PROFUNDA DECEPCIÓN

Se bajó del avión ilusionada. Había presumido delante de todos sus compañeros de colegio con aquel viaje y llevaba tres noches casi sin dormir.

Sin embargo, Roma no se parecía en nada a lo que ella había visto en los cómics de Astérix que guardaba su hermana mayor.

— ¿No te gusta Roma, Andrea?— le preguntó su padre.

—No. Es como nuestro pueblo, pero con los edificios más rotos.

HISTORIA DE DOS PARROQUIAS

En el pueblo habían puesto las dos parroquias una frente a otra. En ambas se dispensaban vino y hostias (con y sin hache), aunque a horas distintas, para no hacerse la competencia. Y eso a pesar de que los fieles de una y otra no tenían nada que ver; mientras de la primera salía siempre un murmullo ininteligible que sonaba a conspiración, de la segunda todo lo dicho se entendía sin problemas tres calles más abajo.

El único día que se confundían los feligreses era por San Antonio, patrón del pueblo y fiesta mayor, porque era obligado acudir primero a misa y luego al vermú.

LA BONDAD DE LAS CEBRAS

Hay que ver cuánta bondad hay en el corazón de una cebra, con sus rayas blancas y negras, por dentro y por fuera; mira si es alta su estima por el resto de habitantes del planeta que, lejos de enfadarse, no dudan en compartir con los humanos los pasos reservados para ellas.

REVELACIÓN

Había visto aquel objeto calzando mesas, y hasta como tope para la puerta de la cocina; tales eran los usos que le daban en su casa. Un día, paseando por el parque, vio a un anciano con uno en las manos y le intrigó por qué sonreía.

Al llegar a casa, cogió el que equilibraba su mesita de noche y lo abrió. Estaba lleno de símbolos extraños que no logró descifrar; acababa de aprender cómo era de verdad un libro.

EL QUE NACE LECHÓN…

El que nace lechón…

¡Qué maravilla estrenar corazón! Se siente como nunca, ha subido las escaleras del metro de un tirón.

«¿Qué es eso? Um, un charco, se ve tan bonito. Qué barro más llamativo.»

¿Decías cariño?

Oink.— “Me duele la rabadilla.” —No tires las mondas de la patata, que me hago una ensalada. Oink

«Qué charco tan majo, voy a meter los pies. Oink, oink.»

Mire a ver, doctor, que mi marido hace cosas raras.

Los trasplantes es lo que tienen, pero no hay rechazo. ¿Cómo se encuentra, señor López?

Bioink

Lo que yo digo, hay que esperar.

¿No le nota más chato?

Yo diría que no.

El señor López hoza los informes médicos.

Cariño, vámonos a vivir al campo, con el barro, con los charcos.

¿Pero usted le oye, doctor? Que se quiere ir al campo.

El aire limpio le hará bien.

Oink.

ÚLTIMAS PALABRAS

Se abstraía leyendo de tal forma que perdía la noción del tiempo y el espacio. Podía abrir un libro en medio de un concierto de heavy metal y no perdía ni una línea del texto.

Se metía tanto en las historias que se presentaban ante sus ojos, que llegaba tarde al trabajo, al médico, a la compra, a las cervezas de los jueves, a los aviones; su abstracción llegaba a tal extremo que llegó tarde a su propio funeral.

PERDONE QUE LE MOLESTE…

Dos sujetos, D y H, conversan en la cafetería de una estación de tren. Es un día de lluvia, de esos en que el refugio supone algo más que matar el tiempo. La puerta se abre y el viento gélido que entra tras el nuevo cliente obliga a los contertulios a mirar.

El individuo se sacude unas gotas de la gabardina y se sienta en una mesa, observando el menú.

¿Ese no es Z?— pregunta D sin quitarle la vista de encima al recién llegado.

Su amigo se vuelve sin disimulo y se queda mirando unos segundos.

No. El que tú dices es más bajito y más fuerte. Pero me suena su cara.

Tienes razón. Me ha despistado la gabardina, como salía con una igual en la película aquella…

Si te fijas en la cara, este acaba de salir del colegio. Creo que le he visto en la misma película, ahora que lo dices.

El sujeto pide un desayuno continental ajeno al interés que suscita.

Sí, sí. Es ese. Le ha puesto la misma cara a la camarera que en la otra película, la de los tiros.

No, esa no era de tiros, era de gánsteres irlandeses. Se pasó toda la cinta peleando a cuerpo descubierto. Claro, que es difícil de reconocer sin la nariz rota y la sangre chorreando.

Y el ojo morado. No te olvides del ojo morado.

Parece menos, así, de cerca.

Pues sí. Estoy empezando a pensar que lo mismo no es.

¿No?

No. Bueno, no sé. De perfil no se parecen en nada.

Pues yo creo que sí. Y solo hay una forma de averiguarlo.

No se te ocurrirá.

¿Prefieres quedarte con la duda?

No, claro que no. ¿Quién va?

Tú. Eres más educado y la gente se fía de ti.

A ver, ni que fuera a pedirle dinero.

Hombre, de la que vas, si eso…

Los dos ríen la broma y dejan pasar unos minutos hasta que el motivo de su disputa termina la tostada.

D se acerca y se para frente al hombre.

Disculpe ¿No es usted Z?

No— responde con una sonrisa.

¿Está seguro? Mi amigo y yo juraríamos…

No. Seguro que no soy yo.

Pues se parece una barbaridad.

Me lo dicen mucho, pero sigo sin ser él.

Una pena. Me habría encantado estrecharle la mano a un actor tan bueno.

Sí, una pena. Aunque nunca se sabe. A lo mejor un día se lo encuentra.

Sí, a lo mejor. Disculpe la molestia. Que tenga un buen día.

D regresa junto a H mientras el sujeto paga y se va.

No era él.

Vaya. Qué chasco. Habría sido maravilloso poder contarle a todo el mundo que habíamos desayunado con Z.

La camarera se acerca con la cuenta.

¿Le conocía usted?— pregunta tímida.

No, lo confundí con otra persona.

No puede ser. Es imposible confundir a Z.

Es que no era Z.

Sí, lo era. Un tipo encantador, nada que ver con los personajes de sus películas.

Retira el platillo con el dinero y se vuelve a la barra.

Te dije que era él.

Pero me dijo que no.

Esos famosos son unos estirados. Hacen cualquier cosa con tal de no firmar un autógrafo.