COSAS QUE PUEDEN PASAR UN DOMINGO I

COSAS QUE PUEDEN PASAR UN DOMINGO I

Es un fastidio cuando llega una plaga de mantixcornios y te pilla con la ropa tendida pues, lejos de deleitarse devorando las cabezas de sus machos (quienes, por cierto, carecen del distintivo cuerno) gustan de nutrirse del lino tejido a falta de papiro o vitela, su comida favorita.

Por eso, aún peor que dejarse la ropa tendida cuando llega una plaga de mantixcornios, es dejarse abiertas las puertas de la biblioteca.

EL SABOR DE LAS NUBES

Cuento en colaboración con Teo Marcos Losa, experto en cócteles en el Gastrobar Los Álamos de Peñaranda de Bracamonte, y mejor persona.

Esta es una historia que le oí a un músico ambulante sobre algo extraordinario que sucedió en un pueblo cercano, (claro, que puede que no fuera en un pueblo tan cercano, y, ahora que lo pienso, creo que tampoco se la oí a un músico ambulante, puede que me la contara un maquinista de tren, que a su vez la oyó en una cantina y que el pueblo no estuviera ni en España, vaya usted a saber), el caso es que voy a contárosla como me la contaron a mí y como yo se la conté a mi amigo Teo un día a la sombra de unos álamos.

Mi amigo Teo, (que lo mismo no es solo mi amigo, puede que también sea mi primo lejano), quedó tan fascinado con ella, que decidió obrar su magia y el resultado lo veréis al final del cuento.

Fue en una mañana de mediados de noviembre que se formaron en el cielo unas nubes de tormenta, al principio grises y luego negras como boca de lobo, precedidas por un viento que agitaba las copas de los árboles y arrancaba las últimas hojas. Los caballos y las vacas barruntaron la lluvia antes que nadie, como suele suceder, y se protegieron de la mejor manera para aguantar el chaparrón, también lo hicieron las gentes del pueblo, de modo que, cuando el aire empezó a amainar, no quedaba nadie en las calles, bueno, puede que nadie no, porque si no esta historia habría permanecido escondida de la voz de los hombres para siempre. Digamos que quedó un joven pastor bajo el techo de una cabaña y que desde allí vio lo que os cuento.

Después de que las nubes se volvieran más oscuras que la noche misma, salió un arcoíris brillante como no se había visto otro en siglos y sucedió que, al tocarlo, las nubes fueron cambiando su color. La que rozó el rojo, se tiñó de rojo; de naranja, la que tocó el naranja; y lo mismo pasó con cada una de las que tocaron el amarillo, el verde, los dos azules y el violeta. Podéis imaginar el espectáculo de un cielo vestido de esta guisa, lástima que nuestro pastor no tuviera una cámara a mano, porque entonces no existía la fotografía y mucho menos los móviles.

Un trueno tremendo, de esos que parecen terremotos, hizo temblar todo en muchos kilómetros a la redonda y, cuando las cosas por fin se quedaron quietas, empezó a llover.

Cerca de la cabaña donde se refugió el pastor había un campo de maíz con sus mazorcas ya maduras a punto de ser recogidas y la lluvia de colores cayó allí, solo allí y, conforme la lluvia mojaba el campo, las plantas se fueron tiñendo del color que las tocaba (menos mal que solo pasó con el maíz, imaginad por un momento, que lo mismo hubiera sucedido con las ovejas).

Como cualquier tormenta, descargó con todas sus ganas en unos minutos, luego el sol se fue abriendo camino y empezó a hacer mucho calor, tanto calor, que las mazorcas que estaban en las lindes del campo estallaron en pequeñas nubes de un olorcillo delicioso que atrajo al pastor hasta ellas.

Ya habréis adivinado que eran palomitas y, si que salgan las palomitas directamente en el campo ya es algo nunca visto, imaginad la sorpresa del muchacho al notar que cada una sabía diferente dependiendo de la tonalidad que la adornaba. Así, las que tiraban a rojo, sabían a granadina; las que parecían más amarillas, a piña; las verdes, a maracuyá; las violetas, a fruto de la pasión; las naranjas, obviamente, a naranja; las azul oscuro, no preguntéis por qué, sabían a coco; y las de azul clarito… Bueno, esas no sabían a nada, pero estaban como congeladas.

El pastor corrió al pueblo a contar lo que había visto y todos los vecinos se apresuraron a comprobar que era cierto. Menuda fiesta montaron con la cosecha, estuvieron días comiendo de aquellos frutos bautizados por el arcoíris, hicieron tortas de maíz, copos de maíz, maíz dulce y todo lo que se os ocurra que se pueda hacer con maíz.

Aquel milagro nunca más volvió a repetirse y, en ese pueblo, y en los de alrededor, todavía cuentan con tristeza la historia del día que el cielo se tiñó de colores y llovieron sabores sobre un campo de maíz.

