PELIGRO, ALTO VOLTAJE

Era tentador, pero logró contenerse. ¡Qué manía con poner carteles prohibiendo cosas!

Hasta ese día, nunca se le había ocurrido lo interesante que resultaba tocar puertas de chapa.

LECTORA

No conciliaba el sueño sin haber leído antes; igual daba que fueran dos líneas que sabía que tendría que releer a la noche siguiente.
Leía para dormirse, y a veces el libro se cerraba mientras ella seguía la historia a su manera, en un duermevela extraño que le impedía después encontrar aquel segmento soñado entre las palabras del texto real.
En el fondo, aquel ratito antes de dejar que el subconsciente fuera dueño y señor de su vida por unas horas, necesitaba sentir el abrazo de una buena historia; un reflejo indeleble de los días en que le contaban un cuento antes de dormir.

Maese Pérez

Este texto corresponde a un ejercicio del taller de Literautas, el requisito: que fuera una historia de miedo. Y yo, que soy tan retorcidita… pues solté esto.

________________________________________________________________________________________

A Maese Pérez le latía el corazón en los oídos, amenazando con aturdirle hasta perder el conocimiento. Aguardaba con paciencia a que la bestia peluda dejara despejado el camino, pero aquel demonio naranja de ojos brillantes caminaba sigiloso de un lado a otro, ejerciendo un trabajo de centinela que sus amos no le habían encomendado.
No quería quedarse allí, necesitaba acceder a la parte superior, le urgía conseguir su objetivo aunque le fuera la vida en ello.
Siendo francos, le iba la vida en ello.

Hacía sólo unas horas que la rata infecta que tenía por rey le había enviado a dos de sus matones.
El plazo era firme, improrrogable: tres días.
Hasta habían tenido la desfachatez de sonreír mostrando sus dientes amarillentos, tratando de simular un mínimo de compasión.
Recordó con pesar el calor de su hogar, y la imagen del rincón donde otrora se amontonaran tesoros blancos y relucientes empañó su memoria.
Allí se apilaban ahora piezas carcomidas que no servían para apaciguar las ansias del monarca. Incluso había intentado colarle algunos ejemplares falsos muy logrados; pero no sirvió para nada que no fuera enojar más a su acreedor.
Esto era un acicate para afrontar el presente; situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.

Se aferró con fuerza a la herramienta y suspiró abatido.
El sonido de la madera herida por las uñas de su pesadilla viviente le taladraba los tímpanos, y su respiración comenzó a hacerse más acelerada; si seguía así, sólo era cuestión de tiempo que el monstruo lo oyera y le diera caza como lo que era: un cobarde, un ratón acorralado bajo la escalera.
De haber tenido un dios en que creer habría rezado con ansia, prometiendo penitencia a cambio de salvar el pellejo; mas no estaba en su condición encomendarse a intervenciones divinas, y dudaba mucho que aquellos milagros consiguieran librarle de sus múltiples amenazas.
Aún así, algo, lo que fuera, atrajo la atención de la alimaña naranja lejos de él, dejándole el camino libre.

Maese Pérez corrió como no había corrido en su vida. Aterrado con la idea de que el monstruo volviera en el momento más fatídico, consiguió cruzar el pasillo y subir el primer tramo de escaleras sin que se oyera más respiración que la suya.
Atravesó la primera estancia sin resuello hasta alcanzar la puerta que buscaba.

En el peor momento, los latidos abandonaron sus sienes para posarse en las puntas de los dedos, obligándole a usar las dos manos para sujetar el útil que había escogido para su plan.
Su objetivo dormía, de forma aparentemente plácida, en la cama que había bajo la ventana.
Conocía los riesgos, no era la primera vez que se internaba en aquellos mundos gobernados por gigantes, que usaban los más temibles instrumentos de tortura para deshacerse de indeseables como él; pero tenía que hacerlo o los esbirros del rey acabarían con su vida y luego usarían sus despojos para la cena.

