THE END

Nunca le atrajo el papel de heroína, se conformaba con roles secundarios que pagaban las facturas y le permitían disfrutar del glamur del cine sin las complicaciones de las alfombras rojas y las entrevistas en televisión.

Pero cuando la contrataron para una superproducción de romanos y vio a su actor favorito haciendo de bárbaro maltrecho y encadenado, se alió con la protagonista, lo liberaron, le curaron las heridas y se fugaron juntos en el primer tren que salió de la ciudad.

DIQUE SECO

Las campanas de la iglesia no sonaron, no hubo comitiva siguiendo un féretro ni plañideras; tampoco salvas, ni coronas de flores; ni oficiante, ni panegírico; apenas tres hombres de riguroso luto y en silencio ante el agujero en el que unas costillas de madera emergían de la tierra. Al otro lado del parque, los operarios afanados en terminar su tarea no respetaron la intimidad del momento; juraban y maldecían mientras la excavadora hería la hierba que estorbaba al proyecto de camino. Un par de motosierras mermaban voraces la existencia de los árboles y un señor vestido de traje se paseaba con un casco amarillo contemplando unos planos que abultaban lo mismo que un periódico británico en el que no se recogería noticia alguna sobre el improvisado entierro.

Se acabó dijo uno de los dolientes contemplando la desolación a su alrededor. Aquí estamos los supervivientes y a nadie le importa.

Somos unos viejos se quejó otro de ellos—. Todo lo que fuimos se acaba de convertir en un recuerdo.

O lo que es peor, en una batallita de anciano senil intervino el tercero.

Derramar una lágrima no habría estado mal, pero lo malo de las muertes anunciadas en Boletín Municipal es que provocan los llantos al principio y, tras la ejecución, ya no quedan ganas.

El drenado del lago en el que habían trabajado como barqueros durante casi cincuenta años suponía el fin de una era y, aunque el último de ellos se había jubilado hacía ya un lustro, no había pasado una semana sin que se reunieran para mirar a sus turbias aguas recordando a los enamorados que habían paseado en aquellas barquitas de fondo plano movidas con destreza a golpe de remo para evitar los bordes y los cisnes. A los animales los habían reubicado en otro parque, las carpas que boqueaban en la superficie en busca del pan que los niños tiraban los domingos habían muerto y hasta las palomas, que se adaptaban a todo, habían huido a lugares más calmados en cuanto la maquinaria hizo su aparición.

¿Te acuerdas de mi primer naufragio?

Y tanto. Creí que aquel galán se nos moría ahogado en un metro de agua. Oí que al final la chica le dejó por un pescador de Bilbao.

A los ojos de cualquier aguerrido marinero, aquellas historias no tendrían comparación con lo que supone surcar el Mar del Norte durante una tormenta, pero ellos se sentían como si hubieran formado parte de la Royal Navy al servicio de Su Majestad.

¿Y tú? Puedes jactarte de ser el único capitán de remo que ha sufrido un abordaje y un motín en el mismo día.

Calla, calla.

Sus risas lograron eclipsar los motores por un instante.

Eran buenos tiempos.

Los mejores.

Y hoy se van como el agua por el sumidero.

A mí me hubiera gustado que mi nieto viera esto funcionando. Con los pavos, las ardillas, las fuentes.

El progreso, amigo, que se lo come todo; hasta las ilusiones.

Bueno, yo me voy, que me está esperando la parienta para comer. Ya nos veremos.

Sí, yo también, que esta tarde tengo médico. ¿Te vienes?

No, deja. A mí no me espera nadie.

Como quieras. Hasta otro día.

Vio a sus amigos alejarse por el sendero. Un niño cruzó corriendo en dirección a los restos del lago. Trepó por la escalera del embarcadero y se asomó buscando el agua.

Un charco había retenido la lluvia de la última noche y dejó allí un barquito de papel.

