Matar el tiempo

Hasta que el reloj comenzó su monótona danza, todo en la casa parecía eterno; era aquel dichoso “tic, tic, tic” el que convertía las cosas en perecederas, y él lo miraba sentado en su sillón de orejas y botones.
Apuntó hacia el centro de la esfera, justo donde las manillas brotaban enganchadas al mecanismo interno de aquella mala bestia, y disparó.

Australia

Aceptó la condena sin lágrimas en los ojos, sin resignación, sin emociones; después de tres meses en la cárcel de Wicklow cualquier cosa que pudiera sacarle de allí era una oportunidad, aunque su destino le enviara al otro lado del mundo, a Australia. En ese momento su mente se concentraba en las noches oscuras y frías de la prisión, cuando el sonido del mar embravecido inundaba cada recodo estallando contra las rocas y sus oídos; ahora sabía que ese ruido le acompañaría durante el trayecto hasta la enorme isla a la que muchos eran enviados pero de la que ninguno regresaba. Si en aquel pasillo flanqueado de celdas donde acababan de dictar su sentencia hubiera estado alguno de sus hermanos, a lo mejor su rostro habría mostrado un mínimo de humanidad pero, rodeado como estaba de pobres ladrones como él y guardias que contemplaban impertérritos el suceso, costaba mucho trabajo dejarse invadir por la nostalgia de los días felices, si es que conoció alguno, en libertad.


Paddy no tenía apellidos ni padres; hasta donde su memoria alcanzaba sólo habían existido él y sus hermanos menores. Su padre murió de hambre cuando el que hubiera sido el más pequeño de todos todavía habitaba el vientre de su madre; ésta les hizo entender que su pérdida era el sacrificio por que ellos tuvieran algo que comer, aunque solo fueran mendrugos de pan duros y mohosos que devoraban con impaciencia. Luego ella sucumbió a un mal parto y Paddy se vio sin nada, salvo tres hermanos llorones que necesitaban de sus cuidados y el consuelo de que el bebé tampoco hubiera sobrevivido a su nacimiento. Al principio algunos vecinos bienintencionados les prestaron cobijo y alimento, por poco que fuera, pero pronto la perspectiva de quitar comida a sus propios hijos en pro de aquellos desdichados les llevó a tomar una decisión cruel: abandonarlos a su suerte. Así fue como Paddy acabó recorriendo las calles en busca de un trabajo que no existía ni para los adultos fornidos, tanto menos para un renacuajo escuálido que no tenía más fuerzas que las que proporciona el instinto de supervivencia. Sin embargo lo más duro de todo aquello no habían sido los días de caminatas en pos de una oportunidad, sino las noches en que arropaba los cuerpos huesudos de sus hermanos bajo la única manta que poseían y que no daba para cobijarlos a todos. El invierno se cebó con todos aquellos que carecían de un triste fuego junto al que calentarse y la pequeña Maureen se durmió una noche de diciembre para no volver a despertar. Si en su, a esas alturas, impenetrable corazón hubo algo que le doliera hasta el llanto, fue tener que cargar con su hermana hasta un cruce de caminos para sepultarla bajo un montón de piedras que dejaran el triste recuerdo de su incapacidad para mantenerlos con vida. Poco más tarde, con la desesperación como perpetua compañera, Paddy comenzó a robar en el mercado aprovechando el descuido de los tenderos en medio de una marabunta que toqueteaba todo lo que exponían; mas nada dura eternamente, y solo era cuestión de tiempo que alguno le echara mano mientras sustraía un par de manzanas que llevar a sus hermanos. Por suerte para él el primero en percatarse fue benévolo y le dejó marchar con una simple reprimenda y las manos vacías. Aquella noche el llanto hambriento de Ian y Muira le irritó tanto que llegó a golpearles en un vano intento de hacerlos callar y, aunque los niños cedieron a la regañina, sus sollozos se le metieron en la cabeza torturándole continuamente, azuzándole cada mañana y volviéndolo más temerario en sus incursiones en busca de comida. Y esto desembocó en su segundo encontronazo con un tendero menos comprensivo que el primero, que llamó a los guardias a gritos mientras sujetaba con una manaza de hierro el escuálido brazo del chiquillo. Al punto, dos hombres uniformados le arrastraron hasta una celda húmeda de la que sólo salió para ser trasladado a la infame cárcel del condado, donde se hacinaban todo tipo de malhechores y pillastres como él.


