NUNCA LLUEVE A GUSTO DE TODOS

Y ¿qué era la primavera sino una alternancia en el poder de chubascos y soles de justicia?

Lo malo era que ninguno de los dos partidos consultaba su triunfo con el electorado. Y así, dieron en sacar santos par que intercedieran por ellos rogando agua cuando calentaba y sol cuando llovía, ignorantes de que dioses paganos y mensajeros cristianos estaban compinchados para hacerles la vida imposible.

Doña Ana, la de la sombra amable.

Doña Ana la llamaban por aquel entonces, aunque muy pocos lo recuerdan ya. Regalaba a los niños piñones en septiembre, cuidaba de los pajaritos que encontraba con un ala rota, se preocupaba por que los ciervos y los jabalíes siempre encontraran donde beber, y hay quien jura, ninguno lo supo nunca a ciencia cierta, ninguno puede prometer que lo vio, que tuvo un lince de mascota, otros dicen que no era un lince sino un águila real.

Se paseaba por la marisma sin sus aires de señora, humilde, enterrando sus pies entre las aguas y todos los caballos la seguían.

Cuentan que las cigüeñas anidaban en su pelo y que los patos graznaban su nombre cuando cruzaban desde África a París. Que una paloma, blanca como la espuma del mar, decidió quedarse a su vera.

Hasta las culebras le tenían cariño, pues nunca las reprendió por comerse los ratones, de los que era muy amiga. Nadie como ella para entender lo que llaman el ciclo de la vida.

Y qué bonita se sentía Doña Ana cuando llegaba la primavera, con las amapolas, los azulejos y las malvas; cómo disfrutaba de los nuevos nidos, y con el resurgir de las telarañas. Las abejas le hacían coronas de zumbidos. Ni siquiera los mosquitos, que salían a millares, la molestaban.

Ella devolvía los regalos con lo poco que podía, con lo único que era suyo porque, a pesar de ser Doña, no era dueña de nada. Los cobijaba con sus pinos y sus retamas, con una barrera de dunas que no dejaba que les salpicaran las tormentas que venían de más allá del mar.

Y por eso, entre todos, Ana, antes que Doña, era sombra amable.

POR FEBRERO SALIÓ EL OSO DEL OSERO

Cantimplora, calcetines, botiquín… — Repaso el contenido de la mochila. — Antihistamínicos y ballesta. Está todo.

Cierro la puerta y emprendo el camino calle arriba, hacia las afueras. Tengo que darme prisa, mi enemiga es cada vez más madrugadora y siempre me pilla de improviso. Hasta este año, este año estoy preparada y no le voy a dar la más mínima oportunidad.

«Mejor prevenir que curar.»

Es lo que decía siempre mi abuela y, después de años de parches curativos, ha llegado la hora de la prevención.

Guardar el secreto me ha costado lo suyo; pasada la noche de Reyes, todo quisque en Aldeílla pregunta por los planes que hay hasta el verano. Por suerte, mi trabajo de bibliotecaria me da buenas excusas y mejor coartada. En una comarca cada vez más despoblada, el préstamo de libros se hace a domicilio y los plazos son largos; nunca hay prisa para nada, mucho menos para leer. Todo el mundo sale a recibirme en Llanos de Borbojo, Cerro del Humedal, Nava de Trigueros y Villaverde de la Ribera. Llego con mi motoneta, heredada de la antigua fábrica de gaseosas, y los ojos de los aldeanos se iluminan. Las dos últimas semanas han sido frenéticas, entregando libros por doquier, a ser posible de los más gordos, para que nadie se dé cuenta de mi ausencia durante esta aventura.

En estas tierras echan de menos a la bibliotecaria antes que al médico, así se sanan los males de los vecinos, a base de Eduardo Mendoza, Rosa Chacel y García Lorca.

La nieve bordea el sendero y se me embarran los bajos de los pantalones; es la mejor señal que puedo tener; eso significa que no es demasiado tarde, a juzgar por la ausencia de yemas en los almendros del huerto de Pascasio.

Mi misión, viviendo en un pueblo, es de necesidad imperiosa. Después, y soy muy consciente de ello, tendré que mudarme. Nadie me querrá por aquí si descubren lo que he hecho, o lo que me dispongo a hacer.