Cuando le conté esta historia a mi amigo Teo, él me dijo: “Yo puedo hacer una bebida que sepa igual que aquel campo.”

Todavía no os he dicho que mi amigo Teo, entre otras cosas, es muy hábil en eso de mezclar sabores en una coctelera, y días después me regaló esta receta que ahora compartimos con vosotros.

RECETA DEL CÓCTEL POP-CORN (de Teo Marcos Losa)

1 onza de zumo de la Pasión

1 onza de zumo de naranja y maracuyá

1 onza de zumo de piña y coco

1 golpe de sirope de palomitas de maíz

1 golpe de granadina.

Elaboración:

Introducimos todos los ingredientes en una coctelera, echamos hielo macizo, cerramos nuestra coctelera y la agitamos enérgicamente durante 25 segundos.

Depositamos la mezcla en un vaso, metemos ese vaso en una cajita decorada y lo terminamos con unas palomitas de maíz.

PROBLEMA MATEMÁTICO

La nueva reforma educativa obligaba a que todas las asignaturas fueran útiles en la vida cotidiana; así, en Lengua enseñaban a escribir wassaps correctamente, en Naturales se aprendía a distinguir las bayas venenosas de las comestibles y, en Dibujo, planteaban los planos de una casa o la distribución de los muebles en una habitación. A última hora tocaba Matemáticas:

“Si las previsiones para las 7 de la mañana son de 5 grados y, para mediodía, se esperan temperaturas de 22. ¿Qué ropa debe ponerse Elena para no coger un resfriado?”

DIARIO

Con el amanecer, cuando el ruido de los coches todavía no había eclipsado el canto de cortejo de los pájaros, todo permanecía cubierto de un dorado amoroso y el aire era más aire, limpio y vigorizante, sin el picor hiriente que emanaba de los tubos de escape y las chimeneas; en ese instante en que el mundo daba la sensación de ser todavía un niño en pañales, primitivo y virgen, respiró profundo despidiéndose del brillo de la luna para dar la bienvenida a un nuevo día y su corazón se inundó de versos de poeta sin pluma con la que escribir, anclada a una rutina que nada tenía de romanticismo, que no entendía de almas suspirantes ante el espectáculo de la primavera abriéndose paso.

A media mañana, el descanso en su trabajo, repetitivo como el tic-tac del reloj, la arrastró hasta una cafetería llena de vida escurriéndose por los bordes de las tazas, y deseó convertirse en cineasta que contara, en 8 milímetros, las historias de cada vecino de mesa: la de los abuelos que sacaron a los niños del colegio, la embarazada que recibió buenas noticias del médico, los compañeros que debatían sobre los pormenores del fin de semana y la muchacha que leía, apartada de todo lo demás, dando breves sorbos a un vaso de zumo sin despegar la vista de las letras. La del camarero que, envuelto en el halo de vapor de la cafetera y bayeta en mano, con su labor inherente de psicólogo, escuchaba al anciano que daba señas del finado de turno por el que las campanas sonaban y que veía inevitable el canto del metal por su persona, a lo que el barman siempre respondía con una sonrisa y el halagador «Estás hecho un chaval, Manolo.»

Al salir, se vio sorprendida por la lluvia, persistente y fresca, que inundaba los recovecos. Se vio impulsada a retratar con acuarelas el reflejo de las luces, de las hojas, de los zapatos. La paz infinita que despedía el romper de las gotas en los charcos, los círculos concéntricos que intentaban hipnotizar con su dibujo a los que se pararon a contemplarlos, recordaban el verano, las olas en las calas y los barquitos de pesca volviendo a puerto.

El paseo de la tarde con el perro, perdida por los caminos entre lomas pardas de invierno, futuros trigales y campos de amapolas, con el olor a tierra mojada, la serenidad siniestra del barro, el brotar de los tréboles en las cunetas y la firmeza crujiente del suelo bajo sus botas, la inspiraron para hacerse fotógrafa capaz de inmortalizar los surcos hirientes del arado; o bailarina que homenajeara a la vida sobre las puntas de los dedos de los pies.

Pero fue al calor de la hoguera, con el brillo de las llamas y su ritmo embriagador, con la danza anaranjada y el chisporroteo sorpresivo, el que la llevó a tocar la guitarra y componer una balada dedicada al estar en casa después de la rutina, a la historia de los amantes del libro de la chica del bar, refugiados de la lluvia que golpeaba los cristales, enamorados del fuego, desnudos a su calor. Con las espaldas sobre un suelo que reclamaba el tributo a la fertilidad.

SIN ALIENTO II

Hoy dejé de respirar con los pulmones, crucé la piscina tocando el suelo con el pecho; hoy me olvidé del agua que vivía por encima.

Hoy dejé de respirar con los pulmones y mi alma supo cómo coger el aire que le faltaba.