Los primeros días el recuerdo de sus hermanos le torturó hasta el infinito, creando en su mente los más inverosímiles desenlaces; pronto su imagen se fue desvaneciendo, a medida que la luz del sol mermaba en el exterior tornando las noches más aterradoras y oscuras. Una vieja desdentada se sentó junto a él con un halo de compasión en la mirada; aquella mujer dedicó su tiempo a mantener a los innumerables muchachos con que compartía cautiverio entretenidos, contándoles historias de valientes que encontraban el paso al país de las hadas donde todo es lujo y nunca falta qué comer. Ése era el único alimento que tenían, el de su imaginación; por eso todos ellos lamentaron mucho la muerte de la vieja que les había llevado a otros lugares menos sórdidos y deprimentes que aquel en que se encontraban. Paddy consiguió que los cuentos de su compañera penetraran en su cerebro, y la angustia por la suerte de Ian y Muira se fue disipando al tiempo que la esperanza de que ellos hubieran encontrado la puerta a aquel mundo mágico calaba cada vez más hondo en sus anhelos. Un buen día, no sabría precisar cuánto tiempo después de su encarcelamiento, la prisión se llenó de un alboroto diferente a la rutina que los acompañaba. —Se los llevan, ya no cabemos. El hombre que pronunció estas palabras se acostó en lo más profundo del habitáculo, como si quisiera pasar desapercibido incluso para el aire que entraba por la ventana enrejada. —Se los llevan ¿a dónde? —Ay, hijo, lejos, muy lejos: a Australia. — ¿Por qué? —Porque aquí ya no cabe un alma más; por eso los cargan en barcos y los llevan al otro lado del mundo a trabajar unas tierras inhóspitas bajo el dominio de la reina de Inglaterra. Para el oído infantil de Paddy pasó de largo el gesto irónico del encarcelado al pronunciar el título, y en su mente comenzó a dibujarse aquella isla remota como algo muy parecido a los mundos fértiles y de abundancia que la vieja les relataba. Puede que por eso la sentencia del juez no provocara temor en el pequeño sino una sensación de liberación completa, de nueva oportunidad, de paso adelante.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (2ª PARTE)

