INTRUSO MORFEO

«No te cueles en mis sueños» le pidió con voz trémula, perdida aún en su sonrisa cautivadora y aquellos ojos color bellota que brillaban traviesos, como reflejos sobre la superficie de un estanque.

Él no decía nada, nunca decía nada, sólo aparecía frente a ella perturbando su descanso, agitando su corazón que se desbocaba con su sola presencia.

«¿No ves que luego me despierto?»

Intentó razonar con él, pero no estaba dispuesto a negociaciones; se acercó despacio, aún sonriendo, el pelo flotando alrededor de su cara en mechones ensortijados, y ella quería despertar y no quería, porque sabía que abrir los ojos no iba a acabar con su tormento, sino acrecentarlo.

Un día lleno de su ausencia y el recuerdo vívido de su mirada no era algo fácil de soportar.

Se sintió atrapada en sus ojos oscuros, en la barba de dos días que daba un aspecto aún más rebelde y atractivo a sus bucles enmarañados. La franqueza de su sonrisa invitaba a confiar; y a algo más.

Le costaba salir del hechizo que emanaba todo él, con su bufanda de cuadros y su perfecto acento de caballero británico.

Se sintió perdida. Hacía tanto que no venía, que casi había olvidado lo que la hacía sentir; lo vulnerable y pequeña que se volvía cuando él estaba cerca, y cómo, por otro lado, lograba llenarla de fuerza, de la sensación de poder con todo excepto escapar de su reflejo, como una maldición.

«Deja de colarte en mis sueños» repitió, ya sin convicción, sin autoridad; suplicando en el fondo que no se fuera, que se materializara a su lado en el momento en que el despertador rompiera el hechizo.

Él, empecinado, ignorando el movimiento de su boca, solo pendiente de la llamada de sus labios, acercándose peligrosamente al momento en que no habría marcha atrás, ese instante en que ella se perdería en su abrazo y tendría prisionera su alma de nuevo.

«Please, don’t…» quizá en su idioma.

Se detuvo ante ella, sus ojos reían, la boca ladeada en una mueca que rompía el encanto de gentleman para convertirle en algo parecido a un adolescente travieso, a sabiendas de que eso terminaría por desarmarla.

«Why?» preguntó con su melosa voz de bardo.

Y ella no encontró respuesta. El sonido se diluyó en la noche e, incapaz de luchar consigo misma, se rindió a unos labios que la invitaban a besarle con timidez, un secreto entre ellos.

Enterró los dedos en los bucles suaves de su cabello. Sin poder escapar más allá de las puertas del sueño, decidió abandonarse en sus brazos.

Total, fuera hacía frío y su calor era lo mejor que podía encontrar en los oscuros abismos del sueño.

Puntos cardinales

Si perdía el norte, podía tardar días en encontrarlo de nuevo; sin saber por qué, su brújula siempre marcaba el oeste, burlándose de ella, tratando de confundirla en medio del bosque de sus pensamientos.

Ni el musgo que podía crecer en los árboles indicaba el punto que buscaba, así se reían sus guías de ella; y no se irritaba, podía ser que el oeste fuera su nuevo norte, que los campos electromagnéticos de su mundo hubieran cambiado sutilmente hasta trastocar la ubicación de las cosas, y el imán de su indicador esférico no se diera por aludido.

El sonido del agua brotando de entre unas rocas la atrajo con fuerza, pero aquello caía al sur, dijera lo que dijera su brújula.

Rozó con ternura la empuñadura de su espada de madera y el suave cuero del carcaj que cargaba a la espalda le acarició el codo, sobresaltándola. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde ir?

Posó su mirada en la roca cubierta de liquen que interrumpía la claridad del sendero hacia el nacimiento del río, decidió que no había mejor camino que el que no existía aún y comenzó a trazarlo con sus pisadas.

