DAMNIFICADOS

 

Tras la tormenta del siglo, el Ayuntamiento estimó en doscientos mil euros los daños materiales y destacó que no había que lamentar víctimas personales; pero ignoró por completo los cadáveres de los paraguas que poblaban las aceras con sus esqueletos retorcidos y las pieles tiroteadas por el granizo; tristes alas de murciélago sin plañideras ni digna sepultura.

LA BONDAD DE LAS CEBRAS

Hay que ver cuánta bondad hay en el corazón de una cebra, con sus rayas blancas y negras, por dentro y por fuera; mira si es alta su estima por el resto de habitantes del planeta que, lejos de enfadarse, no dudan en compartir con los humanos los pasos reservados para ellas.

HÉROES Y VILLANOS

Salió un tiempo con el Joker; resultó ser un narcisista. Con Lex Luthor tuvo más de lo mismo.

Como los chicos malos no le daban resultado, probó con los buenos.

Superman fue una decepción.

Acabó hasta el moño del compromiso con el trabajo de Batman. Había perdido la cuenta de las veces que esperó envuelta en una toalla a que él entrara por la puerta del baño para abandonarse en sus brazos, pero siempre aparecía la dichosa batseñal.

Al final se casó con el fontanero que le arreglaba los grifos al Increíble Hulk; quizá no era tan importante, ni estaba tan bueno, pero al menos pisaba por casa.

La soledad del guerrero

De cada cien, una, y ella era esa una aferrándose terca a una rama que ya no podía más. El peso de sus hermanas había marchitado la juventud y las ansias de vida de aquel arbolito solitario en un ecosistema de alquitrán.

Estoica, aguantaba los envites de un viento cada vez más frío y violento, y los roces como perdigones de una lluvia que cada día era más fuerte.

Los cadáveres de sus compañeras hacía mucho que habían sido esparcidas por un mundo que no tenía tiempo para prestarles atención o un sepelio decente. Ella no quería engrosar la estadística, no debía ser tal su destino, el de ser arrastrada por la suela de un zapato, el de servir de improvisado envoltorio para un chicle que perdió el sabor.

Recordaba con pesar los días en que todo el mundo loaba su sombra, agradecidos entre las sofocantes vaharadas de humo y los gritos de los niños en cerril estado de vacaciones; entre la intempestiva presencia de las moscas y el llanto de los gatos en celo. Un momento de gloria de cuyo milagro solo los pájaros eran testigos desde el inicio.

¿Dónde estarían ahora aquellos diminutos gorriones que empezaron como ella, siendo simples proyectos abultados que emergían de la nada?

Volaron, como todo lo demás, porque un único árbol en medio de una avenida no era aliciente para un plan de vida.

Y ahora todo estaba muerto a su alrededor, mientras ella seguía empecinada en permanecer tanto como pudiera. Era su cometido, ser vestigio de una vida que seguía al margen del verde, enclaustrada en la cárcel de hormigón y asfalto que sus propios prisioneros habían levantado a su alrededor; una cárcel que siempre vivía en invierno y en la que ella, hoja seca, era la única prueba de que un día fue primavera.

PESCA SOSTENIBLE

El capitán Ahab puso un anuncio por palabras buscando trabajo. Recibió oferta de un tal Nemo que necesitaba marineros con experiencia. Como el sueldo era bastante bueno, se enroló sin demora, fascinado por las novedades del Nautilus.

Perseguían calamares gigantes, ballenas francas o tiburones, hasta que, fondeados en Gibraltar, unos activistas de Greenpeace se encadenaron al submarino para concienciar sobre la pesca sostenible.

DE LO QUE QUISE SER

Veterinaria, Coleta la Poeta, maestra, y El Principito; y domadora de caballos, y una mezcla de Attenborough y Cousteau.

Bella Durmiente jamás, a pesar de mi nombre.

Periodista, cantante, historiadora del arte; reina mora, princesa de Irlanda, mariposa. Criadora de avestruces, cuidadora de ñus; descubridora de estrellas. Costurera, arquitecta, profesora de Literatura y aventurera en mi salón. Sheriff en el Oeste, nativo americano, yak.

Nada de damisela en apuros.

Vendedora de regalos, tejedora, física teórica. Madrastra de Blancanieves, y uno de los tres ositos. Cultivadora de lechugas, y maragata, y acantilado. Sueño hecho realidad, pesadilla antes de Navidad, olmo viejo. Biólogo marino, tiburón martillo u oso polar. Calcetín huérfano, gorro en invierno, beso bajo el muérdago, hoz de oro. Bibliotecaria, Guttenberg, Tolkien.

Hermione Granger, y no miento, ya fui.

Agente secreto, pastora y carnero. Taquígrafa, traductora y responsable de planta en un hotel. Funcionaria, patinete, salmón en un mundo sin redes. Eremita, pensadora, dueña de galería de arte. Guía turístico, maquinista de tren y cochera de diligencia.

