El viento sobre las colinas de Éire

La desdichada detrás del salmón está de enhorabuena y es que, después de muchos años de trabajo, ve la luz la primera parte de una trilogía de novela histórica ambientada en la Irlanda precristiana.

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SINOPSIS:

En el siglo V, mientras Europa ha sucumbido a las ansias imperialistas de Roma, Éire permanece intacta. Su mundo se mueve a otro ritmo, marcado por unas tradiciones tan antiguas como la tierra sobre la que se asientan, pero pronto descubrirán que no todo es eterno.

Esta es una historia de dioses dormidos bajo colinas, reyes coronados entre círculos de piedra y de una familia que, durante generaciones, intenta desafiar la amenaza de su extinción.

Fáilte (bienvenidos) a las colinas de Éire y los vientos que soplan sobre ellas.

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Conn, el selkie

CONN, EL SELKIE
Conn, el Selkie por Elena Gromaz

Ilustración de Elena Gromaz Ballesteros

 

—Cuida dónde dejas tu piel— le advirtió su madre la primera vez que salió solo a explorar entre las rocas.

Pero él era adolescente e impulsivo, y las advertencias sonaban a miedos infundados. Despojado de su apariencia animal, su piel humana recibía los cálidos rayos del sol.

La niña se acercó con temor; nunca había visto a un hombre desnudo.

— ¿Quién eres?— preguntó la niña — ¿Esto es tuyo?— Levantó la piel de foca.— Yo que tú tendría más cuidado con dónde pongo mis cosas.

Y él tuvo que darle la razón; ahora las advertencias de su madre no parecían tan absurdas con aquella muchacha sosteniendo su pellejo delante de él, ignorante de lo que el gesto significaba.

— Poco importa quién era yo antes de ahora— acertó a responder —, porque seré tu marido.

—Y ¿para qué quiero yo un marido?

—No es para qué, es por qué.

— De acuerdo ¿por qué quiero yo un marido?

— Porque tienes mi piel.

— Yo no quiero tu piel, ni un marido.

— Pero no hay elección, soy un selkie y tú tienes mi piel

La muchacha trataba de comprender.

— Empecemos de nuevo. Yo me llamo Siobhan, ¿y tú?

— Conn— respondió con desgana.

— Hola, Conn ¿de dónde vienes?

— Del mar.

— Eso es imposible.— Rió ella.— Nadie vive en el mar, excepto los peces.

— Y las focas— puntualizó.

— Y las focas, tú lo has dicho. Pero no pareces un pez, ni una foca.

— Porque soy un selkie.

— Y ¿qué es un selkie?

— ¿Sabes qué? Nada, un selkie no es nada, me lo he inventado ¿Me devuelves mi piel?

Empezaba a cansarse y quería alejarse de aquella joven tan impertinente. Siobhan dudó un momento.

—No. Quiero que me cuentes cosas sobre los selkies.

—Ya te he dicho que me lo he inventado.

—A mí eso me da igual, invéntate más.

Se sentó en las rocas, lo suficientemente lejos de él como para que no pudiera coger la piel y lo bastante cerca como para no tener que gritar. Conn siguió callado mientras ella le miraba con sus ojos redondos. Pasado un rato, el muchacho decidió seguirle el juego.

—Está bien, un selkie es una foca, pero no es una foca; es un humano, pero no es un humano.

— ¿Como las sirenas?

—No exactamente. Un selkie es foca cuando es foca y humano cuando es humano.

—No lo entiendo.

—Devuélveme mi piel y te lo mostraré.

—No pienso devolvértela hasta que no termines de contármelo todo. — Conn intentó protestar. — He dicho que te la daré cuando termines. — Y se alejó un poco más.

—Mira. — Se decidió al fin. — Explicarte lo que soy resulta muy difícil si nunca has oído hablar de los míos. O de algún ser parecido.

—No soy tonta. Prueba y verás qué pronto lo entiendo.

