I MISS THE RAIN

Poema incluido en el libro ilustrado por Elena Gromaz “Haremos que llueva”

 

Echo de menos la lluvia

y mis botas de agua haciendo “choff” en los charcos;

el reflejo de las luces de los coches

sobre el pavimento mojado;

el olor a fresco,

el sonido del agua en las ventanas dejando los cristales manchados.

Echo de menos la lluvia y mi vestido con leotardos;

las prisas,

los paraguas que pueblan como setas el acerado;

las abuelas que se tapan con bolsas de supermercado.

Echo de menos la lluvia, y el otoño,

que, después de tanto tiempo, creo que siempre fue verano.

Echo de menos la lluvia,

y mi taza de té del salmón desdichado,

y a Sting, a Carlos Núñez, a los Chieftains y el letargo.

Echo de menos la lluvia,

aunque esta mañana me he mojado.

ME LO DIJO EL DIENTE DE LEÓN

Me lo dijo el diente de león,

entre los remolinos de un amanecer de mayo,

que todavía me dejabas aparecer en tus sueños

y que, cuando despertabas,

el corazón te latía al ritmo de una manada de caballos desbocados;

que buscabas mi nombre entre los ojos de otras,

que acariciabas las olas como si fueran mi piel

y que, después de tres noches,

volvías a olvidarme,

como si nunca hubiera sido parte de tu vida,

como si mis huellas se hubieran borrado

con la subida de la última marea.

EL AMANECER DE LOS OSOS

Ayer por la mañana amanecí; oso que, al dar un paseo con el perro, dejó pelados de bayas todos los arbustos que encontró en el camino; oso.

Me lavé la cara (no voy a entrar en detalles sobre la complejidad de este ejercicio con unas zarpas recién estrenadas), me dejé marcas por toda la nariz y, como cabía esperar, los pantalones no me cerraban. Un día se amanece oso y, además del hambre atroz, de los zarpazos en la nariz y de que no te quepan los pantalones, tienes que lidiar con sentarte sobre una cola redonda que no ves, pero se sabe que está ahí porque molesta sobre los cojines del sofá, y se nota mover cuando se tensa cierto músculo al final de la espalda.

El caso es que mi amanecer oso pasó desapercibido al resto, nadie me veía oso excepto yo; mi perro no me veía oso, aunque sospecho que me olía oso porque se sobresaltaba cuando pasaba por su lado; mi pareja no me veía oso, aunque notaba algo diferente en mí y no sabía decir con precisión qué era; mis vecinos no me veían oso, porque me dieron los buenos días como siempre, aunque su hijo de tres años me ha miró raro, como si él sí fuera capaz de notar algo de osedad en mi apariencia humana. Pero yo, yo me miraba al espejo y veía un oso; un oso pardo, un oso de nariz profunda y ojos naranjas, de orejas redondas, de pelo duro, durísimo, así como… como de oso.

Y, fruto de esa nariz profunda, era capaz de distinguir el olor de todos los contenedores de basura; por culpa de esos ojos naranjas podía ver el horizonte con la silueta de sus árboles, y por las orejas redondas me llegaron ecos de un regajo que, normalmente, queda demasiado lejos para que me dé cuenta de que está ahí.

De repente empecé a pensar en salmones, en cerebros de salmones, en huevas de salmones, en pieles de salmones, vamos, lo que viene siendo cualquier desperdicio de salmón excepto la carne y las espinas. Así que asalté la nevera y me tragué, con mis fauces de oso: las pechugas de pollo, los filetes de ternera, las albóndigas en salsa, la merluza, la lubina, la palometa, los guisantes, la coliflor, la masa de hojaldre y una colección de cincuenta cubitos de caldo de cocido, todo ello sin descongelar.

A eso de media mañana, me entraron unas ganas incontenibles de invierno; un ansia, un desespero que no sé cómo explicar. En mi amanecer oso hubo muchas cosas difíciles de entender, pero ese deseo irrefrenable de invierno es, de largo, lo más complicado de todo. Era algo así como una lentitud en el paso del tiempo, como un embargo con la visión de cielos nublados y vientos gélidos; un sacudir de las costillas con el atisbo de la soledad, un escalofrío placentero en la columna (y hablamos de una columna de oso) con la expectativa de quedarse en la única compañía de uno mismo, un mirar hacia dentro con los ojos naranjas, un oler hacia adentro con la nariz profunda, un escuchar hacia adentro con las orejas redondas; incluso un arañar hacia adentro con las zarpas recién estrenadas que, sin embargo, me eran cada vez más familiares y fáciles de manejar. Así que retiré al rincón más remoto de la casa y me hice un ovillo (un ovillo tamaño oso, pero ovillo al fin y al cabo) para dar rienda suelta a eso que los eruditos llaman hibernación y yo he bautizado como “interior de oso” porque, en contra de todo lo dicho sobre el tema y todo los mitos que lo rodean, la hibernación no consiste en dormir, sino en ese hacia adentro; ese no ser más que lo que se es sin ser lo que nos hacen los demás, un reflexionar sobre la osedad de uno sin prejuicios ni influencias.

