DE FAROS Y OLAS

Texto incluido en el libro de relatos Lo que las piedras callan

Fotografías a miles han retratado esos momentos de faros emergiendo entre una espuma que levanta metros sobre las rocas; sobrevivientes a la naturaleza, orgullosos e inquebrantables, impertérritos ante una violencia a la que se han acostumbrado con los años.

Esto es lo que los humanos piensan, y están equivocados.

De las conversaciones entre faros y olas solo nos llegan los ecos, tímidos susurros entre el viento húmedo de los temporales. Son enamorados al amparo de las estrellas que ocultan un sentimiento impuro durante el resto de sus existencias.

Nadie se acuerda de estos amores cuando hace buen tiempo, cuando la luz, en temerosos guiños, acaricia las ondas con alevosía y nocturnidad.

¿Qué pensará el mar durante el día?

Los faros se esfuman entre la niebla, disimulando hora tras hora sus ansias hasta que llegan las tormentas para calmar la impaciencia de un amante por reunirse con otro; las nubes, oscuras celestinas, se compinchan con los vientos; arrancan aullidos de las rocas, estremecen corazones y cabalgan gotas. Obligan a los humanos a esconderse, a cerrar los ojos. Todo para que las olas puedan robarle a los faros un beso.

COSAS QUE SOLO PASAN CUANDO ESCRIBES

Esta mañana, como todas las mañanas, se levantó a las cinco de la madrugada, salió a correr, se duchó, tomó el desayuno y, a las ocho en punto, entró en su despacho para acometer la jornada de escritura, indefectiblemente programada hasta que la campana de la iglesia dé las doce.

Encendió el portátil, subió las persianas, colocó en perfecta alineación con el borde del escritorio los dos lapiceros para tomar notas rápidas y, con el tercero, se sujetó el pelo en un moño. Completado el ritual, se sentó y en el preciso momento en que se disponía a teclear la primera palabra del día descubrió que algo extraño pasaba, la invadió una sensación de ausencia, un cosquilleo que viajaba desde las yemas de los dedos por el antebrazo y se instalaba, ya casi como un pinchazo profundo, en la zona de la nuca. Miró hacia el teclado y ahogó un grito.

¿Cómo era posible?

El caos reinaba impunemente en un maremágnum de teclas: la A en el lugar del “intro”, la N sobre el teclado numérico, mientras CTRL, ALT y Suprimir habían creado un fuerte en torno a la barra espaciadora, pegadas una a otra por primera y cómoda vez en la historia de la informática.

A LAS AGUAS DEL TINTO

Tinto de otoño teñido

que te desbordas por los viñedos

salpicados en tus orillas

bajo la atenta mirada del halcón,

bebida ancestral que fluye con tu nombre

como una ofrenda

a los dioses antiguos de la Humanidad,

tributo efímero a unas aguas

cuyas entrañas guardan los preciosos metales

que hicieron hombre al hombre,

primera herramienta

interrumpida por molinos

que le dieron de comer,

pan infinito amasado con tus corrientes,

espejo de las estrellas, reflejo de planetas lejanos,

sangre derramada

de mil brazos que horadaron tus raíces,

Tinto que dibujas la tierra con tu líquido pincel.

ESTORBADORES PROFESIONALES

De vez en cuando pasa que tienes mucha prisa y la persona que va delante bloquea todas las salidas, tapa los huecos, como un Michael Schumacher de a pie.

De vez en cuando pasa que tienes muchas ganas de ver un puesto en el mercado y delante de ti se forma una muralla inamovible que te impide acercarte siquiera; de vez en cuando pasa.

Pasa, pero quizá no de vez en cuando, quizá hoy, en lo que llevas de día, te ha pasado tantas veces que ya has perdido la cuenta: en la escalera de casa, en la puerta de la calle, en la boca del metro, en el semáforo, en la oficina, en la cafetería, en el supermercado…

Yo el último me lo encontré en medio de un sueño, estaba allí plantado y no me dejaba ver lo que yo misma soñaba.