¡Es el mejor navío que he visto, muchacho! le gritó el anciano.

Claro que sí, señor. Es un barco pirata.

RETRATO DE FRENTE Y DE PERFIL

Nací en una mala época para modernidades. Mi padre, en cuanto le dijeron que ya había nacido, se plantó en el Registro Civil con la intención de ponerme Álvaro, pero el señor que tenía que apuntarme, al borde de la jubilación y sin descendencia, ignoró la decisión de mis padres y me encasquetó el nombre de su abuelo que, decía, se iba a perder. Y así quedé pa los restos como Cutberto Recio Galán, fíjense en la ironía.

A pesar del lastre (y el recochineo) que mi nombre suponía, más de una compañera de clase me hacía ojitos al acabar la primaria; pero llegó la hora del estirón y me quedé a medio estirar, con un metro sesenta y algún kilo de más que no domo ni con todas las dietas del mundo. Eso sí, como heredé los ojos de mi abuelo paterno, que me dan un aire a Paul Newman, y gasto un pelazo que pronto se entreveró de canas soy, a mis treinta y pocos, lo que se dice resultón. Y no me como una rosca, quizá porque pronto empecé a alejarme de la imagen de Newman en La gata sobre el tejado de zinc para acercarme a Brando en Don Juan de Marco. Debe ser por eso, porque estilo no me falta: me encanta la moda, y sigo las tendencias. Mi armario se nutre de todo lo que haya llevado una celebrity.

Mi afán por acaparar prendas ha llegado a rozar la demencia. Nunca tiro nada, no se vaya a poner de moda dentro de un par de años, y mi madre, que es una madre madre, me ha sugerido en no pocas ocasiones que acuda a un experto en acaparamiento. Me temo que la idea la sacó de uno de esos docu-realities que ve en televisión. Y todo porque me pilló la factura de un trastero donde guardo los frascos de colonia (de firma, claro) y todo lo que ya no puedo meter en casa, a pesar de que hice obra para convertir la salita en vestidor.

Voy a desfiles, he hecho un curso de patronaje y, aunque allí he conocido muchas chicas, sigo sin pareja. Quedamos para tomar café, se ríen mucho, incluso me piden consejo pero, a la que me descuido, se marchan colgadas del brazo del primer cachitas que se encuentran.

Empiezo a pensar que no valgo ni para Recio ni para Galán y que soy un simple Cutberto de tres al cuarto por culpa de la condena que me impuso el funcionario del registro.

RIESGOS LABORALES

Asomaba primero las orejas y luego el resto de su cabecita. Todos contenían el aliento en ese instante. Sacaba el hocico, lo movía olisqueando el aire y saltaba fuera del sombrero con la agilidad de un atleta olímpico. Así un día tras otro durante tres largos años.

—Bro— le dijo aquella tarde al mago—, ya estoy harto de hacer siempre lo mismo.

— ¿Harto de crear ilusión?

—Harto te digo, bro. Cansado, hastiado, aburrido. Y me consta que la paloma de los pañuelos opina lo mismo que yo.

— ¿La paloma?

— La paloma, bro. Necesitamos realizarnos como animales y como artistas. Para ti es fácil porque haces varios trucos, pero nosotros nos aburrimos, y creo que nos empieza a afectar. He hablado con los del sindicato.

— ¿Tenéis un sindicato?

— Por supuesto, bro. Gracias a ellos ya no puedes sacarme de la chistera tirándome de las orejas, como hacían antaño.

—Vaya, no tenía ni idea. Y ¿qué te han dicho en el sindicato, a ver?

— No mucho. Pero están pensando en considerar el hastío como enfermedad profesional.

—Vaya, no pensé que fuera tan grave.

—Pues lo es, bro. A mí no me gustaría dejar el negocio, pero un cambio sí, mira.

—Bueno, sería una pena después de tantos años trabajando juntos. Os he cogido cariño.

