CIZALLA

La vi a ella, gritando tu nombre con el vaivén incesante del columpio que colgaba de la luna. La vi a ella, gritando te quieros sin pudor, sin recato, descomedida; tan abundante, tan repleta, que hasta los perros callaron ante su declaración de amor.

Y yo, triste y umbrada bajo la luz de las farolas, recordé esos besos que nunca me diste y los abrazos que apenas te robé.

La vi a ella, desvergonzada y descalza, con el aire de poniente agitando su melena, con el vaporoso volar de sus enaguas. Y mi sombra se hizo menos sombra, menos amiga, menos consuelo, menos más; menos yo.

Una estrella fugaz interrumpió el reflejo de los charcos. Aquí nunca llueve, aquí nunca hace sol, y los paraguas son barcos a la deriva en un mar de hojas esqueletadas, vacías, sin ser ni fruto; sin alba ni ocaso.

Y anoche corté las cadenas del columpio de la luna creciente para que ya ella no pueda gritarte, insolente, desde el fondo de las corolas de los tulipanes, desde el azahar en ciernes, desde el salir del sol.

Anoche corté las cadenas de la luna creciente para que menguara tranquila, sin estorbos, sin alborotos, sin amantes descarados, y que así nos dejara a solas.

A solas mi sombra y yo.

HISTORIA DE DOS PARROQUIAS

En el pueblo habían puesto las dos parroquias una frente a otra. En ambas se dispensaban vino y hostias (con y sin hache), aunque a horas distintas, para no hacerse la competencia. Y eso a pesar de que los fieles de una y otra no tenían nada que ver; mientras de la primera salía siempre un murmullo ininteligible que sonaba a conspiración, de la segunda todo lo dicho se entendía sin problemas tres calles más abajo.

El único día que se confundían los feligreses era por San Antonio, patrón del pueblo y fiesta mayor, porque era obligado acudir primero a misa y luego al vermú.

EN BALDE

Encontró un precioso balde donde ir guardando sus desengaños. Era un balde grande y tímido, lleno de bondad; un sitio perfecto donde almacenar las cosas que la hacían sentirse hueca.

Con suerte, lo especial del balde lograría mitigar la influencia de lo que contenía y, si no, al menos estaría a buen recaudo hasta el día en que pudiera quemarlo todo en una hoguera.

TINTO

Sostienen que se parece a la superficie de Marte, hasta de la NASA han venido a ver si hay vida en sus aguas, aunque sea microscópica.

Los ingleses lo explotaron, los chavales (y no tan chavales) acuden en bicicleta hasta sus orillas; dicen que los ciervos beben de sus aguas, y eso que, si te mojas, se te caen los pies.

Pero, para lo que realmente sirve, y lo convierte en algo especial, es que es el único río del mundo en el que puedes tirar piedras sin miedo a acertarle a un pez o un sapo en la cabecita.

SOLUCIÓN

—Y ¿qué haces cuando vienen a atormentarte, no los fantasmas con su romanticismo espectral y la lejanía de su recuerdo, sino los cadáveres aún putrefactos con su hedor a muerte reciente, llenos de gusanos?

—Echar cal viva sobre sus tumbas y levar anclas volando libre hacia donde la corriente te lleve.

NO TOCAR

Cinco horas pescando y solo había sacado dos latas y una bota. Algo debía estar haciendo mal.

De pronto cayó en la cuenta, cogió una hoja de cuaderno y escribió:

«No tocar.»

Lo enganchó en el anzuelo y volvió a esperar.

En cuestión de veinte minutos tenía la nasa llena de peces.

TWITTER

Le regalaron un loro azul por Navidad. Primero le enseñó a silbar, luego a repetir el principio de sus novelas favoritas. Era agradable tener compañía mientras buscaba inspiración.

Con el tiempo se convirtió en su mejor crítico. Tenía ojo el pajarraco para las tramas y los personajes. Hasta que una mañana, muy de madrugada, le descubrió frente al ordenador, tecleando trabajosamente con el pico.

El loro había usurpado sus relatos y era trending topic.

INCLEMENCIAS

Es un romance sonado, las nubes, hijas del río, se deshacen en tormentos por volver a casa; hace tiempo que se emanciparon, pero no pueden olvidar el beso tibio de los árboles.

 

BOCETO

Vivo entre dos “yo”, una que escribe y otra que lee; una castellana y una irlandesa; una se aburre en la oficina y la otra remonta con un salmón.

Las dos tienen los ojos verdes y las rodillas un poco pochas; las dos, a veces, se entreveran y no sé quién soy yo y quién ella, pero solo una sabe hablar con las piedras.