Voy pendiente del verdeo de las cunetas, del trino de los pájaros, de mi propia sombra. Tras años viendo pasar las estaciones sé de sobra cómo contar el tiempo por esos matices. El final del invierno lo marcan el cambio del color del humo en las chimeneas y el nacimiento de los primeros potros, aunque en el telediario se empeñen en darle fecha y hora. Me cabrea. Es como ponerle puertas al campo. No se puede y punto. Si lo sabré yo, que noto el picor en los ojos antes de que broten las primeras flores, que echo mano del inhalador a mediados de enero; que, para cuando llega marzo, ya tengo la piel hecha jirones de rascarme los eccemas.

Este año voy a cogerla por sorpresa, mientras hiberna, como los osos.

Me siento emocionada y vil al mismo tiempo. No soy amiga de hacer las cosas por la espalda, pero no tengo más remedio, la traición con traición se paga, y la otra lleva años traicionando calendarios y refranes, por no hablar de mis pituitarias.

Ya falta menos, dos colinas más y, al pie de la montaña del Loco, encontraré el lugar donde el viejo me ha dicho que todo empieza.

No suelo hacer caso a las cosas del Nicolás, aunque esta vez lo he hecho. En cuestión de cabras y covachas no hay mayor eminencia en kilómetros a la redonda.

Bajo la última cresta y la veo: la entrada a la cueva.

Me aposto tras el matojo pelado de una zarza y cargo la ballesta.

Puede ser cosa de horas, o de días, pero a mí me da igual, me he armado de flechas y paciencia.

Este año, por fin, mataré a la primavera.

EL NOMBRE DE LAS ESTRELLAS

—Ahí Orión y en este otro lado, Andrómeda y Perseo.

Y un pellizquito le coge el corazón. porque ella sabe que, hace mucho, mucho tiempo, otros las miraron y contaron otras historias, quizás las unieron de otras maneras, quizá eran otros amores los que escondían y ya nadie se acuerda de los más viejos nombres de las estrellas.

DAMNIFICADOS

 

Tras la tormenta del siglo, el Ayuntamiento estimó en doscientos mil euros los daños materiales y destacó que no había que lamentar víctimas personales; pero ignoró por completo los cadáveres de los paraguas que poblaban las aceras con sus esqueletos retorcidos y las pieles tiroteadas por el granizo; tristes alas de murciélago sin plañideras ni digna sepultura.

CIZALLA

La vi a ella, gritando tu nombre con el vaivén incesante del columpio que colgaba de la luna. La vi a ella, gritando te quieros sin pudor, sin recato, descomedida; tan abundante, tan repleta, que hasta los perros callaron ante su declaración de amor.

Y yo, triste y umbrada bajo la luz de las farolas, recordé esos besos que nunca me diste y los abrazos que apenas te robé.

La vi a ella, desvergonzada y descalza, con el aire de poniente agitando su melena, con el vaporoso volar de sus enaguas. Y mi sombra se hizo menos sombra, menos amiga, menos consuelo, menos más; menos yo.

Una estrella fugaz interrumpió el reflejo de los charcos. Aquí nunca llueve, aquí nunca hace sol, y los paraguas son barcos a la deriva en un mar de hojas esqueletadas, vacías, sin ser ni fruto; sin alba ni ocaso.

Y anoche corté las cadenas del columpio de la luna creciente para que ya ella no pueda gritarte, insolente, desde el fondo de las corolas de los tulipanes, desde el azahar en ciernes, desde el salir del sol.

Anoche corté las cadenas de la luna creciente para que menguara tranquila, sin estorbos, sin alborotos, sin amantes descarados, y que así nos dejara a solas.

A solas mi sombra y yo.

TINTO

Sostienen que se parece a la superficie de Marte, hasta de la NASA han venido a ver si hay vida en sus aguas, aunque sea microscópica.

Los ingleses lo explotaron, los chavales (y no tan chavales) acuden en bicicleta hasta sus orillas; dicen que los ciervos beben de sus aguas, y eso que, si te mojas, se te caen los pies.

Pero, para lo que realmente sirve, y lo convierte en algo especial, es que es el único río del mundo en el que puedes tirar piedras sin miedo a acertarle a un pez o un sapo en la cabecita.