DE TI I

Aquel lugar extraño, que solo conozco en sueños, que solo visito contigo, qué angustioso se tornó anoche, con los cuervos portando los cadáveres de sus compañeros, un niño pintando con los dedos y los últimos rayos de sol. Tu abrazo que no era tu abrazo, y esa nostalgia que se colaba por la ventana con una niebla asfixiante. Una cabra blanca y negra, el olor a castañas, un perro ladrando a una nube de forma incierta. En medio del caos, tu voz como una brújula; tus labios, estrellas polares; tus ojos, bálsamo capaz de resucitar a los muertos.

Y, aunque no lo creas, a pesar de todo ello, cuando desperté me sentí un poquito feliz y un poquito desamparada, como siempre que huyes entre las campanadas de los sueños y el sonido impertinente del despertador.

DE ÁRBOL EN ÁRBOL

Cuando era pequeña quería ser ardilla, con mi cola anaranjada, mis orejas rematadas con escobillas de pelo y los carrillos llenos de piñones. No quería ser una ardilla cualquiera. Quería ser esa ardilla de la que me hablaban en el colegio y que saltaba de árbol en árbol de norte a sur, desde Cádiz a Gijón. Me daba igual si por el camino me tenía que esconder de las águilas reales o de los zorros; estaba convencida de que ser esa ardilla tenía que ser lo mejor del mundo porque podría ver correr a los ciervos entre los pinos, a los jabalíes buscar con sus hocicos bajo la tierra, el espectáculo de las bandadas de ánsares cruzando el cielo en sus migraciones anuales, ver crecer los musgos y las amapolas.

El invierno me daba un poco de miedo, para qué negarlo; si me pillaba cruzando la Sierra de Gredos, iba a pelar mucho frío; siempre me dio la sensación de que las ardillas eran bichos de verano. Los osos y los lobos de la Cordillera Cantábrica no me asustaban para nada, jamás vi un documental en que comieran ardillas. Sí me daban un poco de grima las mantis religiosas y las víboras; también me daban repelús los sapos, pero adoraba a las ranas y a los tritones, aunque no estoy muy segura de que, siendo ardilla, pudiera tener mucho contacto con ellos.

Soñaba con llegar a Doñana y ver de cerca un lince, entiéndase cerca como unos metros, los suficientes para no convertirme en su cena. Y ver flamencos en la marisma, muchos, con las cigüeñas y los caballos.

Las montañas más altas, gobernadas por cabras montesas y buitres, me daban respeto. No sabía cómo podía apañárselas una ardilla entre los riscos pero, si mis profes decían que se podía ir de punta a punta, alguna forma habría. Tampoco me convencía lo de cruzar los ríos. No los regajos o los arroyos como el del pueblo o al que íbamos a bañarnos algunas veces en verano. Me refiero a los ríos gordos: al Duero, al Tajo, al Guadalquivir; se veía desde lejos que, para cruzarlos, se necesitaba más que un salto.

¿Habría tiburones? Me informé y parecía ser que no, aunque algunos pasaban por las costas, pero eran inofensivos, como las ballenas y los delfines. Claro que esos lares, a una ardilla, no le preocupan demasiado. No hay árboles en el mar. Bueno, sí, pero no son árboles-árboles, son plantas de otro tipo, y las ardillas no sabemos nadar. Como mucho, podía conformarme con asomar la cabeza por un acantilado en Galicia, que también tenía que ser bonito.

Sentía especial simpatía por los conejos y las liebres, pobrecitos. Sus enemigos eran los mismos que los míos, pero ellos no podían trepar a los pinos para esconderse. Creo que ahí empecé a entender lo que era la empatía. Lo mismo me pasaba con las lagartijas y las abubillas, aunque esas seguro que serían mis vecinas y nos íbamos a llevar bien.

Cuando conté en casa que quería ser ardilla, mis padres me dijeron que primero tendría que cambiar los dientes, porque una ardilla con dientes de leche no puede comer muchas nueces, y decidí tener un poco de paciencia. Mientras tanto, me conformaba con ir a por piñotes para la caldera con mi abuelo, a recoger nícalos o de paseo por el valle cuando íbamos al pueblo.

