El viejo molino

El viejo molino ya no tenía piedra con la que moler; tantos años de giros infinitos habían terminado por quebrarla, y el abandono puso fin a su voluntad de convertir el grano en pasta, pero el agua seguía discurriendo entre sus palas de madera, resistentes al paso del tiempo.
Era sorprendente que su corazón todavía tuviera pulso después de que los hombres que lo construyeron hubieran dejado de lado su utilidad por modernas máquinas que lo hacían todo más rápido y más cerca de las casas.

El viejo molino era feliz en su guarida de roca, viendo el riachuelo mezclar sus aguas con las olas del mar pocos metros más allá.
Nunca le faltaron días en los que aquellas mismas olas llegaran a lamerle los pies; especialmente cuando el mar se enfurecía, tirando espumarajos por encima del borde más alto del más alto acantilado y, con eso, el viejo molino tenía suficiente.

De ojos y besos

No me mires con esos ojos,
suplicas entre los bostezos de tu alma,
aburrida ya de un juego
que siempre acaba en tablas.
No me mires con esos ojos,
pides cuando me besas con los tuyos,
porque nuestros labios son cobardes
y no se atreven.
Yo te miro con mis ojos
los que tengo, los que te quieren
aunque muchas veces te parezca,
que más que amar, hieren.

VALOR

Cuando tomó conciencia de su mortalidad, decidió no aferrarse a un dios como hacían otros; se prometió a sí misma que esperaría su hora como los valientes.
Cogió su lanza, su brillante armadura y salió en busca de dragones que matar.

De bonitos y salmones.

Debatían, mientras aguardaban su turno, sobre la belleza de los peces que se exponían entre pedacitos de hielo y manojos de perejil.
-Te digo que el bonito ¿por qué si no le iban a poner ese nombre?
-No, el salmón; fíjate en esa boca y el tono irisado de sus escamas.
-A mi me gustan los ojos grandes del bonito, y la piel, es muy curiosa.
-Pues cuando los salmones están a punto de desovar, les sale una joroba y se ponen de un color rojo intenso y partes verde musgo; los bonitos son de ese gris todo el tiempo.
Cualquiera habría dicho que se trataba de dos niñas discutiendo, pero lo cierto es que ambas habían superado el cuarto de siglo; algunas de las mujeres que las rodeaban contemplaban la escena con cierta ternura: eran cosas de hermanas, cosas que no cambian por muchos años que se cumplan.
-El 28- la llamada de la pescadera acompañó el chirrido de una bocina anunciando el cambio de número.
-¡Nosotras!- exclamó la pequeña.
-Ponnos una merluza y nos la haces filetes- pidió la mayor, ignorando la perplejidad reflejada en las bocas y ojos bien abiertos de los aspirantes al trono de pez más hermoso del mundo.

A mi hermana y sus mil y una recetas para hacer el bonito, bueno, y a la de merluza en salsa verde también.

Ecuación

Ahora mi corazón
partido por un rayo
con ½ necrosado
y el otro ausente de esperanza,
busca en ti, oh, tú,
el apoyo que le falta.
Ecuación milagrosa
que tiende a infinito
¿por qué tuviste que mirarme
creando tres incógnitas
imposibles de resolver?
¿por qué siento lo que siento?
Si la solución a mis problemas
siempre fue raíz cuadrada de pí.

Viejas caras, nuevos conocidos.

A veces se sentaba sola en el banco del parque, esperando a que algún pájaro se acercara curioso hacia las migas de pan que otros habían dejado antes que ella. No le gustaba dar de comer a los gorriones pero se entretenía observando su servicio de limpieza de desperdicios orgánicos; lo que no soportaba eran las palomas, había algo en su arrullo o en la forma en que movían sus cabezas de atrás a delante con aires de barrio chungo lo que la ponía tan nerviosa, por eso solía escoger el banco con menos migas, porque las palomas no solían molestarse en rondar por allí.
Durante unos minutos todo su mundo se concentraba en aquel pequeño espacio, aquel pequeño pulmón que pasaba inadvertido a las miradas de los que simplemente cruzaban por él.

