ENSAYO GENERAL

Los gallos del barrio ensayan todas las mañanas. El vecindario entero está pendiente de la fecha del estreno, aunque se rumorea que tardará, porque hay un gallo que empieza muy bien con el “kikiri…” pero luego no remata.

Trashumantes

Amaneció con niebla, lo normal por estas fechas, y nadie se atreve a cruzar esta cortina blanca y helada que se pega a las pestañas así que, aquí sigo, solo con mi nostalgia; pero, esperad, me parece que… no, no puede ser, hace años que no escuchaba este sonido.

Empieza como un rumor lejano y lo único que notas es un ligero cosquilleo en la arena muy ligero; nada que ver con la firmeza de las primeras mañanas de septiembre, cuando conducen los novillos hacia el pueblo; tampoco se parece al temblor de la arena bajo las ruedas del tractor, ni al rasgar alegre de las bicicletas infantiles que invaden esta zona en verano. No, no es igual.

Este es una caricia leve, pausada, que se hace esperar, algo que me parece imposible hoy.

Sin embargo, aquí está, como antaño, trayendo un olor rancio y vetusto casi como la costumbre de la que procede.

Me niego a creer lo que oigo, lo que huelo, lo que siento, pero pronto, entre la humedad visible, aparecen sombras blancas y, por si no estuviera claro ya, un balido.

Por fin he dejado de estar solo, por fin, por la cañada, llegan los rebaños.

Arriero

Estoy harto del traqueteo de las ruedas de este carro desvencijado y el tintineo incesante de todos los archiperres que se acumulan en su interior. Cansado de verle el culo a esta mula vieja que, ahora que lo pienso, tiene que estar más aburrida que yo, ignorando lo que existe más allá del estrecho trozo de mundo perceptible entre las dos anteojeras.

Ya hemos pasado por esto antes; kilómetros de polvo y escasa sombra buscando un pueblo o aldea donde nuestros productos puedan interesar. Pero últimamente he perdido la ilusión, igual que la mula ha perdido su lustre y, para ser sincero, también unos cuantos kilos.

Ahora que me fijo, los varales del carro le vienen grandes, se le ha escurrido la grupa, y adivino sin trabajo los huesos que le permiten poner una pata delante de la otra.

Pobre vieja.

Hasta la niebla de la mañana parece habernos abandonado; ya no esconde los cruces tras su velo blanco y vengo echándola de menos, con todo lo que me he quejado de ella. Lo mismo se enfadó y ya no quiere saber nada de nosotros. O ha emigrado a climas más fríos, donde será mejor recibida que aquí.

Opté por no decidir el destino porque, cuando no hay camino, es imposible perderse y, seamos francos, ahora que me hago mayor, me estoy volviendo un romántico y necesito que la vida me sorprenda con algún pueblucho de vez en cuando, de esos que los mapas han olvidado y sus moradores casi que también.

Me aparto para dejar pasar un coche, esos cacharros escupehumos se están haciendo con mi territorio, envolviendo todo con su sonido de petardos y sus prohombres al volante. Nos miran mal, como si fuera culpa nuestra que los caminos sean tan estrechos; los hay que me tiran una moneda, como si me hiciera falta su caridad.

Hace meses que he dejado de indignarme, ahora recojo el dinero y lo meto en un tarro que tintinea con todo lo demás.

A veces, en un recodo, encuentro niños que corren emocionados junto a mí, anunciándome a sus vecinos a gritos mientras intentan adivinar qué maravillas escondo bajo la lona enmohecida. De joven me molestaban con sus continuas preguntas, a estas alturas me divierten sus riñas y agradezco que me ahorren tener que pregonar mis mercancías antes de tiempo.

No quiero imaginar la que formarán cuando, en vez de este viejo arriero, llegan los saltimbanquis.

He tomado la costumbre de coger mi gaita cuando aparecen y voy tocando hasta que llegamos al pueblo; esto no sólo atrae a los niños revoltosos, sino también a sus madres y abuelos, que parecen no recordar el sonido de la música.

He pasado por aldeas en las que no me han comprado nada, pero me han pagado, y muy bien, por tocar tres días para ellos. Me han dado de comer y han dejado descansar a la Juanita, que rejuvenece hasta parecer una potra.

Y otra vez al camino buscando no sé qué, igual a mí mismo, igual un tesoro que me permita de una vez jubilar a la pobre mula y de paso jubilarme yo, quién sabe si disfrutando de un colchón mullido y un plato de lentejas, que uno es de fácil conformar

ALQUIMIA

En su maletín había remedios para todo: la muerte, la enfermedad, el odio, la venganza… incluso el secreto de la piedra filosofal; pero entre almbiques, tarros de mandrágora, alas de murciélago, uñas de búho y hierbajos varios, no logró dar con la receta contra el mal de amores que hacía suspirar a sus vecinos con la llegada de cada primavera.

Tus mil tú

Al pirata de mis noches,

de mis sueños caballero,

vampiro de mis ilusiones,

cowboy de todos mis besos.

Capitán de mis entrañas,

faraón de mis anhelos,

pianista de mis tristezas

y, al fin, voz de mis desvelos.

Yo de mayor quiero ser…

—Mamá, hoy en el cole hemos dado Laponia y yo de mayor quiero ser sami.