Trepó, no sin dificultad, a lo alto de la atalaya natural y el mundo que la rodeaba tomó una nueva dimensión. Ahora ya podía ver por encima de las copas de los árboles, dejando ante sus ojos un lecho infinito de hojas verdes.

Se tomó un momento para descansar y observar desde su nueva ubicación. Allí era inalcanzable, se sentía poderosa e invencible; ni la expectativa de encontrar su destino podía empañar aquel instante, y aprovechó para imbuirse de aquella sensación, tratando de acumularla en su interior para usarla cuando llegara el momento.

Antes de bajar por la otra cara de la roca, consultó de nuevo su brújula; definitivamente se había vuelto loca, pues ahora indicaba algún punto entre su ombligo y su corazón, cuando ella sabía con exactitud que, cualquier norte que pudiera existir, estaría más bien hacia el otro lado.

La luna de los gatos

Este relato fue mi propuesta para la escena del taller de Literautas con la premisa “la radio”


«Buenas noches, queridos oyentes, y bienvenidos a La luna de los Gatos. Hoy, hablaremos con Leopoldo Rivera, experto en control emocional. Comenzamos.»

Celestina, viuda de Garmendia desde hace seis meses, bate unos huevos en el plato de loza descascarillado. No es aficionada a la radio, pero desde que su Bartolo, que en paz descanse, la dejó para reunirse con su creador, no concibe una noche sin el ruido del viejo transistor; aunque la mitad de las veces solo emita un zumbido irritante.

Se ha prometido que, en cuanto cobre la pensión, irá a comprar un aparato más moderno, de esos con cedé, para poner el disco de “Los Panchos” que su nieto le regaló por su cumpleaños. Puede que incluso se apunte a las clases de ordenadores donde los jubilados, como le ha venido recomendando su hija cada domingo desde que enviudó.

Ahora que está sola, el siglo XXI en el que vive le parece un lugar extraño; con todo el mundo enganchado a aparatos que, a su vez, se enganchan a la red eléctrica para obtener energía, y al Wi-Fi para conseguir contenidos.

Irónicamente, todo eso hace que ella se sienta desconectada.

 *****

 «Entonces, dice usted, Sr Rivera, que es importante no mentirnos sobre nuestro estado de ánimo ¿no es así?»

«En efecto, muchas veces es más fácil para otros adivinar cómo estamos que para nosotros mismos, y eso dificulta mucho el diagnóstico y tratamiento de los trastornos emocionales.»

Ramón Jiménez, nacido en permanente estado de soltería, se quita la chaqueta de su elegante traje italiano y la deja con sumo cuidado sobre el galán de noche. Ha tenido un día de perros que le ha obligado a quedarse trabajando hasta tarde; ni siquiera ha podido pasar por el gimnasio, como es su costumbre, y ahora se siente culpable. Ha encendido el equipo Hi-Fi nada más llegar a casa y, demasiado desganado para buscar un disco con el que amenizar su frustración, ha optado por sintonizar la radio, recalando en la conversación entre una locutora de voz juvenil y un tipo de los que te cobran un pastón por llamarte desequilibrado a la cara.

No cree en los libros de autoayuda, ni en todas esas “memeces” de la inteligencia emocional, pero, en días como este, se pregunta qué ha hecho mal para no encontrar a ese “alguien” con el que compartir rutina.

Se mira al espejo antes de meterse en la ducha; le gusta lo que ve: un cuerpo trabajado sin llegar a increíble Hulk y ni rastro de las arrugas que, le consta, sus excompañeros de escuela lucen sin remedio. Entonces ¿qué pasa? ¿Por qué no logra interesar a nadie?

 *****

 «Todos cambiamos dependiendo del lugar. Un tiburón en el trabajo, puede ser tan asustadizo como una ardilla en cuanto sale de la oficina. Somos un “yo” diferente para cada situación, y debemos aceptar cada uno de esos “yo” para ser felices.»

«Si me lo permite, Sr. Rivera. Eso parece más fácil de decir que de hacer. La introspección suele ser un proceso doloroso.»

