¿CUÁNTOS CORAZONES TIENE UN PULPO ENAMORADO?

Al principio Pulpo solo tenía un corazón, un corazón que bombeaba su sangre azul (sin que fuera de la realeza). Tan pronto ese corazón se llenó de adoración por el mar, tuvo que salirle otro para hacer las funciones normales de un corazón sin que le quitara un mínimo de espacio para el cariño que tan feliz le hacía; así que, a partir de entonces, Pulpo tuvo dos corazones, que si bien latían al unísono, en nada más se parecían; y no llevaba mucho disfrutando de tan peculiar cualidad cuando conoció a otro pulpo y se enamoró.

DE OPCIONES VI

De poder elegir, sería acantilado

para que el mar me bese los pies,

que el viento me remueva las ideas

y me aniden los pájaros

a la altura del corazón.

Acantilado de dura roca

que se desmorona con los años

(siempre el mismo, nunca igual)

y que me coronen el flequillo

de margaritas y rocío.

Que me teman los barcos,

los aviones;

que me crean fin del mundo.

Y que me resbale por el cuerpo

la luz dorada de una puesta de sol.

LA DAMA SINGULAR

Finalista en el Premio DONBUK 2022

Valentina Lópes Da Rienda fue siempre mujer remilgada en extremo. Se contoneaba por las avenidas con aire condescendiente; poco le importaban las miradas extrañadas por su aspecto, aun pasados los cuarenta vestía tirabuzones artificiados, enaguas de encaje bajo un vestido azul oscuro que acompañaba los domingos con guantes de seda, como sacada de una viñeta de dos siglos atrás.

Compraba la lencería en las mercería antiguas y tenía un ajuar de abuela, de cuyo origen nadie supo jamás, entre el que se hallaba un corsé de ballena de verdad. Esta pieza tan singular la vestía solo los días de fiesta grande, junto con un vestido provocador en otra época que ahora se antojaba trasnochado hasta para una película de ambientación decimonónica. Siempre se paseaba con aquellos aires de grandeza, como si fuera una Sissi o una Maria Antonieta, regalando sonrisas esquivas a los hombres que la miraban más con curiosidad que deseo.

Los domingos por la tarde acudía al parque con una bolsa de restos de pan que echaba de comer a los patos con un gesto al borde del desmayo. Nunca usó maquillaje, si acaso se pellizcaba las mejillas, y nadie vio de su anatomía más allá de las muñecas o el tobillo. En verano evitaba el sol y paseaba por la playa de las Moreras con un largo vestido blanco y una sombrilla de encaje raído que había conocido días mejores por lo menos un siglo atrás. Una digna musa de Sorolla bajo los cielos de Machado.

En invierno enfundaba las manos en un tubo de pellejo que olía a naftalina y, si nevaba, transportaba a una escena de Doctor Zivago. Se recogía los bucles en moños complejos que luego escondía bajo un pequeño sombrero. Había en el barrio quien juraba que, tras el abrigo negro, escondía una banda exigiendo el voto para la mujer y que organizaba meriendas con dulces y té para una sociedad de escritores y otra de seguidores de Sherlock Holmes. Nadie sabía de dónde salía el dinero, aunque las malas lenguas hablaban de un viejo nostálgico que le concedía todos los caprichos a cambio de verle las rodillas una vez por mes. Otros, más románticos, insinuaban una herencia entre cuyas cláusulas se hallaba la explicación a su atuendo y, por último, había una patulea de adolescentes que la veneraban como una visionaria y que se paseaban tras ella con aires de Oscar Wilde, lirio en el ojal incluido. Ninguno de ellos logró sin embargo acercarse a Valentina lo suficiente como para besarle la mano o adularla con ocurrencia, pues ella solo cruzaba palabras con el tendero y poco más.

En su mundo reducido a tres manzanas de casas, hubo quien esperó siempre que montara en una calesa. Jamás nadie la vio en el teatro, la iglesia o la Universidad.

Tras los visillos amarilleados por el tiempo y la lejía, la luz del quinqué apenas llegaba a la mesita de café. Sobre un sinfonier descansaba lánguida la pluma junto al tintero y un cajón lleno de cartas por enviar. Los viernes por la tarde, el olor amargo del lacre inundaba el descansillo y todos los vecinos sabían que el lunes saldría temprano en dirección a la estafeta de correos para enviar unas misivas que siempre tenían remitente y rara vez destinatario. Los martes escuchaba a Mozart, los miércoles leía a Austen o Shelley o alguna de las hermanas Brönte y los jueves se permitía un merengue de Cubero que le empolvaba de manera graciosa la nariz. Nunca dio señales de falta de cordura y era de maneras educadas; preguntaba a doña Filomena, la del tercero, por sus nietos; a don Cosme por el perro, y sonreía con dulzura al bebé de los del cuarto, una pareja igual de anacrónica que ella, salvo que ellos, al menos, habían saltado de siglo y se habían asentado en los setenta de la paz y el amor. El administrador de la finca había cambiado cinco veces y el último, un muchacho recién salido de la facultad, era el único que entendía a tan peculiares vecinos, por otro lado conformes y al día en los pagos, lo que le quitaba bastante trabajo. Solo una condición le ofuscaba, y era el empeño por mantener el papel pintado de las paredes y el ascensor, casi un prototipo, que había que reparar cada veintiún días con precisión suiza y para el que cada vez costaba más encontrar mecánico.

