10 AÑOS DE REMONTE, PARECE MENTIRA

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Cuando, hace diez años, creé La desdicha de ser salmón no pensé que llegaría el día de cumplir una década remontando letras, ni que, a lo largo de este tiempo, mantendría la actividad del blog con la misma ilusión que aquel primer día (salvo contadísima excepción).

Mucho menos me podía imaginar que aquel salmón virtual (o su fotogénica imagen de trapo) tendría unos hermanitos físicos con vida propia, tan diversos y a la vez tan parecidos a nosotros dos.

Nadar junto a este pez me ha enseñado a sacar fuerzas de donde creía no tenerlas cuando llegaban las cascadas; a ignorar a las gaviotas, las focas, los tiburones y los osos que siempre aguardan un descuido, y a tomarme algún que otro descanso en los pocos remansos que han jalonado nuestro recorrido.

Nos hemos hecho uno parte del otro; él se mudó a vivir hecho tinta bajo mi piel, yo reconozco que a veces se me tornan los pellejos escamas, y ambos hemos aprendido a respirar dentro y fuera del agua, ya sea dulce o salada.

También hemos conocido a otros autores, a muchos lectores, a infinitos artistas de las más variadas disciplinas y, de todos ellos, hemos intentado recoger un poco de inspiración, algún pellizco de magia prestada para seguir nuestro camino con un poco más de aliento.

GRACIAS A TODOS VOSOTROS SEGUIMOS AQUÍ.

Esperamos poder seguir remontando algunos años más en vuestra compañía y resguardo, porque este escribir bajo las aguas se hace menos pesado con vosotros en las orillas.

GRACIAS DE TODO CORAZÓN.

DE DECIR ADIÓS

He descubierto en la última semana algo que, como escritora, no había experimentado todavía: el vacío, la soledad, el verdadero miedo; un pánico más atávico que el de la exposición de la obra al lector, que, se dice por ahí, es el mayor de los temores de un autor.

¿Os cuento un secreto?

La obra ya es historia cuando ve la luz, el parto se produjo hace tanto tiempo… Es el momento de sacar al príncipe heredero por la ventana, pero la madre ya hace rato que olvidó el dolor de las contracciones, el desgarro. Eso, como autora, forma parte de lo normal, pero, después de cinco años compartiendo mesa, cama y desvelos con los mismos personajes, veo cercano el momento de decirles adiós y duele, vaya si duele, como una mudanza a un lugar desconocido y nada amable. Casi es más fácil cuando los matas, sabes que han de morir de antemano, el duelo empieza incluso antes de la primera palabra y, cuando llega el momento, se llora, pero menos; hay vacío, pero está justificado.

Estas últimas semanas, mis tres personajes, mis almas gemelas (me he enamorado de ellos, lo admito) han estado más presentes que nunca mientras unía los últimos hilos. Mientras movía las escenas de sitio ellos miraban desde los folios amontonados sobre la mesa, desconcertados, porque antes, llegados a un lugar concreto de la historia, tenían un tatuaje que, de pronto, no aparecerá hasta el final. Uno de ellos llegó a suplicarme, con sus ojos castaños y los brazos descolgados tras los que caían su violín y su arco, que le dijera si ya le tocaba entrar en pánico, como si fuera un actor pendiente de entrar en escena sin libreto para saber el pie.

Los otros dos, de naturaleza más paciente, han perdido los papeles cuando he pospuesto por enésima vez escribir su momento más íntimo. Me han llamado sinvergüenza, y cagada, y cruel, y otras cosas que no puedo repetir, porque lo que más me hería eran sus cuatro ojos verdes clavados en los míos, sobre todo los de ella, que debería entender lo que me pasa, pero no está por la labor y lo comprendo, es su vida la que gobierno sin piedad, yo también me enfadaría.

Ahora me doy cuenta de que los he dejado en la inopia por puro egoísmo; que ellos ignoraran cuándo cantar, cuándo cenar, cuándo besarse, me daba margen para mantenerlos a mi lado un poquito más, y ahora que las líneas, los atajos, ya forman parte de un mapa perfecto con sus ciudades, sus ríos, sus montañas, su norte y su oeste, sin haber escrito aún las últimas palabras, la despedida se me ha hecho cierta y me ha encogido el corazón.