«Puede, pero no me refería a lo que podríamos denominar: autopsicoanálisis. A veces, hacer algo por los demás nos ayuda a reencontrarnos, a recordar quiénes somos en realidad.»

Celestina apaga el transistor al mismo tiempo que el horno, donde ha hecho un bizcocho de bienvenida para la joven que se mudó recientemente al piso de arriba. Los tiempos habrán cambiado, pero es lo que ha hecho toda la vida y no es momento de perder las buenas costumbres. Mañana se lo subirá, seguro que agradece el detalle.

Ramón quita el vaho del espejo del baño y termina de aplicarse la crema antiarrugas de a 60 euros los 20 mililítros; se sonríe, eso le ayuda a dormir; aunque sea solo, una noche más.

 *****

 «Amigos oyentes, así acabamos el programa de hoy. Nos volvemos a encontrar mañana, si ustedes quieren, aquí: en la 94.5 FM. Buenas noches.»

Olga Martínez se despide del técnico de sonido y rechaza, por enésima vez, su invitación a una copa. Mira el móvil antes de salir de la emisora, un whatsapp de su madre: «Ven mañana a comer, hay lentejas.» Apaga la pantalla de forma mecánica y espera el autobús. Está cansada, solo quiere llegar a casa y echarse a dormir. Sabe que su cuota de audiencia será baja, apenas un puñado de insomnes y deprimidos.

«Puede que no parezca gran cosa, pero ayudarás a mucha gente que no tiene nada más que tu voz al otro lado del aire vacío de su salón» le dijo su mejor amiga el primer día.

Lo dudaba entonces y lo sigue dudando ahora.

Lo que Olga ignora es que, mañana, Ramón ayudará a Celestina a subir a compra, tomarán juntos el primer café de muchos, y ella recibirá un bizcocho que hará de broche perfecto a las lentejas de su madre.

