese deseo irrefrenable de invierno es, de largo, lo más complicado de todo. Era algo así como una lentitud en el paso del tiempo, como un embargo con la visión de cielos nublados y vientos gélidos; un sacudir de las costillas con el atisbo de la soledad, un escalofrío placentero en la columna (y hablamos de una columna de oso) con la expectativa de quedarse en la única compañía de uno mismo, un mirar hacia dentro con los ojos naranjas, un oler hacia adentro con la nariz profunda, un escuchar hacia adentro con las orejas redondas; incluso un arañar hacia adentro con las zarpas recién estrenadas que, sin embargo, me eran cada vez más familiares y fáciles de manejar. Así que retiré al rincón más remoto de la casa y me hice un ovillo (un ovillo tamaño oso, pero ovillo al fin y al cabo) para dar rienda suelta a eso que los eruditos llaman hibernación y yo he bautizado como “interior de oso” porque, en contra de todo lo dicho sobre el tema y todo los mitos que lo rodean, la hibernación no consiste en dormir, sino en ese hacia adentro; ese no ser más que lo que se es sin ser lo que nos hacen los demás, un reflexionar sobre la osedad de uno sin prejuicios ni influencias.

Y es curioso que mi primer pensamiento, precisamente, se dirigiera hacia fuera, una curiosidad por saber si, como yo había amanecido oso, otros también amanecerían quién sabe si oso, muflón o anguila, y cómo sobrellevarían ese nuevo estado; si eran capaces de reconocer a los otros, a los que amanecían como ellos o, lo que es peor, a los que amanecían lo contrario. Pongamos por caso que alguien que amanece ciervo se cruza con otro que amaneció lobo. Se masca la tragedia. ¿Habría alguien, en algún lugar, que amanezca avispa? ¿Habrá osos que amanecen humanos?

Esta mañana, después de una noche en vela, he amanecido yo, sin la nariz profunda, sin las orejas redondas, sin los ojos naranjas, sin los pelos duros, sin las zarpas y, resulte creíble o no, con unas ganas incontenibles de invierno.

LA JUSTICIA POR SU PALO

Perdido pedestal” rezaba el cartel que se repetía de árbol en árbol por toda la avenida; en la fotografía: un cubo de piedra, concretamente granito, con una inscripción larga e ilegible en la fotocopia en blanco y negro. “Razón: estatua del pintor”.

La avalancha de folios de este calibre pronto inundó farolas, fachadas, setos y señales de tráfico. “Perdido pedestal” comenzaban todas ellas, pero sus reclamantes eran distintos: el capitán a caballo, la mujer con el cántaro, el niño que jugaba al diábolo… Incluso a las ovejas del recuerdo a la trashumancia les habían sustraído su peana.

La policía estaba desconcertada, los vecinos escandalizados, y no era para menos, en un par de semanas apenas quedaban tres estatuas en su sitio. Se reunió una comisión de urgencia que tomó medidas para proteger los pedestales aún presentes y se organizó una patrulla vecinal para buscar los ausentes.

Después de un mes de barrido por los pueblos de los alrededores, de convocar a la prensa nacional para que cubriera la noticia y de vigilias semanales, Atanasio de Quinta, labrador de toda la vida, se presentó en el Ayuntamiento. Esa mañana, cuando fue a la huerta, le había llamado la atención un montículo que había crecido en el medio del terreno, primero pensó que eran las calabazas, famosas en toda la comarca por su tamaño, pero cuando salió de la carretera comarcal y se fue acercando por el camino, se percató de que de calabazas nada, lo que se amontonaba alrededor del espantapájaros que protegía la cosecha era una montañita de granito, mármol y arenisca.

Un destacamento de la Guardia Civil acompañó a Atanasio para comprobar el hallazgo y, cuando la grúa comenzó a retirar los pedestales para devolverlos a su lugar de origen, el espantapájaros lanzó un grito con su voz de cuervo: ¡Míos, son míos por derecho!

Atónitos, los humanos cesaron su trabajo y la pareja de la Benemérita se apresuró a tomar declaración al hombre de paja y así rezó la entrevista en el atestado:

Sostiene el espantapájaros que él lleva cuidando del huerto desde 1836 sin más remozamiento que el de su sombrero de paja, que fue sustituido por el actual en 1949 después de una tormenta de granizo que lo dejó hecho un colador. Que siendo él el primer monumento antropomorfo erigido en el municipio y habiendo cumplido con su labor diligentemente desde que fuera plantado, no ha recibido reconocimiento alguno, a pesar de que las calabazas que protege han recibido mención incluso en Bruselas; que en vista de la reverencia con que se ha tratado a un pintamonas, al coronel que huyó como una rata de Flandes y a un puñado de ovejas modorras, se vio obligado a emprender acciones reivindicativas contra el mobiliario urbano con la ayuda de cuantos pájaros, víboras, topos y ratones conoce (estima que en número pueden superar los mil individuos) y que volvería a hacerlo tantas veces como considere necesario hasta que se dignifique su centenario sacrificio.”

Ante semejante declaración, se acordó en pleno conceder las llaves de la ciudad al espantapájaros, honrarle con un festival durante la cosecha y levantarle una réplica en piedra con tres calabazas al pie del mástil que, a día de hoy, preside la Plaza Mayor y en cuya peana se puede leer: “Al celoso guardián de nuestro sustento.”