Sonrió con calidez, sin un ápice de ofensa en su voz, como si aquella conversación fuera algo íntimo y divertido. Como si hablara con un amigo.

— ¿Conoces alguna leyenda sobre animales que no son lo que son? — se atrevió a preguntar él buscando un punto de partida que le permitiera contarle todo rápido y recuperar su piel antes de que el sol se pusiera.

— Me sé muchas de druidas que huyeron de sus enemigos convirtiéndose en jabalíes, ciervos y salmones, pero ninguna en que se quiten el pellejo.

—De acuerdo. Entonces un selkie es algo parecido a esos druidas; si nos quitamos la piel somos personas como tú; si nos la ponemos somos iguales a cualquier otra foca.

—Los druidas de las historias no eran como otros ciervos, jabalíes o salmones, siempre tenían algo distinto. — Hiló ella, y Conn se vio intrigado por las capacidades de los protagonistas de semejantes aventuras. — Digamos que te creo, y que me creo que puedes convertirte en foca si te devuelvo esto. — Señaló levemente la sombra que parecía la piel a su lado. — ¿Cómo decides cuándo tienes que ser hombre o foca?

—No sé, hago lo que me apetece. Igual que tú no decides todo lo que haces.

Siobhan se quedó un momento pensando antes de responder.

—Pues yo esperaba otra cosa. Esto que me cuentas es como cambiarse de capa, nada más. Los druidas huían cambiando de forma para que los hombres malos no les encontraran, o para que un rey no pudiera vengarse de una maldición. Pero imagino que, ser un selkie, no es tan emocionante.

Conn se sintió ofendido.

—Ser un selkie es genial. Quizá no podemos ser más que humanos o focas, pero no vamos cabreando a hombres y reyes. Hoy me he librado de ser devorado. ¿Eso no es emocionante?

—Supongo— respondió Siobhan condescendiente.

—Y, además, ahora estoy intentando recuperar mi pellejo para no convertirme en tu marido.

—Y dale con lo del marido. Eso todavía no me lo has contado.

—Dime, Siobhan. ¿Alguno de tus druidas se transformó para huir de ser casado?

—No, que yo sepa.

—Pues ese es el mayor miedo de los míos, que aparezca una niña entremetida y no quiera devolvernos nuestra piel.

Siobhan ignoró la acusación y, cogiendo el pellejo lentamente, se lo colocó encima. No sabía muy bien qué esperaba que sucediera tras aquel gesto, pero se sintió decepcionada al ver que no pasaba nada.

—Esto solo es una piel, nada más, y tú eres un mentiroso que se ha decidido a convertirse en mi marido contándome cuentos de hadas.

—No, no, te lo prometo. Todo lo que te he contado es verdad. Devuélveme lo que es mío y lo verás.

—Y ¿qué dices que sucederá si no lo hago?

—Que me tendré que casar contigo— repitió Conn harto de dar vueltas a lo mismo una y otra vez.

—Y ya casados ¿Qué?

—Dijiste que no querías un marido.

—Bueno, ahora no, pero a lo mejor un día me viene bien tener uno.

—Pues ni idea ¿Para qué sirven los maridos por aquí?

—Para traer leña, salir a cazar, a pescar… Y para tener hijos, creo. Pensándolo bien, salvo esto último, lo demás puedo hacerlo yo sola.

—Entonces ¿me querrías para tener hijos?

—No sé, creo que no. Para eso me sirve cualquiera y, si es verdad todo lo que me has contado, no me veo con ganas de explicarle a todo el mundo porqué mis hijos parecen focas. — Se quedó pensando un momento más, se levantó de su piedra, y se acercó a Conn. —Toma, ya no lo quiero. Y ten más cuidado la próxima vez. Quizá la siguiente que se lo encuentre sí quiera un marido.

Sonrió con dulzura y se alejó saltando entre las rocas.

Conn se quedó solo con su piel de foca, pensando que, si alguna vez una niña se tenía que quedar con ella, preferiría que fuera Siobhan antes que cualquier otra.