Tiempo de descuento

Cuando se le presentó, no supo cómo reaccionar. Se supone que uno está toda la vida preparándose para ese momento, pero la verdad es que nunca se está preparado del todo.
Muerte dejó a un lado su guadaña y sacó del portafolios una carpeta, la hojeó y la cerró de un golpe que sobresaltó aún más al visitado.
—Sr. Gumersindo Pertusato ¿verdad?
Apenas acertó a asentir, sin salir de su perplejidad, mientras Muerte volvía a guardar la carpeta y sacaba, esta vez, un libro de contabilidad. Lo miró durante un instante y volvió a guardarlo para sacar después otro tomo, idéntico en apariencia.
Un transeúnte tropezó con la guadaña, increpó a Muerte por dónde dejaba las cosas, en especial cosas tan peligrosas, y siguió su camino maldiciendo entre dientes, sin percatarse siquiera de a quién acababa de leerle la cartilla.
—Será mejor que la apoye en esta silla — le ofreció Gumersindo, con un hilo de voz.
—No hace falta, la guardaré — y metió el artilugio en el maletín —. Mucho mejor, no se vaya a matar alguien— Muerte no pareció apreciar la ironía de la frase —. Bueno, aquí dice que ya ha cumplido sus 21.178 días, 4 horas, 25 minutos y 16 segundos.
— ¿Tan poco?— protestó —. Pero si la media está en 85 años.
—No se enfade, no podemos darle a todo el mundo el mismo tiempo. Usted no es de los peor parados, si quiere verlo de otra forma.
—Supongo.
—Claro, que todo es revisable. Déjeme ver si se puede hacer algo con su caso.
Posó un dedo huesudo en la parte alta de la primera página y empezó a deslizarlo con calma hacia abajo. Mientras tanto, el Sr. Pertusato no salía de su asombro.
— ¿Cómo? ¿Revisable?
— Sí. Es la nueva política de la empresa. Ya sabe, hubo algunas denuncias en Consumidores y Usuarios por no tener en cuenta las bonificaciones.
— ¿Boni-ficaciones?
— Sí. Enseguida se lo explico— levantó la vista del papel y sacó una calculadora de aquel maletín que empezaba a parecer el bolso de Mary Poppins —. Pero tómese el café, hombre, que se le va a quedar helado.
Gumersindo obedeció y empezó a preguntarse si no sería una broma de esas con cámara oculta que luego ponen en la tele cuando no tienen nada mejor a mano.
—Esto es cosa de Fulgencio ¿a que sí? Menudo cabronazo está hecho.
—Fulgencio, ¿qué Fulgencio?
—Mi cuñao, que le gusta mucho tocar los cojones.
—Ah, aquí está — siguió Muerte como si no hubiera oído nada —. La relación aquella con Benita Domínguez, que no le aportó nada, ni siquiera una lección de cómo hacer que las cosas funcionen. ¿Cuánto estuvieron juntos? ¿Tres años y algo?— Gumersindo asintió— De eso solo podemos bonificar el 1,8%, lo siento. Así que: 19 días, 17 horas, 2 minutos y 24 segundos; perdón: 31 minutos y 12 segundos, que un año fue bisiesto — continuó buscando en el libro —. ¿Y el verano del 74?
— ¿El verano del 74?— eso ya no podía ser cosa del Fulgencio.
—Sí, hombre, que se rompió usted la pierna. Tibia y peroné. Menudo estropicio.
—Ah, ya. Me pasé las vacaciones en el porche viendo a los demás jugar a indios y vaqueros y yo allí, con la pata en alto. Ni me firmaron en la escayola.
—Pues eso digo. Tres meses perdidos, bonificación del 20%: 18 días.
— ¿Cómo me va a bonificar el 20 de un verano y solo el 1,8 de lo de la Benita? Lo de la Benita fue mucho peor, no me vaya a comparar.
—Lo siento, son tablas estandarizadas ¿lo ve?
Le acercó un folleto, parecido a los de las pólizas de seguros, a todo color: las casillas en ocre y naranja pálido, letra “Times New Roman”, de 12 puntos y cursiva. Gumersindo lo estudió con atención, metido de lleno ya en la situación kafkiana en que se encontraba, y dispuesto a encontrar cualquier resquicio con el que librarse de su inminente destino o, al menos, demorarlo un poco más.
—Veo que tienen también un apartado llamado: “Películas, libros y conferencias”. Estoy seguro de que por aquí me puedo deducir algo. La Benita me hizo tragarme un montón de tonterías sobre el universo y su formación.
—Lo lamento, solo podemos bonificar la relación en su totalidad, no podemos computar dos veces el mismo lapso de tiempo. Está ahí, en la letra pequeña.
— ¿Y cuando hice cola con mi hija para ver a los Backstreet Boys en concierto? Fueron tres días en la puerta del Madrid Arena.
—Ah, pues eso sí, claro. Además es el 100% por “Sacrificio desinteresado”. 3 días, 5 horas, 23 minutos y 18 segundos. Más, el rato del concierto que estuvo usted esperando en el coche: 2 horas y 47 minutos.
—Coño, pues si es por actos desinteresados, ponga también los cumpleaños de mi suegra y la comida de un domingo al mes.
—Lamento decirle que los festejos familiares no son deducibles. Si no esto sería un cachondeo. Todo el mundo bonificándose por bodas de empresa, bautizos de primos… Ya sería abusar.
—Hombre, visto así — concedió.
—En fin, creo que eso es todo, Sr. Pertusato. En total: 1 mes, 11 días, 1 hora, 41 minutos y 30 segundos. Todo a su favor.
— ¿Y el fin de semana en Turrillo del Cigüeñal, que llovió a cántaros y no pudimos salir de la casa rural?
—No sé, eso tendría que consultarlo con mis superiores. Los descuentos por “Vacaciones que resultaron un fiasco” todavía no los han metido, pero me consta que se está estudiando. A lo mejor tiene suerte y, cuando cumpla el descuento, ya está aprobado y se lo puede deducir.
— A ver si es verdad- se resignó.
— Antes de acabar, le tengo que pedir que valore la atención recibida en este pequeño cuestionario. Solo le llevará unos minutos rellenarlo. No se preocupe, le damos el 200%, por las molestias.
Cogió el bolígrafo que la mano hecha de huesos le tendía y empezó a leer la encuesta, tomándose su tiempo en estudiar cada respuesta, hasta que Muerte empezó a mirarle con irritación. Era un truco viejo, y muchos años en el oficio.
Finalmente el futuro difunto le devolvió el informe.
— Bueno. Encantado de haber tratado con usted. Ha sido de lo más colaborador y comprensivo, no sabe cómo se ponen algunos.
—Ya me imagino que se las habrá visto de todos los colores — le estrechó la mano con la misma firmeza que un comercial de aspiradoras.
—A más ver.
Y allí quedó Gumersindo Pertusato, contemplando cómo el manto de Muerte se perdía calle arriba y sorbiendo el último buchito ya frío de café con leche.

