DE LA TUMBA A LA TRINCHERA

Se fue al descampado con la única compañía de un pico, una pala y un botijo. Comenzó a cavar un hoyo. Los curiosos que pasaban por allí le preguntaban qué hacía y él respondía a todos lo mismo: «Cavo mi propia tumba.» Después de lo cual, los preguntones se alejaban, dejándole tranquilo con su quehacer.

Pasaron los días y él seguía cavando. El hueco era cada vez más profundo, cada vez más alargado.

La novena noche se metió dentro y se tumbó panza arriba a contemplar las estrellas por última vez.

A la mañana siguiente volvió a casa, dejó el pico y la pala, rellenó el botijo, cogió pan, queso, cuerda y un hacha, y, con todo a cuestas, regresó al descampado.

Se puso a cortar troncos de un pinar cercano y los ató unos a otros.

Los curiosos que pasaban, los mismos de todos los días, comentaban entre ellos que aquella era la tumba más extraña que habían visto jamás.

¿No cavabas tu tumba, muchacho?— le preguntó uno.

No, ya no. Ahora preparo una trinchera donde hacerme fuerte.

SI UNA PUERTA SE CIERRA…

Cuando se recuperó de la angustia que había provocado el sonido de la puerta cerrándose tras ella, un filo de luz le indicó que la que tenía delante se estaba abriendo, y no pudo evitar sentirse como una vaca camino del matadero.

EL QUE NACE LECHÓN…

El que nace lechón…

¡Qué maravilla estrenar corazón! Se siente como nunca, ha subido las escaleras del metro de un tirón.

«¿Qué es eso? Um, un charco, se ve tan bonito. Qué barro más llamativo.»

¿Decías cariño?

Oink.— “Me duele la rabadilla.” —No tires las mondas de la patata, que me hago una ensalada. Oink

«Qué charco tan majo, voy a meter los pies. Oink, oink.»

Mire a ver, doctor, que mi marido hace cosas raras.

Los trasplantes es lo que tienen, pero no hay rechazo. ¿Cómo se encuentra, señor López?

Bioink

Lo que yo digo, hay que esperar.

¿No le nota más chato?

Yo diría que no.

El señor López hoza los informes médicos.

Cariño, vámonos a vivir al campo, con el barro, con los charcos.

¿Pero usted le oye, doctor? Que se quiere ir al campo.

El aire limpio le hará bien.

Oink.

De perdidos…

Escuchó el murmullo del agua y siguió el sonido como si fuera un niño tras el carro de los helados. Finalmente llegó a una playa.

No era rumor de río, sino de olas, y él seguía sin encontrar su camino.

EN TODAS PARTES CUECEN…

Cuando llegaba el mediodía le costaba moverse por el vecindario. El olor a puchero salía de cada ventana inundando todo.

Odiaba las habas desde niño. Puestos a pedir, incluso hubiera preferido las lentejas; aunque con esas no le quedara más remedio que comerlas.