Negra, pelirroja, esbelta. (No todo a la vez).

Amiga de mis amigos, paje real y patinadora sobre hielo. Pluma de abanico, cosquilla en la nariz. Cielo de tormenta y sol de septiembre. Roca malherida, yedra trepadora, poetisa. Personaje sin cuento. Y, al final, simple escritora.

DE CÓMO UN SALMÓN ME SALVÓ LA VIDA

Frente a las aguas tranquilas del río, día tras día, veía el salmón a aquella niña sentada sobre una roca y mirando el brillo del sol que se reflejaba en la corriente; ahora sí, ahora no. Nada tenía que ver con los chavales que agitaban el aire con sus gritos y chapoteos en las tardes de verano, ni tampoco con el alboroto que los perseguía cuando corrían por el prado. Ella miraba el agua y suspiraba, o, de cuando en cuando, tarareaba una canción hasta que uno de los chicos mayores la recogía; y así hasta el día siguiente en que volvía a dejarla en el mismo sitio mientras él se iba a jugar con los demás.

Los salmones son peces precavidos, pero también curiosos; después de varios días observando a la niña había descartado que su soledad tuviera que ver con los peligros de la pesca y empezó a compadecerse de ella. Tal era su sentimiento que se acercó al saliente.

—Niña bonita, ¿qué haces aquí tan sola?

—Esperar.

— ¿Por qué no juegas con los otros niños?

— Porque no puedo.

— ¿Acaso no te dejan?

—No, no puedo porque mis piernas no funcionan como las de los demás. — Levantó un poco su vestido enseñando sus rodillas. — Es por algo que me pasa aquí.

— ¡Qué triste!— exclamó el pez— Y ¿qué haces mientras esperas a que terminen de jugar?

—Observo, a veces canto, y aprendo cosas.

— ¿Como cuáles?

—Pues, el cambio de las hojas de los árboles según pasa el año; el comportamiento de los animales y, últimamente, a hablar con un salmón.

—Y ¿qué más?

—Nada más, desde aquí es todo lo que puedo ver. Y ya me he aburrido de buscar formas en las nubes.

— ¿Formas en las nubes?

—Sí. ¿Ves? Aquella parece un dragón, esa otra una oveja… pero no suelen parecer muchas más cosas.

—Son bonitas— dijo el salmón.

—Y tú ¿qué haces aquí? Tenía entendido que los salmones viajan mucho.

—Volvía al sitio donde nací, aunque creo que me he desviado del camino.

— ¿Vienes de muy lejos?

— De más allá del mar.

—Entonces habrás visto muchos lugares y gente.

—Pues sí, pero nunca conocí a una niña que no pudiera saltar o correr. Sí conocí a un anciano, era tan viejo que sus piernas casi no le sostenían y se sentaba en un tronco a la orilla del mar todas las mañanas.

— Y ¿qué hacía allí?

—Lo mismo que tú, supongo.

— ¡Qué pena!

—No creas, estar ahí sentado no parecía molestarle demasiado.

—Se habría acostumbrado. A mí me pasa.

—También había veces que un montón de niños se sentaba con él para escuchar lo que el anciano decía.

— Y ¿no corrían ni jugaban con la pelota?

—Cuando el anciano hablaba no, se quedaban callados y a él se le veía muy feliz.

—Y ¿qué les contaba?

Salmón relató a la niña todos los cuentos y leyendas que le había oído al viejo y, de paso, algunas más que sus viajes por el océano le habían dejado conocer. Y así un día tras otro hasta la última de ellas.

—Como ves— dijo una vez hubo terminado—, hay otras formas de aprovechar el tiempo que corriendo y saltando, y, a veces, tener que permanecer sentado no es tan malo si sabes qué hacer.

La niña asintió convencida de que todo podría ser distinto a partir de ese momento.

—Yo ya me tengo que ir— dijo el salmón—. Me he entretenido mucho y no quiero llegar tarde a mi lugar de nacimiento.

Y, con un golpe de cola, se despidió de la niña y siguió su camino río arriba.

Cuando, unas semanas después, volvió a bajar por la corriente, se alegró al descubrir que la niña que no podía jugar, correr, saltar ni bailar, ya no estaba sola; sus amigos la rodeaban ensimismados, atentos a lo que ella contaba, que no era otra cosa que las historias que le había oído al salmón; y se puso muy contento.

Decidió en ese momento seguir recopilando cuentos y leyendas, incluso se le ocurrió pedirle al resto de salmones que hicieran lo mismo y así, cuando volvieran a pasar por allí, podrían contárselas a la niña porque, aunque jugar, correr y saltar es muy divertido, siempre harán falta personas que cuenten cuentos.