Miracoli

Este relato pertenece a la escena del taller de Literautas que tenía que comenzar con la frase: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.”


Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.

Para empezar, los caracoles no se habían comido las lechugas del huerto y la tía Nicoletta estaba tan contenta que, por primera vez desde que tengo uso de razón, me ha calentado la leche del desayuno y me ha untado la tostada con mantequilla.

Pero esto no saldrá en los periódicos, como tampoco contarán que las cabras han dejado en paz la ropa que la prima Sofía había tendido al salir el sol; eso no les importa a los señores de la “cittá”.

Al abuelo Paolo le han pagado a tiempo la pensión y la abuela ha conseguido hacerse con ella antes de que el viejo huyera al bar con los amigotes para gastar la mitad jugando a las cartas.

Hasta a papá le han pagado el doble por el pescado que trajo ayer en su barca.

Se podría decir que todo esto son milagros, y en mi casa eso es lo que parece; pero lo gordo, lo gordo de verdad, es que anoche el volcán entró en erupción y su lava se ha llevado la escuela, solo la escuela; dejando el resto del pueblo intacto.

Así que hoy: ¡No hay cole!

Rendirse a la tormenta


Hubiera sido la tormenta de nuestras vidas si hubiéramos logrado llegar a tiempo a la estación de tren.
Los semáforos en rojo que frenaban mi camino, los charcos llenos de peces de colores que acaparaban tu atención por las aceras; no fueron sino señales de un futuro aún por escribir.
Se prometía un final de película, de esos en que la chica entra en el bar y se encuentra con él; empapada hasta los huesos, con su paraguas amarillo (quizá verde) dibujando corazones invisibles en el suelo de madera. El diluvio universal contra los cristales distorsionando el mundo exterior, todo convertido en una maraña de luces difusas que se escurren hacia el abismo; el olor a café recién molido y periódico atrasado.
Y ¿por qué no? La ilusión de bandeja de desayuno en la cama, con zumo de naranja y cruasanes con mermelada. Tu pañuelo de solapa y mi libro de Benedetti abandonados en un rincón, viviendo su propio romance a nuestras espaldas.
Al fin una historia de domingo por la tarde, para acurrucarnos en el sofá.

Pero el tic-tac no cesa, ni siquiera cuando llueve.
Yo corría, olvidando pasos de cebra, enterrando mis katiuskas en mares insondables. Tú esquivabas ancianas tocadas con bolsas de supermercado, apoyadas en bastones incapaces de abrir las aguas.
Si yo no hubiera prestado atención a la luz de las farolas reflejada en las estelas que dejaban los coches al pasar, el libro de poemas jamás habría resbalado de mis manos para hundirse, cual Titanic, en el peor de los fracasos. Si hubieras tenido el valor de inmolar el paraguas de aire inglés, tu pañuelo no habría volado en la esquina con un cambio de viento, emulando a un paracaidista en su gran salto final.
Pero ¿cómo reponerse ante un islote de papel mojado? ¿Cómo recuperar la dignidad sin mortaja donde guardarla?
Si no nos hubiéramos rendido, habría sido la tormenta de nuestras vidas.
Y el caso es que nos rendimos; nos rendimos a dos manzanas de la estación de tren.

