TRAS LAS HUELLAS

Años después de que Don Miguel de Cervantes ostentara el cargo, y de que casi todos los vecinos por aquellos lares se hubieran olvidado de él, arribó otro recaudador de impuestos que, sin embargo, removería los recuerdos sobre el primero.

Junípero Enríquez era hombre entrado en grasas y de carácter amable; nada que ver con aquel caballero enjuto, de mal genio y peor beber. Sin embargo, lo que rescató los legajos más escondidos de las memorias no fueron ni su oficio como funcionario de la Corona, ni el ayudante del recaudador: Manuel García, a la sazón el mismo que acompañara al manco de Lepanto. Estaba el nuevo tan fascinado con la lectura de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, obra de su predecesor, que aprovechaba cualquier ocasión para hablar del libro o de su autor. Y, a sabiendas de estar pisando sobre sus huellas, se le ocurrió que nada malo había en preguntar por cómo era aquel hombre del que, en Madrid, unos hablaba maravillas y otros echaban pestes.

Ya había recorrido buena parte de Andalucía y, allí donde había parado, los pocos que sabían algo del autor, era por sus fechorías y no por sus palabras, así que no faltaba el día en que alguno le recordara que cumplió presidio en Sevilla por apropiarse de lo que no era suyo, o el momento en que fue amenazado de excomunión; por mucho que loara lo decisivo de estos episodios para el nacimiento de la obra maestra.

«Los hombres brillantes despiertan envidias» pensaba Junípero, aunque ninguno de los entrevistados se mostraba celoso del autor de El Quijote cuando muchos no sabían, aún siendo hombres cultivados, ni de la existencia del libro.

Debatió con maestros, alcaldes, molineros… Y hasta con una acémila a la que encontró parecido con Rocinante, deseando que fuera, de algún modo, pariente del insigne corcel.

Aunque su afán por hablar de Cervantes o El Quijote crispaba los nervios de la mayoría, encontraba, muy de cuando en cuando, a otro apasionado de esta historia, lo que mermaba la paciencia de su ayudante hasta un límite rayano en la desesperación.

Si eternas se hacían las horas cuando encontraba amigos, cuando encontraba enemigos era casi peor; sentía la necesidad de convertirlos a su causa recitando de memoria sus pasajes favoritos.

Y, si duras eran las pocas palabras de los paisanos, peores eran las más escasas de su acompañante, personaje flaco y desmayado que escrutaba todo con sus ojos grises y su cara de gusano.

Al principio de su andadura, el recaudador apenas había insistido, pero, como su compañero de fatigas resultó hombre parco en palabras, pronto se vio obligado a recurrir al interrogatorio para llenar los largos ratos de camino, polvo y olivares con algo más que el ruido del carro.

En el primer mes solo consiguió que le informara de que el tal Miguel residía en Valladolid y que contaba con amigos ilustres que, sin duda, favorecieron su causa y silenciaron muchos de los escándalos en que se veía envuelto.

El segundo mes logró que le hablara de lo poco que se le notaba la mano inútil y de que nunca mencionaba sus experiencias en Lepanto o la cárcel de Argel.

Al tercer mes se hizo el silencio; bueno, exactamente al tercer mes no, aunque coincidió más o menos. Fue después de una riña que despertó a todos los huéspedes en Almería.

Serían las dos de la madrugada y el ayudante trataba de descansar mientras el recaudador divagaba sobre las personas que habían conocido. Por más que Manuel insistía en que no podía recordar qué negocios o impuestos se cobraron; Junípero se obcecaba en que, como amanuense, al menos debía guardar en la memoria el aspecto de aquellos con los que trataron. Cuando el tono del recaudador se volvió reproche, el ayudante no pudo más y le atizó con el libro de cuentas. Hicieron falta el ventero y tres mozos recios para separarlos.

Continuaron viaje callados durante dos días. Acaeció aquí el episodio de la acémila, y Manuel, avergonzado en exceso, decidió satisfacer sus demandas; no se pusiera a hablar al día siguiente con una zarza o un alcornoque. Puso tal empeño en entretener a su compañero que, más que memoria, hacía imaginación y comenzó a inventar conversaciones y vecinos. Incluso se atrevió a adornar las escenas con alguna disputa por los pagos, que Cervantes y él lograron calmar sin que mediara la autoridad. Se cuidó mucho de hablar solo sobre lugares por los que ya habían pasado para evitar que descubriera el engaño, y el recaudador se dio por satisfecho.

