Medidas anticrisis

Pues aquí está mi propuesta para el reto 5 líneas de Adella Brac. Las palabras para mayo eran: pintura, poemas y temor.


Después de recibir cumplido informe sobre la situación económica de la institución, e instigados por el temor a la bancarrota, los dirigentes del museo consintieron en que la sala “Dick Van Dyke”, consagrada hasta entonces a la pintura flamenca del siglo XVI, fuera transformada en una exposición permanente de poemas japoneses escritos en rollos de papel higiénico y rebautizada como “Haikus Ketekagas”.

Psicología

Le dijeron que estaba a punto de perder la cabeza, que buscara ayuda profesional, y decidió hacerles caso.
Pidió cita en la peluquería y se cortó el pelo.

Bibliófilo

Aquel salmón buscaba con empeño la sabiduría en los libros, pero su afición pronto le planteó un serio problema: viviendo en un río, todo lo que leía se convirtió en papel mojado.

 

Tiempo de descuento

Cuando se le presentó, no supo cómo reaccionar. Se supone que uno está toda la vida preparándose para ese momento, pero la verdad es que nunca se está preparado del todo.
Muerte dejó a un lado su guadaña y sacó del portafolios una carpeta, la hojeó y la cerró de un golpe que sobresaltó aún más al visitado.
—Sr. Gumersindo Pertusato ¿verdad?
Apenas acertó a asentir, sin salir de su perplejidad, mientras Muerte volvía a guardar la carpeta y sacaba, esta vez, un libro de contabilidad. Lo miró durante un instante y volvió a guardarlo para sacar después otro tomo, idéntico en apariencia.
Un transeúnte tropezó con la guadaña, increpó a Muerte por dónde dejaba las cosas, en especial cosas tan peligrosas, y siguió su camino maldiciendo entre dientes, sin percatarse siquiera de a quién acababa de leerle la cartilla.
—Será mejor que la apoye en esta silla — le ofreció Gumersindo, con un hilo de voz.
—No hace falta, la guardaré — y metió el artilugio en el maletín —. Mucho mejor, no se vaya a matar alguien— Muerte no pareció apreciar la ironía de la frase —. Bueno, aquí dice que ya ha cumplido sus 21.178 días, 4 horas, 25 minutos y 16 segundos.
— ¿Tan poco?— protestó —. Pero si la media está en 85 años.
—No se enfade, no podemos darle a todo el mundo el mismo tiempo. Usted no es de los peor parados, si quiere verlo de otra forma.
—Supongo.
—Claro, que todo es revisable. Déjeme ver si se puede hacer algo con su caso.
Posó un dedo huesudo en la parte alta de la primera página y empezó a deslizarlo con calma hacia abajo. Mientras tanto, el Sr. Pertusato no salía de su asombro.
— ¿Cómo? ¿Revisable?
— Sí. Es la nueva política de la empresa. Ya sabe, hubo algunas denuncias en Consumidores y Usuarios por no tener en cuenta las bonificaciones.
— ¿Boni-ficaciones?
— Sí. Enseguida se lo explico— levantó la vista del papel y sacó una calculadora de aquel maletín que empezaba a parecer el bolso de Mary Poppins —. Pero tómese el café, hombre, que se le va a quedar helado.
Gumersindo obedeció y empezó a preguntarse si no sería una broma de esas con cámara oculta que luego ponen en la tele cuando no tienen nada mejor a mano.
—Esto es cosa de Fulgencio ¿a que sí? Menudo cabronazo está hecho.
—Fulgencio, ¿qué Fulgencio?
—Mi cuñao, que le gusta mucho tocar los cojones.
—Ah, aquí está — siguió Muerte como si no hubiera oído nada —. La relación aquella con Benita Domínguez, que no le aportó nada, ni siquiera una lección de cómo hacer que las cosas funcionen. ¿Cuánto estuvieron juntos? ¿Tres años y algo?— Gumersindo asintió— De eso solo podemos bonificar el 1,8%, lo siento. Así que: 19 días, 17 horas, 2 minutos y 24 segundos; perdón: 31 minutos y 12 segundos, que un año fue bisiesto — continuó buscando en el libro —. ¿Y el verano del 74?
— ¿El verano del 74?— eso ya no podía ser cosa del Fulgencio.
—Sí, hombre, que se rompió usted la pierna. Tibia y peroné. Menudo estropicio.
—Ah, ya. Me pasé las vacaciones en el porche viendo a los demás jugar a indios y vaqueros y yo allí, con la pata en alto. Ni me firmaron en la escayola.