El enemigo, un exloro y Frank Sinatra

Texto para el taller de Literautas. Intenté un pequeño tributo a Gila y los Monty Python, quedó absurdo, pero ¿no se trataba de eso?

-Hola, ¿podría hablar con Paolo Milano?

[…]

–Sí, espero.

[…]

–Hola, Paolo. Soy Miranda, la del duplex del centro.

[…]

–Desde luego. Vaya cambio, chico, no me lo imaginaba así, tienes razón.

[…]

–Sí, ya imagino que te has esforzado al máximo. Que has consultado las tendencias. La cuestión es que no entiendo muy bien el estilo.

[…]

–¿Estilo industrial, dices? Pero es que me resulta un poco frío. Bueno, frío no, es que es entrar en casa y me dan ganas de ponerme a fundir metal.

[…]

–Ya, si está muy bien que sea lo último en salones, pero es que yo soy abogada y no me pega mucho.

[…]

–¿Y la jaula esa que hay en el dormitorio, con un pájaro disecado?

[…]

–Un toque de vida, de color. Ya. Pero está muerto.

[…]

–No, no, yo mascotas no quiero, que no tengo tiempo de cuidarlas.

[…]

–Sí, a lo mejor. ¿Y el borsalino que me has dejado de recuerdo en el perchero?

[…]

–Un toque de distinción, a lo Frank Sinatra, ya.

[…]

–No soy yo muy de Frank Sinatra. Ni de sombreros.

[…]

–Pues no. No creo que un sombrero y un ex-loro me quiten las ganas de invitar a todos mis amigos a comernos un bocadillo subidos en la viga que me has dejado a la vista en la cocina.

[…]

–Sí, me he fijado en la bobina gigante que hace de mesita de café, era una broma.

[…]

–¿Y las fotos de mis viajes que te pedí que pusieras?

[…]

–¿El marco digital?

[…]

–Vaya, no, no, si está muy bien, pero claro, con ese tamaño, yo creí que era otra cosa.

[…]

–Pues otra cosa, yo qué sé, está todo tan moderno que ya no sabe una qué esperar.

[…]

–No, pero no me llores. Es sólo en lo que me acostumbro, que así, en frío.

[…]

–Pues no, en la habitación de invitados todavía no he entrado, pero miedo me está dando.

[…]

–Ya veo.

[…]

–No, no me convence demasiado. No sé si alguien va a querer venir si le cuento eso.

[…]

–Hombre, una cosa es que no quiera que se apalanquen y otra muy distinta que no vuelvan.

[…]

–Pues no, no estoy contenta con tu trabajo. Me siento extraña, alienígena, esto último en sentido literal.

[…]

–Pues tendremos que buscar la forma de ponernos de acuerdo.

[…]

–Si yo lo entiendo, pero es que no quiero que mi casa parezca el laboratorio del jovencito Frankenstein. Quiero que parezca mi casa.

[…]

–Me da lo mismo si está demodé o te resulta rancio. No quiero más acero inoxidable que el de los electrodomésticos. ¡Joder! Que entro en el baño y ya no sé si voy a ducharme o son los encuentros en la tercera fase y me van a meter una sonda por el…

[…]

–Pues ¿tú me dirás? Te pago un dineral para que me dejes el piso para entrar a vivir y me encuentro con esto. ¡Y no me llores, coño, que es a mí a quien le has dejado la casa como una siderurgia!

