De plumas

Creí que haríamos juntos un trocito del camino,

yo zorro, tú gaviota,

y olvidé que las gaviotas tienen miedo de los árboles.

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Yo soy la que quedó desnuda sobre el hielo

entre el viento frío de los árboles,

yo, la que se desplumó las alas

para que tuvieras una almohada sobre la que dormir.

Y soy la que se arranca la piel a tiras

para deshacerse de este abrigo inútil

y dejar libre el alma para que vuele como pájaro,

quién sabe si al otro lado del planeta.

 

 

 

Amar

 

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Cuentan que Mar se enamoró de Tierra y que la espuma de las olas eran torpes besos furtivos.
Tal era la pasión de aquel amor, tan fuerte e intensa, que Mar terminó por desmoronar los acantilados para poder ver a Tierra desnuda por fin.

 

 

 

 

 

Teixido/Canción en dos estrofas

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Me quedaré mirando al mar hasta que la última barca zarpe de Teixido, llevando mi alma en ella.

CANCIÓN EN DOS ESTROFAS

I

Cómo tiemblan mis manos
mientras te escribo,
qué poco late mi corazón
cuando no estás,
nunca mi voz se ahogó tanto
entre mis dientes.

II

Qué fría despertó la mañana
con tu ausencia,
qué negra era la luna anoche
mientras te recordaba.
Hoy, por primera vez,
la niebla me llevaba a casa.

Aunque no recuerde haber estado allí.

De todas las cosas extrañas que pudiera imaginar, ninguna se aproximaba a lo que, en aquel preciso momento, estaba pasando. Por casualidades de un destino en el que ella tenía una fe ciega, se encontró con un hombre al que creía conocer de tiempo atrás, aunque nunca se hubieran cruzado.
Interiormente trataba de comprender qué la había llamado tanto la atención; resultaba obvio que era muy atractivo, pero apenas se había fijado en eso sino más bien en sus ojos verdes, aún más brillantes e intensos bajo unas cejas pobladas y negras; unos ojos que habían taladrado los suyos y también su alma.
Un alma que había esperado paciente su momento, ese instante en el que ella ya no era ella sino su pasado más remoto y él ya no era él sino un recuerdo traído a la fuerza de una memoria que tenía siglos.
Precisamente lo que ambos encontraron en la mirada del otro, la eternidad reflejada en sus globos oculares que, por segundos, se humedecían más y más; y esos dueños presentes, esos cuerpos prestados a una pasión muy antigua, casi tanto como el suelo que pisaban, osaban retener el más viejo modo de comunicación.
No hubo palabras, él la cogió de la mano y la llevó al lugar más retirado que pudo encontrar para pedir perdón por haber tardado tanto en dirigir sus pasos hacia ese cruce que, irremediablemente, unía sus dos caminos y, no sin miedo, la besó, la estrechó entre sus brazos con deseo tratando de retener cada gesto, cada suspiro, cada mirada, y ella no se negó, pues tenía ese sentimiento anclado en lo más profundo de sus ser, una fuerza que la impulsaba a confiar en aquel hombre que hacía volver a su cabeza imágenes muy escondidas, casi increíbles, y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—¿Ríes, amor mío?
—No, sólo recuerdo, aunque no recuerde haber estado allí.