CATÁSTROFE II

Terminó la novela, la dejó con satisfacción sobre la mesita de café y salió al jardín para estirar las piernas.

Cuando regresó al estudio, el perro se había comido el manuscrito.

INSTRUCCIONES PARA SALIR DE UN BOSQUE ENCANTADO

Seguir la linde de los Alisos, saltar el Brezo,

rodear tres veces el Castaño en el sentido de las agujas del reloj,

pasar junto al Diente de león sin que se muevan sus semillas,

recoger una vara del centro del Espino,

cantar al Fresno una canción de amor;

de ninguna forma subirse al Guindo,

presentar los respetos al Haya, cuidarse de encender fuego cerca del Incienso,

hacer un ramillete de Jacintos atado con hierba de San Juan,

guardar cinco hojas de Laurel en un zurrón imaginario,

ofrecer a las hadas el fruto del Manzano antes de que caiga,

raspar con tu nombre la corteza del Nogal,

escarbar entre las raíces del Olmo en busca de setas,

untarse las manos con la resina del Pino,

soñar toda una noche junto al Quejigo,

escalar el Roble sin quebrar una rama,

escuchar las penas del Sauce hasta que deje de llorar;

atravesar el tronco del Tejo sin tocarlo,

comer cuatro uvas de la Vid mirando hacia los puntos cardinales

y, por último, reptar bajo la Zarza.

ISO 100

A veces sale la luna y se queda quieta, muy quieta en medio del cielo, y entonces uno piensa que posa, engreída, para todos los fotógrafos del planeta.

Después se burla, con Venus y las constelaciones cercanas, de la inocencia de los humanos, pues cualquier aficionado a la fotografía sabe que la luna siempre sale movida.

MÍMESIS

Para escapar de sus perseguidores aprendió a colocar los pies de puntillas y así confundir sus huellas con las de los ciervos, a disimular su olor con el de las camas de los jabalíes, el color de su piel lo tornó del mismo que las liebres y aun así, cuando llegó la tercera noche, frente a ella se apareció una lechuza que, entre su ulular inconfundible, le contó el final de todos los sueños que no había querido soñar.

ANTES DE DORMIR

Era una niña obediente: no corría por la calle, decía “gracias” y “por favor”; y se iba a la cama sin rechistar, siempre, eso sí, con un plato de galletas para el monstruo de debajo de su cama, que las niñas buenas saben compartir.

AMANECE, QUE NO ES POCO

Le gustaba mirar amanecer con los ojos puestos en las bateas negras y pardas que se cruzaban en el horizonte con la línea de las islas.

El sol siempre salía por el otro lado, pero era el nacimiento de su sombra, inexistente a esas horas, la que le llenaba de vida. Creación milagrosa, compañera inseparable salvo por las noches, en que ella se fugaba, suave como las primeras plumas de las gaviotas, a descansar a un mundo de lechuzas ansiosas y plenilunios frustrados que él desconocía.