En el campo de hurling, un grupo de adolescentes desafiaba a los elementos y golpeaba la bola con sus palos de factura prehistórica modernizada con cinta aislante; se detuvo un momento a mirarlos, el suficiente para que un pequeño claro se abriera en el cielo y la lluvia cesara.
Buscó la mesa bajo el avellano, al menos los bancos estarían secos en la zona más cercana al tronco. Apagó el móvil en cuanto encontró el sitio y se tumbó boca arriba, contemplando un par de ardillas que corrían por las ramas e ignorando las gotas que caían de las hojas pinteando el tejido de sus jeans con un color más oscuro.
«Mierda todo» suspiró, dejando que el viento le revolviera el pelo de nuevo, abandonándose al cosmos que parecía tener una infinidad de odio acumulado hacia ella sin motivo.
Los gritos de los jugadores se fueron apagando con la caída del sol.
«Debería irme a casa, no es buen sitio un parque tan grande para una chica sola»
Pero sus piernas no respondían, cansadas de tirar hacia delante por inercia aunque sólo encontraran piedras con las que tropezar a cada paso.
Cuando por fin consiguió que su cerebro se impusiera a sus músculos, la claridad de un trozo de papel sobre la hierba llamó su atención, se agachó a recogerlo y se sorprendió al ver que estaba seco.
Lo abrió con cuidado, como si fuera un manuscrito antiguo que se pudiera convertir en polvo con el simple roce de sus dedos, y descubrió que era un boleto de apuestas para la carrera de caballos de esa noche.
Como irlandesa, aquel deporte debería formar parte de su vida, tanto como las pintas de Guinness o las noches de pub y reels, pero nunca había ido al hipódromo. Miró el reloj y se dio cuenta de que le daba tiempo de llegar al circuito antes de la carrera.
Encendió el teléfono y sopesó por unos segundos la posibilidad de hacer cómplices de su “aventura” a Deirdre y Aoifa, pero se decantó por vivirlo a solas.
«Demasiadas explicaciones que dar.»
Bajó la avenida hasta la parada de bus que distaba unos metros del pub donde, un par de horas antes, la habían rechazado por enésima vez aquella semana.
El vehículo de dos plantas hizo un ruido agónico al abrir sus puertas y a Maureen se le desmoronó la esperanza con aquel sonido.
Su estado de ánimo no mejoró al llegar a su destino, las puertas que daban acceso al lugar mostraban el paso del tiempo en todo su esplendor, con la pintura roída a tramos y las manchas de óxido asomando por aquellos resquicios, testigos de la famosa humedad de la isla.
Eludió la grada más concurrida y observó el ambiente con ojo clínico, regresando a su papel de socióloga.
«Bueno, si de esto no saco pasta, al menos podré empezar una tesis basándome en ello, ahora que tengo tiempo.»
Su subconsciente le ofreció una palmadita en la espalda, felicitándola por aquel cambio de actitud hacia algo más positivo que el miedo al futuro próximo.
Empleó los cinco euros que tenía escondidos en el fondo de su cartera para costearse una pinta.
«Si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien, al estilo tradicional.»
Un grupo de amigos, más o menos de su edad sostenía una discusión sobre sus apuestas y un hombre extraño manejaba la tiza con destreza sobre un tablero de pizarra en el que los números cambiaban vertiginosamente. Se acercó a él y le mostró el papel.
—20 por Orange Dadfodil. Buena suerte— pero su gesto indicaba que su apuesta era kamikaze.
Tomó asiento de nuevo, ahora concentrada en los boxes de salida. ¿Podía haber algo más ridículo que aquellas rejas pintadas de verde tratando de contener a unos caballos visiblemente nerviosos?
Recordó a su abuelo, experto en la materia, que le contaba que la inquietud de aquellos cuadrúpedos no derivaba de su sangre sino de la poca doma: “Solo corren, no hacen virguerías”.
Buscó el casillero de su apuesta y se sorprendió de lo tranquilo que parecía el animal, apenas se movía en aquel cubículo de dos por uno y pensó en la cara del apuntador de apuestas al conocer la suya, pero ¿qué más daba? A fin de cuentas estaba allí con un inesperado regalo encontrado bajo un banco al otro lado de la ciudad, no era su dinero el que estaba en juego, aunque el ambiente que la rodeaba pudiera arrastrarla a pensar lo contrario.
La emoción de los apostadores se contagiaba con facilidad, como una corriente eléctrica que te alcanzaba en un radio de varios metros.

*****

Pistoletazo de salida y las puertas se abrieron, algunos de sus convecinos sacaron los prismáticos y había quien la miraba extrañado porque era la única que no portaba unos.
—Error de principiante— dijo al anciano que le tendió los suyos con amabilidad.
—Yo ni siquiera he apostado— confesó el hombre con media sonrisa de complicidad—, pero me divierte ver la cara de los que pierden— ahora su mueca se tornó cómicamente malévola.
—Es una terapia como cualquier otra— respondió ella sin convicción.
Tara Ranger iba en cabeza, le sacaba dos cuerpos a su perseguidor. Maureen repasó la línea de caballos buscando el color verde que vestía “su” jockey y le decepcionó descubrir que ocupaba el penúltimo lugar, devolvió los prismáticos a su propietario y estiró el papel de la apuesta con ternura, como si acariciara el lomo del animal para infundirle ánimos.
—Uff, mala elección— comentó el viejo—, pero no disfrutaré con tu derrota.
—No importa, no pierdo nada.
El ruido de las gradas desapareció en un grito conjunto y algún juramento. Tara Ranger había tropezado, arrastrando al segundo en carrera.
Los que habían apostado por él tiraron sus papeletas al suelo con furia, perdiendo todo el interés por lo que sucedía en el óvalo, todo lo contrario que les ocurría a Maureen y su acompañante, quienes disfrutaban con una remontada épica de Dadfodil.
Uno a uno fue adelantando a sus antecesores hasta lograr colocarse en segunda posición y, justo en el momento en que el hombre de la pizarra dirigía una mirada brillante e inesperada a la chica, el caballo atravesó la línea de meta una cabeza por delante del último rival a rebasar.
—¡Has ganado, hija, has ganado!— celebró su partener con emoción visible— Te llevas una pasta gansa, 50 a 1. Ocho mil euros del ala.

