La soledad del guerrero

De cada cien, una, y ella era esa una aferrándose terca a una rama que ya no podía más. El peso de sus hermanas había marchitado la juventud y las ansias de vida de aquel arbolito solitario en un ecosistema de alquitrán.

Estoica, aguantaba los envites de un viento cada vez más frío y violento, y los roces como perdigones de una lluvia que cada día era más fuerte.

Los cadáveres de sus compañeras hacía mucho que habían sido esparcidas por un mundo que no tenía tiempo para prestarles atención o un sepelio decente. Ella no quería engrosar la estadística, no debía ser tal su destino, el de ser arrastrada por la suela de un zapato, el de servir de improvisado envoltorio para un chicle que perdió el sabor.

Recordaba con pesar los días en que todo el mundo loaba su sombra, agradecidos entre las sofocantes vaharadas de humo y los gritos de los niños en cerril estado de vacaciones; entre la intempestiva presencia de las moscas y el llanto de los gatos en celo. Un momento de gloria de cuyo milagro solo los pájaros eran testigos desde el inicio.

¿Dónde estarían ahora aquellos diminutos gorriones que empezaron como ella, siendo simples proyectos abultados que emergían de la nada?

Volaron, como todo lo demás, porque un único árbol en medio de una avenida no era aliciente para un plan de vida.

Y ahora todo estaba muerto a su alrededor, mientras ella seguía empecinada en permanecer tanto como pudiera. Era su cometido, ser vestigio de una vida que seguía al margen del verde, enclaustrada en la cárcel de hormigón y asfalto que sus propios prisioneros habían levantado a su alrededor; una cárcel que siempre vivía en invierno y en la que ella, hoja seca, era la única prueba de que un día fue primavera.

AUGE Y DESGRACIA DE GIRASOL I

Los dueños de las sombras se estremecen, su hora toca el final. Minúsculas gotas invaden las corolas cerradas y se precipitan al vacío, suicidas en un mundo sin versos ni poetas. A sus pies se escurren los habitantes de la noche mientras el azul-morado se resiste a morir ante la lanza naranja del primer rayo de sol.

La humedad se hace dueña del campo de batalla ocultando los cadáveres con su manto blanco. Atrás quedan los zorros y los búhos saciados, mientras la claridad apunta un día más en la vida de ratones y lagartijas, que trepan a lo alto de las piedras buscando un calor que se hace de rogar.

Pronto la niebla se disipa. Las amapolas se abren a un amor perecedero y una nube de vencejos rompe el cielo, imbuídos de un apetito insaciable.

Lo que un día habían sido prados verdes, se marchita bajo el beso de un sol que se crece en su gobierno y somete a todo y a todos, salvo al rey de los girasoles que se yergue orgulloso con la cabeza coronada por pétalos dorados. Él no tiene miedo del tirano; lo adora sin claudicar, sin rezos ni penitencias.

— ¡Levantad la cabeza! —urge a sus súbditos—. Saludad a mi padre allí en lo alto. Miradlo tan igual a mí, tan poderoso e imbatible.

Un tallo cercano se eleva por encima de él, gallardo, con la soberbia que da la juventud, haciéndole sombra con sus pétalos todavía intactos. Y el resto torna sus caras ennegrecidas hacia el aura que envuelve al astro mayor.

Ignorante de la rebelión gestada, perdido en su belleza, el viejo girasol no percibe el cosquilleo que provocan los dientes del topo en sus raíces.

El sol inicia su descenso a los abismos, un viento de Levante mece los trigos que parecen soldados al borde de la sublevación; hordas en movimiento sometidas a los mandatos que silba un capitán invisible.

Las libélulas danzan creando sombras que se pierden entre rojos, blancos, amarillos y verdes. Los vencejos regresan cubriendo el mundo con su caos, sin brújula ni destino.

El rey de los girasoles, herido de muerte bajo la tierra que lo sostiene, cae entre sus súbditos, que jalean en silencio al heredero bastardo. Y los ratones se apresuran a devorar el cadáver. Mañana no quedarán evidencias del crimen ni de su reinado.

Los mosquitos surgen por millares a la sombra de una nube teñida de sangre y el nuevo soberano agacha la cabeza con humildad ante su padre.

Un esbozo de luna emerge débil entre las lomas, pálida, impaciente.

Los dueños de la luz se estremecen, su hora toca el final.

A los pies de los girasoles asoman los habitantes de la noche mientras el azul-morado va ganando la batalla contra la débil daga naranja del último rayo de sol.

 

Basado en el Preludio de la Suite nº 1 para Cello de Bach interpretada por Carlos Núñez para el disco Cinema do Mar.

PESCA SOSTENIBLE

El capitán Ahab puso un anuncio por palabras buscando trabajo. Recibió oferta de un tal Nemo que necesitaba marineros con experiencia. Como el sueldo era bastante bueno, se enroló sin demora, fascinado por las novedades del Nautilus.

Perseguían calamares gigantes, ballenas francas o tiburones, hasta que, fondeados en Gibraltar, unos activistas de Greenpeace se encadenaron al submarino para concienciar sobre la pesca sostenible.

HACIA ADELANTE

Aseguró los tacones de sus botas en el polvo y se llevó la mano a la frente, haciendo visera para eludir el brillo del sol. Ni siquiera sabía qué estaba buscando, pero pensó que en algún momento lo descubriría.

El horizonte se dibujó en un borroso color dorado. Arena y más arena hasta donde llegaba la vista; algún matojo desperdigado y un par de cerros que se antojaban amenazantes por lo que pudieran esconder en lo alto.

El viejo le había hablado de un río pero, ni su rumor, ni su frescura hacían acto de presencia en aquel páramo; quizá si seguía cabalgando hacia el oeste…

En un mundo sin caminos es difícil perderse, pues no hay ruta que ignorar, no hay cruces que lleven allí a donde no queremos llegar; aunque también es fácil sucumbir al desaliento.

¿Sería así como se sentían los hombres que navegaban cruzando océanos?

¿Huérfanos de punto cardinal?

Volvió a subir al caballo y arrancó al paso, siempre mirando al frente, nunca hacia atrás; nunca hacia lo que representaba el pueblucho dominado por el temor en que se había criado y del que huía tras asesinar al sheriff.

NUBERU

La noche se vio envuelta en un repentino estallido, un crujido seco que logró sacar del más profundo sueño a cualquiera en kilómetros a la redonda.

Después del golpe, un silencio tenso, roto por un chasquido si cabía más fuerte que el anterior.

Un viento salido de la nada agitaba las persianas, colándose bajo ellas y empujando hacia fuera como si quisiera arrancarlas; después llegó el agua, acariciando los cristales de galerías y terrazas, pero no era lluvia, no, era la espuma del mar; pequeñas partículas de hidrógeno y oxígeno mezcladas con sal que se veían arrastradas por la violencia de la galerna.

Quien se despertó, incapaz de seguir en la cama mientras el mundo rugía fuera, y se aventuró a salir a la calle, pudo verlo con claridad: el mar levantaba su furia blanca sobre playas y paseos, engullendo todo a su paso, al menos al principio, para dejar emerger de entre la espuma peñascos y faros que permanecían en su lugar como si no hubiera pasado nada.

Y hubo quien juraba, a pesar de que pareciera una locura, que vio entre las olas, los remolinos y la espuma, a un viejo tocado con un raído sombrero y que, con sus manos, ordenaba mecer al agua y soplar al viento.

No mentían, detrás de aquella tormenta, habían conocido al Nuberu.