Ahora que ellos son nítidos, sus ojos limpios, sus intenciones claras; sus pasados, sus presentes y sus futuros no tienen secretos para mí, ahora que nos entendíamos a las mil maravillas, precisamente ahora, nos decimos adiós. Ellos se quedarán tumbados junto al tronco del río, y el plano se abrirá alejándome de ellos, que seguirán vivos, en cualquier otro lugar en el que ya no estaré yo.

Imagen creada por IA

LIBRO DE RELATOS YA DISPONIBLE

Los escritores somo así, a veces escribimos dos libros al mismo tiempo (más o menos), sobre todo si son tan distintos. Así que, después de presentaros la prosa poética, llega el libro de relatos Instrucciones para sobrevivir en un bosque encantado. (Ya lo sé, no soy capaz de poner títulos cortos)

Está disponible en Amazon y es una antología de 18 relatos en los que descubriréis los diferentes tipos de bosques encantados (spoiler: no todos los bosques encantados tienen árboles), sus habitantes y distintas formas de sobrevivir en ellos.

¿Os atrevéis a entrar?

LIBRO NUEVO

Después de siete años me lanzo de nuevo a la aventura de publicar un libro y lo hago con una obra de prosa poética. Confieso que la intención inicial era una novela sobre las relaciones entre tres amigos, pero los sentimientos de una de los protagonistas brotaron tan nítidos que se convirtieron en una historia por sí sola.

Podéis conseguirlo en Amazon desde hoy mismo en este enlace.

DE TRES II

Llegó la primera, con sus pantalones anchos y la camiseta ajustada.

“Te debo un cerebro” dijo, y luego saltó repitiendo: “¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?”

Yo intentaba lavarme los dientes, fregar los cacharros, hacer mi trabajo, preparar el café…

Ella saltando alrededor. “¿Te acuerdas?”

Me hablaba de los sueños imposibles, de canciones, de amores platónicos; de noches en vela rodeada de amigos, de lugares seguros; de pellizquitos en la boca del estómago, de vientos verdes, de lagunas negras.

Al poco vino la segunda, sigilosa y tierna, con su cuaderno bajo el brazo, con el bolígrafo en la mano.

“Te debo un cerebro” dijo, y luego empezó a desatar unicornios, a pedirme ayuda para buscar hadas; a contarme historias, a prender hogueras…

Alrededor de las llamas, la otra bailaba.

“Te debemos un cerebro” coreaban.

Yo seguía intentando lavarme los dientes, fregar los cacharros, hacer mi trabajo, preparar el café… La una saltando: “¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?”; la otra señalando cada idea que se nos escapaba: “Esto merece un poema.” “Esto bien vale un relato.”

“Te debemos un cerebro.”

Y sonreían, y me tendían las manos para que las acompañara.

“Es tarde, chicas” les decía; pero ellas, nada.

“¿Te acuerdas?” “Mira que bonita melodía para narrarla.” “Te debemos un cerebro.”

Y yo intentando hacer la ensalada.

“Te debemos un cerebro.”

Y yo preparando la maleta, limpiando los baños.

“¿Te acuerdas?” “Mira, un duende.”

Casi empano la lechuga, se me olvidó llamar a casa, se me destiñó un calcetín en la lavadora y me tiñó todo lo demás.

“¿Te acuerdas?” “Mira, un hada.” “Te debemos un cerebro.”

Bailé con ellas, escribí poemas, canciones; vimos atardecer, canté duetos imaginarios, hicimos conjuros con hierba de San Juan, nos perdimos en las estrellas.

“¡Basta! Mañana una de las tres tendrá que ir a trabajar e irá cansada.”

“Voy yo” dijo la primera.

“Si tú solo cantas y bailas”

“Voy yo” dijo la segunda.

“Antes de media hora habrás muerto de tedio y desesperación.”

“Tú no puedes ir. Te debemos un cerebro y, sin cerebro, no eres nada.”

Así que hemos venido las tres, a ver qué pasa.