Cuando Maureen O’Reilly asimiló lo sucedido estaba fuera del hipódromo con el viejo, la escarapela de la victoria prendida en la correa de su bolso y un cheque nominativo en la cartera.
—Vamos, Paddy, que le invito a una pinta.
Y pararon en el pub más cercano a celebrarlo.
Ahora sí que podía relajarse y ser optimista.
Nunca había creído en cuentos de hadas, pero siempre hay que confiar en la suerte del irlandés.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (1ª PARTE)

 

 

Ni en un millón de años, Maureen O’Reilly se hubiera imaginado en aquella situación pero, como nobleza obliga, su destartalada coleta se mecía ahora al son de un viento impredecible que la estaba sacando de quicio mientras aguardaba en la puerta de aquel pub de barrio a que pronunciaran su nombre.

Ya había tratado de recolocarse el peinado varias veces y, al final, había sucumbido a la idea de dejarlo estar hasta el momento de entrar.

La entrevista de trabajo le había llegado de la forma más extraña, un mensaje de su primo, al que hacía años que no veía, con el link de una página de ofertas; desconocía cómo Brian se había enterado de que ella buscaba empleo y se abstuvo de llamar a su madre para comentarle la noticia porque estaba segura al 99% de que ella tenía que ver en el ajo.

«Respira hondo y cálmate.»

La ansiedad se apoderaba de ella cada vez que el ritual comenzaba.

Es mentira eso que dicen de que la experiencia ayuda a mitigar la angustia, llevaba ya tres meses de acá para allá acudiendo a todo tipo de entrevistas, para todo tipo de trabajos y, con cada nueva oferta, lo único que conseguía visualizar en su mente era una puerta cerrándose tras ella para no volver a abrirse jamás.

 

Su nivel de frustración era tal que ya ni siquiera comentaba su agenda con Aoifa y Deirdre, sus amigas del alma, repitiéndose que cualquier mención de la oportunidad gafaba el resultado, y así se había pasado las dos últimas semanas inventando excusas tontas pero creíbles que justificaran su ausencia para las “pintas” de rigor en el Sandyford House.

Su primera opción había sido evidente: «Tengo dentista»; no era una excusa plausible por mucho tiempo si no quería que sus amigas sospecharan de un grave problema de encías.

Luego llegaron las consultas con el ginecólogo, el dermatólogo y hasta con el endocrino.

Quizá esta última había sido la peor idea de todas porque Aoifa, sin maldad, dejó caer que no le parecía mal que se decidiera a perder peso y Maureen añadió uno más a su lista de agobios matutinos, mirándose al espejo nada más salir de la ducha, y observando cómo alguna lorza incipiente amenazaba con estropear su autoestima, ya de por sí a la altura del betún.

 

Estaba tan cansada que su cerebro respondía de forma mecánica a las mismas preguntas un día tras otro, con interlocutores diferentes. Una rutina tan anodina que llegó a convencerse de que habría conseguido el mismo resultado abstrayéndose en un mundo distinto durante las entrevistas.

 

La cara amable de una joven poco mayor que ella la invitó a pasar y Maureen se recolocó el pelo lo mejor que pudo antes de seguirla

—Hace un día de perros.

—Desde luego— admitió la otra—, no dan ganas de salir en absoluto.

La acompañó a través del local forrado en madera, gemelo de cada uno de los pubs que poblaban cualquier ciudad de Irlanda, y se encontró en una especie de dejá vu infinito.

Tomaron asiento en la mesa más lejana a la puerta, algo carente de sentido teniendo en cuenta que el bar estaba cerrado.

A la pobre luz de la lámpara de techo en cristal verde curtida por el humo de aquellos años en que fumar dentro no estaba prohibido y por una extraña pátina grasa de origen desconocido, el lugar resultaba de lo más deprimente.

«Este debe ser el aspecto de todos los pubs cuando están vacíos» pensó Maureen mientras la otra mujer ojeaba su currículum. Era una sensación extraña, por primera vez sus ojos intuían de otra forma los locales que formaban parte de la rutina de cualquier irlandés que se preciara de serlo.

