¿QUIÉN REINÓ DESPUÉS DE CAROLO?

Seguro que habéis oído alguna vez a los mayores, refiriéndose a algo de hace mucho tiempo, que pasó cuando reinó Carolo. Bueno, pues ese Carolo existió, y vivía en un castillo, con su torre y sus almenas, en compañía de sus tres hijos: Carla, Carlos y Carlota.

En aquel reino era el hijo menor, y no el primogénito, quien heredaba el trono; así que Carla perdió su derecho a reinar cuando nació Carlos, y ambos en cuanto nació Carlota. Y, como podéis imaginar, esto no gustó a ninguno de los dos.

Carlota era como cualquier otra princesa de cuento: dulce, bondadosa, bonita, cosía que daba gloria verla y manejaba la espada de maravilla. Sí, ya sé que esto último no es tan común, pero en su reino había que saber de todo para gobernar, y ella lo mismo te bordaba un tapete que te cortaba un pelele en dos de un mandoble.

El día en que Carlota cumplía doce años, Carla y Carlos le regalaron una tarta, con la condición de que nadie más comiera y que ella no la probara hasta que se fuera a la cama. A todo el mundo le pareció un gesto precioso y por eso no se enfadaron cuando la princesa se escapó a las cuadras para devorar su regalo. El pastel estaba riquísimo, con mermelada de fresa y nata, el bizcocho era jugoso y tenía trocitos de frambuesa escondidos en medio. Nada más comer el último pedazo, Carlota se transformó en ciervo.

Vagó por las montañas durante días, huyendo de cazadores y lobos. Por suerte, como sus hermanos eran unos tacaños, habían contratado a la hechicera más barata y, pasada una semana, Carlota era otra vez una niña; eso sí, conservando los cuernos de ciervo. Todo el mundo se alegró por su vuelta, pues habían estado muy preocupados por ella, en especial su padre, y además nadie quería tener a Carlos como soberano.

A pesar de las sospechas, la princesa no delató a sus hermanos. De acuerdo que habían intentado hacerla desaparecer, pero durante su aventura había descubierto muchas cosas sobre el bosque y sus habitantes, y había conseguido aquellos cuernos tan bonitos que, una vez aprendías a tener cuidado al cruzar las puertas, estaban la mar de bien.

Pasó el tiempo, Carlota cumplió los dieciséis y se convirtió en una joven hermosísima. Sus ojos castaños competían con el rubor de sus mejillas, su pelo moreno caía en cascada lisa sobre los hombros y los cuernos le daban un aire de misterio único. Carolo, que ya estaba mayor y quería jubilarse para disfrutar de la vida con otros reyes retirados, pensó que la princesa ya tenía edad para asumir el gobierno y formar su propia familia; así que organizó una fiesta para que los príncipes casaderos conocieran a su hija y de allí surgiera el amor.

Los preparativos duraron una semana. En las cocinas probaban los menús, los floristas adornaban jarrones y guirnaldas; los sastres y modistas confeccionaban vestidos y cortinas; los criados escogían los mejores vinos, y los bufones y músicos ensayaban sus números más vistosos. Carlota se dedicaba a practicar con la espada, ajena a la excitación que se apoderaba del castillo y de sus hermanos, que repasaban una y otra vez la lista de invitados buscando un príncipe que se la llevara tan lejos como fuera posible.

Llegó el gran día y el olor de los asados inundó los salones. En la entrada de la muralla se agolpaban los carruajes formando una cola inmensa que se extendía hasta la falda de las montañas, y Carlota estaba más hermosa que nunca con su vestido nuevo. Uno por uno, los más célebres herederos se acercaron a presentar sus respetos y todos quedaban maravillados con su belleza y lo bien que le sentaban los cuernos. Pero Carlota no encontraba interesante a ninguno y estaba mareada de dar vueltas en brazos de unos y otros. Fingiendo un desmayo, que había oído que era cosa muy de princesa, se apartó de la zona de baile y se sentó junto a una ventana.

Son bonitas— dijo una joven a su lado.

¿El qué?

Las estrellas— respondió—. Aunque se ven mejor desde la frontera del bosque.

Carlota asintió; hasta entonces no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos la tranquilidad de las noches entre los árboles, lejos de las leyes y las desconfianzas.

¿Tú crees que podríamos escaparnos un rato?

Por supuesto. Están todos tan entretenidos que no se darían cuenta. Por cierto, me llamo Maeve y soy princesa en Irlanda.

Pues vámonos, Maeve. Vámonos a ver las estrellas.

Se colaron por la ventana, lo que no fue fácil porque les habían puesto unos vestidos muy aparatosos. No tardaron mucho en llegar al borde mismo de la arboleda y allí se contaron sus cosas, rieron, lloraron un poco y, como nadie puede gobernar un corazón, se enamoraron.

De regreso al castillo, donde los invitados ya habían dejado de bailar hacía horas, le contaron a Carolo su intención de casarse y, aunque hubo quien se opuso al matrimonio porque les habría gustado ser los elegidos, el rey vio que su hija era tan feliz junto a Maeve que no pudo negarse.

El día de la boda, Carla y Carlos regalaron a las recién casadas una tarta de tres pisos que ninguna se comió, porque una cosa era ser buenas y otra muy distinta ser tontas. Carlota, cansada de sus tretas para deshacerse de ella, desterró a sus hermanos obligándoles a cuidar cabras en las montañas hasta que pidieran perdón, cosa que nunca hicieron, porque eran muy orgullosos. El rey Carolo pudo dedicarse a jugar al golf y a la brisca con sus amigos, tranquilo porque el reino estaba en buenas manos.

Y esta es la historia de cómo Carlota y Maeve reinaron juntas durante muchos años, adoptaron un niño y, como era el hijo mayor y el pequeño al mismo tiempo, no tuvo que pelear con sus hermanos para ser rey.

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