NO BAJES DEL CORCEL, AMADO MÍO

Le prestaron un caballo de espuma y liquen, de olor a margaritas y aliento de búho en agosto; las crines de alga trenzada con suspiros de enamorados y los cascos del hierro de las espadas de héroes valientes muertos en batalla. Así salió Oisín del Tír na nÓg, amparado por la noche de los hombres, con la advertencia de Niamh en un beso:

«No bajes del corcel, amado mío.»

Y sus palabras le acompañaban en el susurro del viento del este, que le azotaba la cara mientras galopaba sobre el agua.

La primera rama que vio olía a primavera y tejo, a vida reciente; frenó el caballo y se paró a escuchar. Los lobos aullaban a un cielo falto de luna y plagado de estrellas, la lechuza cruzó el bosque con su fantasmal blancura, y un ratón se movió bajo sus pies.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La voz de Niamh se alejó entre los árboles, acompañada del olor a enredaderas y tierra mojada por una tormenta de verano.

Oisín azuzó a su animal, buscando el primer rath, y no tardó en encontrarlo en lo alto de una pequeña loma que susurraba con las voces de los Dédanann y un aleteo de mariposas amarillas.

Cruzó el río, que sonaba a canción vieja, a choque de escudos, con el brillo de las armas sacrificadas a Lugh en el fondo y la sabiduría de los mil salmones que lo remontaban contando historias que la gente ya había olvidado.

Llegó al borde de la empalizada y la voz de Niamh volvió, escondida ahora entre los bramidos de los toros y el balar de las ovejas:

«No bajes del corcel, amado mío.»

Pero pronto se perdió con los gritos de los niños jugando y los golpes del herrero.

Oisín encontró a una muchacha que llevaba un canasto colmado que despedía un olor a lana sin varear y hierba seca.

— ¿Qué sitio es éste?— preguntó.

—Bré, señor— respondió la joven, con un canto de cien pájaros en su voz y el olor de las primeras madreselvas en su pecho—. ¿Vienes de muy lejos?

Oisín pensó en cuánto tiempo había pasado entre el zumbido de las abejas y las nueces que caían del árbol.

— ¿Quién reina estas tierras?

— El rey de Tara es Laoghaire, hijo de Niall, hijo de Eochaid.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Las palabras de Niamh de nuevo en el aleteo de un pájaro, en el viento salado de un mar lejano.

— Hijo de Muiredach, señor.

—Entonces vengo de tan lejos que apenas recuerdo de dónde vengo.

—Pareces cansado, el Rí Tuaithe querrá conocerte, deja aquí tu caballo y te acompañaré, aunque no puedo tardar mucho, mi madre me espera al otro lado de la colina.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Ahora la voz de Niamh era casi un sollozo.

—Mejor sube a la grupa, pequeña, y llegaremos a tu casa enseguida. Yo también tengo prisa y no puedo saludar al .

La niña obedeció, colocando el canasto entre ellos.

—Es por ahí— señaló camino arriba.

Trotaron entre los campos sembrados de trigos, las lagartijas corrían a su lado, los saltamontes brincaban a su paso y la voz de Niamh se perdía entre las espigas mecidas por las caricia del sol.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La niña le indicó cómo seguir su camino y se bajó del caballo, dejando sobre la montura su olor a madreselva y canto de gorriones.

Oisín siguió galopando, colinas arriba, colinas abajo; y los cascos del caballo levantaban terruños por los caminos, despertando a las lombrices y los ratones, inquietando a los estorninos.

Oisín continuó siguiendo un río que murmuraba leyendas, que sonaba a flautas y chocar de huesos. En una de sus orillas, encontró a una joven que tiraba desesperada de una cuerda.

—¿Qué sucede?

—Mi red se ha enganchado en el lecho y no puedo sacarla. — Su voz era trino de alondras y temblor de lirios. — Es la única que tengo, no la puedo perder.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Repitió Niamh entre las hojas de los abedules, confundiéndose entre las ondas, escondida bajo los guijarros.

