DE GUÍAS

Hace tiempo que aprendí que las cosas se tuercen cuando menos lo esperas. Por mucho que endereces el árbol, siempre hay una rama díscola que busca lejos el calor del sol y rompe la armonía de tu erecta obra con una horizontal maliciosa que recuerda que la naturaleza, así como el destino, no se pueden gobernar.

NUNCA LLUEVE A GUSTO DE TODOS

Y ¿qué era la primavera sino una alternancia en el poder de chubascos y soles de justicia?

Lo malo era que ninguno de los dos partidos consultaba su triunfo con el electorado. Y así, dieron en sacar santos par que intercedieran por ellos rogando agua cuando calentaba y sol cuando llovía, ignorantes de que dioses paganos y mensajeros cristianos estaban compinchados para hacerles la vida imposible.

Doña Ana, la de la sombra amable.

Doña Ana la llamaban por aquel entonces, aunque muy pocos lo recuerdan ya. Regalaba a los niños piñones en septiembre, cuidaba de los pajaritos que encontraba con un ala rota, se preocupaba por que los ciervos y los jabalíes siempre encontraran donde beber, y hay quien jura, ninguno lo supo nunca a ciencia cierta, ninguno puede prometer que lo vio, que tuvo un lince de mascota, otros dicen que no era un lince sino un águila real.

Se paseaba por la marisma sin sus aires de señora, humilde, enterrando sus pies entre las aguas y todos los caballos la seguían.

Cuentan que las cigüeñas anidaban en su pelo y que los patos graznaban su nombre cuando cruzaban desde África a París. Que una paloma, blanca como la espuma del mar, decidió quedarse a su vera.

Hasta las culebras le tenían cariño, pues nunca las reprendió por comerse los ratones, de los que era muy amiga. Nadie como ella para entender lo que llaman el ciclo de la vida.

Y qué bonita se sentía Doña Ana cuando llegaba la primavera, con las amapolas, los azulejos y las malvas; cómo disfrutaba de los nuevos nidos, y con el resurgir de las telarañas. Las abejas le hacían coronas de zumbidos. Ni siquiera los mosquitos, que salían a millares, la molestaban.

Ella devolvía los regalos con lo poco que podía, con lo único que era suyo porque, a pesar de ser Doña, no era dueña de nada. Los cobijaba con sus pinos y sus retamas, con una barrera de dunas que no dejaba que les salpicaran las tormentas que venían de más allá del mar.

Y por eso, entre todos, Ana, antes que Doña, era sombra amable.