 

Fionn y el Salmón del Conocimiento

Los amigos de Martes de Cuento han tenido la amabilidad de ceder un pedacito de su blog para publicar esta revisión de un cuento tradicional de la mitología irlandesa que, como véis, tien por protagonista a un salmón.

Gracias a ellos por devolvernos la ilusión de un niño, y a vosotros, que lo disfrutéis al menos tanto como yo escribiéndolo.

Fionn y el salmón del conocimiento en Martes de Cuento

Martes de cuento

old_man_and_the_lake_by_cephalopodwaltz-d1agypg Ilustración: Cephalopodwaltz

Los Tuatha Dé, padres de todos los duendes y hadas de Irlanda, habían expulsado a los oscuros Fomoré lejos, muy lejos, más allá del mar del oeste, después de dos guerras terribles. Durante años se dedicaron a crear colinas, a hacer crecer las flores y los árboles y a celebrar fiestas llenas de música y bailes. Pero, una vez terminaron de hacer todo aquello, tuvieron miedo de que los Fomoré volvieran para quedarse con la isla y, ya puestos, con todo lo que poseían, incluso sus poderes mágicos; así que decidieron mantener todos aquellos conocimientos a salvo de sus enemigos y partieron en todas las direcciones buscando un buen lugar donde esconderlos.

-Escondámoslos bajo las piedras del norte— propuso Goibniu, el herrero.

-Ellos tienen gigantes que podrían levantarlas. No nos vale— dijo Nuada, el rey.

-Escondámoslos entonces en la más alta montaña del este— intervino Macha, la guerrera.

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BELTANE EN SU ESPALDA

Amantes en un mundo sin tiempo, se dejaban consumir por la pasión en una celebración infinita de desearse mutuamente.

Él dibujaba sobre su piel con los dedos, como si su espalda fuera el mapa de Irlanda y cada lunar una hoguera en honor a las viejas fiestas de Beltane.

St. Patrick’s Day

Trenzó flores de trébol en su pelo y vistió sus mejores galas; el día había amanecido verde y con niebla, como debía ser.

Dejó la ofrenda a los duendes en el alféizar de la ventana y se fue a trabajar con la esperanza de que, cuando regresara a casa, aquellos traviesos seres le hubieran devuelto su arpa dorada.

Rito de transición

Este texto forma parte del taller de Literautas, la condición era que se tratara de una lucha o un combate.

 


 

 

