TRAGALDABAS II

Miraba al buzón fijamente inclinando la cabeza a un lado y a otro.

—¿Qué haces, Carlos?— le preguntó su madre.

—Esperar.

—¿Esperar a qué?

—A ver si se pone malo por comer papel, igual que yo el otro día.

NOTICIAS FRESCAS

Las rutinas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas; entre las buenas: que uno sabe exactamente a qué hora va a pasar el camión de la basura, qué cadena de radio pondrá el vecino a todo meter y que las facturas se pagan del uno al cinco de cada mes. Entre las malas: que uno sabe a qué hora pasa el camión de la basura, qué emisora pondrá el vecino a todo trapo y que las facturas las cobran del uno al cinco de cada mes.

Debatiéndose entre si mirar medio lleno o medio vacío el vaso de las rutinas estaba doña Práxedes cuando empezaron a pitar todos los aparatos eléctricos de la casa, la radio del vecino cambió de dial y alguien llamó a la puerta sin ser la hora en que venía el cartero.

Abrumada por los acontecimientos decidió empezar por lo más básico, es decir, averiguar quién esperaba en el rellano.

Normalmente no habría abierto la puerta a un desconocido pero de vez en cuando, como jarabe contra el tedio, la señora Práxedes dejaba entrar a los vendedores de aspiradores y cosméticos a domicilio, a los del Círculo de Lectores y, si llevaba mucho sin compañía, a los testigos de Jehová; pero ese día, miren ustedes por dónde, sobre el felpudo había un ente a todas luces llegado de otro planeta.

—Buenos días, doña Práxedes— saludó el mutante con naturalidad—. Mi nombre es Gurb y vengo en misión especial desde Ganímedes para salvar la raza humana. ¿Me permite unos minutos de su tiempo?

Y la señora Práxedes, que había sido cupletista de joven y que, después de dos guerras y de recorrer medio mundo ya estaba de vuelta de todo, lo invitó a pasar y se alegró de haber preparado, precisamente esa mañana, chocolate a la taza y un par de docenas de churros.

AHÍ

En la orilla,

siempre al borde,

en ese mundo de nadie

habitado por el miedo,

regido por la incertidumbre,

impregnado de ti y tus solitudes,

de él y sus desengaños,

de mí y mis tristezas,

en la orilla conquistada por las caracolas,

abandonada por la espuma

que a veces se siente mar.

EL BATIR DE LAS ALAS

Para cuando Olivia Argento sacó las manos de sus bolsillos, ya era demasiado tarde. Tarde para recuperar las noches de verano, cazar mariposas, encontrar marido y, desde luego, para evitar el mayor desastre jamás conocido en los contornos.

Amaneció aquel día con la pesadumbre hecha nubes grises que se aproximaban desde el mar; una caballería furiosa instigada por los vientos del norte, declarados en rebeldía contra el dominio tirano de la cordillera que alzaba sus barreras sin posibilidad de peaje.

La niña del lechero lo advirtió en cuanto salió a ordeñar las vacas. Los pastos temblaban bajo el peso del rocío y las moras se habían vuelto negras antes de tiempo.

—Males barrunto— dijo nada más llegar a la casa con los cántaros de leche fresca.

—Eres demasiado joven para ser tan agorera, Mencía— replicó Olivia, aunque ella ya lo había notado en los huesos, que le dolían en los tuétanos, como cuando murió su padre, como cuando la dejaron plantada ante el altar.

Pero Mencía se limitó a sonreír y seguir con su ruta de puerta en puerta.

Entonces Olivia se quedó sola con sus nostalgias y frustraciones que, ahora sí, le invadían la garganta, le zapateaban en el pecho, convertidas en malsanos aprendices de claqué.