[…]

–Bien, pues las paredes en amarillo Sáhara y los muebles retro, pero ojito con eso de retro, que tampoco quiero que parezca esto la guarida del Superagente 86.

[…]

–Ya, si era solo una broma, Paolo. No me llores.

Sirena

No le gustaba el verano; en realidad no recordaba haberle tenido especial cariño en su vida, ni de niña.
Para ella era una época anodina en la que todo se mueve más despacio y las únicas conversaciones se limitan a preguntar por cuándo se cogen las vacaciones.
Tampoco le gustaban los días de playa, atestados de gente dorándose cual sardinas en parrilla, por el mero placer de presumir de moreno cuando regresaran a la rutina.

Ella prefería el otoño o el invierno. Y ahí sí, ahí se deleitaba contemplando un mar que entonces era mar y no charco de pis; una fuerza de la naturaleza que reflejaba el mismo color de sus ojos verdes y que se rebelaba contra la arena con un millar de caballos desbocados en cada ola.
Pero a veces, en verano, sentía la llamada; algo ancestral, atávico; y no le quedaba más remedio que sumergirse en el agua un nada, un entrar y salir, para dejar que la sal se incrustara en su pelo cuasirizado y creara aquellas rastas indisolubles si no se enjuagaban rápido.

Disfrutaba más aquel contacto frugal que mil horas en su orilla bajo el sol. Y entonces anhelaba sentarse en una roca y mirarlo embravecido, salvaje e indomable; capaz de engullir el mundo si esa era su voluntad, mientras las nubes grises amenazaban en un horizonte difícil de distinguir; cuando los desconsiderados veraneantes no se atreverían a ir a ensuciar su arena, y todo volvería a ser más o menos como antes, como hacía milenios: el mar, la arena y ella sobre una pequeña roca simulando ser sirena que no echaba de menos su cola de pez.

Maese Pérez

Este texto corresponde a un ejercicio del taller de Literautas, el requisito: que fuera una historia de miedo. Y yo, que soy tan retorcidita… pues solté esto.

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A Maese Pérez le latía el corazón en los oídos, amenazando con aturdirle hasta perder el conocimiento. Aguardaba con paciencia a que la bestia peluda dejara despejado el camino, pero aquel demonio naranja de ojos brillantes caminaba sigiloso de un lado a otro, ejerciendo un trabajo de centinela que sus amos no le habían encomendado.
No quería quedarse allí, necesitaba acceder a la parte superior, le urgía conseguir su objetivo aunque le fuera la vida en ello.
Siendo francos, le iba la vida en ello.

Hacía sólo unas horas que la rata infecta que tenía por rey le había enviado a dos de sus matones.
El plazo era firme, improrrogable: tres días.
Hasta habían tenido la desfachatez de sonreír mostrando sus dientes amarillentos, tratando de simular un mínimo de compasión.
Recordó con pesar el calor de su hogar, y la imagen del rincón donde otrora se amontonaran tesoros blancos y relucientes empañó su memoria.
Allí se apilaban ahora piezas carcomidas que no servían para apaciguar las ansias del monarca. Incluso había intentado colarle algunos ejemplares falsos muy logrados; pero no sirvió para nada que no fuera enojar más a su acreedor.
Esto era un acicate para afrontar el presente; situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.

Se aferró con fuerza a la herramienta y suspiró abatido.
El sonido de la madera herida por las uñas de su pesadilla viviente le taladraba los tímpanos, y su respiración comenzó a hacerse más acelerada; si seguía así, sólo era cuestión de tiempo que el monstruo lo oyera y le diera caza como lo que era: un cobarde, un ratón acorralado bajo la escalera.
De haber tenido un dios en que creer habría rezado con ansia, prometiendo penitencia a cambio de salvar el pellejo; mas no estaba en su condición encomendarse a intervenciones divinas, y dudaba mucho que aquellos milagros consiguieran librarle de sus múltiples amenazas.
Aún así, algo, lo que fuera, atrajo la atención de la alimaña naranja lejos de él, dejándole el camino libre.

