PINCELADAS


Le gustaba mirar amanecer con los ojos puestos en las bateas negras y pardas que se cruzaban en el horizonte con la línea de las islas.
El sol siempre salía por el otro lado, pero era el nacimiento de su sombra, inexistente a esas horas, la que le llenaba de vida. Creación milagrosa, compañera inseparable salvo por las noches, en que ella se fugaba, suave como las primeras plumas de las gaviotas, a descansar a un mundo de lechuzas ansiosas y plenilunios frustrados que él desconocía.

Hace tiempo que aprendí que las cosas se tuercen cuando menos lo esperas. Por mucho que endereces el árbol, siempre hay una rama díscola que busca lejos el calor del sol y rompe la armonía de tu erecta obra con una horizontal maliciosa que recuerda que la naturaleza, así como el destino, no se pueden gobernar.





