La desdichada detrás del salmón en antologías

No suelo publicar sobre los reconocimientos o publicaciones de “la desdichada detrás del salmón”; este pez forma parte de mi escritura hasta el punto que, cada vez que un texto mío resulta seleccionado para una antología, le atribuyo la autoría automáticamente a él, aunque el nombre que encabece el relato sea el de una servidora.

Pero a veces está bien darse alguna palmadita en la espalda y respirar fuera del agua.

En los últimos meses, varios microrrelatos han sido seleccionados para diversas antologías y, aunque en ninguno he conseguido podio, me siento orgullosa de los resultados.

Aquí están aquellos concursos en cuyas recopilaciones se puede leer algo de Aurora Losa creado no siempre al márgen de Desdichado Salmón.

  • Inspiraciones Nocturnas II de Diversidad Literaria
  • Microfantasía de Diversidad Literaria
  • Microterrores II de Diversidad Literaria
  • Otoño – Invierno II de Diversida Literaria
  • Breves Heroicidades II de Diversidad Literaria
  • I concurso de Prosa Poética de Ojos Verdes Ediciones

 

Diluvio

Fue una tormenta oscura y recia, de las que dan ganas de buscar tablas y ponerse a construir un arca; quizá por eso nadie se sorprendió cuando vieron varios salmones remontando la calle Mayor.

 

Bibliófilo

Aquel salmón buscaba con empeño la sabiduría en los libros, pero su afición pronto le planteó un serio problema: viviendo en un río, todo lo que leía se convirtió en papel mojado.

 

PRESENTACIÓN

Y ahí estaba yo, después de meses indagando por el ciberespacio, dispuesta a lanzarme al río como uno de aquellos desdichados salmones de los documentales que devoro con la mirada, buscando imágenes que almacenar en mi mente transformadas en palabras; los dedos se me agarrotaban sobre las teclas, imprimiendo realismo a ese miedo cerval que nos invade justo antes de desnudarnos por primera vez ante un desconocido.

Los pasos eran tan simples, tan parecidos a otras ocasiones en que la pantalla parpadeaba en el cursor indicando el campo a rellenar; y sin embargo ahora me parecía ver la imagen subliminal de una carita sonriendo con malicia en cada intervalo, como si al introducir el nombre en aquel rectángulo estuviera firmando un contrato con un diablo en el que no creo.

¿Sabes la sensación antes de saltar a una piscina de cabeza torpemente, tratando de repasar la posición de cada músculo par que el cuello no se doble fatalmente al chocar con el agua?

Era tan estúpido, sólo se trataba de palabras, nada más que palabras. “Las armas más poderosas del mundo” había leído en algún sitio puesto en boca de un escritor famoso que ya no podía reivindicar ni contradecir la autoría.

A modo de entrenamiento, en el trozo de folio rescatado de la pila para reciclar, escribí una y otra vez lo mismo, tal parecía que la profesora de primaria me hubiera obligado a hacerlo como castigo pero ¿qué sentido punitivo podía tener “la desdicha de ser salmón”? Sonreí ante mi propia absurdez aún sin soltar el bolígrafo.

Sentía pánico, ansiedad, sudores fríos, como si en el momento de trasladar aquella frase sin espacios al recuadro, todo el romanticismo de la literatura fuera a morir. Llegué a sentir, lo juro, el gesto airado por la traición de los clásicos que sembraron mi vida lectora.

A Gustavo Adolfo Bécquer desde la pequeña ventana de su celda en el hospital de tuberculosos; a García Lorca ante una yegua blanca de luna, y a Gloria Fuertes ayudando a Coleta la Poeta a construir una silla para el mono número trece.

Hasta el Principito de mi vaso de medio litro de té me miraba con decepción.

Cerré los ojos, lancé un suspiro casi eterno al viento antes de darme por vencida.

“Ya lo haré otro día”

Y ese día, es hoy.