«Ya está bien de tanto pesimismo»

Sacudió la cabeza de forma imaginaria intentando arrojar lo más lejos que pudo los pensamientos negativos; si era capaz de visualizar un pub como algo triste y lóbrego es que había tocado fondo.

 

—Bueno, Maureen, veo que no tienes experiencia en hostelería— aquello sí que era un mal comienzo, y el titilar de la bombilla que las iluminaba pobremente puso, con su zumbido, la banda sonora a la sentencia—. ¿Por qué buscas trabajo de camarera?

«Es una trampa, ni se te ocurra decir que porque de lo tuyo no hay nada»

—Es una manera de adquirir experiencia laboral.

—Sin embargo no tiene nada que ver con tus estudios de sociología.

«Venga, esta sí te la sabes»

—En realidad sí, tiene mucho que ver. Un pub en este país es la base de la sociedad.

«Sonrisa tímida, que se note que estás bromeando pero que es cierto»

—Por supuesto— respondió a la sonrisa—, pero queremos una camarera, no un analista de nuestros clientes.

—Sí, obviamente, y me centraría en servir pintas, claro. La libreta solo para las comandas.

Silencio, nada más irritante después de una respuesta insegura.

—No voy a mentirte, no creo que des el perfil ahora mismo. Tenerte quince días a prueba sería hacerte perder el tiempo y desperdiciar oportunidades mejores que esta.

«Ya estamos, el discurso de consolación.»

Había oído tantas veces aquella excusa últimamente que en su cerebro se dibujaba la escena de comedia romántica con el típico: “No eres tú, soy yo”.

No era justo que te negaran el puesto de trabajo con una burda frase de ruptura.

 

Se saludaron cordialmente y se despidieron en la puerta; el tiempo no había mejorado nada, si era posible era incluso peor: una leve llovizna empapaba sin ser vista y Maureen se echó la capucha del impermeable para evitarla.

¿Qué hacer ahora? ¿Hacia dónde ir?

La avenida que la llevaría a la rotonda frente al Wesley College se dibujaba frente a ella; la escuela de su infancia, donde todo su futuro empezó a escribirse el día que decidió estudiar Humanidades. Qué absurdo resultaba ahora, y qué poco útil.

No parecía una ruta apetecible, así que giró sobre los talones y se encaminó hacia Marlay Park, con suerte dejaría de llover en cuanto cruzara la entrada.

Sabañones

—Abuelo, ¿por qué te falta un trocito en esta oreja?— preguntó la niña, tocando con sus pequeños dedos aquella ausencia parecida a un mordisco.
—Los sabañones, hija.
En la mente de la nieta, aquella nueva palabra tomó la forma de un ratoncito rojizo y minúsculo, que aprovechaba cualquier descuido para mordisquear las orejas de la gente.

Olor a castañas asadas

Este texto pertenece al taller de Literautas, las premisas eran: un banco de un parque urbano y un periódico atrasado.

 

Después de años, meses, días cruzando aquel parque en modo autómata, con los ojos siempre fijos en la pantalla de su smartphone que la conectaba con el trabajo incluso antes de llegar a él, todo cambió.

El paseo central del Campo Grande servía, cual ruta hacia el hormiguero, a todos aquellos que por allí acortaban el camino a sus quehaceres cotidianos.
Siempre las mismas caras ajenas a las otras caras, incapaces de darse cuenta de que se cruzaron ayer y se cruzarían mañana.
Pero algo la sacó de aquel sopor; como una llamada sutil y a un tiempo firme, el olor a castañas asadas logró penetrar en su cerebro.
Se paró en seco y quedó mirando al ave que se cruzaba en el camino, un pavo de aquellos que esquivaba hábilmente en su rutina como si fueran simples borrones cercanos, y que hoy tenía color y esencia propios; sus ojos redondos se clavaron en ella y un recuerdo lejano la absorbió del todo trasladándola a su infancia, a los días de colegio cuando el humo de las primeras calderas encendidas formaba pinceladas blancas elevándose hacia el cielo azul, visible entre las ramas peladas de los árboles.
Sonrió, la imagen de su abuelo tirando de la mochila que ella había abandonado al entrar en otro parque, en otra ciudad no muy lejana, de vuelta a casa le recordó un tiempo en que su mayor obligación consistía en hacer los deberes del día siguiente y, para su sorpresa, se descubrió ante la castañera que le tendía aquel cucurucho caliente a cambio de unos euros que ella depositó gustosa en la mano enguantada de la anciana.

