LA SUERTE DEL IRLANDÉS (1ª PARTE)

 

 

Ni en un millón de años, Maureen O’Reilly se hubiera imaginado en aquella situación pero, como nobleza obliga, su destartalada coleta se mecía ahora al son de un viento impredecible que la estaba sacando de quicio mientras aguardaba en la puerta de aquel pub de barrio a que pronunciaran su nombre.

Ya había tratado de recolocarse el peinado varias veces y, al final, había sucumbido a la idea de dejarlo estar hasta el momento de entrar.

La entrevista de trabajo le había llegado de la forma más extraña, un mensaje de su primo, al que hacía años que no veía, con el link de una página de ofertas; desconocía cómo Brian se había enterado de que ella buscaba empleo y se abstuvo de llamar a su madre para comentarle la noticia porque estaba segura al 99% de que ella tenía que ver en el ajo.

«Respira hondo y cálmate.»

La ansiedad se apoderaba de ella cada vez que el ritual comenzaba.

Es mentira eso que dicen de que la experiencia ayuda a mitigar la angustia, llevaba ya tres meses de acá para allá acudiendo a todo tipo de entrevistas, para todo tipo de trabajos y, con cada nueva oferta, lo único que conseguía visualizar en su mente era una puerta cerrándose tras ella para no volver a abrirse jamás.

 

Su nivel de frustración era tal que ya ni siquiera comentaba su agenda con Aoifa y Deirdre, sus amigas del alma, repitiéndose que cualquier mención de la oportunidad gafaba el resultado, y así se había pasado las dos últimas semanas inventando excusas tontas pero creíbles que justificaran su ausencia para las “pintas” de rigor en el Sandyford House.

Su primera opción había sido evidente: «Tengo dentista»; no era una excusa plausible por mucho tiempo si no quería que sus amigas sospecharan de un grave problema de encías.

Luego llegaron las consultas con el ginecólogo, el dermatólogo y hasta con el endocrino.

Quizá esta última había sido la peor idea de todas porque Aoifa, sin maldad, dejó caer que no le parecía mal que se decidiera a perder peso y Maureen añadió uno más a su lista de agobios matutinos, mirándose al espejo nada más salir de la ducha, y observando cómo alguna lorza incipiente amenazaba con estropear su autoestima, ya de por sí a la altura del betún.

 

Estaba tan cansada que su cerebro respondía de forma mecánica a las mismas preguntas un día tras otro, con interlocutores diferentes. Una rutina tan anodina que llegó a convencerse de que habría conseguido el mismo resultado abstrayéndose en un mundo distinto durante las entrevistas.

 

La cara amable de una joven poco mayor que ella la invitó a pasar y Maureen se recolocó el pelo lo mejor que pudo antes de seguirla

—Hace un día de perros.

—Desde luego— admitió la otra—, no dan ganas de salir en absoluto.

La acompañó a través del local forrado en madera, gemelo de cada uno de los pubs que poblaban cualquier ciudad de Irlanda, y se encontró en una especie de dejá vu infinito.

Tomaron asiento en la mesa más lejana a la puerta, algo carente de sentido teniendo en cuenta que el bar estaba cerrado.

A la pobre luz de la lámpara de techo en cristal verde curtida por el humo de aquellos años en que fumar dentro no estaba prohibido y por una extraña pátina grasa de origen desconocido, el lugar resultaba de lo más deprimente.

«Este debe ser el aspecto de todos los pubs cuando están vacíos» pensó Maureen mientras la otra mujer ojeaba su currículum. Era una sensación extraña, por primera vez sus ojos intuían de otra forma los locales que formaban parte de la rutina de cualquier irlandés que se preciara de serlo.

«Ya está bien de tanto pesimismo»

Sacudió la cabeza de forma imaginaria intentando arrojar lo más lejos que pudo los pensamientos negativos; si era capaz de visualizar un pub como algo triste y lóbrego es que había tocado fondo.

 

—Bueno, Maureen, veo que no tienes experiencia en hostelería— aquello sí que era un mal comienzo, y el titilar de la bombilla que las iluminaba pobremente puso, con su zumbido, la banda sonora a la sentencia—. ¿Por qué buscas trabajo de camarera?

«Es una trampa, ni se te ocurra decir que porque de lo tuyo no hay nada»

—Es una manera de adquirir experiencia laboral.

