¿CUÁNTOS CORAZONES TIENE UN PULPO ENAMORADO?

Al principio Pulpo solo tenía un corazón, un corazón que bombeaba su sangre azul (sin que fuera de la realeza). Tan pronto ese corazón se llenó de adoración por el mar, tuvo que salirle otro para hacer las funciones normales de un corazón sin que le quitara un mínimo de espacio para el cariño que tan feliz le hacía; así que, a partir de entonces, Pulpo tuvo dos corazones, que si bien latían al unísono, en nada más se parecían; y no llevaba mucho disfrutando de tan peculiar cualidad cuando conoció a otro pulpo y se enamoró.

TODAY II

TODAY II

Dos mil años después me preguntas si recuerdo el olor del primer ramo de flores que me regalaste (de margaritas y azulejos), de la corona que me hizo reina en un campo de cardos con vestido de zarza de moras y pétalos de amapola por zapatos. A lomos de un caballo de sauce entramos en el salón y todo el mundo buscaba respuesta a la pantomima, unos creyéndonos actores, otros hadas venidas de muy lejos. No les culpo, mirarte a los ojos sobraba para creer en mundos lejanos y peligrosos, pero no miraban el tiempo suficiente para ver mi cuerpo flotando en el fondo de ese lago verde. Nos creció la melena que ondeaba con el viento que soplaban nuestras nucas; nadie sospechaba entonces de dónde nacía el brillo que envolvía nuestros cuerpos (ni siquiera nosotros), hasta que una noche faltaste a la promesa de los mil besos, y se nos acortaron los vestidos, se nos enredó el pelo. Fueron novecientos noventa y nueve, pero bastó con eso.

EN SUSPENSO I

Siempre que nos encontramos queda suspendido en el aire un beso, bien porque tú tienes a alguien que te espera, o porque yo tengo a alguien a quien esperar.

EL CABALLERO BURLADO

Bajóse del caballo y brillaron las espuelas al chocar con el suelo. Se acercó a la niña que le seguía unos pasos por detrás, el pelo dorado en larga trenza y coronado de flores. En las mejillas el rubor de la adolescencia y en sus ojos una malicia titilando entre las pestañas, engrandecido por el asomar de sus dientes como perlas entre la rosa de sus labios.

—Te amo, niña preciosa, pero miedo tengo de la maldición que me llevas.

—Demonios peores que una pobre muchacha habrás conocido.

—Caballeros sanguinarios he vencido. Jamás me di por rendido en combate hasta hoy, que me desarman tus desvelos.

Algo había en sus susurros, en el lánguido caer de sus párpados que le impulsaba a besarla, pero no podía. Le temblaban las rodillas ante la visión de sus huesos hechos cenizas en medio del camino. Su madre le había advertido sobre el peligro de la belleza inocente y la niña no había mentido sobre su condena, pero era tan bonita. El caballo resopló sacándolo del embrujo de sus brazos desnudos y de la promesa de amor y dicha que emanaba de su cuello.

—No podría tenerte aunque quisiera, pues he de desposarme con la princesa de Francia de aquí a tres días.

—Déjame pues, ¿qué voy a poder darte yo, pobre como una avellana, que no pueda darte ella multiplicado por mil, salvo desgracias?

—Con ella me casaré, pero mi corazón será siempre tuyo.

Volvió a subirse a la montura y arrancó unos pasos por delante de la niña. Notaba en la nuca sus ojos azules, el aroma de su vestido, le susurraban sus pies acariciando el suelo.

A las puertas de París, volvió a bajar de la montura y descubrió que ella reía; de su rostro había desaparecido la inocencia y todo él reflejaba ahora enojo y malicia.

—Tonto caballero. Yo soy la princesa que habrías de desposar en tres días de haberme dado una oportunidad de amarte, pero la princesa de París no se casa con cobardes que se asustan de maldiciones escupidas sobre muchachitas hermosas.

Basado en el Romance de El caballero burlado.