Y es curioso que mi primer pensamiento, precisamente, se dirigiera hacia fuera, una curiosidad por saber si, como yo había amanecido oso, otros también amanecerían quién sabe si oso, muflón o anguila, y cómo sobrellevarían ese nuevo estado; si eran capaces de reconocer a los otros, a los que amanecían como ellos o, lo que es peor, a los que amanecían lo contrario. Pongamos por caso que alguien que amanece ciervo se cruza con otro que amaneció lobo. Se masca la tragedia. ¿Habría alguien, en algún lugar, que amanezca avispa? ¿Habrá osos que amanecen humanos?

Esta mañana, después de una noche en vela, he amanecido yo, sin la nariz profunda, sin las orejas redondas, sin los ojos naranjas, sin los pelos duros, sin las zarpas y, resulte creíble o no, con unas ganas incontenibles de invierno.

DE RINCONES

Texto extraído de mi libro de relatos: Lo que las piedras callan.


Hay rincones pequeños, rincones grandes, de cemento, de árboles, de piel. Hay rincones en la memoria, en el fondo del corazón y rincones de pensar. Hay rincones que no son ni rincones, solo esquinas cóncavas, porque hay que cumplir muchos requisitos para ser rincón.

Una vez me encontré un rincón en un prado; estaba allí, en medio de un trigal. Ha sido, con diferencia, el rincón más extraño que he visto en mi vida. Entre dos espigas bien granadas, habían crecido una amapola y un cardo. Era un rincón precioso, pero me dio pena, mucha pena. Los rincones se sienten muy solos cuando no los guardan paredes, se quedan ahí, desamparados, expuestos a los elementos y ocultos a los ojos. Hay que tener mucha experiencia con los rincones para darse cuenta de que, en realidad, nos rodean.

Un vecino mío, rinconólogo de profesión, me introdujo en el estudio de los rincones. Me explicó cómo eran y todas sus peculiaridades. Me enseñó a distinguirlos y a valorarlos.

No saben lo mucho que se pierden de la vida si no saben de rincones.

Se dice muy a la ligera eso de “hermoso rincón”, parece que se llama rincón a todo y, sin embargo, la mayoría de las veces son simples espacios toscamente delimitados por dos planos. En la comunidad de la rinconología hay verdaderas guerras a este respecto.

Recuerdo un debate muy acalorado a colación de una revista que publicitaba como “El rincón más hermoso del mundo” un pequeño pueblo perdido en una montaña. Los conservadores decían que, estando en el hueco entre dos riscos, era, a todas luces, un rincón. Los más progresistas negaban su rinconidad por la falta de carisma y la masificación.

Sepan que lo de la masificación es un problema grave en esto de los rincones; si hay mucha gente, pasan de ser rincón a plaza.

A mí me interesan más los rincones imperceptibles, los que escapan de los estereotipos, porque son únicos y solo míos. No suelo hablar sobre ellos, los disfruto en soledad y los cuido, los mimo, y los lloro cuando desaparecen.

Si nunca han asistido a la muerte de un rincón les parecerá cosa baladí, pero no lo es. Yo adoraba un rincón que había en mi pueblo, era un gran rincón (por su carácter, no por su tamaño). Allí esperaban los abuelos a los niños al salir del colegio, le daba el sol entre dos edificios y, a un lado, tenía una pastelería que siempre olía a bollos recién hechos. Un buen día, echaron abajo la casa y la pastelería y pusieron una Caja de Ahorros. ¿Entienden ahora lo dramático de perder un rincón así?

Desde entonces me dedico a fotografiar rincones por si se mueren. Es una labor frustrante e ingrata, pero no cejo en mi empeño.

A pesar de mi experiencia, todavía ando en busca de mi rincón favorito, porque, a fin de cuentas, los humanos estamos hechos de rincones.