—Pues eso digo. Tres meses perdidos, bonificación del 20%: 18 días.
— ¿Cómo me va a bonificar el 20 de un verano y solo el 1,8 de lo de la Benita? Lo de la Benita fue mucho peor, no me vaya a comparar.
—Lo siento, son tablas estandarizadas ¿lo ve?
Le acercó un folleto, parecido a los de las pólizas de seguros, a todo color: las casillas en ocre y naranja pálido, letra “Times New Roman”, de 12 puntos y cursiva. Gumersindo lo estudió con atención, metido de lleno ya en la situación kafkiana en que se encontraba, y dispuesto a encontrar cualquier resquicio con el que librarse de su inminente destino o, al menos, demorarlo un poco más.
—Veo que tienen también un apartado llamado: “Películas, libros y conferencias”. Estoy seguro de que por aquí me puedo deducir algo. La Benita me hizo tragarme un montón de tonterías sobre el universo y su formación.
—Lo lamento, solo podemos bonificar la relación en su totalidad, no podemos computar dos veces el mismo lapso de tiempo. Está ahí, en la letra pequeña.
— ¿Y cuando hice cola con mi hija para ver a los Backstreet Boys en concierto? Fueron tres días en la puerta del Madrid Arena.
—Ah, pues eso sí, claro. Además es el 100% por “Sacrificio desinteresado”. 3 días, 5 horas, 23 minutos y 18 segundos. Más, el rato del concierto que estuvo usted esperando en el coche: 2 horas y 47 minutos.
—Coño, pues si es por actos desinteresados, ponga también los cumpleaños de mi suegra y la comida de un domingo al mes.
—Lamento decirle que los festejos familiares no son deducibles. Si no esto sería un cachondeo. Todo el mundo bonificándose por bodas de empresa, bautizos de primos… Ya sería abusar.
—Hombre, visto así — concedió.
—En fin, creo que eso es todo, Sr. Pertusato. En total: 1 mes, 11 días, 1 hora, 41 minutos y 30 segundos. Todo a su favor.
— ¿Y el fin de semana en Turrillo del Cigüeñal, que llovió a cántaros y no pudimos salir de la casa rural?
—No sé, eso tendría que consultarlo con mis superiores. Los descuentos por “Vacaciones que resultaron un fiasco” todavía no los han metido, pero me consta que se está estudiando. A lo mejor tiene suerte y, cuando cumpla el descuento, ya está aprobado y se lo puede deducir.
— A ver si es verdad- se resignó.
— Antes de acabar, le tengo que pedir que valore la atención recibida en este pequeño cuestionario. Solo le llevará unos minutos rellenarlo. No se preocupe, le damos el 200%, por las molestias.
Cogió el bolígrafo que la mano hecha de huesos le tendía y empezó a leer la encuesta, tomándose su tiempo en estudiar cada respuesta, hasta que Muerte empezó a mirarle con irritación. Era un truco viejo, y muchos años en el oficio.
Finalmente el futuro difunto le devolvió el informe.
— Bueno. Encantado de haber tratado con usted. Ha sido de lo más colaborador y comprensivo, no sabe cómo se ponen algunos.
—Ya me imagino que se las habrá visto de todos los colores — le estrechó la mano con la misma firmeza que un comercial de aspiradoras.
—A más ver.
Y allí quedó Gumersindo Pertusato, contemplando cómo el manto de Muerte se perdía calle arriba y sorbiendo el último buchito ya frío de café con leche.

Soluciones inocentes

La niña corrió por toda la casa, buscando a su madre, desesperada.
— ¡Mamá! ¡Mamá! Me deshago, mamá. Tienes que coserme.
— ¿Cómo coserte?
— Sí, mamá, como hiciste con mi conejito de peluche. Mira.— Se levantó la camiseta para enseñarle una pelusilla que tenía en el ombligo.— A mí también se me está saliendo el rellenito.

Miracoli

Este relato pertenece a la escena del taller de Literautas que tenía que comenzar con la frase: «Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.»


Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.

Para empezar, los caracoles no se habían comido las lechugas del huerto y la tía Nicoletta estaba tan contenta que, por primera vez desde que tengo uso de razón, me ha calentado la leche del desayuno y me ha untado la tostada con mantequilla.