Tiempo atrás había compartido esos momentos con una amiga, con la que gustaba de jugar a adivinar las profesiones e historias de los que pasaban delante de ellas, pero ahora lo hacía sola. Era, o debía ser, de las pocas que quedaban de su grupo de amigas en el lugar; poco a poco el tiempo se había encargado de distanciarlas, de llevarlas a lugares no tan lejanos como para abandonarse, pero las llamadas semanales y las visitas mensuales se fueron convirtiendo en llamadas por los cumpleaños y reuniones durante los días entre festivos de Navidad.
Olga se había casado y, con dos niños pegados con superglue a sus pantalones de pinzas, no encontraba un segundo para prestar atención a sus viejas compañeras. Berta, según le había comentado la última vez que hablaron, estaría ahora mismo de cooperante en algún lugar perdido en lo más profundo del África negra; y Amelia estaba tan centrada en su nuevo novio que no tenía tiempo ni para quedar con su propia hermana, a juzgar por la conversación que había tenido con la susodicha apenas dos días antes, cuando se vieron reflejadas en el escaparate de una zapatería del centro.
Puede que ese hubiera sido el único día en muchos meses en que sintió que nada había cambiado, cuando Susana y ella se sentaron en la terraza de un nuevo café de estilo provenzal que tanto se llevaban ahora para contarse sus cosillas.
Era sorprendente qué distinta es la vida cuando pasas los treinta, te acercas a personas que siempre estuvieron ahí pero a las que nunca hiciste mucho caso, y aquellas a las que creías eternas a tu lado se iban difuminando con los kilómetros y los recuerdos.

Sacó las agujas de su cestillo de mimbre y tiró del hilo de lana verde. El remolino de pájaros hacía rato que se había dispersado con la última migaja de gusanito en el pico y todo era calma.
Uno del derecho, otro del revés, uno del derecho, otro del revés.
Estaba segura de que a Susana le encantaría la bufanda, con suerte la acabaría antes del jueves para poder dárselo en su segunda cita.

Puntos de vista

Se sostenía como suspendido por un hilo invisible colgando de una nube en lo alto del cielo de azul incierto.
Allí parado, con la mirada fija en la cuneta, llamaba la atención de los adultos y niños que pasaban en los coches, de dos caballistas que atravesaban el camino paralelo y hasta de un rebaño de ovejas que pastaban tranquilas y esquiladas en el campo segado al otro lado de la calzada.
Todos advirtieron su presencia excepto quien no debía saberlo: el pequeño ratoncito colorado que asomaba su hocico al aire tratando de encontrar un peligro a ras de suelo, inconsciente de que su mayor riesgo nunca vendría de allí. Ni siquiera distinguió la leve sombra que se cernía sobre él.
Cayendo en picado con precisión militar, el aguilucho sacó las garras para atrapar a su presa; y los adultos, los niños y los jinetes se sonrieron, magnetizados por un espectáculo que habían presenciado mil veces pero que nunca perdía un ápice de su encanto.
Los únicos inmutables ante el hecho eran los caballos y las ovejas; a fin de cuentas era sólo la naturaleza siguiendo su curso, y eso no tenía nada de extraordinario.

Sentidos

Quisiera replantearme muchas cosas:
el color de tus labios,
la risa de tu pelo
y el tacto de tus ojos.

Hesse

Invirtió su tiempo en crear pinceladas de vidas muy diferentes a la suya.
Le llamaron hipócrita porque escribía desde su despacho burgués las historias de muchachos hambrientos y desarrapados.
No se molestaba por ello; muy pocos sabían que, durante su infancia, había sido Tom Sawyer y Oliver Twist tantas noches que sus recuerdos se trocaron por sus sueños y llegó a olvidar el sabor de las manzanas de caramelo.

Matar el tiempo

Hasta que el reloj comenzó su monótona danza, todo en la casa parecía eterno; era aquel dichoso “tic, tic, tic” el que convertía las cosas en perecederas, y él lo miraba sentado en su sillón de orejas y botones.
Apuntó hacia el centro de la esfera, justo donde las manillas brotaban enganchadas al mecanismo interno de aquella mala bestia, y disparó.