El banco que se atisbaba en uno de los senderos laterales la llamó entre susurros, al tiempo que su móvil delataba un nuevo mensaje.
Por un segundo se debatió entre seguir su primer impulso o responder a la demanda de su jefa. Optó por ignorar el pitido artificial y sentarse en el banco mientras desenvolvía el papel de periódico viejo y ahumado para, pelando la primera castaña, volver a respirar.
El sabor del fruto la envolvió como un abrazo de los que su abuelo le daba al despedirse, y todo lo que la rodeaba se tornó diferente.
Las últimas hojas pendían, amarillentas y marrones, de las ramas quebradizas y la llamada estridente de los pavos resonaba por todo el jardín.
Tantos años, meses, días cruzando aquel parque en modo autómata, y no se había dado cuenta del paso de las estaciones; de cómo, en primavera, las yemas incipientes asomaban verdosas donde ahora sólo se intuían nudos leñosos y yermos.

—Corre, abuelo, se ha ido por aquí— la niña urgía a un hombre de unos sesenta años, que arrastraba la mochila infantil con una palabra de precaución en la boca y un brillo de felicidad en la mirada.
Ante el reflejo de su propia historia, decidió que bien valía aprovechar aquel tramo de su trayecto diario para sentarse a contemplar una vida que su trabajo le arrebataba sin escrúpulos.

Miró el reloj mientras pelaba la última castaña, llegaría un poco más tarde de lo acostumbrado a la reunión.
Con las risas de la niña todavía a su alrededor, leyó el titular que había dado cobijo a su paquete de recuerdos; la frase que introducía la entrevista al ganador de algún premio la semana anterior: “Nunca deberíamos dejar de ser niños”.
“Tomo nota” pensó, antes de arrugar la hoja para tirarla a la papelera. Y se alejó canturreando algo que hacía años se había escondido en lo más profundo de su memoria.

Imagen

 

A mi abuelo Mario, que vuelve a mí cada otoño con el olor de las chimeneas de leña y las castañas asadas.

El extraño de las gafas

Notó cómo una voz la llamaba, pero sólo en su cabeza, y cuando se giró hacia el lugar de donde parecían venir aquellos pensamientos, encontró a un hombre delgado y moreno que escondía, como ella, los ojos tras una gafas de sol; a pesar de ello, fue capaz de leer el dolor de su corazón, exacto al que apuñalaba el suyo propio y percibió una voz rasgada como la suya que, sin embargo, albergaba las más hermosas notas pendientes de unos dedos que lograran arrancarlas del arpa de su garganta.

Apenas se miraron comenzaron a caminar en la misma dirección, uno al lado del otro, paralelos, como sus vidas, sin mediar palabra.

Ella lo notaba, la atracción de un ser que sentía, necesitaba y sufría lo mismo que ella.

Al principio todo resultaba extraño y ambos se sentían un poco incómodos, pero a los cien metros aquello formaba ya parte de un juego que sólo ellos conocían y acabó siendo hasta divertido; si ella paraba en un escaparate, él hacía lo mismo; si sonreía a un niño, él la imitaba; incluso compraron una taza de té en el mismo puesto.

Al poco ella comenzó a pensar que quizá el hado le había puesto allí para apoyarla, para hacerla olvidar; él tuvo la misma sensación, se parecían tanto.

Otros cincuenta metros más y ella decidió quitarse las gafas, necesitaba saber lo que decían sus ojos y no tardó mucho en averiguarlo pues él, como antes, reprodujo el gesto y se deshizo de las suyas descubriendo unos ojos con la profundidad del dolor invadiéndoles, y ella sabía cómo se sentía, porque pasaba por lo mismo.

Le miró fijamente y se sorprendió al ver que aquel dolor que ella sentía propio iba desapareciendo para dar paso a una calma, incluso una alegría.

-Gracias- musitó mirándole

-Gracias a ti- respondió él con una sonrisa.

Y continuaron el camino juntos, ahora ya charlando.

 

 

El Record Guinness

Este texto fue mi segunda participación en el taller de “Literautas” y la premisa era: personaje inmóvil.