Se apresuró a practicar el tajo en el cuello del animal aunque el venado ya estaba muerto. Sonrió para sus adentros, orgulloso de su destreza con el arco; su flecha había acertado de pleno en el corazón de su presa que se derrumbó en un suspiro y ahora le miraba con los ojos vacuos y aquella mueca burlona de la lengua colgando sobre sus dientes inferiores.
Debía darse prisa y eviscerarlo con cuidado, no quería que la sangre se mezclara con las heces verduzcas y hediondas por la hierba a medio digerir.
La vida del animal le recorrió según se embadurnaba con la sangre y mantuvo las manos dentro de su vientre, tratando de calentarlas. La débil lluvia que se colaba entre las hojas de los árboles le había entumecido los dedos y aún más la inactividad esperando el momento exacto en que soltar su dardo.
Un movimiento a su espalda le hizo ponerse en guardia; había sido un soplo sutil, casi imperceptible. Después de una semana en el bosque se había familiarizado con sus sonidos y aquel no presagiaba nada bueno.
Buscó con la mirada el origen de aquella sensación que le invadía, un desasosiego como una alarma de peligro que le subía desde el estómago; pero no encontró nada salvo una ardilla traviesa cruzando de un árbol a otro.
Volvió a centrarse en su presa dispuesto a terminar con el trabajo; regresaría triunfal a la aldea para demostrar que ya era un hombre, uno poderoso; y bailaría con la cornamenta del ciervo adornando su cabeza como hiciera Cerumnos, el gran dios.
Levantó la vista un instante prevenido por una sombra que se acercaba desde el otro lado del cuerpo abatido. Los ojos amarillos de su rival brillaron con fiereza, los colmillos asomaban bajo su labio tan largos como su propio dedo índice. Era un macho viejo pero no por ello menos peligroso.
Leyó la desesperación en su mirada, el apetito en la lengua que pasaba sobre su nariz oscura y la determinación de quien no tiene nada que perder.
Durante unos segundos se miraron fijamente midiendo al enemigo, valorando las opciones, ideando una estrategia.
Conall deslizó la mano hasta la daga que permanecía clavada en la tierra, su arco estaba demasiado lejos y lamentó aquel descuido.
El lobo mantenía los ojos fijos en los suyos mientras acortaba la distancia entre ellos con sigilo, como un fantasma. El joven decidió permanecer agachado con su presa como parapeto procurando no ofrecer a la alimaña puntos débiles como el estómago o las rodillas. Y una sensación peor comenzó a invadirle, consciente de que una manada entera podía estar esperando entre los árboles silenciando sus movimientos sobre la tierra mojada, e intentó controlar lo que le rodeaba.
Fue entonces cuando el lobo aprovechó para saltar sobre él, tratando de clavar sus dientes en el cuello del joven guerrero que se revolvía intentado protegerse y sacarse a la fiera de encima.
Las uñas romas del animal le arañaban la espalda mientras trepaba por ella buscando un punto de apoyo con el que afianzar su mordida mortal, sin conseguirlo.
Conall se tiró al suelo bruscamente aprisionando a su atacante contra el ciervo, logrando unos segundos vitales para recomponerse antes de clavar su cuchillo; pero el viejo can se movía rápido ocultándose bajo él, evitando cualquier resquicio por el que la hoja brillante pudiera alcanzarle sin suponer un peligro para el hombre.
Se incorporó súbitamente para volver a dejar caer su peso sobre el cuerpo del lobo que emitió un gemido sin soltar su presa.
El aliento putrefacto de sus fauces invadía el aire que Conall respiraba; en secreto rogó a todos los dioses por su vida y debieron escucharle pues, tan pronto como había empezado, terminó.
El viejo lobo no pudo mantener la lucha por mucho tiempo, y la presión del cuerpo humano sobre él acabó siendo suficiente para que le soltara.
Con la respiración entrecortada, Conall hundió su daga en el costado del animal y el brillo dorado se apagó con un aullido lastimero. Desde entonces sus almas serían indisolubles; su tótem se había manifestado y su piel, que ahora separaba del cuerpo inerte, le serviría de abrigo en los fríos días del invierno que se acercaba.
Volvió a sonreír, no sólo llevaría la carne de un enorme ciervo a la aldea, también la piel del lobo; así demostraría que no sólo era un hombre, demostraría que, por encima de todo, era un guerrero al que todos deberían temer.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (2ª PARTE)

