COSAS QUE PASAN CUANDO ESCRIBES

En la mesa de un escritor

siempre encontrarás papel , boli,

poca comida y un termo lleno;

servilletas, cuadernos,

plumas de tinta y sus tinteros;

poco tiempo, silencio,

motas de polvo sobre los anhelos.

En casa de un escritor nunca faltan

ni velas ni recuerdos.

libros nuevos, libros viejos,

libros que serán,

y libros que nunca fueron.

Y así va el pobre dueño:

con la cabeza a pájaros

y los pies a diez centímetros del suelo.

A enemigo que huye…

El puente de plata resultó inútil. Debió tenerlo en cuenta cuando descubrió que su enemigo era un hombre lobo.

Ahora estaba desperdiciando un tiempo precioso en construir otro de madera que permitiera al licántropo alejarse de ella.

Ilustradores: Sara Fratini

Hablar de Sara Fratini es fácil y complicado al mismo tiempo. Me consta que es una artista reconocida a nivel mundial, pero eso no quita para que sea una persona cercana. Pertenece a esa generación de ilustradoras que se han abierto camino en los últimos años, cuyos trabajos se hacen reconocibles en un instante, como Agustina Guerrero, Pedrita Parker, Ana Belén Rivero, Moderna de pueblo, Ana Oncina… A algunas las conoceréis seguro, y si no, calma, que ya os hablaré de ellas.

Sara me tiene fascinada desde hace mucho tiempo. Sus protagonistas, aparentemente sencillas y reales, suelen cautivar a muchas mujeres, no sé si porque se sienten identificadas o porque su sencillez deja que nos centremos en cómo son por dentro. Sí, por dentro. Echadle un ojo a sus libros sobre Martina y entenderéis lo que os digo.

Son ilustraciones en blanco y negro, si acaso una pincelada de rojo en las mejillas o los labios, pero no falta el color; de hecho, hasta jurarías que están hechas a todo color. Tal es la magia de Sara. Con cualquiera de las viñetas en su Instagram, el espectador se ve reflejado.

Sin embargo, desde mi punto de vista, puede que su mejor trabajo sean los murales. Paredes enteras con sus personajes, con su mundo, que no deja de ser el de todos y cuyo talento contribuye a hacerlo un poco mejor.

Podéis seguir su trabajo en la web de Sara Fratini, o en cualquiera de sus perfiles sociales (Facebook y Twitter).

Estoy convencida de que no os dejará indiferentes.

 

 

 

 

 

JURAMENTO

Reinventaré los caminos

que hace siglos escribí

por las sendas de tu cuerpo.

Borraré todas las huellas

que otras amantes dejaron

a lo largo de este tiempo.

Pisaré aún más fuerte

para llegar hasta los huesos,

tatuarte mis caricias

y hechizarlas con mis besos.

Y si algún día llega otra,

los taparé con las ramas

de las llamas del infierno.

Así llevarás escrito

en la piel y hasta los tuétanos

que no hubo mujer terrena

que te hiciera sentir esto.

El reloj de Ivan Matveích

Relato basado en el comienzo de Ivan Matveích de Anton Chejov.

Son las cinco. Un renombrado sabio ruso (le diremos sencillamente sabio) está frente a su escritorio y se muerde las uñas.

— ¡Esto es indignante! — Dice a cada momento, consultando su reloj—. ¡Es una falta de respeto para con el tiempo y el trabajo ajenos!… ¡En Inglaterra, un sujeto semejante no ganaría ni un centavo y moriría de hambre!… ¡Ya verás la que te espera cuando vengas!

Es hombre de rutinas y le cuesta ajustar los horarios. Cualquier contratiempo supone un día perdido. Abre la puerta y llama a su esposa. Pronto acude una mujerona de moño tieso y gesto relajado.

—Si llega, hazme el favor de decirle que hoy no voy a recibirle. Soy hombre ocupado y no puedo atender a tardones. De hecho, le puedes decir que está despedido.

—Puede ser que no haya encontrado cochero. Vivimos muy retirados.

— Lo mismo me da. Le dices eso y que es un maleducado.

— ¿Y la niña? Se va a disgustar.

—Pues que se disguste. Un hombre que no respeta el tiempo ajeno, no la merece.

La mujer asiente y se marcha. De sobra conoce el carácter de su marido, pero también sus debilidades. Dejará que su Aniuta le sirva el té y se dará por vencido.

Tocan las cinco y media. El sabio sale de su estudio, como todas las tardes a esa hora, para descansar de sus cavilaciones en la salita. No es fácil el oficio, con la cabeza llena de pensamientos; preocupado por lo que otros no son capaces de imaginar. Las migrañas son frecuentes, de ahí su rigidez horaria. Hace años descubrió que, para evitarlas, solo tenía que dividir el día en periodos exactos de cuarenta y cinco minutos, y descansar otros quince. Quedan excluidas de este sistema las noches, en las que duerme de una a seis de la madrugada, y la siesta, de tres a tres y media.

