Caracoles

A Paco le gustaban los caracoles casi tanto como los chatos de vino los domingos a mediodía; de hecho, cualquiera que le conociera un poco, sabía que en el bar había una banqueta de honor para él cuando llegaba la temporada de este molusco.

Puede que por eso algunos empezaran a oír las trompetas del Apocalipsis el día en que Paco rechazó la cazuelita y pidió, en cambio, una ensalada sin aliñar.

Ni se le exigieron explicaciones, ni él las dio.

Paco soñó una noche que era caracol, con tal nitidez y realismo, que no pudo menos que tenerse por congénere de aquellos a los que hasta entonces había devorado con fruición.

Sopa de letras

Caminaba sobre los adoquines mojados, cuidando de no resbalar, improvisando pasos de baile que pegaran disimuladamente con la música que sonaba en sus auriculares.

Ignoraba el golpeteo de la lluvia sobre la tela del paraguas, como también ignoraba las palabras que se iban formando con las salpicaduras que dejaban atrás sus pies: un sendero de letras que no recogería en el camino de vuelta.

La empresa de Desdichado Salmón

Desdichado Salmón terminó su remonte en la poza que le vio nacer; miró a su alrededor y, a pesar de los recuerdos, a pesar de la morriña que había sentido durante dos años en el ancho mar, empezó a creer que aquel destino no era para él.

Desovó, pues no tenía más remedio, y se notó cansado; así que replegó las aletas y se dejó llevar corriente abajo, haciendo caso omiso de los congéneres con que se cruzaba y que le insistían entre burbujeos: “Por ahí no es.“

En una cascada (la primera según miras hacia la costa, la última si vienes del mar) vio el enorme y peludo trasero de un oso pardo que esperaba con las fauces abiertas la llegada de otros peces, desconocedor de la rebeldía de Desdichado Salmón que, de hambre que tenía, se comió al plantígrado de un bocado y siguió río abajo, ahora con la panza llena y con menos ganas aún de morirse.

Deshecho casi todo el camino, al llegar a esa frontera en la que el agua no está tan dulce como para hacer café ni tan salada como para guisar lentejas, Desdichado Salmón montó un chiringuito en el que atender a los salmones que bajaban de alevines y remontaban de adultos.

Y así es como logró sobrevivir a su naturaleza: trabajando dos temporadas al año y dándose la vida padre.

ALTER EGO

Abrió el armario buscando un “YO” con el que sentirse a gusto.

Empezó probándose rincones escondidos de su propio nombre, apellidos perdidos en el tiempo y losas viejas, pero no le convencían. Entonces sacó letras simples de un cajón.

“Todo está hecho de letras” se dijo, y trató de combinarlas con los apellidos que yacían sobre la cama.

“Complementos, los complementos hacen un atuendo”, así que se probó guiones y puntos, pero ni aún así.

Decidió intentar otras cosas, y se vistió con pueblos, sin resultado.

Llamó a sus padres, y le sugirieron una torre, un castillo y un río.

Se lo probó todo sin lograr una idea concreta, sin que nada la convenciera del todo; aunque pudo guardar en el armario algunas cosas que no le venían bien.

Por probar se probó nombres de abuela, árboles; palabras traídas de más allá del mar, en el norte; otra vez el río, provincias… y vuelta a los apellidos.

Su tía le dijo que su “yo” era perfecto tal como estaba y que no sabía por qué tenía que ponerse otro para salir. Y eso le hizo dudar otro poco.

Colgó en el galán de noche sus mejores opciones y confió en que la almohada le diera su opinión neutral y siempre sabia.

Cuando se levantó por la mañana, se sintió más ella que nunca. Se miró al espejo y se vio tangible, serena, un “ELLA” que le quedaba como un guante.

El reflejo le devolvió el saludo y la sonrisa, y las dos salieron a su rutina, hoy un poco menos rutina porque eran dos.

Los siete lobitos

La cabra asomó la patita por debajo de la puerta, como le habían pedido los siete lobitos. Cuando Mamá Loba volvió a casa, la cabra se había comido todas las latas de conservas, las cajas de cereales y hasta las sábanas tendidas.

Escritor busca piso

El escritor buscaba un nuevo hogar sin éxito. Todo lo que le enseñaba el agente inmobiliario eran espacios abiertos y habitaciones comunicadas.

Él necesitaba una casa con puertas, con todas las que pudieran ponerse en una casa, tantas como fuera necesario. Puertas que separaran la cocina del comedor, el comedor del salón, el salón del pasillo, el pasillo de la habitación, la habitación del cuarto de baño, el cuarto de baño del pasillo; hasta alguna que mediara entre el primer tramo de pasillo y el segundo.

Vivía con el miedo constante a que, si se dejaba una puerta abierta, los protagonistas de sus libros se escaparían por ella para nunca regresar.