TRAYECTO

Me llamo Alicia, he tenido que teñirme el pelo por mandato de una reina llena de complejos que no aguanta que le lleven la contraria.

No sé qué edad tengo, el paso del tiempo ha sido confuso desde que caí por un agujero persiguiendo a un conejo.

Ahora, que por fin vuelvo a casa, estoy inventando una excusa creíble para mi ausencia, porque me da que mi madre no se va tragar la verdad si se la cuento y voy a estar castigada para los restos.

PESCA SOSTENIBLE

El capitán Ahab puso un anuncio por palabras buscando trabajo. Recibió oferta de un tal Nemo que necesitaba marineros con experiencia. Como el sueldo era bastante bueno, se enroló sin demora, fascinado por las novedades del Nautilus.

Perseguían calamares gigantes, ballenas francas o tiburones, hasta que, fondeados en Gibraltar, unos activistas de Greenpeace se encadenaron al submarino para concienciar sobre la pesca sostenible.

DUELO DE TITANES

—Le digo, señor Holmes, que el asesino es el mayordomo. Siempre es el mayordomo.

—No diga sandeces, monsieur Poirot. El asesino fumaba tabaco de Kenia, demasiado caro para su sueldo.

—Entonces es la muchacha afligida. Piénselo bien, Sherlock: despechada, cándida, él se presenta con la otra… Sus heridas bien podían ser autoinfligidas.

—Imposible, Hércules. Yo mismo la vi paseando por cubierta a la hora del crimen.

—La heredera excéntrica. Esa sí, no me lo va a negar, amigo.

—Madre mía, qué ganas tengo de que Watson vuelva de las vacaciones.

El reloj de Ivan Matveích

Relato basado en el comienzo de Ivan Matveích de Anton Chejov.

Son las cinco. Un renombrado sabio ruso (le diremos sencillamente sabio) está frente a su escritorio y se muerde las uñas.

— ¡Esto es indignante! — Dice a cada momento, consultando su reloj—. ¡Es una falta de respeto para con el tiempo y el trabajo ajenos!… ¡En Inglaterra, un sujeto semejante no ganaría ni un centavo y moriría de hambre!… ¡Ya verás la que te espera cuando vengas!

Es hombre de rutinas y le cuesta ajustar los horarios. Cualquier contratiempo supone un día perdido. Abre la puerta y llama a su esposa. Pronto acude una mujerona de moño tieso y gesto relajado.

—Si llega, hazme el favor de decirle que hoy no voy a recibirle. Soy hombre ocupado y no puedo atender a tardones. De hecho, le puedes decir que está despedido.

—Puede ser que no haya encontrado cochero. Vivimos muy retirados.

— Lo mismo me da. Le dices eso y que es un maleducado.

— ¿Y la niña? Se va a disgustar.

—Pues que se disguste. Un hombre que no respeta el tiempo ajeno, no la merece.

La mujer asiente y se marcha. De sobra conoce el carácter de su marido, pero también sus debilidades. Dejará que su Aniuta le sirva el té y se dará por vencido.

Tocan las cinco y media. El sabio sale de su estudio, como todas las tardes a esa hora, para descansar de sus cavilaciones en la salita. No es fácil el oficio, con la cabeza llena de pensamientos; preocupado por lo que otros no son capaces de imaginar. Las migrañas son frecuentes, de ahí su rigidez horaria. Hace años descubrió que, para evitarlas, solo tenía que dividir el día en periodos exactos de cuarenta y cinco minutos, y descansar otros quince. Quedan excluidas de este sistema las noches, en las que duerme de una a seis de la madrugada, y la siesta, de tres a tres y media.

Aniuta, vestida de azul claro, con el pelo suelto y cara angelical, le acerca una bandeja con la taza de té y un bollo de mantequilla.

—Gracias, hija mía. ¿Ha llegado ya Iván?

—Sí, padre— responde ella—. Espera en la cocina a que termines el té.

— ¡Pues dile que venga! ¿Habrase visto? Es un desvergonzado, eso es lo que es. No solo llega tarde sino que además se entretiene con las mujeres. Te digo una cosa, Aniuta, ese haragán no se casará contigo a menos que se digne a mirar un reloj de vez en cuando.

La niña, no tan niña por otro lado, sonríe a su padre y sale a avisar a su prometido.

— ¿Para qué dejaría yo entrar a ese muchacho en esta casa? La niña podría haber pasado mis pensamientos tan bien como él, ¿Qué digo? Mucho mejor. Al menos ella sería puntual.

Entra Iván, con una sonrisa capaz de apaciguar a un oso.

—Por fin llegas ¿Crees que son horas? Sabes lo importante que el tiempo para mí.

—Paré a recoger unas flores para su esposa. Estaba el campo tan bonito que pensé que le gustarían.

—Siendo así. — Cede el sabio. — Pero vamos, no te quedes ahí parado. Hay mucho trabajo por hacer y se hará de noche enseguida. Del sueldo de hoy ya puedes olvidarte.