—Sin embargo no tiene nada que ver con tus estudios de sociología.

«Venga, esta sí te la sabes»

—En realidad sí, tiene mucho que ver. Un pub en este país es la base de la sociedad.

«Sonrisa tímida, que se note que estás bromeando pero que es cierto»

—Por supuesto— respondió a la sonrisa—, pero queremos una camarera, no un analista de nuestros clientes.

—Sí, obviamente, y me centraría en servir pintas, claro. La libreta solo para las comandas.

Silencio, nada más irritante después de una respuesta insegura.

—No voy a mentirte, no creo que des el perfil ahora mismo. Tenerte quince días a prueba sería hacerte perder el tiempo y desperdiciar oportunidades mejores que esta.

«Ya estamos, el discurso de consolación.»

Había oído tantas veces aquella excusa últimamente que en su cerebro se dibujaba la escena de comedia romántica con el típico: “No eres tú, soy yo”.

No era justo que te negaran el puesto de trabajo con una burda frase de ruptura.

 

Se saludaron cordialmente y se despidieron en la puerta; el tiempo no había mejorado nada, si era posible era incluso peor: una leve llovizna empapaba sin ser vista y Maureen se echó la capucha del impermeable para evitarla.

¿Qué hacer ahora? ¿Hacia dónde ir?

La avenida que la llevaría a la rotonda frente al Wesley College se dibujaba frente a ella; la escuela de su infancia, donde todo su futuro empezó a escribirse el día que decidió estudiar Humanidades. Qué absurdo resultaba ahora, y qué poco útil.

No parecía una ruta apetecible, así que giró sobre los talones y se encaminó hacia Marlay Park, con suerte dejaría de llover en cuanto cruzara la entrada.

BELTANE

Este es el último texto que envié al taller de Literautas, con las palabras “beso” y “circo” como obligatorias y el reto añadido de hacerlo sin adjetivos. En la versión original se me coló uno, aquí he enmendado el error.


       Llegué a Beltane con urgencia pero tarde, cuando ya las lonas de colores que adornaban la explanada, como un circo arrancado del medievo a los ojos de un niño, habían desaparecido; cuando los arqueros habían recogido sus flechas y los caballos habían dejado de relinchar al viento.

Casi dos mil años después de aquel beso que nunca llegó a ser, llegué a Beltane, con un cuerpo a medio reciclar y un alma que se acordaba de todo, a veces a su pesar.

           Llegué a Beltane con urgencia, sin que aquello fuera la colina de Uisneach, sin que Éire fuera la tierra que pisaba, y sólo hallé una vela que titilaba en las luces del bar parecida a las hogueras que antaño iluminaron la isla en las noches de comienzos de mayo.

Me invadió el impulso de cumplir con la tradición de atravesarlas, aunque el temor me atenazara a consecuencia de las sombras que giraban a su alrededor.

Tuve miedo de quemarme, de no encontrar nada al otro lado, pero terminé por introducirme entre las llamas para ver tu rostro que se perfilaba en esos ojos del color del océano todavía hoy, cambiando sus matices al son de la luz que les daba.

         Habías pasado aquellos minutos, ¿qué digo minutos? ¡Casi dos milenios! frente al fuego, esperando a que apareciese saliendo de un olvido que nunca llegó a ser tal.

Tu sonrisa me cautivó por completo, llenándome de calma, haciéndome recordar más de lo que ya recordaba mientras me arrastrabas hacia ese bosque de mitos que se poblaba con gemidos sin concluir, atestiguando los encuentros de otros amantes que nunca fuimos nosotros, hasta ahora.

            Llegué a Beltane con urgencia y no tan tarde como pensaba, porque había una cueva, una hoguera y tú estabas allí, porque la música aún no había cesado.

             Llegué a Beltane casi dos mil años y tres días después de Beltane, pero te encontré, y nos amamos como siempre y esta vez diferente, y comprendí, al fin, que todos los días son Beltane si estás tú.


Nota del autor: Beltane es una festividad de los celtas que celebraba la fertilidad y era costumbre que los amantes se perdieran en bosques y cuevas; hoy coincidiría con el día uno de mayo (en irlandés este mes recibe el nombre de Beltane).

La celebración empezaba con el encendido del “fuego del rey” en la colina de Uisneach, el centro de Irlanda.