Maese Pérez corrió como no había corrido en su vida. Aterrado con la idea de que el monstruo volviera en el momento más fatídico, consiguió cruzar el pasillo y subir el primer tramo de escaleras sin que se oyera más respiración que la suya.
Atravesó la primera estancia sin resuello hasta alcanzar la puerta que buscaba.

En el peor momento, los latidos abandonaron sus sienes para posarse en las puntas de los dedos, obligándole a usar las dos manos para sujetar el útil que había escogido para su plan.
Su objetivo dormía, de forma aparentemente plácida, en la cama que había bajo la ventana.
Conocía los riesgos, no era la primera vez que se internaba en aquellos mundos gobernados por gigantes, que usaban los más temibles instrumentos de tortura para deshacerse de indeseables como él; pero tenía que hacerlo o los esbirros del rey acabarían con su vida y luego usarían sus despojos para la cena.

Se acercó con cuidado y trepó hasta la cabecera del catre; ahora reconocía que las tenazas no eran la mejor idea del mundo, pues golpeaban la madera delatando su presencia.
Por fortuna, el gigante no se apercibió del sonido y, si lo hizo, se limitó a gemir de forma extraña para seguir durmiendo con la boca abierta.
Aprovechando una oportunidad que reconoció como única en la vida, Maese Pérez se acercó a la cabeza del dormitante y asió con determinación las tenazas, colocándolas alrededor de la codiciada pieza. Apretó con fuerza y tiró conteniendo el aliento, como si un solo suspiro pudiera despertar al titán. El rey rata se sentiría complacido con el tesoro y él conservaría la cabeza.

En medio del caos provocado por los gritos del niño y las carreras de unos padres asustados, logró escabullirse fuera de la casa, evitando también al demonio anaranjado.
En otros tiempos habría dejado una golosina bajo la almohada, quizá una moneda a cambio de aquel diente sin profanar por las caries y el sarro; pero lo que Maese Pérez blandía sobre su cabeza no era un diente de leche; ya no quedaban dientes de leche aprovechables en este mundo y, a partir de ahora, no tendría más remedio que arrancar los más nuevos, recién emergidos de las encías rosadas de aquellos devoradores de azúcar. Unos dientes que todavía sirvieran para algo.

Torre la Higuera

Cuentan que la torre se deslizó una noche por la duna, que ya era incapaz de sostener su mole; cayó al mar enterrando su cabeza en la arena y dejando su base al descubierto.
Nadie sabe si lo hizo acompañada de un gran estruendo o si, por el contrario, el silencio se hizo eco en ella hasta su destino, pues entonces aquella playa distaba mucho de su aspecto actual.
La torre había sido su único habitante de origen humano en mucho tiempo, y los jabalíes, ciervos y linces, habían encontrado cobijo bajo su sombra; tal como ahora hacían los niños en busca de cangrejos.
Mucho tiempo atrás se había levantado para vigilar a los piratas que amenazaban la costa y ahora, verano tras verano, era asaltada por piratas más temibles y menos aguerridos que saltaban desde su punto más alto al agua y dejaban la playa llena de bolsas, latas y botellas sin miramientos.
Si Torre la Higuera hubiera tenido ojos, habría llorado, pero no podía o sus primeras lágrimas habrían asomado cuando los ladrillos empezaron a invadir su paraíso espantando a los ciervos y los jabalíes.
Tras siglos siendo la única evidencia humana más allá de los pescadores, se vio rodeada de apartamentos que proyectaban su sombra sobre la arena donde antes el sol acariciaba la espuma de las olas por detrás de ella al atardecer, y sólo le quedó el consuelo de que, en algún momento, llegaría el invierno y aquellas invasiones desalmadas cesarían, dejándola a solas con las gaviotas y los cangrejos, tal como fue al principio.

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