El joven se sienta en el escritorio mientras el sabio pasea.

—“De la razón humana…” — dicta— ¿Y dices que estaba bonito el campo?

—Precioso. Las últimas lluvias han hecho que se abran las flores antes de lo normal.

—Bueno, que no tenemos todo el día. Escribe. “No siendo en absoluto…” ¿Qué flores has traído?

—Poca cosa. Ramilletes silvestres. Aniuta me dijo que a su madre le gustaban mucho.

—Sí. De jóvenes solíamos pasear por el campo y ella siempre recogía flores. A las mujeres les gustan esas cosas. ¡Ya me estás entreteniendo! Decía que “no siendo en absoluto un experto en la materia”. ¿Tienes reloj, Iván?

—Uno de pared en la pensión donde duermo.

— ¿Cómo? Deberías comprar uno de bolsillo. Eso te ayudaría a llegar puntual y no me harías perder el tiempo. Pero venga, escribe. “En la materia (coma) quedan claras dos cuestiones (punto) Primera (dos puntos)” Mira, el sueldo de hoy te lo pago, con la condición de que compres el reloj ¿De acuerdo?

—Claro, señor.

—“Todo hombre busca…” ¿No está muy oscuro? Parece que vaya a llover.

—Lo dudo, el sol lucía espléndido. Ni una nube en el cielo.

—Bueno, pero ya es tarde. Vamos a dejarlo por hoy. Mañana te vienes temprano y, si el tiempo es bueno, podemos salir los cuatro a pasear al campo.

— Es una gran idea. Aniuta y su esposa estarán encantadas.

— Solo un rato. Todavía tenemos mucho en qué trabajar. Por la tarde te acompañaré a por el reloj. Sé de un comercio donde los hay muy fiables y a buen precio. Así me aseguraré de que vas a llegar a tu hora de una vez por todas. Y podremos dedicarnos a las cosas importantes de verdad. Un hombre tan ocupado como yo no tiene tiempo para el ocio. Y su secretario, dicho sea de paso, tampoco.

Toda una profesional

Cuento que nace del Primer Taller de la Imaginación de la comunidad en Google+: Isla Imaginada.


 

Rebuscar entre los baúles tus gafas nuevas no tiene gracia, y menos cuando, en medio de la rebelión literaria, se acaba de escapar el troll de debajo del puente que hay frente a tu casa.

En estas estaba Gloria cuando la tortuga llamó a su puerta, la misma tortuga que encontró en el río el día en que se despidió de su trabajo huyendo de una vida mediocre y que la reclutó como guardiana de los cuentos y sus habitantes.

Mentiría si dijera que se sintió capacitada desde el primer instante, tuvo sus dudas ¿Quién no iba a tenerlas cuando te habla una tortuga? Pero, a los cinco minutos, sabía que debía aceptar la proposición. Uno no va encontrándose con reptiles parlantes sin que medie el destino.

Siguió, con mucho trabajo, a su mentora hasta una casita medio derruida donde, según dedujo, se habían alojado todos y cada uno de sus antecesores en el cargo.

No hizo muchas preguntas, bueno, más bien ninguna, se limitó a arrastrar su maleta hasta la buhardilla y se sentó en el sofá de la salita a esperar instrucciones.

Su primera misión fue pan comido, Hansel y Gretel habían escapado de su cuento después de leer un artículo sobre la diabetes infantil en una revista y tuvo que convencerles de que ese tipo de enfermedades no afectaban a los niños de la imaginación.

El segundo encargo fue un poco más complicado, siempre lo es cuando la princesa del cuento no está conforme con el marido que le han asignado. En estos casos la solución pasa por celebrar una cena en el castillo y fomentar el cambio de parejas; no es muy ortodoxo que digamos, pero parece que Blancanieves está encantada con el príncipe azul de la Bella Durmiente y esta última ha abierto una clínica para trastornos del sueño y le va de maravilla. Nadie dijo que guardar cuentos supusiera dejarlos como están.

Sin embargo, nada la había preparado para salir en busca de un troll en medio de una noche de tormenta, aunque es de esperar que, de suceder algo así, no va a ser en una bonita tarde de primavera; sencillamente no pega.

Sobornó al trasgo de la alacena con bollitos de leche para que le encontrara las gafas y salió armada con un tomo impermeabilizado de los cuentos de los hermanos Grimm y una linterna.

Lo bueno de perseguir a un troll es que es fácil saber hacia dónde ha ido, nada que ver con los gnomos, que se esconden en cualquier rincón. Gloria se limitó a caminar entre los árboles tronchados.

Enseguida se encontró con Caperucita, que sollozaba.

—¿Qué ha pasado, Caperucita? ¿Otra vez se comió el lobo a tu abuelita?

—No, es que me he perdido porque no encuentro el árbol que me sirve de guía para volver a casa. ¿Podrías llevarme?