—Déjame el cabo. Tiraré de ella y la liberaremos en un momento.

La joven accedió y se colocó junto al caballo. Olía a esperanzas rotas, a recién nacido.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Gemían la soga y la red, perdidas en el fango antes de salir enteras del río. Con ellas salió también un salmón rosado que boqueaba al viento.

—Estoy tan agradecida, señor. ¿Queréis compartir la cena conmigo?

—De ningún modo podría, muchacha. Pero te acompañaré a tu casa. El pez parece pesado. Recoge la red y sube a mi caballo.

—¿Vienes de muy lejos, viajero?

—Vengo de tan lejos que ya no recuerdo ni de dónde vengo.

Dejó a la joven en su cabaña y siguió su camino.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Niamh gritaba desesperada en las huellas sobre la tierra, entre las hierbas altas, en el correr de los zorros.

Al llegar a un cruce, encontró a una anciana encorvada que arreaba a una vaca vieja y huesuda. Ambas olían a zarza y a ciénaga; a sabiduría y olmo seco.

La voz de Niamh se coló entre los suspiros de la anciana.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Y se volvió estrella fugaz a mediodía, invisible a todos los ojos excepto los suyos.

—¿Qué sucede, buena mujer?

—Esta vaca vieja no quiere moverse y tengo prisa. He de llegar al mercado con ella antes de que acabe el día.

—Quizá podría ayudarte.

—¿Eso harías, joven? ¿Ayudarías a estas dos viejas a llegar a su destino?

—Haremos una cosa. Montarás en el caballo conmigo y tiraremos de la vaca. A buen seguro llegaremos a tiempo.

El camino se hizo largo al paso de las enclenques patas del animal.

—¿Vienes de muy lejos?

—De tan lejos que apenas recuerdo de dónde vengo— respondió Oisín.

—Sé bien lo que es eso de perder la noción del tiempo— dijo la anciana—. Ayer mismo yo era una moza con una canasta de lana, una joven con una red repleta de salmones, y hoy soy una vieja que intenta vender una vaca casi tan cansada como ella.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La advertencia silbaba en los oídos, enganchada en las briznas de hierba seca, en las piedras del camino.

Llegaron al fin a la aldea donde la anciana se apeó del caballo y se despidió Oisín, no sin antes darle las gracias y un pedazo de queso.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Decía el eco en los nidos vacíos de las golondrinas.

Llegó a un claro donde unos hombres descansaban.

—¿Queda muy lejos Tara?— preguntó Oisín.

—Está cerca, viajero. Apenas dos colinas más allá. ¿Vienes a ver al rey Laoghaire?

—Sí.

—Cuéntale historias, le gustan las historias.

—Así lo haré. — Se despidió de ellos animado, sabiendo que pronto llegaría a su destino.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Pero la voz de Niamh se perdió entre los graznidos de los cisnes y el rumor de los habitantes de los sidhe.

Divisó a lo lejos la colina de Tara y respiró aliviado.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Azuzó al caballo colina arriba y, cuando ya podía ver la Lia Fáil en lo alto, el caballo tropezó.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Gritó Niamh junto a la Piedra del Destino.

Pero era tarde. Caballo y jinete rodaron por el suelo, convirtiéndose en polvo nada más tocarlo.

AGITADO

Era una de esas historias que viajan de boca en boca; de esas historias que a unos espeluzna y a otros embelesa. Lo tenía todo: un dragón, una princesa, un caballo, una armadura, un doncel, un pozo y una moraleja.

De tanto ir y venir, se le desbarataron los personajes y así, al final de los tiempos: el pozo, que montaba en un carro tirado por el doncel y una princesa vestida con armadura, logró salvar al dragón de una moraleja custodiada por el caballo.

¿QUIÉN REINÓ DESPUÉS DE CAROLO?