En el campo de hurling, un grupo de adolescentes desafiaba a los elementos y golpeaba la bola con sus palos de factura prehistórica modernizada con cinta aislante; se detuvo un momento a mirarlos, el suficiente para que un pequeño claro se abriera en el cielo y la lluvia cesara.
Buscó la mesa bajo el avellano, al menos los bancos estarían secos en la zona más cercana al tronco. Apagó el móvil en cuanto encontró el sitio y se tumbó boca arriba, contemplando un par de ardillas que corrían por las ramas e ignorando las gotas que caían de las hojas pinteando el tejido de sus jeans con un color más oscuro.
«Mierda todo» suspiró, dejando que el viento le revolviera el pelo de nuevo, abandonándose al cosmos que parecía tener una infinidad de odio acumulado hacia ella sin motivo.
Los gritos de los jugadores se fueron apagando con la caída del sol.
«Debería irme a casa, no es buen sitio un parque tan grande para una chica sola»
Pero sus piernas no respondían, cansadas de tirar hacia delante por inercia aunque sólo encontraran piedras con las que tropezar a cada paso.
Cuando por fin consiguió que su cerebro se impusiera a sus músculos, la claridad de un trozo de papel sobre la hierba llamó su atención, se agachó a recogerlo y se sorprendió al ver que estaba seco.
Lo abrió con cuidado, como si fuera un manuscrito antiguo que se pudiera convertir en polvo con el simple roce de sus dedos, y descubrió que era un boleto de apuestas para la carrera de caballos de esa noche.
Como irlandesa, aquel deporte debería formar parte de su vida, tanto como las pintas de Guinness o las noches de pub y reels, pero nunca había ido al hipódromo. Miró el reloj y se dio cuenta de que le daba tiempo de llegar al circuito antes de la carrera.
Encendió el teléfono y sopesó por unos segundos la posibilidad de hacer cómplices de su “aventura” a Deirdre y Aoifa, pero se decantó por vivirlo a solas.
«Demasiadas explicaciones que dar.»
Bajó la avenida hasta la parada de bus que distaba unos metros del pub donde, un par de horas antes, la habían rechazado por enésima vez aquella semana.
El vehículo de dos plantas hizo un ruido agónico al abrir sus puertas y a Maureen se le desmoronó la esperanza con aquel sonido.
Su estado de ánimo no mejoró al llegar a su destino, las puertas que daban acceso al lugar mostraban el paso del tiempo en todo su esplendor, con la pintura roída a tramos y las manchas de óxido asomando por aquellos resquicios, testigos de la famosa humedad de la isla.
Eludió la grada más concurrida y observó el ambiente con ojo clínico, regresando a su papel de socióloga.
«Bueno, si de esto no saco pasta, al menos podré empezar una tesis basándome en ello, ahora que tengo tiempo.»
Su subconsciente le ofreció una palmadita en la espalda, felicitándola por aquel cambio de actitud hacia algo más positivo que el miedo al futuro próximo.
Empleó los cinco euros que tenía escondidos en el fondo de su cartera para costearse una pinta.
«Si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien, al estilo tradicional.»
Un grupo de amigos, más o menos de su edad sostenía una discusión sobre sus apuestas y un hombre extraño manejaba la tiza con destreza sobre un tablero de pizarra en el que los números cambiaban vertiginosamente. Se acercó a él y le mostró el papel.
—20 por Orange Dadfodil. Buena suerte— pero su gesto indicaba que su apuesta era kamikaze.
Tomó asiento de nuevo, ahora concentrada en los boxes de salida. ¿Podía haber algo más ridículo que aquellas rejas pintadas de verde tratando de contener a unos caballos visiblemente nerviosos?
Recordó a su abuelo, experto en la materia, que le contaba que la inquietud de aquellos cuadrúpedos no derivaba de su sangre sino de la poca doma: “Solo corren, no hacen virguerías”.
Buscó el casillero de su apuesta y se sorprendió de lo tranquilo que parecía el animal, apenas se movía en aquel cubículo de dos por uno y pensó en la cara del apuntador de apuestas al conocer la suya, pero ¿qué más daba? A fin de cuentas estaba allí con un inesperado regalo encontrado bajo un banco al otro lado de la ciudad, no era su dinero el que estaba en juego, aunque el ambiente que la rodeaba pudiera arrastrarla a pensar lo contrario.
La emoción de los apostadores se contagiaba con facilidad, como una corriente eléctrica que te alcanzaba en un radio de varios metros.