—Ahora no puedo, niñita. Vente conmigo a hacer un recado y luego te llevaré gustosa.

Así que la niña aceptó y siguieron bosque adentro.

A los pocos metros, subido a una rama, encontraron a Pulgarcito tiritando.

—¿Qué ha pasado, Pulgarcito? ¿Se comieron los pájaros tus miguitas de pan?

—No, todos los pájaros se han ido. Es que vi un lobo enorme y me asusté tanto que trepé hasta aquí y ahora no puedo bajar. ¿Me ayudáis?

—Claro que sí, pero luego tendrás que venir con nosotras porque no puedo dejarte solo en medio del bosque con un lobo enorme suelto.

Bajaron al niño del árbol y siguieron la búsqueda.

Había dejado de llover hacía un rato cuando tres osos les cerraron el paso.

—Tienes que venir corriendo a nuestra casa, hay alguien en ella.

—¿Otra vez? Ya os he dicho mil veces que Ricitos de Oro solo es una niña perdida, que la deis de comer, la dejéis dormir un poco y luego la devolváis a la linde del bosque.

—No, no es Ricitos de Oro— dijo el osito, asustado—. Es mucho más grande.

—Y huele fatal— añadió Mamá osa.

Gloria se dio cuenta de que, a buen seguro, sería el troll que andaba buscando y se acercó a la casa de los osos para descubrir que el monstruo estaba en el jardín delantero intentando sacar miel de una piedra. Sus acompañantes se asustaron mucho al verlo; en ninguno de sus cuentos había un ser parecido y, si los osos tenían miedo, ¿qué cabía esperar de Caperucita y Pulgarcito?

—¿Qué te pasa, troll? ¿Por qué te has escapado?

—Porque estoy harto.

—¿De qué?

—De que todo el mundo pase por el puente y no me dé ni los buenos días.

—Bueno, eso tiene arreglo, deberías saludarles tú primero.

—Pero esa niña se puso a llorar al verme.

—Bueno, eso es porque se había perdido, y su mamá la está esperando en casa.

—Pero ese muchachito se ha subido a un árbol de miedo que le he dado.

—No, no. Pulgarcito había visto un lobo enorme y por eso se asustó.

—Pero los osos salieron corriendo.

—Bueno, eso es porque están hartos de una niña que siempre se come su cena y les deshace la cama. Se pensaron que estaba aquí otra vez y corrieron a avisarme.

—Pero nadie quiere vivir cerca de mí, ni ser mi amigo.

—Eso no es verdad. Yo vivo enfrente y he venido porque soy tu amiga.

El troll miró a Gloria, incrédulo al principio, aunque luego aceptó la mano de la guardiana de cuentos que inició el camino de vuelta dejando a los osos tranquilos para que cenaran y se fueran a la cama.

—¿Sabes? Me tenías preocupada— le dijo—. Pensé que me quedaba sin vecino.

De camino a casa, llevaron a Caperucita y a Pulgarcito con sus padres. No hizo falta dar muchas explicaciones sobre por qué habían tardado; en cuanto vieron al troll se alegraron tanto de que no se hubieran comido a sus hijos que ni les castigaron ni nada.

Cuando llegaron al puente, se despidieron con la promesa de desayunar juntos. Ni que decir tiene que los desayunos de un troll distan mucho de ser apetitosos bollos y magdalenas, pero Gloria no quería faltar a su cita para que su vecino no escapara otra vez.

A la mañana siguiente, el troll habia empezado a dar los buenos días a todo el que pasaba y, después, les había invitado a té con pastas. Nadie le dijo que no, ya sabemos lo mucho que gustan estos manjares a los personajes de los cuentos, así que en un pispás estaban allí Caperucita y Pulgarcito con sus padres, la abuelita, el lobo feroz, los tres ositos, Ricitos de oro, Blancanieves, el Principe azul y la Bella Durmiente, que decidió abrir más tarde con tal de pasar un rato con sus amigos. Y Gloria disfrutó como nunca del trabajo bien hecho hasta su próxima aventura.

Hesse

Invirtió su tiempo en crear pinceladas de vidas muy diferentes a la suya.
Le llamaron hipócrita porque escribía desde su despacho burgués las historias de muchachos hambrientos y desarrapados.
No se molestaba por ello; muy pocos sabían que, durante su infancia, había sido Tom Sawyer y Oliver Twist tantas noches que sus recuerdos se trocaron por sus sueños y llegó a olvidar el sabor de las manzanas de caramelo.

La principita

Se ató la pulsera de cuero marrón alrededor de la muñeca y se vistió de princesa; no una princesa al uso, el tipo de princesa en que ella creía: una con pantalones bombacho y gafas grandes en vez de vestido de gasa y corona de oro.
De pequeña había descubierto que, para encontrar un príncipe de verdad, de los que saben cuidar las rosas y los baobabs, primero había que perder el miedo a volar.