El retrato del edificio lo completaba una imprenta que olía a aceite de engrasar y a tinta vieja, muy acorde con el resto del inmueble, y en la que Valentina se sentía como en casa. Los operarios, casi tan antiguos como las máquinas que manejaban, saludaban con cortesía a la singular dama, quizá inspirados por los vapores, por el ruido, o por la limpieza que despedía en un mundo ennegrecido.

Y es que, en su agenda milimétrica, había un espacio, un espacio privilegiado, en el que Valentina acudía con un mandil de hule y el pelo recogido en descuidada trenza, a imprimir sus pensamientos y los de otros a cambio, y este era el secreto, de un exiguo estipendio que pagaba sus pocos caprichos y sus muchos anhelos. Utilizaba para este menester la hora previa al almuerzo de lunes a sábado y el momento en que otros iban a misa los domingos. Allí escondida, entre tipos y manivelas, daba rienda suelta a sus recuerdos, la mayoría inventados, que compartía en la cita semanal de los sábados por la tarde con los miembros de la Romantic Society, que, a pesar de estar sita en Valladolid, en la acera Recoletos, escogió el nombre en inglés por modernidad y desde cuyas ventanas, acorde con su nombre, se veía la arboleda del Campo Grande y, un poco de refilón, la estatua de José Zorrilla, a quien veneraban como a un dios y a los pies de la que colocaban, cada veintiuno de febrero, un poema que escribían entre todos durante la semana anterior.

Conseguían el material para sus veladas en una vieja papelería que hacía esquina con el Pasaje de Dulcinea y que nadie, excepto ellos, sabía encontrar; un agujero de gusano en medio de una ciudad que se alejaba cada vez más de su modernismo impresionante para sucumbir al siglo XXI sin miramientos ni nostalgias.

Nadie sabe cómo, pero se las ingenió para contraer una tuberculosis que derivó pronto en neumonía; durante tres semanas se turnaron para velarla junto a la cama los socios de la Romantic Society y, llegado el triste momento, tal como dejó dispuesto, doña Filomena la vistió con un traje negro de encaje en el cuello, colocó entre sus manos un pañuelo del mismo color y, en un carro tirado por caballos seguido de una comitiva a pie que hizo las delicias de paisanos y turistas, se condujo su féretro al cementerio del Carmen para darle digna sepultura en el Panteón de los Ilustres donde la Dama Singular hace ahora compañía a Delibes, Rosa Chacel y su amado Zorrilla.

TODAY II

TODAY II

Dos mil años después me preguntas si recuerdo el olor del primer ramo de flores que me regalaste (de margaritas y azulejos), de la corona que me hizo reina en un campo de cardos con vestido de zarza de moras y pétalos de amapola por zapatos. A lomos de un caballo de sauce entramos en el salón y todo el mundo buscaba respuesta a la pantomima, unos creyéndonos actores, otros hadas venidas de muy lejos. No les culpo, mirarte a los ojos sobraba para creer en mundos lejanos y peligrosos, pero no miraban el tiempo suficiente para ver mi cuerpo flotando en el fondo de ese lago verde. Nos creció la melena que ondeaba con el viento que soplaban nuestras nucas; nadie sospechaba entonces de dónde nacía el brillo que envolvía nuestros cuerpos (ni siquiera nosotros), hasta que una noche faltaste a la promesa de los mil besos, y se nos acortaron los vestidos, se nos enredó el pelo. Fueron novecientos noventa y nueve, pero bastó con eso.

DE ÁBRETE SÉSAMO

No todas las puertas tienen mirilla, ni pomo, ni picaporte, ni cerradura. No todas las puertas son visibles, algunas, como la que custodia la barrera del sonido, solo hacen un ruido tremendo; otras se sabe que están ahí por lo que encuentras al otro lado, como las que van de una dimensión a otra; las hay chulas, llenas de colores, como las que hay que traspasar cuando viajas en el tiempo, o la que usas para entrar en el mar, que es tan grande que parece que siempre está abierta.

Hay también puertas más puñeteras, como las de las cuevas con tesoros, que precisan de palabras mágicas para franquearlas, o las que llevan al final de una aventura, que solo pueden abrir los puros de corazón.

Finalmente, están las puertas que nadie diría que son puertas, como la que se encontró Alex el día de su décimo cumpleaños y que, a ojos de cualquier otro, era una simple rendija entre dos piedras enormes. Solo Alex intuyó que aquello era una puerta y solo Alex tenía la capacidad de abrirla, porque era su puerta y de nadie más, así que, después de soplar las velas, comer la tarta y jugar con sus amigos, Alex se colocó frente a las piedras y decidió que era la hora.

Utilizó el “ábrete sésamo” de los cuentos, los “santo y seña” de algún cómic, buscó incluso un interruptor secreto, pero nada. Al final del día, cuando su madre gritó “¡La cena!”, Alex vio que se le acababa el tiempo, porque hemos de decir que aquella puerta, su puerta, solo podía ser abierta el día de su cumpleaños. Hay puertas tan especiales que tienen un único momento para abrirlas.

Alex miró hacia la puerta de su casa, una puerta bastante normal, con pomo, mirilla, cerradura y picaporte, y luego miró a la rendija. ¿Cómo no se le había ocurrido? Era tan sencillo.

Empujó una de las piedras y ésta cedió con un sonido extraño, mientras la rendija se iba haciendo más y más grande.

Solo Alex sabe lo que se veía a través de su puerta, es lo que tienen los pasadizos personales, que lo que hay detrás queda al único alcance del dueño legítimo. Sin embargo, todos nos encontramos alguna vez con una de esas puertas que están destinadas a nosotros en exclusiva, y el secreto, como comprobó Alex, está en empujar un poquito y poner toda nuestra voluntad en abrirlas.