Mención en el Concurso Express 23 de abril de Ojos Verdes Ediciones.

No esperaba publicar hoy algo que no tuviera que ver con salmones, pero me veo en la grata obligación de escribir esta entrada.

Cuando esta mañana abrí el Facebook con dedos rutinarios, que saben a dónde ir antes que el cerebro, y vi que Ojos verdes Ediciones había colgado el resultado de su Concurso Express para el 23 de abril, no esperaba, ni por asomo, encontrar mi nombre entre los ganadores. Pero ahí estaba el microrrelato que encabeza este post, el último, sí, pero estaba.

Así que, aquí tenéis el link: http://ojosverdesediciones.com/23-de-abril-dia-internacional-del-libro/

Agradecida y emocionada es poco, sé que no son grandes cosas, pero para mi son suficiente.


EL SABER OCUPA LUGAR

Le gustaba entrar en cualquier librería y comprar el ejemplar más pesado que pudiera encontrar, como si cada gramo fuera un pedacito de conocimiento pendiente de almacenarse en su cerebro; por eso, cuando le ofrecieron un lector electrónico, lo rechazó de inmediato.

¿Cómo iba a saber entonces cómo de lista se estaba volviendo?

 


 

 

Bibliófilo

Aquel salmón buscaba con empeño la sabiduría en los libros, pero su afición pronto le planteó un serio problema: viviendo en un río, todo lo que leía se convirtió en papel mojado.

 

PRESENTACIÓN

Y ahí estaba yo, después de meses indagando por el ciberespacio, dispuesta a lanzarme al río como uno de aquellos desdichados salmones de los documentales que devoro con la mirada, buscando imágenes que almacenar en mi mente transformadas en palabras; los dedos se me agarrotaban sobre las teclas, imprimiendo realismo a ese miedo cerval que nos invade justo antes de desnudarnos por primera vez ante un desconocido.

Los pasos eran tan simples, tan parecidos a otras ocasiones en que la pantalla parpadeaba en el cursor indicando el campo a rellenar; y sin embargo ahora me parecía ver la imagen subliminal de una carita sonriendo con malicia en cada intervalo, como si al introducir el nombre en aquel rectángulo estuviera firmando un contrato con un diablo en el que no creo.

¿Sabes la sensación antes de saltar a una piscina de cabeza torpemente, tratando de repasar la posición de cada músculo par que el cuello no se doble fatalmente al chocar con el agua?

Era tan estúpido, sólo se trataba de palabras, nada más que palabras. “Las armas más poderosas del mundo” había leído en algún sitio puesto en boca de un escritor famoso que ya no podía reivindicar ni contradecir la autoría.

A modo de entrenamiento, en el trozo de folio rescatado de la pila para reciclar, escribí una y otra vez lo mismo, tal parecía que la profesora de primaria me hubiera obligado a hacerlo como castigo pero ¿qué sentido punitivo podía tener “la desdicha de ser salmón”? Sonreí ante mi propia absurdez aún sin soltar el bolígrafo.

Sentía pánico, ansiedad, sudores fríos, como si en el momento de trasladar aquella frase sin espacios al recuadro, todo el romanticismo de la literatura fuera a morir. Llegué a sentir, lo juro, el gesto airado por la traición de los clásicos que sembraron mi vida lectora.

A Gustavo Adolfo Bécquer desde la pequeña ventana de su celda en el hospital de tuberculosos; a García Lorca ante una yegua blanca de luna, y a Gloria Fuertes ayudando a Coleta la Poeta a construir una silla para el mono número trece.

Hasta el Principito de mi vaso de medio litro de té me miraba con decepción.

Cerré los ojos, lancé un suspiro casi eterno al viento antes de darme por vencida.

“Ya lo haré otro día”

Y ese día, es hoy.