Pudo por fin descansar de sus relatos cuando llegaron a un pueblo a medio camino entre una marisma y Sevilla. Coincidió que el alcalde sí recordaba a Cervantes, era un apasionado lector y había quedado maravillado con el ingenio de la obra, pues el escritor no le había parecido tan inclinado a chanzas cuando lo conoció.

Las veladas se eternizaban, el ayudante se aburría y Junípero perdía la noción del tiempo. Descuidaba su deber y los vecinos empezaban a recelar; una visita tan larga de un funcionario de la Corona no podía traer buena cosa.

Abusando de la hospitalidad ofrecida, permanecieron en el pueblo lo suficiente para que Junípero, a pesar de su aspecto porcino, se enamorara de la sobrina del cura y ella le correspondiera, más o menos. Era esta una muchacha flaca, aunque bien alimentada, y sabía leer y escribir. A pesar de que sus lecturas se veían limitadas por la supervisión de su tío, el recaudador encontró encantadora su curiosidad por los nuevos literatos, sobre todo por los sonetos que el enamorado le recitaba. Era también caprichosa y demandaba por igual regalos que palabras bonitas. Así, su pretendiente empezó a sacar dinero de la bolsa de recaudación para poder complacerla con pañuelos, alhajas y algún que otro libro.

A las primeras monedas siguieron otras y después más, hasta que lo sustraído superó con creces su sueldo. Se supo en un aprieto y pidió ayuda a Manuel. El muchacho conocía de primera mano cómo podía terminar la historia, se compadeció del hombre y le recomendó acudir a un prestamista para salvar el escollo. Confiado, Junípero siguió cogiendo dinero, regalando a su amada cuánto pedía y, al mes siguiente, seguía en las mismas, con el agravante de tener que devolver también los intereses al usurero.

El ayudante callaba como buen servidor, y eso que empezaba a temer por su vida. De las acusaciones sobre Cervantes salió bien parado, pero no había garantías de que su fortuna se repitiera. Sin embargo, a Junípero parecía que le daba todo igual, se deleitaba imaginando sus bodas con el carnal reflejo de Dulcinea, mientras, todo sea dicho, Manuel se la trajinaba y disfrutaba con ella de los regalos que el otro le dispensaba.

Llegado el día en que habían de entregar lo recaudado al banco sito en Sevilla, Enríquez estaba nervioso; había restituido la mayor parte del dinero, pero sabía que tenía difícil disimular el desajuste en los últimos cobros, y Manuel rezaba para no verse envuelto en una nueva investigación.

Se despidieron de la amada compartida y emprendieron el camino hacia una desgracia segura.

En el banco se hicieron tres recuentos de lo recaudado y las cuentas seguían sin cuadrar.

A pesar del pacto, Manuel se echó atrás en el último momento; confesó que el recaudador había dispuesto del dinero para cortejar a una muchacha y afirmó, casi en un sollozo, que tal muchacha era además su prometida, que había tenido que soportar los galanteos del recaudador, e incluso sus burlas, porque él era un pobre zagal y el otro un hombre respetable. Como prueba mostró las actas donde, a traición, había ido anotando cada falta y reingreso del dinero, en qué se había gastado, y hasta el trato con el prestamista, firmado por este en sobre lacrado.

Tras un breve juicio, Junípero Enríquez fue a dar con sus voluminosas posaderas en la misma cárcel, y la misma celda, donde su idolatrado Miguel de Cervantes pasara dos años y gestara El Quijote. Cabría suponer, dada la situación, que cualquier hombre en su sano juicio hubiera padecido profunda depresión y dolorosa pena, sin embargo, siempre hay quien logra poner al mal tiempo buena cara y, decidido a que su condena no hiciera mella en su carácter, ni perjudicara a sus aficiones, aprovechó desde el primer día para interrogar al carcelero sobre cómo era Cervantes, qué comía, si pedía con frecuencia recado de escribir y si quedaba, por casualidad, algún legajo donde tan insigne escritor hubiera plasmado unas palabras.

EN LA OSCURIDAD

Texto a partir del inicio del relato homónimo de Chéjov.

“Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gauguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar.”

