SOMBRA DE GATO

Estaba allí, quieta, venerable, arrinconada en la esquina que formaban el alero y la pared trasera del patio. Hubiera dicho que existía por el reflejo de las estrellas, de la luna que no había, por la refractación del destello del sol sobre la superficie de Júpiter o Plutón.

Levantó una pata y la acercó a su cara, con un gesto digno, regio, incontestable, y, entre la oscuridad que emanaba, juraría que vi sus ojos verdes mirándome, como jueces implacables que leen lo todavía no pensado.

Se atusó las puntiagudas orejas y volvió a posar la pata sobre el borde de la fachada, como una funambulista sin lentejuelas ni tutú. Encorvó el lomo, estiró el rabo y la sombra blanca se transformó, sobre el tejado, en una gata parda.

TRAGALDABAS II

Miraba al buzón fijamente inclinando la cabeza a un lado y a otro.

—¿Qué haces, Carlos?— le preguntó su madre.

—Esperar.

—¿Esperar a qué?

—A ver si se pone malo por comer papel, igual que yo el otro día.

PUNTOS DE REFERENCIA

Vivía con miedo a perderse en el bosque o en el mar, hasta que un día le enseñaron a guiarse por el musgo que crecía en los troncos de los árboles y la posición de las estrellas.

Entonces descubrió que las estrellas también morían.

Entonces descubrió que las estrellas también morían.

In memoriam

Texto incluido en el libro de relatos Lo que las piedras callan

La policía entró en el estudio sin miramientos. Apenas prestaron atención a los lienzos de las paredes, ni a los bocetos en carboncillo que tapizaban cada centímetro.

«Muerte accidental» firmó el forense, que determinó como un resbalón la causa del fallecimiento.

Y, allí, sobre el suelo plagado de manchas de óleo y pastel, dejó el pintor su obra póstuma: el contorno de su silueta en tiza blanca.

CUBRIR LAS PISTAS

Cuando recogió la ropa tendida y logró recuperar la vista tras el repentino fulgor del sol sobre el blanco de las sábanas, le llamó la atención el reguero de huellas que huía del tendal, como si los fantasmas que las habitaban hubieran aprovechado la noche para escapar de sus vestidos y correr desnudos hacia el bosque cercano.

MERCURIO TRASNOCHADO

¿Cómo te atreves a aparecer en mis noches sin ser llamado? ¿A obligarme a que me rompa los huesos buscando tu abrazo en un aire vacío que solo devuelve el recuerdo de tus ojos, de un beso que nunca existió?

¿Cómo te atreves a tenerme una semana bramando tu nombre a todos los vientos conocidos, sin respuesta?

¿En qué momento te erigieron mis dioses en mensajero de buenas nuevas que deja tras de sí un rastro de lágrimas, de deseo, de ausencia. Un huracán que arrastra un castillo de naipes. Un jodido golpe de mar?

Y, a pesar del tiempo, de los años (de la distancia en todos los sentidos), me miras enfadado, como si no te reconociera, con esos ojos imposibles que me taladran y me llevan a lugares que nunca visité, salvo en sueños y a tu lado.

Tú, duende malvado que sabes cómo romper todos los círculos de piedra de mis muchos mundos, con todos los derechos adquiridos sobre mi alma, vienes a recordarme que, a pesar de todo lo que yo sea cuando despierto, nunca podré aspirar a más que a ser yegua desbocada que galopa hacia ti.

DE FAROS Y OLAS

Texto incluido en el libro de relatos Lo que las piedras callan

Fotografías a miles han retratado esos momentos de faros emergiendo entre una espuma que levanta metros sobre las rocas; sobrevivientes a la naturaleza, orgullosos e inquebrantables, impertérritos ante una violencia a la que se han acostumbrado con los años.

Esto es lo que los humanos piensan, y están equivocados.

De las conversaciones entre faros y olas solo nos llegan los ecos, tímidos susurros entre el viento húmedo de los temporales. Son enamorados al amparo de las estrellas que ocultan un sentimiento impuro durante el resto de sus existencias.

Nadie se acuerda de estos amores cuando hace buen tiempo, cuando la luz, en temerosos guiños, acaricia las ondas con alevosía y nocturnidad.

¿Qué pensará el mar durante el día?

Los faros se esfuman entre la niebla, disimulando hora tras hora sus ansias hasta que llegan las tormentas para calmar la impaciencia de un amante por reunirse con otro; las nubes, oscuras celestinas, se compinchan con los vientos; arrancan aullidos de las rocas, estremecen corazones y cabalgan gotas. Obligan a los humanos a esconderse, a cerrar los ojos. Todo para que las olas puedan robarle a los faros un beso.