LA BESTIA INTERIOR

El experto en acústica biológica decidió catalogar cada sonido que hacía su estómago.

A veces era como el crujir de la madera de un barco en medio de la más terrible de las tempestades; otras como un nido de cocodrilos recién nacidos llamando a su madre y, las más, como el rugido de un león a punto de devorar una cebra.

Acudió asustado al médico el día en que le despertó a medianoche la llamada a la caza de una ballena asesina.

RECREO

Viento reía arremolinado entre las hojas, Lluvia brincaba sobre la superficie de los charcos y Neblina jugaba al escondite junto a la ribera.

En aquella mañana de recreo, Sol esperaba su hora, mirando triste tras la ventana.

Nunca le dejaban salir con ellos.

RELOJ DE SOL

No usaba calendario, le bastaba con los brotes en las macetas y el pedacito creciente de patio que el sol robaba a las sombras en su camino inevitable hacia el verano.

De lecciones

Del sol aprendió el rolar de los vientos, el cambio de las estaciones en los árboles; de la luna, decía, no aprendió nada salvo el brillo perenne de unos ojos enamorados.

DE HABITÁCULOS INMUNDOS

Le escocían los ojos, hartos ya de la luz mortecina de los fluorescentes y el ambiente cargado de una estancia que parecía hecha dentro de una pirámide, en la que apenas dos veces al año, por un agujerito, entraba el sol.

Dio el último sorbo a su taza de té y estiró los brazos.

A través de la ventana veía el danzar de nubes oscuras a favor de un viento desesperado por barrer el mundo.

Apagó la pantalla del ordenador, cogió su chaqueta del respaldo de la silla y salió a la calle, a que le diera el otoño.