No podía haber escogido momento más inoportuno para su intrusión; en ese instante, el consejero suplente estaba reunido con el intendente mayor, un hombre corpulento y soberbio que miraba a todo con cara de asco y vestía un pulcro traje de lana azul. Los años como inspector jefe le habían otorgado el pensamiento de que su sola presencia debía ser suficiente para comportarse con dignidad y respeto y que nada podía interrumpir su discurso. Si añadimos que la reunión tenía carácter urgente y que el consejero suplente ejercía dicha suplencia por primera vez, la situación se estaba tornando dramática.

―Comprenderá que necesitamos la colaboración de todos los efectivos posibles― siguió el intendente ignorando las muecas de su interlocutor.

Gauguin asentía y se concentraba en mantener a la intrusa lo más lejos posible del fondo de su nariz. Temía que, de sus fosas nasales, pasara a su garganta y, por allí, hasta el estómago. Barajó la posibilidad de usar el pañuelo que sobresalía del bolsillo de su chaqueta, pero recordó con pesar que estaba viejo y amarillento y no era apropiado para su ilustre acompañante.

―Cuento con que firmará rápidamente los permisos y podré resolver la situación.

Gauguin asintió de nuevo, agobiado por la inactividad de la mosca y la sensación de tapón en la fosa nasal derecha. Esto le preocupó aún más, pues bien podía ser que la calma se debiera a la puesta de unos huevos para los que sus mucosidades serían la cuna perfecta.

―Es usted mucho más razonable que el titular de esta consejería, señor Gauguin― seguía diciendo el intendente con tono meloso mientras le acercaba una serie de hojas y una estilográfica del mismo color que su traje.

Y en ese momento, la mosca se movió, descendió por la garganta de Gauguin y se puso a revolotear alrededor de su campanilla.

TRAYECTO

Me llamo Alicia, he tenido que teñirme el pelo por mandato de una reina llena de complejos que no aguanta que le lleven la contraria.

No sé qué edad tengo, el paso del tiempo ha sido confuso desde que caí por un agujero persiguiendo a un conejo.

Ahora, que por fin vuelvo a casa, estoy inventando una excusa creíble para mi ausencia, porque me da que mi madre no se va tragar la verdad si se la cuento y voy a estar castigada para los restos.

PESCA SOSTENIBLE

El capitán Ahab puso un anuncio por palabras buscando trabajo. Recibió oferta de un tal Nemo que necesitaba marineros con experiencia. Como el sueldo era bastante bueno, se enroló sin demora, fascinado por las novedades del Nautilus.

Perseguían calamares gigantes, ballenas francas o tiburones, hasta que, fondeados en Gibraltar, unos activistas de Greenpeace se encadenaron al submarino para concienciar sobre la pesca sostenible.

DUELO DE TITANES

—Le digo, señor Holmes, que el asesino es el mayordomo. Siempre es el mayordomo.

—No diga sandeces, monsieur Poirot. El asesino fumaba tabaco de Kenia, demasiado caro para su sueldo.

—Entonces es la muchacha afligida. Piénselo bien, Sherlock: despechada, cándida, él se presenta con la otra… Sus heridas bien podían ser autoinfligidas.

—Imposible, Hércules. Yo mismo la vi paseando por cubierta a la hora del crimen.

—La heredera excéntrica. Esa sí, no me lo va a negar, amigo.

—Madre mía, qué ganas tengo de que Watson vuelva de las vacaciones.

El reloj de Ivan Matveích

Relato basado en el comienzo de Ivan Matveích de Anton Chejov.

Son las cinco. Un renombrado sabio ruso (le diremos sencillamente sabio) está frente a su escritorio y se muerde las uñas.

— ¡Esto es indignante! — Dice a cada momento, consultando su reloj—. ¡Es una falta de respeto para con el tiempo y el trabajo ajenos!… ¡En Inglaterra, un sujeto semejante no ganaría ni un centavo y moriría de hambre!… ¡Ya verás la que te espera cuando vengas!

Es hombre de rutinas y le cuesta ajustar los horarios. Cualquier contratiempo supone un día perdido. Abre la puerta y llama a su esposa. Pronto acude una mujerona de moño tieso y gesto relajado.

—Si llega, hazme el favor de decirle que hoy no voy a recibirle. Soy hombre ocupado y no puedo atender a tardones. De hecho, le puedes decir que está despedido.

—Puede ser que no haya encontrado cochero. Vivimos muy retirados.