Se acercó con cuidado y trepó hasta la cabecera del catre; ahora reconocía que las tenazas no eran la mejor idea del mundo, pues golpeaban la madera delatando su presencia.
Por fortuna, el gigante no se apercibió del sonido y, si lo hizo, se limitó a gemir de forma extraña para seguir durmiendo con la boca abierta.
Aprovechando una oportunidad que reconoció como única en la vida, Maese Pérez se acercó a la cabeza del dormitante y asió con determinación las tenazas, colocándolas alrededor de la codiciada pieza. Apretó con fuerza y tiró conteniendo el aliento, como si un solo suspiro pudiera despertar al titán. El rey rata se sentiría complacido con el tesoro y él conservaría la cabeza.

En medio del caos provocado por los gritos del niño y las carreras de unos padres asustados, logró escabullirse fuera de la casa, evitando también al demonio anaranjado.
En otros tiempos habría dejado una golosina bajo la almohada, quizá una moneda a cambio de aquel diente sin profanar por las caries y el sarro; pero lo que Maese Pérez blandía sobre su cabeza no era un diente de leche; ya no quedaban dientes de leche aprovechables en este mundo y, a partir de ahora, no tendría más remedio que arrancar los más nuevos, recién emergidos de las encías rosadas de aquellos devoradores de azúcar. Unos dientes que todavía sirvieran para algo.

Silbidos

Le fascinaba la gente que, silbando, era capaz de imitar el trino de los pájaros, cuando todos sus intentos se quedaban en el ruido del viento colándose por las rendijas de una ventana; pero decidió que el sonido del viento también tenía su encanto.

Derrota

Resultaba de lo más frustrante; lo había intentado todo: con las manos, dándole golpes, hasta con un cuchillo; y nada, sin resultado.
Miró con odio a su antagonista y se dio por vencida.
-¡Mamá! ¿Me abres el bote de aceitunas?

Furtivo

La ayudó a bajar de la escalera
—Gracias— musitó, quedando cara a cara con él.
—No hay de qué— le rozó el brazo, sus caras a pocos centímetros, pero “sólo eran amigos, buenos amigos, eso no se hace con un buen amigo.”
Y aún así sucedió; el beso, cálido, suave, casi como un susurro pero cargado de deseo; arrastrándoles a través de la habitación, esquivando muñecos, pañuelos y demás trastos tirados por el suelo, en dirección al sillón.
Al caer en él, ella empezó a sentirse culpable; no debían, se lo había prometido ya tantas veces que había perdido la cuenta.
Se apartó un poco.
—Esto no está bien.
—Pero es lo que queremos, y ahora es tan buen momento como cualquier otro.
—O tan malo— respondió ella.
Sus manos permanecían entrelazadas: ella sentada sobre su regazo, el sentimiento de culpa invadiéndola, anidando en su estómago. Se concentró en el amasijo de dedos que jugueteaban entre sí.
—Se acabarán enterando.
—Hasta de lo que no haya sucedido, y nos torturarán por ello igual. Mejor que nos reprochen una realidad que lo que pudo ser.
Le miró procesando la frase, sopesando pros y contras, y asumió que los riesgos eran los mismos, y que se arrepentiría siempre si no aprovechaban la ocasión.
Volvió a besarle.

El viejo molino

El viejo molino ya no tenía piedra con la que moler; tantos años de giros infinitos habían terminado por quebrarla, y el abandono puso fin a su voluntad de convertir el grano en pasta, pero el agua seguía discurriendo entre sus palas de madera, resistentes al paso del tiempo.
Era sorprendente que su corazón todavía tuviera pulso después de que los hombres que lo construyeron hubieran dejado de lado su utilidad por modernas máquinas que lo hacían todo más rápido y más cerca de las casas.

El viejo molino era feliz en su guarida de roca, viendo el riachuelo mezclar sus aguas con las olas del mar pocos metros más allá.
Nunca le faltaron días en los que aquellas mismas olas llegaran a lamerle los pies; especialmente cuando el mar se enfurecía, tirando espumarajos por encima del borde más alto del más alto acantilado y, con eso, el viejo molino tenía suficiente.