Aniuta, vestida de azul claro, con el pelo suelto y cara angelical, le acerca una bandeja con la taza de té y un bollo de mantequilla.

—Gracias, hija mía. ¿Ha llegado ya Iván?

—Sí, padre— responde ella—. Espera en la cocina a que termines el té.

— ¡Pues dile que venga! ¿Habrase visto? Es un desvergonzado, eso es lo que es. No solo llega tarde sino que además se entretiene con las mujeres. Te digo una cosa, Aniuta, ese haragán no se casará contigo a menos que se digne a mirar un reloj de vez en cuando.

La niña, no tan niña por otro lado, sonríe a su padre y sale a avisar a su prometido.

— ¿Para qué dejaría yo entrar a ese muchacho en esta casa? La niña podría haber pasado mis pensamientos tan bien como él, ¿Qué digo? Mucho mejor. Al menos ella sería puntual.

Entra Iván, con una sonrisa capaz de apaciguar a un oso.

—Por fin llegas ¿Crees que son horas? Sabes lo importante que el tiempo para mí.

—Paré a recoger unas flores para su esposa. Estaba el campo tan bonito que pensé que le gustarían.

—Siendo así. — Cede el sabio. — Pero vamos, no te quedes ahí parado. Hay mucho trabajo por hacer y se hará de noche enseguida. Del sueldo de hoy ya puedes olvidarte.

El joven se sienta en el escritorio mientras el sabio pasea.

—“De la razón humana…” — dicta— ¿Y dices que estaba bonito el campo?

—Precioso. Las últimas lluvias han hecho que se abran las flores antes de lo normal.

—Bueno, que no tenemos todo el día. Escribe. “No siendo en absoluto…” ¿Qué flores has traído?

—Poca cosa. Ramilletes silvestres. Aniuta me dijo que a su madre le gustaban mucho.

—Sí. De jóvenes solíamos pasear por el campo y ella siempre recogía flores. A las mujeres les gustan esas cosas. ¡Ya me estás entreteniendo! Decía que “no siendo en absoluto un experto en la materia”. ¿Tienes reloj, Iván?

—Uno de pared en la pensión donde duermo.

— ¿Cómo? Deberías comprar uno de bolsillo. Eso te ayudaría a llegar puntual y no me harías perder el tiempo. Pero venga, escribe. “En la materia (coma) quedan claras dos cuestiones (punto) Primera (dos puntos)” Mira, el sueldo de hoy te lo pago, con la condición de que compres el reloj ¿De acuerdo?

—Claro, señor.

—“Todo hombre busca…” ¿No está muy oscuro? Parece que vaya a llover.

—Lo dudo, el sol lucía espléndido. Ni una nube en el cielo.

—Bueno, pero ya es tarde. Vamos a dejarlo por hoy. Mañana te vienes temprano y, si el tiempo es bueno, podemos salir los cuatro a pasear al campo.

— Es una gran idea. Aniuta y su esposa estarán encantadas.

— Solo un rato. Todavía tenemos mucho en qué trabajar. Por la tarde te acompañaré a por el reloj. Sé de un comercio donde los hay muy fiables y a buen precio. Así me aseguraré de que vas a llegar a tu hora de una vez por todas. Y podremos dedicarnos a las cosas importantes de verdad. Un hombre tan ocupado como yo no tiene tiempo para el ocio. Y su secretario, dicho sea de paso, tampoco.

Fuera de línea

Nada, ni una triste rayita. Un smartphone de seiscientos pavos y, a la mínima, se queda sin cobertura.

Debió hacer caso a la presión en el pecho al cruzar el puente de piedra sobre el regajo: eso de ir a echar el día al campo no iba con él, por mucha ilusión que le hiciera a sus amigos. Hasta la oveja que pastaba junto al camino lo sabía, moviendo la mandíbula inferior en círculos, dejando ver las briznas de hierba recién segada. ¡Qué asco, por Dios!

Desistió de seguir quejándose a sus compañeros; había agotado todas las excusas del mundo antes de perder el coche de vista.

«Te hará bien», le decían.

«Esa dependencia del móvil no puede ser sana», le riñeron.

Y tenían razón, pero ¿qué leches? Si quería ver campo, anda que no había fotos en Instagram. Ahora ni siquiera podía subirlas él porque, si no había cobertura, la conexión de datos habría volado. Casi podía verla como una abeja buscando otras flores en qué posarse.

Pasada media hora, ya empezaba a notar el encanto del paisaje, incluso a disfrutar del olor del campo recién florido.

Almorzaron bajo una encina y bromearon sobre quedarse allí a vivir, en contacto con una naturaleza que había acogido al hombre desde los albores del tiempo.

Poco antes de recoger las cosas para regresar, una avispa de las que habitaban entre las ramas de la encina, se le posó en el hombro y le picó.

Aquello tomó mal cariz en cuestión de segundos.

«Llamad a un médico»

«Que venga una ambulancia»

Y su glotis se cerraba mientras el teléfono, incapaz de salvarle la vida, seguía en su bolsillo, sin una sola rayita.