Seguro que habéis oído alguna vez a los mayores, refiriéndose a algo de hace mucho tiempo, que pasó cuando reinó Carolo. Bueno, pues ese Carolo existió, y vivía en un castillo, con su torre y sus almenas, en compañía de sus tres hijos: Carla, Carlos y Carlota.

En aquel reino era el hijo menor, y no el primogénito, quien heredaba el trono; así que Carla perdió su derecho a reinar cuando nació Carlos, y ambos en cuanto nació Carlota. Y, como podéis imaginar, esto no gustó a ninguno de los dos.

Carlota era como cualquier otra princesa de cuento: dulce, bondadosa, bonita, cosía que daba gloria verla y manejaba la espada de maravilla. Sí, ya sé que esto último no es tan común, pero en su reino había que saber de todo para gobernar, y ella lo mismo te bordaba un tapete que te cortaba un pelele en dos de un mandoble.

El día en que Carlota cumplía doce años, Carla y Carlos le regalaron una tarta, con la condición de que nadie más comiera y que ella no la probara hasta que se fuera a la cama. A todo el mundo le pareció un gesto precioso y por eso no se enfadaron cuando la princesa se escapó a las cuadras para devorar su regalo. El pastel estaba riquísimo, con mermelada de fresa y nata, el bizcocho era jugoso y tenía trocitos de frambuesa escondidos en medio. Nada más comer el último pedazo, Carlota se transformó en ciervo.

Vagó por las montañas durante días, huyendo de cazadores y lobos. Por suerte, como sus hermanos eran unos tacaños, habían contratado a la hechicera más barata y, pasada una semana, Carlota era otra vez una niña; eso sí, conservando los cuernos de ciervo. Todo el mundo se alegró por su vuelta, pues habían estado muy preocupados por ella, en especial su padre, y además nadie quería tener a Carlos como soberano.

A pesar de las sospechas, la princesa no delató a sus hermanos. De acuerdo que habían intentado hacerla desaparecer, pero durante su aventura había descubierto muchas cosas sobre el bosque y sus habitantes, y había conseguido aquellos cuernos tan bonitos que, una vez aprendías a tener cuidado al cruzar las puertas, estaban la mar de bien.

Pasó el tiempo, Carlota cumplió los dieciséis y se convirtió en una joven hermosísima. Sus ojos castaños competían con el rubor de sus mejillas, su pelo moreno caía en cascada lisa sobre los hombros y los cuernos le daban un aire de misterio único. Carolo, que ya estaba mayor y quería jubilarse para disfrutar de la vida con otros reyes retirados, pensó que la princesa ya tenía edad para asumir el gobierno y formar su propia familia; así que organizó una fiesta para que los príncipes casaderos conocieran a su hija y de allí surgiera el amor.

Los preparativos duraron una semana. En las cocinas probaban los menús, los floristas adornaban jarrones y guirnaldas; los sastres y modistas confeccionaban vestidos y cortinas; los criados escogían los mejores vinos, y los bufones y músicos ensayaban sus números más vistosos. Carlota se dedicaba a practicar con la espada, ajena a la excitación que se apoderaba del castillo y de sus hermanos, que repasaban una y otra vez la lista de invitados buscando un príncipe que se la llevara tan lejos como fuera posible.

Llegó el gran día y el olor de los asados inundó los salones. En la entrada de la muralla se agolpaban los carruajes formando una cola inmensa que se extendía hasta la falda de las montañas, y Carlota estaba más hermosa que nunca con su vestido nuevo. Uno por uno, los más célebres herederos se acercaron a presentar sus respetos y todos quedaban maravillados con su belleza y lo bien que le sentaban los cuernos. Pero Carlota no encontraba interesante a ninguno y estaba mareada de dar vueltas en brazos de unos y otros. Fingiendo un desmayo, que había oído que era cosa muy de princesa, se apartó de la zona de baile y se sentó junto a una ventana.