*****

Encendió la televisión. Una joven excesivamente flaca y anodina, ataviada con un conjunto color salmón que no le favorecía nada, apareció sosteniendo un micrófono de la televisión pública.

—En directo, desde la rueda de prensa del record Guinness al sujeto más inmóvil del mundo. Les habla Lara Lancho.
En unos momentos harán su entrada los tres finalistas. El jurado ha reconocido que lo está teniendo difícil para tomar una decisión unánime. Esta medianoche tendrán que hacer público su veredicto. Mientras tanto, fuera del Hotel Ritz, se respira nerviosismo, y hay una legión de fans ofreciendo su apoyo a diferentes candidatos, lo que ha provocado altercados entre partidarios de dos de los concurrentes, saldados con cinco detenidos y un herido leve.

Un revuelo se formó en la sala y las dos hojas de la puerta lateral se abrieron para dejar paso a una carretilla.
—Pues ya están aquí, como pueden ver desde sus casas, acaba de acceder al salón de actos el primer nominado: la armadura de niño de Carlos V. Tras ella, el baúl de la Piquer y, finalmente, el retrato del Conde Duque de Olivares.

Un hombre con cara de pocos amigos hizo las indicaciones sobre cómo se desarrollaría la rueda de prensa, instando a los periodistas a levantar la mano para establecer los turnos.

—Buenas noches, Jaime López, de “Quietud e Intrascendencia”. Mi pregunta es para el baúl de la Piquer ¿No considera usted injusto que le hayan nominado, teniendo en cuenta su fama de haber viajado por todo el globo?

El aludido carraspeó antes de responder. Conocedor de la polémica suscitada tras su nominación, y sabedor de que algunos de sus partidarios habían sido detenidos por provocar a los seguidores del Conde Duque de Olivares.
–Cierto, muy cierto, he viajado a todos los países del mundo, pero en ningún momento, insisto, en ningún momento, he tenido ocasión de visitarlos. Sólo he sido transportado de un lugar a otro, sin oportunidad de moverme libremente por ellos. Por eso mi candidatura es totalmente legítima.
Se oyeron murmullos de aprobación.

—Yo quería preguntarle al Conde Duque de Olivares. Soy Miriam Martos, de “Click, ya está la foto”. ¿A su parecer, qué es lo más duro de estar inmóvil?
—Imagínese, mantener el caballo en esta postura durante siglos; es que ya ni se acuerda de para qué le servían las patas delanteras. Por no hablar del pinzamiento cervical que arrastro desde hace ciento cincuenta y dos años, debido a la pose. Que yo se lo dije a Velázquez, que cómo me iba a pintar así, pero es que no se podía razonar con él, cuando se le metía algo en la cabeza…

—Bertín Bartolomé, en directo para el programa de Anne. Armadura de Carlos V ¿qué trascendencia histórica deriva de su quietud?
—Llevo toda mi existencia esperando esta pregunta. Teniendo en cuenta que, como podrán imaginar, Carlos V creció rápido y yo me le quedé pequeña enseguidita, podríamos decir que mi trascendencia en cualquier hecho que no fuera coger polvo en un rincón, ha sido más bien poca. Aunque, está claro que fui testigo privilegiada de situaciones históricamente relevantes, como aquella en la que Felipín, el hijo de Carlos, no quiso comerse las lentejas, y el ama le dio una toba que lo dejó tonto de por vida.

—Vayan acabando, señores— advirtió el que manejaba el cotarro.
—Herminio Martínez, de “Bricolaje y Cosmos”, es una pregunta para todos los candidatos. De no llevarse el record hoy, ¿piensan repetir candidatura el año que viene?
—No.
—Ni de coña.
—Qué pregunta más impertinente.

—Esto es todo de momento desde el Hotel Ritz. A medianoche haremos conexión en directo para conocer al vencedor. Se despide Lara Lancho, para la televisión pública.

Apagó el televisor, colocó el mando sobre la mesita que tenía enfrente y siguió tumbado en el sofá, como llevaba haciendo cada tarde de los últimos tres meses. Pensó en bajar a algo, por ejemplo comprar una revista o una bolsa de pipas, al quiosco que estaba justo en la esquina.
Miró a través de la ventana, las nubes cruzaban a toda velocidad, empujadas por un viento terrible, hacía un tiempo de perros. No, desde luego, mejor quedarse en casa.

 

*****