El mago pasó varios días pensando en qué podía hacer para no tener que buscar nuevos animales y para que el sindicato no le armara una manifestación en la entrada de cada espectáculo. A la tercera noche en vela por fin se le ocurrió una idea y al día siguiente se reunió con la paloma y el conejo para discutirla.

—He pensado que, como los dos estáis hartos de hacer lo mismo y la gente también se aburre de unos trucos tan predecibles, podríamos probar cambiando vuestros puestos.

— ¿Qué dices, bro? ¡Eso sería fantástico! Yo, un simple conejo de chistera, saliendo de debajo de un pañuelo. ¿Cuándo empezamos?

El cambio fue un éxito. La gente aplaudía admirada cuando la paloma salía volando del sombrero y los niños gritaban extasiados cuando el último pañuelo revelaba un conejito blanco. Hasta les hicieron un reportaje para la revista de magia más prestigiosa por lo innovador del evento.

Tras meses de éxitos, el conejo se sentó una tarde frente al mago.

—Oye, bro, estoy un poco aburrido de salir de debajo de los pañuelos.

— ¿Aburrido?

—Aburrido, bro. Echo de menos sacar las orejas del sombrero y mover el hocico. Y la paloma ya está harta de empezar el vuelo en un espacio tan pequeño. Hemos hablado con el sindicato.

— ¿Otra vez?

— ¡Y las que hagan falta, bro! Ya han declarado el hastío enfermedad profesional para los animales de ilusionismo y además nos han concedido un seguro médico obligatorio que cubre fisioterapeutas y apoyo psicológico.

—Pues parece cosa seria.

—Lo es, bro. Es muy serio. He estado pensando y quiero volver a la chistera.

—Pero… el nuevo número es un éxito.

—Al principio sí, bro, pero ya lo hace todo el mundo. La gente sabe a lo que viene y no se divierte.

—Bueno. Si los dos estáis de acuerdo…

Lo último que supe de esta historia fue gracias a la portada de la revista Ilusionismo y prestidigitación. Aparecía una foto del mago con el conejo y la paloma junto a un titular que decía:

«Vuelven los clásicos. Una revolución.»

DENTRO DE MI BOLSO

Me ha dicho mi fisioterapeuta que tengo que cambiar de bolsos, que los que llevo habitualmente me están fastidiando la espalda. Como si fuera tan fácil.

Hace tiempo que me había dado cuenta de que no podía ser bueno llevar colgando de un hombro un complemento en el que me cabe un cordero. Sí, esa era la medida estándar de mis bolsos hasta ahora; cuando iba a comprarme uno y me preguntaban por el tamaño yo siempre respondía: «Que me quepa un cordero.»

No sé si os ha pasado alguna vez, ir caminando, encontraros un cordero y no tener dónde meterlo hasta que se lo devolvéis al pastor; bueno, pues a mí no me ha pasado nunca, pero soy mujer muy precavida y siempre he comprado los bolsos tamaño zurrón cabrero, por si las moscas.

Y lo malo es que, a falta del cordero, me he liado a meter cosas en ellos: una libreta, un par de bolígrafos, el libro que me esté leyendo, la cartera, el móvil, las llaves (las de casa y las del coche), un paquete de pañuelos, el neceser, caramelos, un cuaderno y algunos textos para corregir. Lo que viene siendo el kit de supervivencia básico contra el hastío, que soy de aburrimiento fácil. Casi me pesaba menos el cordero.

Me pasé a las mochilas, que serán menos chic, pero reparten mejor la tara de equipaje. No terminaron de convencerme, al menos para todos los días.

Por recomendación de un amigo me compré una tableta y así concentraría los bolis, el cuaderno, la libreta, los textos y el libro en un solo bulto; mano de santo, la medida de mis bolsos pasó del cordero a lo que abulte la tableta, pero nada, a la que me descuidaba llevaba lo de siempre y, además, la tableta.