— ¿Y eso, hija?

—Porque las niñas sami hablan cuatro idiomas.

—Eso está muy bien, aunque no hace falta ser sami para hablar tantos idiomas.

—Lo sé. Pero es que, además, saben cazar renos.

 

 

The Pirate’s Bride

Este relato se recoge en el recopilatorio del curso de Literautas 2014-2015.

El título, así, en inglés, se debe a una canción de Sting, recomendable al 100%


Esperaba que los paisanos se mostraran reticentes a tener contacto con él, así que no digamos a mantener una conversación; ya se lo habían advertido en la ciudad, pero de ahí a que le ignoraran cuando entró en la única taberna del pueblo mediaba un abismo.

Se sentó al fondo de la barra y pidió una jarra de cerveza que el tabernero le sirvió con calma y una sonrisa enigmática en los labios.

—Si preguntas, viajero, por esa mujer que vaga por la playa, no dirán una palabra. Está maldita y aquí nadie la menciona. Es lo que pasa cuando se toman malas decisiones y se sigue al corazón; yo se lo tengo dicho a mis hijas, que me hagan caso y no se fíen de los amores que llegan en primavera como el olor de las margaritas, porque más pronto que tarde se han de marchitar.

— ¿Entonces está allí por recoger margaritas?— preguntó el forastero sin terminar de comprender el acento cerrado de la zona.

—No, hombre— rió de buena gana—, por recogerlas no, más bien por deshojarlas— el extranjero siguió sin comprender—. Verá usted, ¿ha estado alguna vez enamorado? Pero enamorado de verdad, de esas veces en que falta el aliento y el sol no brilla tanto como la luna que nos arrulla mientras soñamos con aquella a la que amamos — el hombre negó con la cabeza—. Entonces quizá no entienda por qué la María vaga por la playa; ella sí conoció esa clase de amor y, como la buena hoguera que tanto calienta, le prendió hasta el alma. Aquel fuego tenía nombre y apellido: Martín Escribano; un zagal bien parecido, hijo de un cabrero, que dejó a su padre colgado en el monte para enrolarse como pirata.

El forastero se acomodó en el taburete, dispuesto a escuchar una historia apasionante.

—No me malinterprete, no seré yo quien juzgue al muchacho. Aquí muchos buscaron riquezas, o al menos pan para llevarse a la boca, en barcos de esa calaña. Mi propio abuelo probó suerte en esos menesteres y no salió muy mal parado. Esta taberna— señaló a su alrededor— es fruto de aquellas aventuras y, ya ve, tres generaciones regentándola. Mi padre era harina de otro costal; según mi abuela, la madre de mi madre, un cagado. Pero supo mantener el negocio a flote, aunque flotar, lo que se dice flotar, mi padre flotaba poco, ni a las rocas se asomaba, le fuera a salpicar la espuma de una ola.

Esperó a que el chiste calara en la audiencia y, al ver que el extranjero seguía esperando a que continuara, suspiró y relató durante un buen rato la vida, obra y milagros de sus ascendientes hasta la cuarta generación sin que el hombre que tenía sentado enfrente hiciera un solo gesto de impaciencia o comprensión, impertérrito ante las desventuras familiares.

—Le decía, amigo, que yo no le conocí, yo era niño cuando todo esto pasó, pero mi madre me contó que la María y ella eran amigas de la infancia. Una muchacha hermosa como pocas en el pueblo. Hubiera podido casarse con cualquiera, hasta con mi padre. Pero en un baile de mayo sus ojos se encontraron con los del tal Martín y nada se pudo hacer— el oyente sonrió imaginando la escena—. Incluso se prometieron, fíjese. Justo antes de la boda, él se embarcó. Ella calló sus temores y le esperó paciente durante cinco largos años. Muchas cosas cambiaron por entonces, empezando por la llegada de unos enviados del rey que se unieron a la espera sin que la pobre María se percatara siquiera de su presencia. Ella juraba que daría el oro de tres navíos ingleses por volverle a ver; de su boca no salía una palabra y su mirada no se posaba en otra cosa que no fuera el mar, ya lloviera o hubiese temporal.

—Cinco años son mucho tiempo— se atrevió a interrumpir, dispuesto a hacer notar lo atento que estaba ahora al relato—. No creo que mi mujer fuera capaz de esperarme tanto.

—Ni la mía. Pero le decía: el día que el barco de su amado regresó, los soldados apresaron a la tripulación y enseguida les condenaron a ser colgados del cuello hasta morir. Ella nunca vio ejecutada la sentencia.

— ¿El Martín escapó?— cortó el forastero con la esperanza prendida en la interrogación.

—Qué va; en el momento en que su adorado Martín pendía de la soga, la María estaba en la playa mirando al horizonte, como cada día de aquellos cinco años, y dispuesta a esperar otros cien si era necesario, marchitando definitivamente su juventud como si no fuera su prometido el que se escondía bajo el saco que les ponen a los condenados a la horca.

Estaba conmovido, pues la mujer que él había visto fácilmente había superado los setenta años.

—Dicen los que les conocieron que la María perdió la cabeza del todo en el mismo momento en que los tambores comenzaron a sonar.