Colocó los bollos en una bandeja y se puso a colar la nata antes de hervir la leche. Si su madre la hubiera visto afanada en tales menesteres la habría reprendido por no tener servicio, pero hacía mucho tiempo que la abandonó al cargo de aquel caserón lleno de almas y falto de corazón. Casi tanto tiempo como llevaba sin sentir a las hormigas abriéndose camino por las sienes para alojar en su cabeza los huevos de la desesperación.

En medio del dolor por los ausentes y de la ruina de sus tierras, aceptó de buena gana recibir la reunión mensual de las viudas del pueblo. Y aunque ella nunca fue viuda, pues para eso hace falta primero un marido, ninguna puso reparos ni comentó jamás su condición de solterona. De modo que los jueves de su vida pasaban de casa de doña Paquita, viuda del jefe de estación, a la de Irene, joven viuda de borracho, y doña Manuela, abuela de Mencía y viuda de lechero por culpa de unos cuernos en mal sitio.

Sin embargo, ese jueves, se le iba la mente en recuerdos dolorosos que hacía años no le rondaban; y al final se le quemó la leche.

Salió en busca de Mencía por si aún no había vendido todo lo ordeñado y la encontró junto al lavadero, charlando con el párroco, que la ayudaba a llenar una de las tinajas. Nunca le gustó aquel hombre gris y presto a la acusación barata, y mucho menos desde que, el día de su boda, o su no boda, insinuara que las mujeres como ella no merecían otra cosa que ser despreciadas por los buenos hombres como su Jacinto, pregonando desde el púlpito que agradecía a los cielos no tener que casar a una hechicera.

Olivia Argento nunca más pisó la iglesia del pueblo, pero don Miguel no parecía del todo contento. Hubiera deseado, si su fe y su profesión se lo hubieran permitido, que el pueblo entero volviese la espalda a las Argento de por vida, cosa que no sucedió, pues los vecinos eran buenos cristianos, sí, pero aún mejores personas, y no iban a dejar que una muchacha tragara sola la desgracia de ser rechazada ante el mismísimo Dios.

De un modo u otro, don Miguel se las tenía juradas y no había domingo que no hiciera algún comentario sobre la mujer, ni un solo domingo de respiro en veinte años, fracasando semana sí, semana también. Volcó entonces sus esfuerzos en separar de su influencia a las más jóvenes del pueblo y Olivia pensó, no sin motivos, que en esto andaba con Mencía cuando ella apareció.

—Buenos días, otra vez. —Sonrió la niña.

—Buenos días ¿No te quedará algo de leche por vender? Se me quemó la que trajiste esta mañana.

—Veré si puedo ordeñar a la cabra, aunque tiene mala disposición para esas cosas. Pero sería muy triste que no tuvierais hoy con qué rebajar el café.

En la mente del párroco se dibujó la imagen de un aquelarre con las cuatro mujeres bailando alrededor de la cabra sin ordeñar, la joven lechera desnuda junto a ella, con la piel tersa reluciendo bajo el brillo del fuego. Musitó una disculpa desganada y se dirigió a la iglesia.

Olivia rebuscó en sus bolsillos dinero con qué pagar a Mencía, que tarareaba divertida una canción de viejas. Justo en ese instante un cuervo chocó contra la campana mayor desprendiendo el badajo, que descendió a toda velocidad paralelo al muro norte del campanario. En los pocos segundos que duró su trayecto, la niña siguió cantando y mirando fijamente la silueta negra de don Miguel, esa silueta que tanto odiaba ella también porque no le gustaba que le observara los pechos nacientes, ni el olor a orujo de su aliento demasiado cerca de su cara, ni como hablaba de Olivia, de Irene, de doña Paquita y de su abuela.

Para cuando Olivia Argento reconoció que la canción no era una canción, sino un encantamiento, el badajo había terminado su camino, acertando de lleno en la calva cabeza del párroco, que yacía en el suelo convertido en trapo sangrante.

— ¿Qué has hecho, niña?

—Lo que todas vosotras queríais y ninguna se atrevía.