Pero esto no saldrá en los periódicos, como tampoco contarán que las cabras han dejado en paz la ropa que la prima Sofía había tendido al salir el sol; eso no les importa a los señores de la “cittá”.

Al abuelo Paolo le han pagado a tiempo la pensión y la abuela ha conseguido hacerse con ella antes de que el viejo huyera al bar con los amigotes para gastar la mitad jugando a las cartas.

Hasta a papá le han pagado el doble por el pescado que trajo ayer en su barca.

Se podría decir que todo esto son milagros, y en mi casa eso es lo que parece; pero lo gordo, lo gordo de verdad, es que anoche el volcán entró en erupción y su lava se ha llevado la escuela, solo la escuela; dejando el resto del pueblo intacto.

Así que hoy: ¡No hay cole!

El enemigo, un exloro y Frank Sinatra

Texto para el taller de Literautas. Intenté un pequeño tributo a Gila y los Monty Python, quedó absurdo, pero ¿no se trataba de eso?

-Hola, ¿podría hablar con Paolo Milano?

[…]

–Sí, espero.

[…]

–Hola, Paolo. Soy Miranda, la del duplex del centro.

[…]

–Desde luego. Vaya cambio, chico, no me lo imaginaba así, tienes razón.

[…]

–Sí, ya imagino que te has esforzado al máximo. Que has consultado las tendencias. La cuestión es que no entiendo muy bien el estilo.

[…]

–¿Estilo industrial, dices? Pero es que me resulta un poco frío. Bueno, frío no, es que es entrar en casa y me dan ganas de ponerme a fundir metal.

[…]

–Ya, si está muy bien que sea lo último en salones, pero es que yo soy abogada y no me pega mucho.

[…]

–¿Y la jaula esa que hay en el dormitorio, con un pájaro disecado?

[…]

–Un toque de vida, de color. Ya. Pero está muerto.

[…]

–No, no, yo mascotas no quiero, que no tengo tiempo de cuidarlas.

[…]

–Sí, a lo mejor. ¿Y el borsalino que me has dejado de recuerdo en el perchero?

[…]

–Un toque de distinción, a lo Frank Sinatra, ya.

[…]

–No soy yo muy de Frank Sinatra. Ni de sombreros.

[…]

–Pues no. No creo que un sombrero y un ex-loro me quiten las ganas de invitar a todos mis amigos a comernos un bocadillo subidos en la viga que me has dejado a la vista en la cocina.

[…]

–Sí, me he fijado en la bobina gigante que hace de mesita de café, era una broma.

[…]

–¿Y las fotos de mis viajes que te pedí que pusieras?

[…]

–¿El marco digital?

[…]

–Vaya, no, no, si está muy bien, pero claro, con ese tamaño, yo creí que era otra cosa.

[…]

–Pues otra cosa, yo qué sé, está todo tan moderno que ya no sabe una qué esperar.

[…]

–No, pero no me llores. Es sólo en lo que me acostumbro, que así, en frío.

[…]

–Pues no, en la habitación de invitados todavía no he entrado, pero miedo me está dando.

[…]

–Ya veo.

[…]

–No, no me convence demasiado. No sé si alguien va a querer venir si le cuento eso.

[…]

–Hombre, una cosa es que no quiera que se apalanquen y otra muy distinta que no vuelvan.

[…]

–Pues no, no estoy contenta con tu trabajo. Me siento extraña, alienígena, esto último en sentido literal.

[…]

–Pues tendremos que buscar la forma de ponernos de acuerdo.

[…]

–Si yo lo entiendo, pero es que no quiero que mi casa parezca el laboratorio del jovencito Frankenstein. Quiero que parezca mi casa.

[…]

–Me da lo mismo si está demodé o te resulta rancio. No quiero más acero inoxidable que el de los electrodomésticos. ¡Joder! Que entro en el baño y ya no sé si voy a ducharme o son los encuentros en la tercera fase y me van a meter una sonda por el…

[…]

–Pues ¿tú me dirás? Te pago un dineral para que me dejes el piso para entrar a vivir y me encuentro con esto. ¡Y no me llores, coño, que es a mí a quien le has dejado la casa como una siderurgia!

[…]

–Bien, pues las paredes en amarillo Sáhara y los muebles retro, pero ojito con eso de retro, que tampoco quiero que parezca esto la guarida del Superagente 86.

[…]

–Ya, si era solo una broma, Paolo. No me llores.