Lo que más me gustaba era coger la bici y pedalear por los pinares; ahí me di cuenta definitivamente de que mi propósito de ser ardilla que cruzara España de cabo a rabo iba a ser difícil, no por las montañas y los ríos, sino por la falta de árboles. Te metías en un pinar y se acababa enseguida. Quizá por eso, cuando en el colegio nos llevaron de excursión a reforestar, me puse muy contenta y, a pesar de lo cansado que es, intenté plantar todos los árboles que pude; los necesitaba todos para mi propósito de ser ardilla, para poder viajar sin bajarme de las copas y disfrutar de los atardeceres, de las nieblas y de la berrea de los ciervos, que salía en la tele y me parecía algo digno de ver.

Con los años, mi sueño de ser ardilla quedó cada vez más lejos; los dientes sí me cambiaron, pero no me crecieron ni la cola ni las orejas y, conforme me hacía mayor, también me hacía más alta y lo de trepar a los árboles se complicaba: no es lo mismo pesar medio kilo que cincuenta. Estorban a la hora de saltar.

En lo de ver ciervos, jabalíes, lobos, buitres, águilas y osos no me di por vencida. Hasta me atreví con las ballenas y los delfines porque, ahora que no soy ardilla, sí puedo nadar y montar en barco. Lo de los flamencos ya lo he tachado de la lista. Fue el otoño pasado y fue aún más bonito de lo que imaginaba; me falta el lince y me lo están poniendo difícil, pero yo soy muy cabezona. Un día de estos lo consigo.

MÍMESIS

Para escapar de sus perseguidores aprendió a colocar los pies de puntillas y así confundir sus huellas con las de los ciervos, a disimular su olor con el de las camas de los jabalíes, el color de su piel lo tornó del mismo que las liebres y aun así, cuando llegó la tercera noche, frente a ella se apareció una lechuza que, entre su ulular inconfundible, le contó el final de todos los sueños que no había querido soñar.

AMANECE, QUE NO ES POCO

Le gustaba mirar amanecer con los ojos puestos en las bateas negras y pardas que se cruzaban en el horizonte con la línea de las islas.

El sol siempre salía por el otro lado, pero era el nacimiento de su sombra, inexistente a esas horas, la que le llenaba de vida. Creación milagrosa, compañera inseparable salvo por las noches, en que ella se fugaba, suave como las primeras plumas de las gaviotas, a descansar a un mundo de lechuzas ansiosas y plenilunios frustrados que él desconocía.

LA OTRA ORILLA DESDE MOHER

Sentarme a tu lado, en el abismo del fin del mundo, donde todas las flores son blancas, donde los ríos son murmullos que confunden el latir de los corazones.

Sentarme contigo a esperar el ocaso y ver cómo el camino del sol sobre el mar nos promete un mundo nuevo, un techo bajo las colinas, un caballo de algas, un castillo bajo las olas, un pasado presente, un rayo de luna entre las raíces de los espinos.

Sentarme a tu lado y que me susurres un nombre antiguo, y que me mires, y que me quemen tus dedos en la espalda y que arda el mundo mientras nos veneramos; que pierdan el norte todas las aves y vaguen sin rumbo sobre nuestras cabezas; que las nubes oculten todos los arcoíris del mundo.

Tumbarme a tu lado sobre un lecho de hierba, que las hormigas nos hagan cosquillas en la piel y las campánulas se enreden en mi pelo, en el tuyo; que las orugas trencen mis mechones con los tuyos.

Tumbarme a tu lado y esquivar la espada que clavaron entre nosotros en forma de océano; hacernos grandes, pequeños, invisibles, gotas de lluvia, corriente de mar.

Elevarme a tu lado en un remolino y confundirnos con las hojas, con las ramas de los sauces, con el bramido de los ciervos, con el reclamo de los cisnes y con el último rayo de sol.

DE GUÍAS

Hace tiempo que aprendí que las cosas se tuercen cuando menos lo esperas. Por mucho que endereces el árbol, siempre hay una rama díscola que busca lejos el calor del sol y rompe la armonía de tu erecta obra con una horizontal maliciosa que recuerda que la naturaleza, así como el destino, no se pueden gobernar.