*****

Pistoletazo de salida y las puertas se abrieron, algunos de sus convecinos sacaron los prismáticos y había quien la miraba extrañado porque era la única que no portaba unos.
—Error de principiante— dijo al anciano que le tendió los suyos con amabilidad.
—Yo ni siquiera he apostado— confesó el hombre con media sonrisa de complicidad—, pero me divierte ver la cara de los que pierden— ahora su mueca se tornó cómicamente malévola.
—Es una terapia como cualquier otra— respondió ella sin convicción.
Tara Ranger iba en cabeza, le sacaba dos cuerpos a su perseguidor. Maureen repasó la línea de caballos buscando el color verde que vestía “su” jockey y le decepcionó descubrir que ocupaba el penúltimo lugar, devolvió los prismáticos a su propietario y estiró el papel de la apuesta con ternura, como si acariciara el lomo del animal para infundirle ánimos.
—Uff, mala elección— comentó el viejo—, pero no disfrutaré con tu derrota.
—No importa, no pierdo nada.
El ruido de las gradas desapareció en un grito conjunto y algún juramento. Tara Ranger había tropezado, arrastrando al segundo en carrera.
Los que habían apostado por él tiraron sus papeletas al suelo con furia, perdiendo todo el interés por lo que sucedía en el óvalo, todo lo contrario que les ocurría a Maureen y su acompañante, quienes disfrutaban con una remontada épica de Dadfodil.
Uno a uno fue adelantando a sus antecesores hasta lograr colocarse en segunda posición y, justo en el momento en que el hombre de la pizarra dirigía una mirada brillante e inesperada a la chica, el caballo atravesó la línea de meta una cabeza por delante del último rival a rebasar.
—¡Has ganado, hija, has ganado!— celebró su partener con emoción visible— Te llevas una pasta gansa, 50 a 1. Ocho mil euros del ala.

Cuando Maureen O’Reilly asimiló lo sucedido estaba fuera del hipódromo con el viejo, la escarapela de la victoria prendida en la correa de su bolso y un cheque nominativo en la cartera.
—Vamos, Paddy, que le invito a una pinta.
Y pararon en el pub más cercano a celebrarlo.
Ahora sí que podía relajarse y ser optimista.
Nunca había creído en cuentos de hadas, pero siempre hay que confiar en la suerte del irlandés.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (1ª PARTE)

 

 

Ni en un millón de años, Maureen O’Reilly se hubiera imaginado en aquella situación pero, como nobleza obliga, su destartalada coleta se mecía ahora al son de un viento impredecible que la estaba sacando de quicio mientras aguardaba en la puerta de aquel pub de barrio a que pronunciaran su nombre.

Ya había tratado de recolocarse el peinado varias veces y, al final, había sucumbido a la idea de dejarlo estar hasta el momento de entrar.

La entrevista de trabajo le había llegado de la forma más extraña, un mensaje de su primo, al que hacía años que no veía, con el link de una página de ofertas; desconocía cómo Brian se había enterado de que ella buscaba empleo y se abstuvo de llamar a su madre para comentarle la noticia porque estaba segura al 99% de que ella tenía que ver en el ajo.

«Respira hondo y cálmate.»

La ansiedad se apoderaba de ella cada vez que el ritual comenzaba.

Es mentira eso que dicen de que la experiencia ayuda a mitigar la angustia, llevaba ya tres meses de acá para allá acudiendo a todo tipo de entrevistas, para todo tipo de trabajos y, con cada nueva oferta, lo único que conseguía visualizar en su mente era una puerta cerrándose tras ella para no volver a abrirse jamás.

 

Su nivel de frustración era tal que ya ni siquiera comentaba su agenda con Aoifa y Deirdre, sus amigas del alma, repitiéndose que cualquier mención de la oportunidad gafaba el resultado, y así se había pasado las dos últimas semanas inventando excusas tontas pero creíbles que justificaran su ausencia para las “pintas” de rigor en el Sandyford House.

Su primera opción había sido evidente: «Tengo dentista»; no era una excusa plausible por mucho tiempo si no quería que sus amigas sospecharan de un grave problema de encías.

Luego llegaron las consultas con el ginecólogo, el dermatólogo y hasta con el endocrino.