Son bonitas— dijo una joven a su lado.

¿El qué?

Las estrellas— respondió—. Aunque se ven mejor desde la frontera del bosque.

Carlota asintió; hasta entonces no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos la tranquilidad de las noches entre los árboles, lejos de las leyes y las desconfianzas.

¿Tú crees que podríamos escaparnos un rato?

Por supuesto. Están todos tan entretenidos que no se darían cuenta. Por cierto, me llamo Maeve y soy princesa en Irlanda.

Pues vámonos, Maeve. Vámonos a ver las estrellas.

Se colaron por la ventana, lo que no fue fácil porque les habían puesto unos vestidos muy aparatosos. No tardaron mucho en llegar al borde mismo de la arboleda y allí se contaron sus cosas, rieron, lloraron un poco y, como nadie puede gobernar un corazón, se enamoraron.

De regreso al castillo, donde los invitados ya habían dejado de bailar hacía horas, le contaron a Carolo su intención de casarse y, aunque hubo quien se opuso al matrimonio porque les habría gustado ser los elegidos, el rey vio que su hija era tan feliz junto a Maeve que no pudo negarse.

El día de la boda, Carla y Carlos regalaron a las recién casadas una tarta de tres pisos que ninguna se comió, porque una cosa era ser buenas y otra muy distinta ser tontas. Carlota, cansada de sus tretas para deshacerse de ella, desterró a sus hermanos obligándoles a cuidar cabras en las montañas hasta que pidieran perdón, cosa que nunca hicieron, porque eran muy orgullosos. El rey Carolo pudo dedicarse a jugar al golf y a la brisca con sus amigos, tranquilo porque el reino estaba en buenas manos.

Y esta es la historia de cómo Carlota y Maeve reinaron juntas durante muchos años, adoptaron un niño y, como era el hijo mayor y el pequeño al mismo tiempo, no tuvo que pelear con sus hermanos para ser rey.

POR LOS PELOS

Cuando Fausto IV el Ensimismado aún era Fausto a secas, soñaba con crecer lo suficiente para tener barba. Esta obsesión, de la que sus hermanos se burlaban y que a sus padres les parecía adorable, nació con los cuentos de aguerridos piratas, intrépidos faquires y feroces vikingos que su ama le contaba, y cuyos protagonistas lucían el vello facial, no solo como seña de identidad, sino también como fuente, o eso le parecía a él, de su valor y apostura.

Los retratos de antepasados que adornaban el pasillo principal del palacio también influyeron; desde Eliseo I el Magnánimo, hasta su padre Fausto III el Pródigo, pasando por Enrique X el Loado, todos los reyes lucían luengas barbas y bigotes que impresionaban más a su mente infantil que los galones y las espadas. Hasta su abuela Catalina III la Victoriosa, había tenido algún que otro pelo en la barbilla según recordaba Fausto, que era el único de sus hermanos que nunca se quejó de cómo pinchaba la señora cuando iba a darles un beso de buenas noches. Así que, cuando la pubertad hizo de las suyas y, aparte de cambiarle la voz, apareció la pelusilla propia de esa edad, Fausto comenzó a imaginar cómo sería su barba y se metía con sus hermanos mayores por afeitarse a diario.

Antes de los dieciocho años, lucía una perilla cuidadosamente recortada que era objeto de halagos en las recepciones. Sostendría toda su vida que aquel adorno le ayudó a conseguir esposa y, desde luego, a suceder a su padre en el trono.

Ni sus obligaciones como rey, ni como marido, lograron alejarle de su peluda obsesión, e invirtió gran parte del tesoro público en ungüentos para mantenerla fuerte y en contratar a los mejores barberos que la recortaran, trenzaran y arreglaran. Prescindió de comer carnes que pudieran mancharla y se alimentaba solo de sopas transparentes a base de reducción de verduras decoloradas.