Dudo que uno de mis bolsos cumpla con los límites de equipaje de mano para volar.

Volví a la estética más glamurosa de alumna de instituto: bolso pequeño y carpeta abrazada (o portadocumentos, que es más adulto). Ni por esas, necesitaría el maletín de un portátil para meter todos los trastos.

Como, tras años de costumbre, no sé de qué prescindir, he decidido comprarme una burra y ponerle dos serones, que ahí sí me cabe todo y, de paso, me queda hueco por si al final sucede lo impensable y me encuentro el cordero.

A DIETA

Me he puesto a dieta, pero no la de la pera, ni la de la proteína o la del aguacate, no; me puesto a dieta en serio, sin zarandajas. Y me está costando lo mío, no crean; los escaparates se confabulan en mi contra. Hasta hoy no me había dado cuenta de los suculentos manjares que se exponían por doquier; solo de casa al trabajo hay catorce locales llenitos hasta arriba de tentaciones, y una no es de piedra.

El colmo para mi puesta a prueba ha llegado esta mañana; en la plaza han abierto un mercadillo de esos temporales con todo tipo de géneros, y los vendedores estaban pregonando la mercancía a grito pelado.

—¡Diez por ciento de descuento en todo el mostrador!

—¡Tres por dos solo hoy!

—¡Las tengo de todos los colores, oigan: negras, rosas, amarillas!

Y yo estoica, sorbiendo el café en la terraza de El Vitolo, agradecida por haber cogido el dinero justo para pagar el desayuno.

Soy débil. ¿Qué le voy a hacer?

Tampoco ha ayudado que mi vecino de mesa se haya puesto, sin vergüenza ninguna, a devorar uno de esos caprichos, que olía. ¡Ay, cómo olía! Y brillaba. Se notaba su delicioso contenido cuando lo rozaba con los dedos.

Estaba dispuesta a dejarlo correr, mantenerme en mis trece.

Al levantar la vista, me he encontrado con un cartel que decía: «Aceptamos tarjetas» y, acto seguido, uno de los tenderos gritaba: «¡Tengo lo último de Rosa Montero, las obras completas de García Márquez, J.K. Rowling, Eduardo Mendoza… Gloria Fuertes para niños y no tan niños!»

Y ahí se me han acabado la dieta, la fuerza de voluntad y el poco espacio que me quedaba en la librería del salón. Cinco ejemplares me he comprado de una tacada, y mañana vuelvo.

La dieta, si eso, la empiezo el lunes, que esta semana es la Feria del Libro y todos tenemos derecho a un capricho de vez en cuando.

JAULA DE GRILLOS

Para ser un lugar dedicado a la calma mental, resultaba agobiante: el color tostado de las paredes, el wengué de la librería y las cortinas color crema, daban muestras del buen gusto de su decorador, pero también una sensación de rectitud y oscuridad con los cuadros de marcos dorados y las fichas del test de Rochas a la vista. El diván clásico, frente a un enorme escritorio, hacía sentirse insignificante a todo el que se tumbara en él. La extensa colección de libros empequeñecía la mente del más docto de los pacientes.

Para colmo, y como parte de los más novedosos métodos, las sesiones eran grabadas por una videocámara que apuntaba al visitante con su ojo rojo parpadeando.

Anselmo López no soportaba aquella cámara, ni el diván, ni las cortinas, ni los libros; ni, ya puestos, al Dr. Ernesto Márquez-Casanova, un hombre pequeño de aspecto cetrino que se frotaba las manos a cada momento y repetía «Vamos avanzando estupendamente» en un intervalo regular de cinco minutos.

Sin embargo, Anselmo había preferido no cambiar de psicólogo, angustiado por una rutina obsesiva.

— ¿Cómo estamos hoy? ¿Hizo lo que le pedí en la sesión anterior?

—Lo he intentado. Aquí traigo las notas.