— Lo mismo me da. Le dices eso y que es un maleducado.

— ¿Y la niña? Se va a disgustar.

—Pues que se disguste. Un hombre que no respeta el tiempo ajeno, no la merece.

La mujer asiente y se marcha. De sobra conoce el carácter de su marido, pero también sus debilidades. Dejará que su Aniuta le sirva el té y se dará por vencido.

Tocan las cinco y media. El sabio sale de su estudio, como todas las tardes a esa hora, para descansar de sus cavilaciones en la salita. No es fácil el oficio, con la cabeza llena de pensamientos; preocupado por lo que otros no son capaces de imaginar. Las migrañas son frecuentes, de ahí su rigidez horaria. Hace años descubrió que, para evitarlas, solo tenía que dividir el día en periodos exactos de cuarenta y cinco minutos, y descansar otros quince. Quedan excluidas de este sistema las noches, en las que duerme de una a seis de la madrugada, y la siesta, de tres a tres y media.

Aniuta, vestida de azul claro, con el pelo suelto y cara angelical, le acerca una bandeja con la taza de té y un bollo de mantequilla.

—Gracias, hija mía. ¿Ha llegado ya Iván?

—Sí, padre— responde ella—. Espera en la cocina a que termines el té.

— ¡Pues dile que venga! ¿Habrase visto? Es un desvergonzado, eso es lo que es. No solo llega tarde sino que además se entretiene con las mujeres. Te digo una cosa, Aniuta, ese haragán no se casará contigo a menos que se digne a mirar un reloj de vez en cuando.

La niña, no tan niña por otro lado, sonríe a su padre y sale a avisar a su prometido.

— ¿Para qué dejaría yo entrar a ese muchacho en esta casa? La niña podría haber pasado mis pensamientos tan bien como él, ¿Qué digo? Mucho mejor. Al menos ella sería puntual.

Entra Iván, con una sonrisa capaz de apaciguar a un oso.

—Por fin llegas ¿Crees que son horas? Sabes lo importante que el tiempo para mí.

—Paré a recoger unas flores para su esposa. Estaba el campo tan bonito que pensé que le gustarían.

—Siendo así. — Cede el sabio. — Pero vamos, no te quedes ahí parado. Hay mucho trabajo por hacer y se hará de noche enseguida. Del sueldo de hoy ya puedes olvidarte.

El joven se sienta en el escritorio mientras el sabio pasea.

—“De la razón humana…” — dicta— ¿Y dices que estaba bonito el campo?

—Precioso. Las últimas lluvias han hecho que se abran las flores antes de lo normal.

—Bueno, que no tenemos todo el día. Escribe. “No siendo en absoluto…” ¿Qué flores has traído?

—Poca cosa. Ramilletes silvestres. Aniuta me dijo que a su madre le gustaban mucho.

—Sí. De jóvenes solíamos pasear por el campo y ella siempre recogía flores. A las mujeres les gustan esas cosas. ¡Ya me estás entreteniendo! Decía que “no siendo en absoluto un experto en la materia”. ¿Tienes reloj, Iván?

—Uno de pared en la pensión donde duermo.

— ¿Cómo? Deberías comprar uno de bolsillo. Eso te ayudaría a llegar puntual y no me harías perder el tiempo. Pero venga, escribe. “En la materia (coma) quedan claras dos cuestiones (punto) Primera (dos puntos)” Mira, el sueldo de hoy te lo pago, con la condición de que compres el reloj ¿De acuerdo?

—Claro, señor.

—“Todo hombre busca…” ¿No está muy oscuro? Parece que vaya a llover.

—Lo dudo, el sol lucía espléndido. Ni una nube en el cielo.

—Bueno, pero ya es tarde. Vamos a dejarlo por hoy. Mañana te vienes temprano y, si el tiempo es bueno, podemos salir los cuatro a pasear al campo.

— Es una gran idea. Aniuta y su esposa estarán encantadas.

— Solo un rato. Todavía tenemos mucho en qué trabajar. Por la tarde te acompañaré a por el reloj. Sé de un comercio donde los hay muy fiables y a buen precio. Así me aseguraré de que vas a llegar a tu hora de una vez por todas. Y podremos dedicarnos a las cosas importantes de verdad. Un hombre tan ocupado como yo no tiene tiempo para el ocio. Y su secretario, dicho sea de paso, tampoco.