Acerca de A. Losa

Writer. Fated Salmon owner. Escritora y dueña de un salmón desdichado.

DE PROMESAS Y AMENAZAS

¿Y si te dijera que ya no quiero verte?

¿Qué harías?

A veces siento que mi corazón y mi alma

son de mundos diferentes

y tengo ganas de romperlos

a ambos, los dos.

¿Y si hoy dijeras que ya no quieres verme?

¿Qué haría?

Seguramente, romperlos

a ambos, los dos,

e intentaría ser feliz con otros comprados,

vendiendo los míos

al mejor postor.

A LOS GATOS LES GUSTA EL JAZZ

Mi nombre es Arístides y soy gato pardo por las noches y adorable siamés durante el día. Nací junto a una chimenea, acompañado de los ronroneos de mi madre y otros cinco hermanos que fueron saliendo de la casa, uno por uno, hasta que solo quedamos mi descuidada progenitora y yo.

Contaba con un mes de existencia cuando, persiguiendo el sonido de un abejorro, caí por la ventana. Ahí perdí mi primera vida.

Lo bueno de ser gato es que eso de morirse, al menos las primeras seis veces, no es gran cosa. Me levanté, me sacudí el polvo y volví a casa para descubrir que el abejorro no era tal, sino una perversa obra de Rimski-Kórsakov que mi dueño, el melómano, había puesto en el tocadiscos. Desde ese día odio la música clásica.

Un par de semanas después, harto de la tortura de unas gaitas que retumbaban por todo el salón, me escondí en la despensa. Cuando la cocinera me encontró, me arreó con una lata de conserva en la sesera y así se fue mi segunda vida, tan rápido como vino. Desde entonces no soporto la música folk y las sardinas en escabeche me producen migrañas.

Un día de primavera me vi poseído por un ritmo caribeño, perdí pie en un giro y rodé librería abajo, con tan mala pata, que un ejemplar de los más gordos hizo el descenso tras de mí, sospecho que por solidaridad, y cayó, cuan largo y pesado era, sobre mi lomo. Ahora me cuido mucho de bailar bachata y aborrezco la literatura.

Los acordes de una guitarra dieron al traste con mi cuarta vida. No diré cómo por lo embarazoso de la situación; pero por mí, el rock y su rey, pueden estar muertos y bien muertos.

El fin de mi quinta vida se lo debo a John Lennon. Me dio por emularle sin salir de la cama y me relajé hasta tal punto que el corazón dejó de latir. Tanto mejor, porque estaba a un paso de convertirme en gato de angora con la excusa de dejarme crecer el pelo.

Viví sin preocupaciones los siguientes dos años gracias a que me mantuve alejado de música, sardinas en lata y libros por igual. Coincidieron con el ascenso de mi dueño en el trabajo, lo que le dejaba poco tiempo para poner el dichoso tocadiscos. Sin embargo, se mudó un vecino al piso de al lado que se deleitaba pregonando sus gustos musicales y así fue que, estaba yo tan cómodo al sol en el alfeizar de la ventana, cuando una cosa llamada reaggetón me despertó de un brinco. Intenté clavar mis uñas en el hormigón de la fachada pero resbalé hasta la calle, donde el autobús que hacía la línea trece me pasó por encima, dejándome el rabo hecho un cuatro y finiquitando mi penúltima vida.

Pasé una semana entera deambulando por los tejados y comiendo de la basura hasta que, una noche, un sonido mezcla del piano de la música clásica, la base rítmica del folk, la guitarra del rock antiguo, el bajo del pop y ese toque étnico de la música latina llamó mi atención; aquellos estilos que, por separado, casi habían terminado con mi existencia, me guiaron hasta una plaza donde cuatro músicos hacían de las suyas sobre el escenario. Al final del concierto, el trompetista decidió adoptarme como mascota. Me pusieron de apellido Coltraine, porque mi rabo les recodaba a la forma de un saxofón, y me contaron que lo que tocaban se llamaba jazz.

Desde entonces vago con ellos de garito en garito. Y, a cambio de la comida, yo les he dado una imagen para su grupo e inspiración para más de un tema.

Cuando eres el protagonista, esto de la música no está tan mal.

LA BESTIA INTERIOR

El experto en acústica biológica decidió catalogar cada sonido que hacía su estómago.

A veces era como el crujir de la madera de un barco en medio de la más terrible de las tempestades; otras como un nido de cocodrilos recién nacidos llamando a su madre y, las más, como el rugido de un león a punto de devorar una cebra.

Acudió asustado al médico el día en que le despertó a medianoche la llamada a la caza de una ballena asesina.

HACIA ADELANTE

Aseguró los tacones de sus botas en el polvo y se llevó la mano a la frente, haciendo visera para eludir el brillo del sol. Ni siquiera sabía qué estaba buscando, pero pensó que en algún momento lo descubriría.

El horizonte se dibujó en un borroso color dorado. Arena y más arena hasta donde llegaba la vista; algún matojo desperdigado y un par de cerros que se antojaban amenazantes por lo que pudieran esconder en lo alto.

El viejo le había hablado de un río pero, ni su rumor, ni su frescura hacían acto de presencia en aquel páramo; quizá si seguía cabalgando hacia el oeste…

En un mundo sin caminos es difícil perderse, pues no hay ruta que ignorar, no hay cruces que lleven allí a donde no queremos llegar; aunque también es fácil sucumbir al desaliento.

¿Sería así como se sentían los hombres que navegaban cruzando océanos?

¿Huérfanos de punto cardinal?

Volvió a subir al caballo y arrancó al paso, siempre mirando al frente, nunca hacia atrás; nunca hacia lo que representaba el pueblucho dominado por el temor en que se había criado y del que huía tras asesinar al sheriff.