Le acercó un fajo de papeles arrugados y llenos de letras que se desparramaban en todas direcciones (de derecha a izquierda y de arriba a abajo en sentido perpendicular, meticulosamente numeradas).

—Vaya, parece que son muchas. ¿Por qué no me cuenta lo que hay en ellas a grosso modo y luego las repasamos una a una?

— ¿Podría apagar la cámara, doctor?

—Sabe que no es posible, Anselmo. Haga como si no estuviera.

Pero no podía, el parpadeo bermellón era como la mirada de un francotirador que conocía todos sus secretos.

—Al principio era solo un hombre, pero ahora son dos. Han alquilado el piso del quinto, justo encima del mío, y me cruzo con el inquilino constantemente. Da igual la hora del día. Está en el rellano, en el portal, en el ascensor. Estoy seguro de que ese cabrón ha hecho un agujero para espiarme.

— ¿Qué le hace pensar eso?

—Hará un par de días se pasó la tarde con el taladro y he notado una corriente que antes no había en el salón. Sale de al lado de la lámpara del techo.

—Y, según usted ¿Qué puede estar buscando?

—Robarme mi éxito. Mi éxito como escritor.

—Su éxito como escritor.

—Sí, doctor. Acabo de terminar la novela. Va a ser un bombazo.

— ¿No le parece un poco retorcido pensar que su nuevo vecino se ha mudado solo con el fin de robarle una novela que, por otro lado, nadie sabía que estaba escribiendo?

— ¿Qué insinúa?

—Puede que el agotamiento, después de tanto esfuerzo para terminarla, le haga ver cosas que no son. Si usted no ha dicho en qué estaba trabajando, es difícil que alguien pudiera adivinarlo. ¿No cree?

—Eso es verdad. No lo he comentado con nadie, solo aquí, en la consul…

Y fijó su mirada en la luz roja de la cámara antes de incorporarse con brusquedad.

— ¿Qué sucede, Anselmo?

— ¡Usted! Todo este tiempo ha sido usted. Embaucador, manipulador… ¡Ladrón! Eso es lo que es. Ha alquilado el quinto. No había carteles, ni anuncios en los periódicos; pero usted lo sabía porque yo se lo dije.

—No diga tonterías. Acaba de decirme que ha visto a su vecino varias veces y sabe que no soy yo.

—No, claro. Eso habría acabado con su plan. Ha contratado a alguien. — Se lanzó contra el trípode de la cámara. — Claro, ahora encaja todo. Sus ánimos para que terminara de escribirla. Me ha preguntado por la novela en cada reunión. Quería detalles. Saber si valía la pena. Y vaya si lo vale. ¡Es una obra maestra!

—Cálmese, señor López, por favor. Está usted diciendo disparates. Yo ya tengo un oficio. Mi interés por sus escritos era meramente profesional.

— ¡Y un cuerno! Sabrá de mí por los tribunales. No voy a descansar hasta que esté hundido. ¿Me oye? ¡Ladrón de ingenios! ¡Truhán sacacuartos! ¡Loquero!

Arrastraba en su furia cuanto tenía delante.

—Por Dios bendito, Anselmo. A mí no me gusta la literatura, yo soy más de música. Toco el violín.

El paciente frenó su destrucción.

— ¿El violín?

—Sí, el violín. Es agradable su tacto bajo la barbilla, cómo vibra todo cuando el arco roza las cuerdas.

—Es un instrumento complicado. Mi padre tocaba el violín. — Se tumbó en el diván.

—Lo sé, Anselmo. Me lo dijo en la primera sesión.

Para ser un lugar dedicado a la calma mental parecía un campo de minas recién estallado, con las cortinas hechas jirones, los marcos dorados pendiendo de las esquinas y los libros esparcidos como cadáveres sobre la alfombra. El diván clásico, frente al enorme escritorio, con Anselmo López tumbado en él.

—Una obra maestra le digo, doctor. Le regalaré una copia firmada.