BLUE MONDAY

Todos tenemos días malos de esos en que levantarse requiere un esfuerzo hercúleo, un acto de voluntad extrema. La noche en vela pasa factura, el estrés de la semana, las carreras en el trabajo, al salir del trabajo; en sueños, incluso, siempre corriendo.

Todos tenemos días malos, hasta los superhéroes, y por eso, hoy, Superman se ha puesto los calcetines de lana y yace bocabajo en su cama, tan calentito, mientras las cabinas de teléfono no saben qué hacer.

RELATIVIDAD: E=MC2

Esta mañana se dejó el reloj en la repisa y, aunque juraría que, mientras bajaba la escalera, podía oír el tic-tac volando tras ella, pronto el ruido de los coches y las persianas lo ocultaron.

Llegó a la cafetería, se sentó a la mesa y se puso a leer.

¡Qué extraño no mirar de reojo a la muñeca hoy desnuda! ¡Qué placer el tacto de las páginas corriendo una detrás de otra con un tic-tac diferente!

A su alrededor, imagina, los demás tienen prisa. Esa prisa derivada del segundero; del cambio de número en la pantalla digital; de la alarma del móvil; de las noticias meteorológicas en el televisor.

Mientras, para ella, Cortázar marca un ritmo imprevisto perdido en un atasco, esperando a la señorita Cora, angustiado por cómo la casa va siendo tomada.

Sorbe el último golpe de café y se levanta, se toma con calma guardar el libro, colocarse los guantes. Fuera hace frío y el invierno hace lo propio parapetando las farolas tras una niebla destripadora. A su alrededor la gente corre, gobernada por un tic-tac invisible.

En estos tiempos los tic-tacs son más silenciosos pero más acuciantes.

Todo es más urgente.

Un tic dura menos que nunca.

Ya no digamos el tac. Sentencioso como una campanada de Nochevieja.

Una cigüeña sobrevuela la plaza con una rama en el pico hacia la torre de la iglesia, que empieza a rodearse de un violeta imposible de nubes contra el cielo raso.

¿Qué hora será? ¿A que llego tarde? Se pregunta.

Sería tan fácil sacar el móvil del bolso y regresar al imperio de los minutos, pero se siente tan distinta en su posición de rebelada. Nota el cambio del asfalto a la acera al cruzar la calle, la baldosa que se mueve y el sonido de un microondas en algún lugar entre el primero y el tercer piso del bloque que hay a su izquierda.

Se cruza con un perro blanco e inquieto que pasea a un dueño adormilado. Esa era ella hace apenas ¿cuánto? ¿Media hora, una hora? Hay que ver lo relativo que es el tiempo, y lo tirano. Dobla la última esquina, la puerta del trabajo abre sus fauces, esbirro indolente del cronómetro y ella, sin escapatoria.

NUNCA LLUEVE A GUSTO DE TODOS

Y ¿qué era la primavera sino una alternancia en el poder de chubascos y soles de justicia?

Lo malo era que ninguno de los dos partidos consultaba su triunfo con el electorado. Y así, dieron en sacar santos par que intercedieran por ellos rogando agua cuando calentaba y sol cuando llovía, ignorantes de que dioses paganos y mensajeros cristianos estaban compinchados para hacerles la vida imposible.

Doña Ana, la de la sombra amable.

Doña Ana la llamaban por aquel entonces, aunque muy pocos lo recuerdan ya. Regalaba a los niños piñones en septiembre, cuidaba de los pajaritos que encontraba con un ala rota, se preocupaba por que los ciervos y los jabalíes siempre encontraran donde beber, y hay quien jura, ninguno lo supo nunca a ciencia cierta, ninguno puede prometer que lo vio, que tuvo un lince de mascota, otros dicen que no era un lince sino un águila real.

Se paseaba por la marisma sin sus aires de señora, humilde, enterrando sus pies entre las aguas y todos los caballos la seguían.

Cuentan que las cigüeñas anidaban en su pelo y que los patos graznaban su nombre cuando cruzaban desde África a París. Que una paloma, blanca como la espuma del mar, decidió quedarse a su vera.

Hasta las culebras le tenían cariño, pues nunca las reprendió por comerse los ratones, de los que era muy amiga. Nadie como ella para entender lo que llaman el ciclo de la vida.

Y qué bonita se sentía Doña Ana cuando llegaba la primavera, con las amapolas, los azulejos y las malvas; cómo disfrutaba de los nuevos nidos, y con el resurgir de las telarañas. Las abejas le hacían coronas de zumbidos. Ni siquiera los mosquitos, que salían a millares, la molestaban.

Ella devolvía los regalos con lo poco que podía, con lo único que era suyo porque, a pesar de ser Doña, no era dueña de nada. Los cobijaba con sus pinos y sus retamas, con una barrera de dunas que no dejaba que les salpicaran las tormentas que venían de más allá del mar.

Y por eso, entre todos, Ana, antes que Doña, era sombra amable.