La reina, cansada de que gastara más en tan insignificante atributo que en la educación de sus hijos, de disculparle ante embajadores y presidentes por los retrasos, y de ser, en definitiva, ignorada por su marido, pidió el divorcio y se fue al Tibet, donde los monjes estaban debidamente afeitados y no gastaban ni pelos en la cabeza.

De este modo quedó Fausto IV en su palacio mientras su barba crecía y consumía, no solo el erario, sino también la paciencia de todos los que le rodeaban.

Con el tiempo, sus súbditos abandonaron la ciudad, emigrando a lugares lejanos donde los impuestos revirtieran en beneficio de todos y no en la vanidad de un rey loco. Después se fueron los músicos y los consejeros; por último, huyeron sus hijos, unos casados, otros en busca de aventuras, sin mirar atrás ni acordarse de un padre que, por otro lado, tampoco les había hecho demasiado caso.

Al principio no echó de menos ni los cantos, ni los halagos, ni las visitas, ni los besos de su vástagos. Le bastaba con ver cómo crecía su orgullosa barba. Hasta que, una noche de verano, los relámpagos de una tormenta sacaron a Fausto de su ensimismamiento y comenzó a lamentarse de cuán solo estaba.

Contempló los tapices que colgaban de las paredes y que, como en cualquier salón del trono que se precie, relataban las hazañas del rey de turno, o sea: él, y lo que vio le resultó insoportable. No había nada de poses regias a caballo liderando un ejército en victoriosa batalla, ni escena de su coronación, ni orgulloso retrato familiar, ni reflejo de un día de fiesta con juglares y reyes de otras tierras. Le invadió la pena y, esta vez, ni su barba pudo consolarlo. Se dio cuenta de que había sido, con diferencia, el peor rey jamás conocido, el peor padre y el peor esposo; pronto no tuvo fuerzas para levantarse del trono y, allí sentado, le sorprendió la riada.

Las aguas desordenadas invadieron el salón y rozaron la punta misma de su barba que, por entonces, ya alcanzaba el centro de la sala. Con la corriente, llegó también un pececillo que quedó atrapado entre los cabos de pelo.

¿Quién osa mesar mi gloriosa barba?— preguntó Fausto colérico.

El pececillo se asustó un poco, luego lo pensó mejor y decidió que, para bien o para mal, necesitaba la ayuda de aquel hombre.

Un simple pez, majestad. Porque sois rey, como supongo por vuestra corona.

Y tanto que lo soy.

Pero tenéis las ropas raídas y no hay trovadores ni consejeros a vuestro alrededor.

Pura envidia me tenían, porque ninguno de ellos tuvo jamás cuatro pelos en la cara.

Sin embargo, vos lucís la barba más hermosa que he visto nunca, y he visto muchas barbas.

De poco me ha servido. Nadie viene a contemplarla, y ya no me parece tan bonita como al principio. Empiezo a sospechar que es la causa de mi desgracia.

Entonces, si tanta tristeza os causa, ¿por qué no os deshacéis de ella?

Porque no me quedaría nada.

Os quedaría un amigo si, en vuestra infinita clemencia, me liberáis para que pueda volver al río.

Conmovido por primera vez en mucho tiempo, se levantó Fausto de su silla e intentó desenmarañar sin fortuna la red que barba y río habían tejido.

Pasada una hora, el pececillo empezaba a boquear buscando oxígeno y los movimientos del rey se volvieron más desesperados. Hacía tanto que no pensaba en algo o en alguien que no fuera su barba, que había olvidado esa sensación cálida cuando se ayuda sin esperar nada a cambio.

Un rayo de sol irrumpió en el salón y, entre las aguas, hizo brillar unas tijeras que alguno de sus barberos olvidó al marcharse. Para el rey fue muy duro decidirse, pero se dio cuenta de cuánto mal había provocado por los pelos y que aquella era la única solución.

Tomó las tijeras con mano temblorosa, cortó su barba y, con ello, liberó al pequeño pez y su propio corazón.