Quizá esta última había sido la peor idea de todas porque Aoifa, sin maldad, dejó caer que no le parecía mal que se decidiera a perder peso y Maureen añadió uno más a su lista de agobios matutinos, mirándose al espejo nada más salir de la ducha, y observando cómo alguna lorza incipiente amenazaba con estropear su autoestima, ya de por sí a la altura del betún.

 

Estaba tan cansada que su cerebro respondía de forma mecánica a las mismas preguntas un día tras otro, con interlocutores diferentes. Una rutina tan anodina que llegó a convencerse de que habría conseguido el mismo resultado abstrayéndose en un mundo distinto durante las entrevistas.

 

La cara amable de una joven poco mayor que ella la invitó a pasar y Maureen se recolocó el pelo lo mejor que pudo antes de seguirla

—Hace un día de perros.

—Desde luego— admitió la otra—, no dan ganas de salir en absoluto.

La acompañó a través del local forrado en madera, gemelo de cada uno de los pubs que poblaban cualquier ciudad de Irlanda, y se encontró en una especie de dejá vu infinito.

Tomaron asiento en la mesa más lejana a la puerta, algo carente de sentido teniendo en cuenta que el bar estaba cerrado.

A la pobre luz de la lámpara de techo en cristal verde curtida por el humo de aquellos años en que fumar dentro no estaba prohibido y por una extraña pátina grasa de origen desconocido, el lugar resultaba de lo más deprimente.

«Este debe ser el aspecto de todos los pubs cuando están vacíos» pensó Maureen mientras la otra mujer ojeaba su currículum. Era una sensación extraña, por primera vez sus ojos intuían de otra forma los locales que formaban parte de la rutina de cualquier irlandés que se preciara de serlo.

«Ya está bien de tanto pesimismo»

Sacudió la cabeza de forma imaginaria intentando arrojar lo más lejos que pudo los pensamientos negativos; si era capaz de visualizar un pub como algo triste y lóbrego es que había tocado fondo.

 

—Bueno, Maureen, veo que no tienes experiencia en hostelería— aquello sí que era un mal comienzo, y el titilar de la bombilla que las iluminaba pobremente puso, con su zumbido, la banda sonora a la sentencia—. ¿Por qué buscas trabajo de camarera?

«Es una trampa, ni se te ocurra decir que porque de lo tuyo no hay nada»

—Es una manera de adquirir experiencia laboral.

—Sin embargo no tiene nada que ver con tus estudios de sociología.

«Venga, esta sí te la sabes»

—En realidad sí, tiene mucho que ver. Un pub en este país es la base de la sociedad.

«Sonrisa tímida, que se note que estás bromeando pero que es cierto»

—Por supuesto— respondió a la sonrisa—, pero queremos una camarera, no un analista de nuestros clientes.

—Sí, obviamente, y me centraría en servir pintas, claro. La libreta solo para las comandas.

Silencio, nada más irritante después de una respuesta insegura.

—No voy a mentirte, no creo que des el perfil ahora mismo. Tenerte quince días a prueba sería hacerte perder el tiempo y desperdiciar oportunidades mejores que esta.

«Ya estamos, el discurso de consolación.»

Había oído tantas veces aquella excusa últimamente que en su cerebro se dibujaba la escena de comedia romántica con el típico: “No eres tú, soy yo”.

No era justo que te negaran el puesto de trabajo con una burda frase de ruptura.

 

Se saludaron cordialmente y se despidieron en la puerta; el tiempo no había mejorado nada, si era posible era incluso peor: una leve llovizna empapaba sin ser vista y Maureen se echó la capucha del impermeable para evitarla.

¿Qué hacer ahora? ¿Hacia dónde ir?

La avenida que la llevaría a la rotonda frente al Wesley College se dibujaba frente a ella; la escuela de su infancia, donde todo su futuro empezó a escribirse el día que decidió estudiar Humanidades. Qué absurdo resultaba ahora, y qué poco útil.

No parecía una ruta apetecible, así que giró sobre los talones y se encaminó hacia Marlay Park, con suerte dejaría de llover en cuanto cruzara la entrada.